Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.noticiaspositivas.org

 

 

Voces escondidas en la palabra.

Antonio Porchia

 

 

Has venido a este mundo que no entiende nada sin palabras,

casi sin palabras.

Porchia

 

 

Recordemos como homenaje este texto de Roberto Juarroz sobre el maestro: “Cada vez que vuelvo a la obra de Porchia, veo reaparecer con toda su fuerza la vieja palabra que ya casi no se usa: sabiduría. Sabiduría puesta además en un lenguaje muy peculiar, que no le tiene miedo a las aparentes reiteraciones…”. O este otro de Alejandra Pizarnik: “… asiento a cada una de sus voces con toda mi sangre y, lo que es extraño: su libro es el más solitario, el más profundamente solo que se ha escrito en el mundo y no obstante, releyéndolo a medianoche, me sentí acompañada o mejor dicho amparada”. Dos recuerdos que nos son cercanos y que gracias a ellos podemos volver a esas Voces tan verdaderamente escondidas de este poeta.

Con estas palabras de Juarroz y Pizarnik abrimos este espacio para celebrar la obra de este poeta singular como un sentido homenaje, y para celebrar con él a un maestro del verbo, un carpintero del lenguaje que deja en cada palabra la marca de tiempo imborrable que la poesía ha traído desde otros amaneceres para estos años postreros.

Sus palabras vienen desde lo profundo del sur, viene desde lo hondo del lenguaje. Él y su sola obra llamada Voces [1] son así como las Hojas… de Whitman: poemas escritos y reescritos en la piel, en los ojos, en el alma. Aunque muchos siguen pensando que sus Voces no son poesía, «por haber preferido la austeridad y la vivacidad del aforismo y del fragmento» para dejar en ellos su mundo, hoy creemos lo contrario, y queremos celebrar su obra como verdadera expresión de la creación poética.

 

El poeta Antonio Porchia.
Crédito de la foto: Samcer Makarius

Herir al corazón es crearlo.

 

La tierra natal de Antonio Porchia fue la Calabria italiana. A la muerte temprana de su padre, la familia numerosa decide por la voluntad de la madre viajar a la Argentina. Desde su llegada al sur, para poder subsistir, Antonio Porchia hará de carpintero, tejedor de cestas, apuntador en el puerto de Buenos Aires y un sin número de otros tantos oficios que le permitieron vivir sencillamente y mantener a sus hermanos. La Argentina de comienzos de siglo XX era un país que recibía de buen agrado a los inmigrantes para trabajar la tierra. Pero no fue este el destino de los Porchia. Todos llegaron a La Boca y, desde allí, con el pasar del tiempo, cada uno se fue haciendo de su soledad e historia. Antonio, el mayor de todos, buscó esa soledad para comenzar a dejar en las páginas de su vida las Voces que constituyeron su obra de pensamiento, su trabajo poético y su mundo filosófico, al que acudiremos para comprender la hondura de un lenguaje que hizo heridas profundas en muchos poetas argentinos y latinoamericanos de entonces.

Cuando traemos el nombre de Antonio Porchia, inmediatamente salen otros nombres que le dieron singular promoción, uno de ellos es el de Juarroz, su discípulo, creador de una poesía tocada por la música vertical que nos acompaña desde el secreto silencio de la palabra poética: una metáfora viva del horizonte de un lenguaje que se hace vertical para desentrañar con él el espíritu de la poesía más sublime. Otro de sus admiradores fue Borges, Borges lo recordaría con palabras muy sentidas: “Las máximas corren el riesgo de parecer meras ecuaciones verbales: estamos tentados a ver en ellas la obra del azar o de un arte combinatorio. Pero no así en el caso de Novalis, de La Rochefoucauld o de Antonio Porchia. En cada una, la lectura siente la presencia inmediata de un hombre y su destino”.

Y al referirse a su obra ya reunida escribiría: “Los aforismos de este volumen van mucho más allá del texto escrito; no son un final sino un comienzo. No buscan producir un efecto. Podemos sospechar que el autor los escribió para sí mismo y no supo que trazaba para los otros la imagen de un hombre solitario, lúcido y consciente del singular misterio de cada instante”.

Borges desentrañaría la magia de estos fragmentos, de estas voces, de estas frases que hacían y que todavía hacen pensar a muchos que su influencia viene de Lao Tse, Kafka, Pascal, Nietzsche, Blake, La Rochefoucault o Lichtenberg. Borges nos permitió vislumbrar que esas voces escritas desde la soledad, lúcida soledad sin nombre, vivían amparadas por el misterio del lenguaje, de donde seguía brotando el misterio y el secreto de la palabra. Juarroz también nos mencionó que muchos de los que pretendieron descubrir en la obra de Porchia su influencia, intentaron esa tarea vana e incansablemente, “pero quedaron estupefactos cuando se enteraron de que Porchia negaba conocer cualquiera de esas fuentes que todos imaginaban eran su gran influencia”. Y continuó Juarroz comentándonos que la búsqueda por “Descubrir a un autor secreto que ilumina con una luz inaudita el mundo de la cultura, y que además no se preocupa demasiado por ese mundo en particular, representaba un desafío a veces insostenible. Todo marco de referencia de la crítica se revela obsoleto, insustancial, precario. En las voces siempre hay algo más”.

Pues dejemos que los críticos se ahoguen en esa incansable búsqueda poco significativa y superficial.

 

Fotografía en la aparece Antonio Porchia al centro, en la galería Van Riel, en Buenos Aires (Argentina), en 1965.

 

Estoy tan poco en mí, que lo que hacen de mí, casi no me interesa.

 

Lo paradójico de la obra de Porchia, según la misma Pizarnik, radica en que este poeta tan alejado en su tiempo del mundo de las letras, es uno de los que más substancia humana ha obtenido de las palabras. Y continúa Pizarnik comentándonos que puede hablarse de su único libro como si fuera el más solo de la historia,

“pero también de aquel que convierte la soledad ya no en el supremo obstáculo fatal del individuo sino en la posibilidad de ruptura de todas las fatalidades. Ese libro está tan infinitamente solo porque es la única vía en que puede facultar el diálogo directo con el infinito, sin miedo al vértigo, sin pavor a un vacío tan insospechadamente lleno”.

 

Y en otro de sus textos sobre el poeta nos dice:

“Creemos que Porchia es el escritor más puro de nuestro país. Ha logrado devolver a las palabras su misión primordial: la de iluminar la esencia del ser humano. Como de Blake, de Hörderlin o de Rimbaud, podemos decir —con aquel verso de Hörderlin— que Porchia no ha “perdido el lenguaje en lo extraño” sino que lo ha recuperado y le ha dado la más alta jerarquía”.

 

De ahí nuestro pequeño gesto por hacer de este texto un sentido homenaje.

 

 

El hombre es aire en el aire y para ser un punto en el aire necesita caer.

 

Porchia es el verdadero motivo para reflexionar en este momento sobre la escritura, la soledad de la escritura de quienes se ocultan en el papel para vivir. En libros como Voces se congregan las páginas de quienes escriben en silencio, en diarios íntimos, en retazos de papel, dejando así páginas ocultas que se esconden en la vida y el dolor, en la muerte, en los años y el peso de los años. Sus máximas, sus frases, las profundas y significativas sentencias que constituyen la angustia y la obra nunca pasan al olvido. Queda así guardada la conjura de los necios, el papel poseído por otros dioses, esos más ajenos, más invisibles que los cercanos. Pero no todos están marcados por este destino invisible. Aquí tenemos en Porchia un caso distinto y singular. La magia y la luz del reconocimiento nunca fue para él un amuleto. En Porchia vemos la escritura como necesidad para decir, para decirse, para cantar con otros el silencio misterioso del lenguaje.

 

 

Sus voces están escritas sin adornos, sin artilugios, sin embellecimientos. Asistimos, cuando nos acercamos a sus páginas a un encuentro con los temas de lo humano: el amor, la angustia, el dolor, el abatimiento de la muerte, el día y la noche copulando en la palabra, la pena, la alegría, la vida manifiesta en la página blanca que luego se va quedando en la memoria y en el olvido. La filosofía, el lenguaje, la poesía, el universo. Una escritura que va haciendo mapas en los años. Porque sabemos que quien escribe se hace partícipe de la orfandad a la que está destinada a la palabra. La escritura pide silencio, exilio, pide otro tiempo, otro aire, otra luz. Entonces se encandila el horizonte de papel que hay ante los ojos. El poeta comienza a dejarlo todo, lo poco o lo mucho, en la palabra escrita. Se vacía de sí mismo para decirle a otros con un lenguaje dibujado en el papel. Son sus marcas, señales, pequeñas rutas para esos otros ajenos a su vida. Establece así un puente invisible entre su rincón escondido y el de otros para comunicar más allá del lenguaje. La piel, el aroma, el silencio que persigue el día y la noche también queda atado en su escritura. Lo no dicho, lo callado, lo protegido por la palabra consigue en estos textos su destino, su casa, su lugar, su morada.

Leamos a Porchia…

 

El hombre no va a ninguna parte. Todo viene al hombre, como el mañana.

 

El hombre habla de todo y habla de todo como si el conocimiento de todo estuviese todo en él.

 

El hombre habla de todo y habla de todo como si el conocimiento de todo estuviese todo en él.

 

El hombre, cuando es solamente lo que parece ser el hombre, casi no es nada.

 

Lo lejano, lo muy lejano, lo más lejano, sólo lo hallé en mi sangre.

 

Sólo algunos llegan a nada, porque el trayecto es largo.

 

Hasta el más pequeño de los seres lleva un sol en los ojos.

 

Vemos por algo que nos ilumina; por algo que no vemos.

 

 

 

[1] Debo la Edición de Voces reunidas de Porchia a Daniel González Dueñas. Edición que cuenta con un prólogo de Borges, de donde he tomado algunas líneas. Debo también advertir que estos textos no son más que comentarios a esa extraordinaria labor que hizo posible la edición de esta obra tan singular.

 

 

 

 

 

*(Calabria-Italia, 1885 – Buenos Aires-Argentina, 1968). Poeta. Carpintero, tejedor de cestos, apuntador de puerto, impresor. Miembro de la Federación Obrera Regional Argentina. Cofundador de la Agrupación de Gente de Arte y Letras Impulso (1940). Publicó en poesía “Voces” (1956).

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