Cecilia Medo sigue las pistas dejadas por Sebastiano Vassalli en “La notte della cometa” para reconstruir la imagen de Dino Campana, il poeta pazzo. Para muchos el “más grande de los malditos”.

Italia nos ha legado grandes poetas y escritores, desde tiempos inmemoriales y hasta el sol de hoy, hecho que la confirma como una de las cunas y bastiones de la cultura occidental en el planeta.

Sin embargo,  resulta algo extraño imaginar a un poeta maldito hecho en Italia. Puro prejuicio, de seguro. ¿Por qué no? ¿No puede un italiano ser infeliz, oscuro y escribir al respecto? Como poder, puede. El estereotipo del italiano promedio como persona “solar”, amante del bel canto, el vino, la pasta y poco proclive a reflexiones profundas o padecimientos existenciales es eso, un estereotipo -o incluso- una caricatura. En cualquier caso, hubo un italiano perteneciente a esa casta maldita que pasó a la historia de la literatura, aunque nadie que lo conociera en su momento lo hubiese podido imaginar.

Este fue el caso de Dino Campana, natural de Marradi, en la Romaña toscana, nacido en 1885 y fallecido en 1932, quien es considerado hoy como un auténtico enfant terrible de la poesía italiana, comparable sólo con Arthur Rimbaud, es tenido –además- como padre fundador de la poesía italiana contemporánea pese a haber escrito apenas un libro: los famosos Cantos Órficos, publicados en 1914.

Campana ha sido un verdadero inspirador, y este mágico “efecto de contagio” hacia otros creadores se tradujo en el cine, con películas como Engaños de Luigi Faccini, Un viaje llamado amor de Michele Placido, obras de teatro como Casi un hombre de Gabriel Cacho Millet y novelas como La noche del cometa, de Sebastiano Vassalli.

También inspiró la auto biografía de una mujer, Sibilla Aleramo (1876 – 1960), llamada Una mujer, libro altamente considerado por Máximo Gorka, Auguste Rodin, André Gide y el mismo James Joyce. Ella, diez años mayor que él -y con un prontuario de romances con otros prominentes exponentes del mundillo artístico y cultural de su tiempo-, él perdido en el espacio y tiempo que le tocaron vivir, ajeno y distante. Ella, con la locura corriendo por sus venas; él, el rostro mismo de la locura. Sibilla  y Dino sostuvieron un romance que el mundo conoció gracias al abundante epistolario mantenido por estos muy alucinados amantes, que fuera publicado como Un viaje llamado amor — Cartas 1916-1918.

Volvamos al hombre, Dino Campana. Hasta su facha era extraña, era pelirrojo como un escocés, debido a lo cual fue confundido con un soldado alemán durante la primera guerra mundial, lo cual lo llevaría a decir de sí mismo que era el último germano viviente en Italia, según parece Dino era germanófilo y alucinaba con ello. Su vida estuvo plagada de desencuentros, angustias y extremos. Se dedicó a los oficios más inverosímiles en los sitios más diversos: polizonte, marinero, vendedor ambulante -e itinerante-, carbonero, portero y bombero, todo esto desde su patria italiana hasta el mismo confín del mundo; desde la península itálica hasta la Tierra de Fuego. Caso raro sin duda, este renegado era un auténtico borderline de su tiempo, y esa locura poética –lamentablemente- lo fue también en términos médicos; Dino fue recluido en hospitales psiquiátricos frecuentemente, hasta el final de su atormentada existencia. Aunque para muchos es en esa locura donde reside la salvaje lucidez de su obra.

Con el legado existencial y poético de Campana ocurrieron muchas cosas interesantes, eso ya lo puntualizamos. Es aquí que otro escritor entra en escena y, de alguna manera, se fusiona con el demente poeta; es Sebastiano Vassalli. Vassalli, nacido en Génova en 1941, uno de los más notables representantes de la generación del 63.

Tras haber publicado varias obras bajo la impronta del Neovanguardismo, como ser Narciso (1968), Tiempo de matar (1970) y La llegada de la loción (1976). Vassalli experimenta un ligero giro de estilo con sus novelas Habitar el viento (1980) y Mar azul (1982).

Pero el verdadero parte aguas ocurriría bajo la sombra de Campana, cuando en 1984 publica “La noche del cometa”, novela que gira alrededor de la vida de Dino, con la cual iniciaría una serie de libros en los que la reconstrucción histórica y vivencial, basada en hechos comprobables, se convierte en su vehículo literario favorito. Vassalli se fascina con Campana y decide recrear su vida y obra con esmero, reconstruyendo con fidelidad ese recorrido trabajoso y muchas veces “pazzesco”.

Precisamente Vassalli dice sobre la elección del personje de Campana:

Yo buscaba un personaje con ciertas características y lo encontré en la realidad histórica, es de ahí de donde lo saqué. Lo hice con escrúpulos y sumo cuidado, buscando la verdad por encima de todo. Pero si Dino no hubiese existido, me  habría inventado a este ser maravilloso y “monstruoso”… Y habría escrito esta  misma historia, estoy totalmente seguro de ello. Lo habría inventado exactamente como él fue en la realidad.”

Tamaño elogio para cualquier ser humano, el ser considerado “inventable”, muy necesario o imprescindible cuando menos. Vassalli encuentra en Dino al héroe que necesitaba: mezcla de lo angélico y lo demoníaco, una fuerza de la naturaleza, un ser en estado de pureza real: es decir, un ser imposible. Un hombre que se convierte en mártir y visionario a partir de su locura y el rechazo del mundo que lo rodea, el cual es también rechazado por este. Un poeta loco, que no hace concesiones a nada:

El gran poeta –dice Dino- es un hombre que se circunscribe en su presente y ahí es donde termina: como Papini o D’Annunzio. No tiene a sus contemporáneos desparramados en diferentes épocas, no dialoga con nadie que pertenezca al pasado y tampoco con quien aún no ha nacido a este mundo. Su sombra no es una “sombra de eternidad”. Es un hombre -en el fondo- normal; que se convierte en un gran poeta como otros se vuelven Directores de la Caja de Ahorros, con algo de aplicación, algo de talento y las consabidas circunstancias favorables. Pero en el pensamiento de Dino existe un futuro en el cual la humanidad habrá comprendido que la poesía puede jactarse solamente de una cosa: el estar fuera del tiempo y sus fatigas. De ser un puente hacia el infinito, un mensaje dejado a quien no está, de parte de quien nunca vuelve atrás.”

Se sabe que Dino Campana no obtuvo el reconocimiento de sus contemporáneos y “colegas” hasta que fue recluido definitivamente en el manicomio, aceptación que creció, no sin ironía, después de su muerte. Pero ¿qué importa? Como el propio Dino muy lúcidamente afirmaba: “Ser un gran artista no significa nada: ser un artista puro, eso es lo que sí cuenta”.

Aquí unas pocas muestras de su genio.

Para Sibilla Aleramo

 

En un instante

Las rosas se marchitaron

Cayeron los pétalos

Porque yo

No podía olvidar aquellas rosas

Que buscábamos juntos

Nosotros encontrábamos rosas

Eran sus rosas y eran mis rosas

Y a este viaje lo llamábamos amor…

Con nuestra sangre y nuestras lágrimas

Hacíamos rosas

Que brillaban por unos segundos

Bajo el sol de la mañana

Se nos marchitaron

Bajo el sol y entre los arbustos

Las rosas que no eran nuestras rosas

Mis rosas y sus rosas…

 

 Poesía, poesía, poesía…  (Inédito)

 

Oh poesía, poesía, poesía

Tu subes, subes y subes

Desde la fiebre eléctrica del empedrado

Desenfrenada por las equívocas siluetas elásticas

Te deslizas en un click y en el grito inesperado

Que se alza sobre la anónima artillería monótona

De voces incansables como flautas

Chilla la puta perversa a la intersección

Pues un presumido le robó el perrito faldero

Por ahí brinca una yegua gallinácea

Va de una vereda a otra, toda de verde

Y destruye mi médula el acero cortante del tranvía

Silencio – Un gesto fulminante

Ha generado una lluvia de estrellas

De un costado se dobla y se arruina bajo el golpe prestigioso

En un abrigo aterciopelado de sangre palpitante

Silencio todavía.

Un brusco comentario

Un sordo revólver abre y cierra otro destino.

 

(Stia, 20 de Septiembre)

 

 La Quimera

 

No sé si tu pálido rostro

Se me apareció entre las rocas

Como sonrisa de lejanías impensadas

Fuiste el sendero de marfil

La frente resplandeciente y joven

Monja de la Gioconda:

O de las primaveras apagadas,

Por esa tu mítica palidez

Oh Reina, oh Reina adolescente:

Pero por ese tu ignoto poema

De placer extremo y de dolor

Música exangüe y púber,

Marca por un rastro de sangre

El círculo de tus labios sinuosos

Reina de la melodía:

Pero por la virginal cabeza

Yo me inclino, yo, poeta nocturno

Vigilé a las vívidas estrellas en los mares del cielo,

Yo, por tu dulce misterio

Yo, por tu devenir taciturno.

No sé si la llama pálida

Fue el signo viviente

De la palidez de sus cabellos

No sé si fue un dulce vapor

Vuelto dulce en mi dolor

Sonrisa de un rostro en la oscuridad:

Miro las piedras blancas, las fuentes enmudecidas del viento

Y la inmovilidad del firmamento

Y los arroyos nutridos que transcurren llorosos

Y las sombras del trabajo del hombre

Que se recuestan en sus recodos helados

Y aún por los tiernos cielos unas lejanas y claras sombras avanzan…

 

Y todavía te llamo, te llamo a ti, Quimera.

 

 

Cecilia Medo, nació en Lima. Ha realizado diversas traducciones del inglés, portugués e italiano, entre otros idiomas, al español, entre las que sobresale su versión del libro La Cetra, de Onorio Ferrero.

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