Vallejo & Co. presenta un texto del poeta cubano-español Rodolfo Häsler sobre el poema-ensamblaje de Luis Enrique Mendoza, Capital / Contracapital (2016).

 

Por: Rodolfo Häsler

Crédito de la foto: Izq. Ed. Lustra

Der. Pia Tafdrup

 

 

Una palabras para Capital / Contracapital (2016),

de Luis Enrique Mendoza

Leyendo los intensísimos poemas conforman Capital / Contracapital del poeta peruano Luis Enrique Mendoza, el lector recibe con fuerza la especialísima relación que establece con el lenguaje, poesía es lenguaje, viene a indicar el poeta, lenguaje que brota de una semilla que produce, al seguir leyendo, una transformación en la manera de percibirse uno mismo y en la forma de relacionarse con aquello que destaca en el entorno «crudo y cocido». Una conciencia del lenguaje anterior al habla, una marca que se hereda, una revelación en el camino, quizá hasta una marca de fuego.

 

Una búsqueda sin fin hacia lo más recóndito del ser, su identidad queda en tela de juicio, su valor social como ser humano que desde la materia perecedera alza un grito que quiebra la identidad. Una transfiguración que nos lleva también hacia algunos referentes, poetas brasileños concretistas, como Décio Pignatari cuando dice que el poeta construye lenguaje, está creando o recreando siempre lenguaje, para él el lenguaje es un ser vivo, o incluso Haroldo de Campos, escritura con un poder matérico, una tabla de color que va tiñendo el alma.

 

En este libro que da inicio a una trayectoria poética que se intuye fructífera, va buscándose un sentido, una explicación, a tal nivel de hondura que para nada pareciera el primer libro de un poeta, como si lo vivido y lo sentido tuvieran ya un nivel de decantación suficiente para permitirse superar la urgencia de todo inicio, un grito, esa llamada que se va afinando hasta dejar un ligero soplo que sólo escucha aquel que se hunde en su propia asfixia, y se acerca a la poesía ya casi sin voz, en peligro inminente, como la terrible imagen del perro de Goya que hasta hoy mastican los psicoanalistas.

 

Se comenta hasta la saciedad que el significado del poema consiste en restablecer el silencio, en regresar al punto de partida, donde las palabras aún no han sido enturbiadas por la manipulación del lenguaje lógico, y recoger así su decantado peso. Si esa es la ardua tarea del poeta, Luis Enrique Mendoza lo consigue desde su deslumbrante comienzo, en Lima, en la década Capital, hasta convertir el desprendimiento y la liviandad en un auténtico renacer.

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Estos versos cortos y fulminantes encierran muchas preguntas, muchos sentidos posibles. Qué es la poesía, la escritura, la vida del poeta que se alimenta de lo que siente, su nutrición, su sustancia vital, el maná que llega en el último momento está ahí, al que recurre cuando es necesario. Y vemos en estos versos:

 

Hay un largo viaje que emprende el agua / desde el movimiento de las olas hasta la oficina de / finanzas /

 

A tanta insistencia en darle explicación al universo en que flotamos, a tanto empeño por volver a nombrar, es decir, volver a crear, podemos añadir que el cúmulo de acontecimientos, a medida que se lee, no es otra cosa que el asombro y el descubrimiento. Es en esencia el símbolo, y no se trata de la corriente que trabaja con el simbolismo, no va por ahí, es ante todo un tiempo mucho más largo, que va de las cosas a su significado intrínseco, a su símbolo, abandonando la palabra, sin dejar de incidir en el lenguaje, abandonar el medio de expresión, para alcanzar el grado de confianza pleno en el hecho creativo.

 

La sugestión, la intuición, la impresión que se logra transmitir, su capacidad de alejarnos de lo evidente para ver qué hay detrás. Allí donde aparentemente no se dice nada es donde empieza a investigar el poeta. Expresar lo menos posible e intentar sugerir lo máximo, y así vemos estos versos:

 

Y en la orilla del lenguaje     nuevamente     HERIDA / Porque no importa nada / Solo el túnel directo al Capital

 

Escarbar en la oscuridad y ser capaz de descubrir, es una tarea difícil, uno de los fundamentos de la poesía, y aquí está presente, de inicio a fin, y es por eso que este libro iniciático parece hablar de todo y a la vez de nada. Es por eso que un buen libro no se agota nunca, y si crea un modelo de sensibilidad, de compromiso y ética vital, la labor llega a buen puerto, y es el caso de esta entrega que nos permite, leyendo y releyendo aquí y allá, siguiendo el orden que da el autor, o al azar, compartir este trabajo de aclaración, de búsqueda de ese resquicio de luz que nos permite vivir un poco mejor, con un ápice de sentido.

 

Barcelona, 1 de febrero de 2016

 

 

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