Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.apocrifa.com.mx

 

 

Xavier Villaurrutia.

Homenaje de la palabra al silencio

 

nada son sino sombras de palabras

que nos salen al paso de la noche

X. V.

 

 

La tradición de la palabra

Xavier Villaurrutia* (1903-1950), considerado uno de los escritores mexicanos más importantes del siglo XX. Participó de la generación de los Contemporáneos, nombre que resuena en otros nombres de un tiempo muy particular en la poesía mexicana. Su obra es hoy un pequeño monumento de palabras donde el tema de la noche y el sueño, la sombra y la sangre, el deseo y la muerte, se manifiestan en un poderoso estilo de escritura, estilo que viaja de la mano con la angustia de una época, estilo que dejó plasmado en la poesía ese temperamento y ese lenguaje encerrado en lo que el siglo XVII denominó el aire melancólico.

Así, al pasear nuestra mirada por los años de los Contemporáneos en México, vamos cercanos a otras voces, vehementes, soñadoras, lúcidas, irónicas, creadoras de estilos y estéticas cercanas a la mesura y la sobriedad, o a la abundancia y consolidación de una literatura moderna que se abría paso al deseo de transformación. Supieron distinguirse de las generaciones anteriores por su visión crítica. Con sus agudas reflexiones penetraron una realidad y quisieron transformarla: hicieron que muchos de sus lectores y seguidores, así como muchos de sus detractores, pudieran entrar en un diálogo contiguo con el espíritu de la universalidad, universalidad que le permitía a esta generación abrir páginas al mundo y traer de él lo más significativo.

Los Contemporáneos hicieron posible que la poesía de esta época fuera una casa de puertas abiertas para todas las culturas y lenguas. El espíritu, la pasión, la búsqueda de la comprensión de otros poetas y poéticas del mundo permitían a nuestra poesía respirar esos nuevos aires y esas huellas profundas de otras tradiciones. Esto sucedió en toda América Latina. En nuestro caso particular, en Venezuela, tuvimos las revistas Contrapunto (1948-1950) y Sardio (1958-1961), publicaciones que nos dejaron un aire renovado y profundo. Así lo expresó José Ramón Medina, al decirnos que “la inquietud intelectual no se conformaba pasivamente con la tradición y demandaba otros derroteros. Un preciso sentido de universalidad era evidente. Se intentó, tanto en la poesía como en la narrativa y el ensayo, conjugar las experiencias nacionales con lo más actual del pensamiento y de la realidad de las letras contemporáneas, expresadas en corrientes y tendencias de singular atracción para entonces”. Este fue un tiempo para el continente de ofrendas y testimonios que vinieron de otros aires con ánimos de novedad.

 

 

Con Villaurrutia abrimos paso hacia ese tiempo que nos permite reconocer el espíritu creador y reparador de una estética con aire renovado en la poesía contemporánea de este continente; junto a Villaurrutia las otras voces no dejan de ser esenciales y su significación enorme. Fue una generación que se distinguió de las anteriores por tener un temple crítico, una noción de rigor con su propia obra y con la de los demás. Esa actitud crítica ante la realidad, ante la vida literaria de México, va a permitir la presencia del juicio necesario y fundamental ante la obra literaria, tan extraviado hoy día. Fue una generación que ayudó a influir en la lenta transformación de esa realidad mexicana de entonces.

Así se dieron paso los Contemporáneos en un México que se abría a la modernidad. Ellos impulsaron las voces de la tradición y permitieron que sus voces resonaran en sus poéticas. En Villaurrutia vemos admitida esta idea. Él nos permite escuchar las voces de esos otros tiempos, voces escondidas y secretas que se van tejiendo en las nuevas voces de los poetas de otras generaciones. Los poemas con aires de otros tiempos son el resultado de esas herencias, o mejor, de esos testimonios: ofrendas que les legó la tradición de la poesía. La voz poética es una herencia que viene de otras voces, se transforma lentamente y queda protegida y se va metiendo poco a poco en las voces de otras voces que nos acompañan: son las voces de la poesía que no terminan de abandonar la magia de un tiempo otro que se vuelve el nuestro. Así las voces de los Contemporáneos llegaron a nosotros a través de estas poéticas que trajeron: Jorge Cuesta, José Gorostiza, Roberto Montenegro, Salvador Novo, Bernardo Ortiz de Montellano, Gilberto Owen, Carlos Pellicer, Antonieta Rivas Mercado, Manuel Rodríguez Lozano, Jaime Torres Bodet y Xavier Villaurrutia.

Todos ellos dejan en la cultura mexicana unos aires de modernidad que recogieron de muchos lugares, permitiendo que las generaciones siguientes pudieran ver lo profundamente mexicano y lo profundamente universal de sus búsquedas: búsquedas revolucionarias en el sentido de introducir nuevas transformaciones en la poesía: caso del surrealismo, y búsquedas nostálgicas, que nos siguen abrazando con el hilo invisible de los grandes momentos de la literatura: como el venido del espíritu romántico. Algunos se enamoraron de la muerte como tema esencial de sus escrituras y otros, en cambio, de la razón. Algunos dejaron en sus páginas la influencia del surrealismo, el mundo del sueño y la noche, otros viajaron por otros misterios de la poesía a través de otras palabras con sus historias. Así los Contemporáneos se han hecho de un tiempo que ha quedado marcado bajo los nombres de sus nombres y de otros nombres, y sus obras son la expresión de ese momento fijado en la literatura mexicana que abrazó el continente.

 

 

El misterio de la noche

Villaurrutia viene de la noche, del misterio escondido en esa noche infinita y mágica de todas nuestras tradiciones en América Latina, pero con la marca particular de esa noche milenaria de la cultura mexicana. Fue un poeta celoso de su intimidad, pero en sus libros la dejó abierta para todos. Fue un poeta con un gusto por la mesura y la sobriedad. En él la palabra llena las ausencias. Su voz es la de un poeta que viene como “un surtidor de paradojas y de epigramas” ―según Octavio Paz― “una suerte de flechador de la inteligencia”, delatando así un temperamento inestable, habitado por pasiones opuestas. Villaurrutia flechó la noche de su poesía con angustia.  En ella sembró la palabra poética en el caro misterio de los tejedores del tiempo. Se hizo partícipe de una enorme tradición de la poesía cuyo centro estaba en la nocturnidad y su enigmático mundo de símbolos secretos. Así Nostalgia de la muerte reúne esa angustia de un poeta ante la muerte, ante el magnánimo secreto de la muerte. Su poética es una herida del alma. En ella se desparrama la naturaleza humana y se apaga. Hace una profunda marca en el lenguaje y lo hace con el dolor más antiguo de la voluntad. Es la ausencia del ser en la casa de la palabra. Una verdad de las muchas que el poeta carga a cuestas para encontrarse con la desgarradura profunda que recibe como herencia de un destino roto. Su libro sobre la muerte está también herido por ese dolor último de la condición humana. Sus nocturnos viajan entre las páginas marcadas de su vida dejando desparramado ese dolor último de la palabra. “No olvidemos que el “Nocturno” es un poema de gran intensidad, con métrica y rima o en verso libre, que tiene como tema principal la soledad, el amor, la melancolía, la tristeza, el insomnio, el sueño o la nostalgia”.

 

Nocturno en que nada se oye

En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen

sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte

en esta soledad sin paredes

al tiempo que huyeron los ángulos

en la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre

para salir en un momento tan lento

en un interminable descenso

sin brazos que tender

sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible

sin más que una mirada y una voz

que no recuerdan haber salido de ojos y labios

¿qué son labios? ¿qué son miradas que son labios?

Y mi voz ya no es mía

dentro del agua que no moja

dentro del aire de vidrio

dentro del fuego lívido que corta como el grito

Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro

cae mi voz

y mi voz que madura

y mi voz quemadura

y mi bosque madura

y mi voz quema dura

como el hielo de vidrio

como el grito de hielo

aquí en el caracol de la oreja

el latido de un mar en el que no sé nada

en el que no se nada

porque he dejado pies y brazos en la orilla

siento caer fuera de mí la red de mis nervios

mas huye todo como el pez que se da cuenta

hasta ciento en el pulso de mis sienes

muda telegrafía a la que nadie responde

porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.

 

Homenaje de la palabra al silencio

Un poeta desencadena desde lo más sublime una búsqueda hacia sí mismo. Lo que encuentra lo deja atado al silencio: lo llena de silencio, lo esconde de silencio, lo siembra en la página última con ese silencio secreto que guardan las palabras. Esa es la poética de Xavier Villaurrutia para nuestra lengua castellana. Nos dejó escondido en los nocturnos un mundo de misterios que nos llevan a la noche y a la muerte, a la noche y el amor, a la noche y la melancolía, a la noche y el dolor de la noche, a la noche y la pasión que despierta con la noche, y esa es la imagen que tenemos de la cultura mexicana ante la muerte: un profundo acercamiento a uno de los temas más sublimes y más lejanos de nuestra reflexión diaria. Temido y abandonado, querido y sentido a través de la palabra poética: quizás el camino más inaccesible, pero a lo mejor el más íntimo. Con su voz Villaurrutia nos trae nuevamente a los poetas simbolistas franceses, nos recuerda los poemas de Nerval, la voz de los miserables de la tierra, nos hace escuchar el dolor de Asunción Silva o la pena cercana de nuestro Ramos Sucre; nos aviva la música de sus otros contemporáneos, y de los que siguieron su legado desde la ausencia. La poesía tiene esa magia y ese misterio: nos hace ir en el tiempo de la poesía a la poesía misma del tiempo.

 

 

NOCTURNO

 

Al fin llegó la noche con sus largos silencios,

con las húmedas sombras que todo lo amortiguan.

El más ligero ruido crece de pronto y, luego,

muere sin agonía.

El oído se aguza para ensartar un eco

lejano, o el rumor de unas voces que dejan,

al pasar, una huella de vocales perdidas.

¡Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas

alfombras, apagando luces, ventanas últimas!

Porque el silencio alarga lentas manos de sombra.

La sombra es silenciosa, tanto que no sabemos

dónde empieza o acaba, ni si empieza o acaba.

Y es inútil que encienda a mi lado una lámpara:

la luz hace más honda la mina del silencio

y por ella desciendo, inmóvil, de mí mismo.

Al fin llegó la noche a despertar palabras

ajenas, desusadas, propias, desvanecidas:

tinieblas, corazón, misterio, plenilunio…

¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera!

 

 

 

 

*(Ciudad de México-México, 1903 – Ciudad de México-México, 1950). Poeta, dramaturgo y crítico literario. Miembro del grupo Los Contemporáneos. Estudió Arte dramático en la Universidad de Yale (EE. UU.) Fue codirector de la revista Ulises (1927-28). Publicó en poesía Reflejos (1926), Nocturnos (1931), Nostalgia de la muerte (1938), Décima muerte (1941), Cantos a la primavera y otros poemas (1948), entre otros; y en dramaturgia La hiedra (1941), La mujer legítima (1943), Autos profanos (1943), Invitación a la muerte (1944), La mulata de Córdoba (1948), Juego peligroso (1949) y Tragedia de las equivocaciones (1951).

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