El presente texto fue publicado originalmente por su autor en la revista virtual Ciberayllu en el año 2009. Algún tiempo ha pasado desde aquella publicación y hoy rescatamos aquel texto para deleite de los lectores. www.ciberayllu.org/Ensayos/SC_VallejoAbril.html

 

 

Por: Sandro Chiri*

Crédito de la foto: Izq. www.diariolaprimeraperu.com

Centro. Cortesía Sandro Chiri

Der. www.es.biblioteca-virtual-de-literatura.wikia.com

 

 

Vallejo y los hermanos Abril[1]

La relación amical entre César Vallejo y los hermanos Pablo y Xavier Abril estuvo marcada por el fuego de la subsistencia y la poesía. Con el correr de los años, el público lector ha podido adentrarse en algunos aspectos de la personalidad del poeta de Santiago de Chuco abordando las misivas que él le dirigió a Pablo Abril entre enero de 1924 y febrero de 1934, durante su etapa europea.[2] En ellas los biógrafos de Vallejo han encontrado un valioso material para rastrear algunos aspectos álgidos de su tráfago discurrir existencial; sin embargo, la intención de estas líneas es detectar cómo la relación de Vallejo con los hermanos Abril, a través de esa correspondencia y otros documentos, repercutió entre ellos en tres niveles: el artístico, el logístico y el periodístico.

 

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Portada del primer número de la revista “Colónida”, con el retrato de José Santos Chocano.

 

Fue Abraham Valdelomar, coetáneo de Vallejo, quien lo relacionó con los jóvenes escritores que nucleaba en lo que se conoce como el grupo «Colónida», entre los que se encontraban Pablo Abril, Percy Gibson, los hermanos Gonzalo y Ernesto More o Luis Berninzone. De todos ellos, Berninzone sería el primero en partir hacia Francia instado por Valdelomar, quien antes había gozado de una inmejorable experiencia en Europa en tanto que trabajó en la legación peruana de Roma.

La fluida relación de Vallejo con Lima data, pues, de 1918. Se trata de una relación laboral y artística. Es ahí donde conoce a las dos grandes figuras de las letras peruanas de entonces: José María Eguren y Manuel González Prada. El joven poeta provinciano observa, recorre las calles del centro, vive sin mayores apremios, trabaja en la docencia escolar, difunde algunos poemas en la conocida revista Mundo Limeño, publica su primer libro[3] y sobre todo establece algunos lazos de amistad que le serán luego de vital importancia en su experiencia parisina. Luego vendrá el encarcelamiento de Vallejo en Trujillo, por hechos confusos ocurridos en Santiago de Chuco, en noviembre de 1920. Libre provisionalmente en el verano de 1921, el poeta se instalará casi inmediatamente en Lima para trabajar como maestro, continuar en sus estudios universitarios (o por lo menos eso pensaba) y seguir escribiendo los poemas que al año siguiente aparecerían con el nombre de Trilce[4].

La aventura limeña no le es ingrata. Conoce gente en el Patio de Letras de San Marcos, trabaja en el Colegio Guadalupe, tiene uno que otro amorío y, sobre todo, madura la idea de salir cuanto antes del Perú rumbo a Europa. Lo atosiga, eso sí, el hecho de que su expediente judicial continúa abierto en el fuero trujillano[5]. Dentro de sus amistades limeñas encuentra en Pablo Abril a un espíritu receptivo. Lo visita con frecuencia en su casa de lo que hoy es el jirón Caylloma. Un buen día no lo halla y, en cambio, coincide con su hermano menor, el inquieto Xavier, de apenas 16 años y un metro ochenta y cinco. Me imagino esa noche de diciembre de 1921, cuando Xavier identifica con asombro y júbilo al autor de Los heraldos negros, parado en la puerta de su casa, preguntando por su hermano mayor. Asombro y alegría digo porque de inmediato se entabló entre ellos una relación de empatía a pesar de los trece años de diferencia de edad. Caminaron hasta el barrio chino para asumir lo que el mismo Xavier Abril ha llamado como su «primera noche de bohemia».

Trujillo, Lima y París —como bien se sabe— fueron las ciudades más significativas en la vida de Vallejo. En las tres amó y en las tres supo de la bohemia a la vez corrosiva y estimulante. En Trujillo («silenciosa y conventual») y en Lima («orgullosa y centro de poder»), nuestro poeta se formó intelectualmente y asumió trabajos vinculados casi siempre a la docencia o a la administración. París, en cambio, cosmopolita y coqueta, fue la ciudad que colocó a nuestro escritor en una plataforma tal que le permitió estar al día con las corrientes estéticas e ideológicas de entonces.

 

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El poeta César Vallejo bebiendo un trago.

 

A Vallejo le interesó desde muy temprano estar en el centro y no en la periferia. Estar físicamente en Trujillo, por ejemplo, significó un progreso para el joven aldeano que aspiraba a convertirse en profesional. Es la Universidad de Trujillo la que le da un grado universitario con el que conseguirá algunos trabajos como maestro de escuela. A su vez, esta capital de provincia le permitirá relacionarse con sus coetáneos del grupo «Norte», leer con especial detenimiento —como ha señalado Espejo Asturrizaga[6] — a escritores franceses como Samain, Verlaine o Baudelaire; o a poetas de nuestro continente como Darío, Lugones o Herrera y Reissig. Las playas, la campiña y las muchachas trujillanas también lo seducían poderosamente. Luego de la amarga experiencia carcelaria, Vallejo paulatinamente va a incubar la idea de dejar el país. Entre 1921 y 1923, el poeta cuaja dicha idea y la ejecuta.

Abandonar el Perú significaba para Vallejo seguir asumiendo el rol de viajero, tarea que conocía más o menos bien. Se trata de un viajero con escasos recursos, de un migrante provinciano que se transporta en tercera clase en un trasatlántico a vapor con destino a Francia. Investido de entusiasmo y callada alegría, Vallejo se alejaba físicamente del Perú para siempre.

Generalmente, se abandona el hogar en busca de una vida mejor. Las razones de la emigración son harto conocidas: pobreza en el lugar de origen, guerras, malestar social, hambre, opresión o desempleo. Se trata de iniciar una nueva vida con la esperanza de evidentes mejorías. Un viajero con estas señas parte ligero de equipaje y con un millón de ilusiones, como reza una vieja canción.

Si el joven poeta limeño Luis Berninzone asume el viaje a Europa como una suerte de regalo de su familia, si Vallejo lo encara como la única posibilidad que tiene para huir de la inoperancia judicial peruana, diremos con serena objetividad que Pablo Abril lo haría poco tiempo después protegido de un puesto diplomático en la legación peruana de Madrid.

 

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Pablo Abril de Vivero, hermano de Xavier Abril y amigo entrañable de César Vallejo

 

Tal vez un par de rasgos sobre Pablo Abril sean pertinentes: nació en Lima en 1894 y dejó de existir a los 94 años en 1988. A su muerte Luis Alberto Sánchez dijo: «Fue el abril más extenso que yo haya conocido»[7]. Había publicado dos libros de poemas, el primero en Lima con el título Las alas rotas (1918) y el segundo en París con el nombre Ausencia y prólogo del español Ramón Pérez de Ayala, en 1927[8]. Cuando apareció este último, Vallejo escribió una amable reseña para la revista Variedades de Lima donde acuñaba frases como «obra de un poeta profundo y sencillo, humano y transparente»; luego añadía términos como «equilibrio, voz sana, fresco brillo, emoción lírica, alto tono poemático».

La brevísima poesía de Pablo Abril se articula, sin lugar a dudas, con el discurso lírico posmodernista, tal como se aprecia en estos versos que cito un poco al azar: «No tener un regazo que nos brinde, piadoso, / tras los rudos cansancios del humano fracaso, / la ilusoria certeza de un sereno reposo. / ¡No tener un regazo! // […] No tener una estrella // […] No tener un perfume redentor // […] No tener una amada, melancólica y buena, / que nos cante, muy quedo, la canción ya olvidada del amor». Estas líneas, sin duda, pudieron haber sido suscritas, por ejemplo, por Alberto Ureta, poeta que gozó de mayor fortuna en el parnaso peruano.

Es sabido que el nombre de Pablo Abril circuló por su adhesión al grupo «Colónida» ya que había participado del esfuerzo estético que Valdelomar plasmó en Las voces múltiples, libro colectivo de 1916. Fue, casualmente, el autor de «El Caballero Carmelo» —como ya lo hemos dicho— quien le presentó a Vallejo en un café del centro de Lima en 1918, y desde entonces esa amistad sería imperecedera[9].

Ya instalados en Europa, Pablo Abril, gracias a sus buenos oficios, logró una beca en 1925 para que Vallejo continuara sus estudios de Jurisprudencia en la Universidad de Madrid. El 16 de marzo de aquel año, el poeta santiaguino anotaba estas líneas plenas de gratitud: «Ya podrá usted imaginar mi contento por la concesión de la beca para España. A usted se la debo, Pablo generoso. Mi gratitud y mi cariño crecen más y más hacia usted, por lo bueno y lo fino de su gran corazón para conmigo». Tal vez por ello y por otras conocidas razones de orden crematístico, Vallejo jamás dejó de colaborar en la revista Bolívar que desde Madrid fundó e impulsó Pablo Abril entre 1930 y 1931. Vallejo fue un puntual colaborador de ella, difundiendo algunas crónicas derivadas de su viaje a Rusia. Su firma estuvo presente en casi todas las ediciones de «Bolívar». Es más, Abril lo conmina para que supervise activamente la distribución del magazine en París, amén de agradecerle por su crónica periodística, tal como apreciamos en esta misiva del 1 de febrero de 1930 y que cito en extenso:

Mil gracias por su magnífico artículo sobre Rusia. Me llegó cuando ya tenía compuestas varias páginas de ‘Bolívar’. A esto se debe que no tenga mejor colocación, pero como la firma hace el lugar, la de usted está en primera plana. Le repito que estoy verdaderamente encantado por su espléndida colaboración, que seguramente despertará en todos gran interés. Confío en que para el próximo número […] podré disponer de sus primeras impresiones soviéticas. Para mí sería terrible que esto no sucediera. Acabo de remitirle 50 ejemplares de ‘Bolívar’ a la librería de Sánchez Cuesta y mañana temprano le enviaré 250 a la Maison Hachette. […] Le suplico se moleste en cerciorarse de la colocación de esos ejemplares en los kioskos y demás lugares de venta.

 

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El poeta estadounidense Ezra Pound

 

Como es sabido, el epistolario entre ambos tiene el signo de la incondicional amistad. En dichas cartas, Vallejo manifestaba sin tapujo alguno sus apremios para enrostrar la vida diaria pero, de otro lado, le exponía a Pablo Abril —con cierto tono de pesimismo y de desesperanza— sus temores por el futuro que el autor de Trilce presentía y vislumbraba como nublado, incierto y peligroso; y que sólo una sensibilidad generosa como la de Abril podía interpretar y comprender.

En ese contexto, es pertinente acotar el hecho de que Pablo, radicado siempre en Madrid, tenía una profunda preocupación por la suerte que corría su hermano Xavier en París, menor que él por once años. En estos afanes del amigo, Vallejo no dudó en informarle a Pablo sobre las acciones de su joven hermano, ya que una oscura bohemia maltrataba la salud del entonces vanguardista. Estrecheces económicas acompañaban su vida diaria. Por aquel tiempo, la poesía de Xavier Abril es invadida por motivos vinculados al menoscabo del cuerpo, la intensidad de la noche, el descubrimiento del erotismo y el presagio de la muerte. El 23 de agosto de 1927, Vallejo le escribe a Pablo:

[…] su enfermedad sigue en el mismo estado, aunque está ya curándose en una forma más seria y regular. Vive en un hotelito muy cómodo, donde también come y disfruta de absoluto reposo. En cuanto a sus proyectos de Cannes, Niza y demás puntos turísticos del Mediterráneo, creo que ya no piensa en ellos. Le digo todos los días que es menester que se cure de preferencia, pues, de lo contrario, nada podrá ya hacer y ni siquiera escribir versos vanguardistas. Ojalá así lo haga, aunque creo que lo más prudente es que viva, por el tiempo de su enfermedad, bajo el cuidado y paternal dirección de usted. En fin, yo le avisaré después cómo sigue, para que usted tome la decisión que más convenga. Por el instante, está curándose y ya no piensa en locuras literario-suicidas. Tranquilícese usted, Pablo, y ya veremos lo que haya que hacer con nuestro poeta ultra-avanzado.

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Semanas después, el 12 de setiembre, Vallejo vuelve a comunicarse epistolarmente con Pablo:

Xavier vive lejos de mi hotel, en la Porte Champerret. Allí está más tranquilo, un poco cerca de la campiña de París. Está mejor de su enfermedad y me dice que lo que le hace falta es dinero para seguir curándose. Nos vemos con cierta frecuencia. No siempre, dada la distancia a que estamos. Le he observado que está dispuesto a volver a Madrid, a fines de este mes. Digo ‘observado’ porque, como varía tanto de decisiones, no hay que atenerse mucho a lo que él dice por medio de palabras.

Por entonces, Xavier Abril no cumple los 22 años y da la sensación que ha ingresado a la bohemia parisina, confuso y asombrado, como actor y testigo de excepción. Conoce y frecuenta a los poetas surrealistas, entre ellos a André Breton, Louis Aragon y Paul Éluard. Pero Xavier también observa a Vallejo, se detiene en sus movimientos y acciones. A título personal me animo a citar unas líneas de una carta que el propio Xavier Abril me envió en 1979 y que a la letra dice: «Con respecto al posible contacto de Ezra Pound con Vallejo, en Europa, no existe posibilidad alguna que ello haya acontecido. Vallejo principió a conocer a algunas de las grandes figuras de las letras de Francia, principalmente con motivo de la Guerra Civil de España». Y más adelante sentencia: «Vallejo, por lo general, era muy retraído» (3-4)[10].

Esta semblanza retrata el perfil discreto con que el poeta liberteño se desplazaba por París. Casualmente por ello, en las misivas entre Pablo Abril y César Vallejo hay mutuo y permanente compañerismo; traslucen comprensión y solidaridad. Ni uno ni otro escatima esfuerzos para apoyar al amigo. Contra todo pronóstico, por ejemplo, Pablo, el activo e inteligente diplomático, se ve en apremios monetarios en la capital francesa y tiene que recurrir a su amigo César, tal como apreciamos en estas frases correspondiente a una epístola de enero de 1930: «Le acompaño 220 francos, a cuenta de los 300 que tan generosamente me prestó usted en París».

 

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El poeta Xavier Abril, íntimo amigo de Vallejo

 

El viaje, la lejanía del terruño natal y las dificultades por enfrentar la vida en un país ajeno explican en gran parte la entraña de las misivas vallejianas. Al respecto, resalto levemente el perfil viajero de nuestro poeta mayor. Vallejo a lo largo de su vida asume el viaje como una condición fundamental de su existencia. Viaja porque necesita otros espacios y otros aires. Su poderosa personalidad lo empuja a movilizarse. Desde temprana edad así lo han acostumbrado sus hermanos mayores. De Santiago de Chuco a Huamachuco; luego sus destinos serán Trujillo, Lima, Huánuco, nuevamente Trujillo y Lima, y finalmente Europa, sea París, Madrid, Berlín o Moscú. Movilizarse es su norte. Sus viajes son para conquistar un ansiado estado anímico de libertad. Él no va en busca de dinero ni de herencia alguna. Él no es el Inca Garcilaso que va a España en busca de honra y herencia; ni Flora Tristán que deja Europa y viaja hacia el Perú reclamando también reconocimiento y moneda de la familia paterna. ¡No! Vallejo viaja para conquistar su libertad personal y artística. Viaja porque necesita escapar de la inoperancia judicial peruana, de sus amenazas, de sus intrigas y coartadas. Y en estos afanes, Vallejo no dudó en transgredir formas y modales, no dudó en escribir cartas pedigüeñas con el propósito de permanecer lejos del Perú, que tanto amaba, pero cuyos funcionarios amenazaban con privarlo de su libertad en un caso de claro matiz kafkiano. La experiencia de la cárcel ha marcado su alma para siempre. La cárcel lo aterra, la ineficacia del Estado en administrar justicia, lo aterra. A esos temores individuales hay que añadir los males de la época: el avance del fascismo italiano y del nazismo germánico que culminarían en la explosión de la II Guerra Mundial. De haber continuado con vida, Vallejo para huir de la guerra —según especulaba Xavier Abril— hubiera escogido como destino, para la continuidad de su voluntario exilio, o Nueva York o México, menos el Perú de Oscar R. Benavides y sus cancerberos.

 

 

Referencias

 

Abril, Pablo. Cartas. 114 de César Vallejo a Pablo Abril. 37 de Pablo Abril a César Vallejo. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca, 1975.

————–. Ausencia. París: Editorial París-América, 1927.

Abril, Xavier. «Carta inédita». La Casa de Cartón. Lima: Año IV, n. 6, 1983; 3-4.

Espejo Asturrizaga, Juan. César Vallejo. Itinerario del hombre. Lima: Librería Editorial Juan Mejía Baca, 1965.

More, Ernesto. Vallejo, en la encrucijada del drama peruano. Lima: Librería y Distribuidora Bendezú, 1968.

 


[1] Texto leído en el «Segundo Congreso Internacional de Poesía Peruana: Vallejo, 70 años», organizado por el Dr. José Antonio Mazzotti en Tufts University (Boston), los días 12 y 13 de octubre de 2008.

[2] El producto textual de esos diez años de intermitente intercambio epistolar animó tanto al receptor como al editor Juan Mejía Baca, en 1975, a publicar todo el conjunto con el rótulo de Cartas. 114 de César Vallejo a Pablo Abril. 37 de Pablo Abril a César Vallejo.

[3] Los heraldos negros data de diciembre de 1918, aunque recién circula, se difunde y se comenta al año siguiente.

[4] Trilce (1922), publicado con prólogo de Antenor Orrego, reúne 77 poemas de entraña vanguardista; algunos de ellos abordan como tópico la funesta experiencia carcelaria.

[5] En su libro Vallejo, en la encrucijada del drama peruano, Ernesto More rescata el testimonio del Dr. Carlos C. Godoy, abogado de Vallejo en el irregular juicio al que fue sometido el poeta en las cortes judiciales de la ciudad de Trujillo. Godoy abre su archivo a More y muestra un puñado de cartas que Vallejo le escribiera entre 1923 y 1926. Desde Lima, Vallejo le envía a Godoy (16 de junio de 1923) una misiva de despedida y de zozobra: «Mañana me embarco con rumbo a París. […] Me permito rogarle, si ello no lo distrae mayormente, tenga la bondad de dar un vistazo por el expediente sobre el juicio de agosto, el que según me notifican, ha vuelto al tapete negro del Tribunal de Trujillo. Hágalo, doctor, por mi ausencia y por la tranquilidad de los míos, por cuya suerte me voy inquietando acerbamente. Yo se lo agradeceré con todo mi alma» (81). Tres años después, el 7 de junio de 1926, Vallejo le vuelve a escribir, pero esta vez desde París, manifestando preocupación extrema: «Hoy me ha sorprendido una carta de mi hermano Víctor en que me dice que el Tribunal de Trujillo ha ordenado mi captura. […] Me quedo lleno de inquietud, puesto que sé que todo es posible en materia judicial.» (82)  En un texto más, fechado en la Ciudad Luz el 23 de junio de 1926, el poeta acotaba: «Ojalá que los asuntos del Tribunal no me traigan mayores y nuevas mortificaciones» (83). Sin duda alguna, todo este embrollo burocrático cobraba visos de desesperación y terror en la sensibilidad del escritor. Al analizar estas cartas, More escribe: «Estos documentos son notables porque ilustran un pasaje de la vida del poeta y nos muestran cómo la inquietud por el juicio y temor a que el Tribunal  lo hiciera apresar en París, no lo abandonan mucho tiempo, aún tan lejos de su patria» (84).

[6] César Vallejo. Itinerario del hombre es un libro clave para entender el periplo peruano de Vallejo.

[7] Frase que Luis Alberto Sánchez (1900-1994) mencionó en la semblanza que hizo de Pablo Abril a raíz de su deceso en su intervención matutina que tenía en la cadena RPP (Radio Programas del Perú).

[8] Ausencia. París: Editorial París-América, 1927.

[9] Aludiendo a esos frecuentes encuentros con ‘El Conde de Lemos’, Vallejo narra en una carta de 1918, dirigida a sus colegas trujillanos, ciertos detalles: «Anoche comimos juntos con Valdelomar, Gamboa y su hermano. Después de endilgarnos numerosas biblias en el Palais, nos pusimos chispos y así pasamos la noche».  (Espejo, 194)

[10] Carta publicada en la revista limeña La Casa de Cartón (I Época, Año IV, n. 6, 1983).

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