Por Tito Cáceres Cuadros

Créditos de la foto

 

 

Visión de la iguana: esplendor y angustia

 

 

En un mundo disonante, inarmónico,

amargo y empedernido, nadie puede,

impunemente, rimar dulzura con ternura.

José Isaacson

 

 

Vladimir Alvarado*, joven poeta, busca como todos, una voz propia y un estilo que contraste con la poesía tradicional del verso estructurado de los manuales, quizás escuchando a Shelley que distinguió la poesía del verso y de la prosa, como medios eventuales de expresión. De esta manera organiza su poemario a la manera borgiana de utilizar la forma de un catálogo, aquí estructurado en forma alfabética y a la vez numérica.

Pero esta es la superficie, lo visible, porque el poeta utiliza no pocos recursos traídos del retoricismo, actualizados en forma espasmódica, como la antigua estructuración: acumulativa ―diseminativa―, son visibles y casi armónicas las anáforas continuas // dejar el deseo // dejar la culpa // , // la ciudad busca faros // la ciudad combate estrellas //, reiteraciones imprevistas de versos completos: // adelantar primero el pie desnudo // internas // cerca del viejo alud cerca del viejo seno //. Son muy significativas, fuera de la formalidad la red asociativa de metáforas o las antítesis que le dan corte casi vanguardista por el “non-sense”.

Pero más importante que estas comprobaciones, son el fondo y el sentido de estos versos. Por lo pronto, la asunción del Yo lírico // aquí entré primero // en esta casa aquí // vi una madre // (…) // vi un niño // que confirma que el libro es una autobiografía oculta, con recuerdos dolorosos como la casa de campo en que encerrado // conocí el silencio // solo y a la vez rodeado de una multitud de rostros innominados, cercado por olores fétidos, escuchando la maldad y la enfermedad, mientras pudo leer. El dramatismo se atenúa con la visión de la abuela, el padre en el ejército, la madre que cosía con manos de hilos rotos y que suelta el asombro.

 

 

También en una narrativa versal, a horcajadas se van ensamblando los pedazos rotos de un alma que se desarraiga (la sombra de la maleta) en la ciudad de moros (con poros del sillar) en el puerto donde // el hábito pasa por pena //. ¿Son gratuitas las imágenes // en los límites del lar se disuelve // la arena cuando oprime los recuerdos? // Llanto, mar, libro, llevan a un amor, celebrado, donde el tedio termina. La iguana puede significar el camaleonismo del poeta en todas sus estancias o el verdor de su cuerpo anhelando el misterio o el deseo de escamotear la dura realidad. El tiempo es otra constante, a veces precisado // abril // , // hoy estoy aquí //. Pero hay algo que llama la atención, el misticismo oculto, también, del rezo de la abuela a esta especie de letanía, casi eucarística // él es el atajo // nosotros le llamamos // esta es la era de la eternidad //, luego la antitética visión// él no se irá él no volverá // no poder tocarlo (quizás el “noli me tangere”) // a todos nos tocó a todos nos vio //, se habla de la cólera de Dios, de su caridad, // decir adiós a Dios // no es un término, es ya verlo físicamente, es contar con // su presencia su paso su voz //.

Este vuelco evangélico del autor suena a inusitado, pero los versos ya anunciaban esta secreta vocación (el costado vacío con llanto). No sabemos si, a pesar de todo, sea preciso decirlo, la ambigüedad de él, con minúsculas no plantea la duda de una impostación o avatar, porque lo que interesa es que sea poesía hecha con impulsos que revelan su condición, el miedo que acorta el camino, su crimen atroz, el recuerdo de un viaje que no empezó, el sueño de los sueños, las manos frías por el sol, el volver con el adiós. Esto confirma otros sentidos que se aclaran al final, las palabras con fiebre, la defensa del amor torpe, nos llevan al proceso y el origen de la palabra, la escritura. La poesía misma, es todo, origen y fin.

Finalmente, estos tanteos en la poeticidad que van madurando y perfilando una vocación, nos llevan a recordar, que el converso Claudel llamó al “ángel diabólico”, Rimbaud como “salvaje místico”; también se postula algo más importante; cuando los simbolistas buscaron el misterio de la poesía y su renovación, el vidente de Charleville puso su experiencia y su vida en una alquimia del verbo y Mallarmé tentó hacerlo desde la palabra misma.

 

 

 

 

 

*(Arequipa-Perú, 1990). Poeta. Bachiller en Historia y licenciado en Literatura y lingüística por la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (UNSA-Perú). Codirigió la revista interdisciplinaria de historia Ojos de Clío. Obtuvo el Premio de los Juegos Florales Universitarios de la UNSA (poesía, 2014) y el Premio de los Juegos Florales de la Juventud organizados por la Municipalidad Provincial de Arequipa (2017). En la actualidad, dirige el blog de creación literaria La miseria es una mariposa. Ha publicado en poesía El designio mayor de poema (2013) y La visión de la iguana (2018).

 

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