Hace algún tiempo, publicamos en Vallejo & Co. el prólogo del ensayo Mejorando lo presente. Poesía española última. Posmodernidad, humanismo y redes (2010, Caballo de Troya ed.). Un ensayo escrito por el escritor Martín Rodríguez-Gaona que nos ayuda a entender la situación de la poesía española contemporánea haciendo énfasis en la multiplicidad de tendencias y su vínculo a los nuevos soportes y formatos.

En esta ocasión, toca profundizar en la poesía de Mercedes Díaz Villarías, para lo que Rodríguez-Gaona analiza el poemario Mi nombre es rojo (2004).

 

 

Por: Martín Rodríguez-Gaona

Crédito de la foto: Izq. www.fernandoainsa1.blogspot.de

Der. www.ellenguajedelospunos.blogspot.de

 

 

Una odisea anarquista sentimental.

En otra parte (2005), de David Mayor

 

 
En otra parte está escrito a la manera de un mapa de ruta, en el que se da cuenta del esforzado aprendizaje de la indiferencia. El personaje perfilado a lo largo de los 35 poemas de este libro, emprende una peregrinación en pos de otra versión de sí mismo, por lo que en su voz y en sus gestos hallamos un paradójico, a la vez que esencial, exhibicionismo. Mas este rasgo, que en una propuesta distinta podría ser impostura, aquí se mantiene en una especie de equilibrio al borde del abismo, en un juego muy serio en el que todo el oficio y la vocación estética del autor hacen lo posible para que tal búsqueda no sea explícita: “Prefiero sortear la confesión reiterada sin la mancha de la imaginación y el trazo”. En otra parte establece así un alegato contra la linealidad y la imagen del poeta, en su acepción de yo ciudadano y persona pública.

 

david-mayor

David Mayor

 

Sin embargo, la poesía de David Mayor (Zaragoza, 1972), siendo fiel a la voz que pretende construir, no hace aspavientos ni cae en reivindicaciones: recoge e incorpora, sutilmente, mesuradamente, las posibilidades abiertas por el debate que marcó la poesía española de la última década del siglo pasado. En su recorrido encontramos confesiones personales y referencias culturalistas (de Walter Benjamin a Ava Gardner, de Shakespeare a Blade Runner), reflexiones metapoéticas (“Autour de ma chambre” o “Educación sentimental”) y seudomanifiestos políticos (“Nacionalidad”), pero todo desde un realismo trascendido. Quizá la clave del lenguaje de David Mayor radique en su opacidad y apertura simultáneas, las que le permiten gran capacidad de sugerencia y amplitud temáticas (“Así funciona la mecánica / de esta correspondencia entre mi vigilia y el sueño”), que el poeta emplea para construir un personaje de estirpe romántica, aunque totalmente consciente de sus maquillajes y fisuras.

Es por esto que En otra parte podría entenderse como una odisea anarquista sentimental, en la que, a pesar de los certeros juegos de seducción creados, todo el viaje no es más que una peregrinación que prepara el regreso. Como en una procesión, con sus paradas obligatorias, los rituales externos, humos y demás parafernalia, no hacen sino prefigurar el punto de llegada, la conmoción estética, amatoria o finalmente religiosa.

 

David Mayor, En otra parte

 

Podría ser interesante sopesar cuánto de estas sensaciones se corresponden con el retrato generacional de quienes nacieron poco antes del fin del franquismo, y cuyo escepticismo ético o nihilismo vital ha alimentado a la sociedad de consumo. El primer libro de David Mayor nos demuestra que, en ningún caso, la caricatura se corresponde con la realidad: a pesar de los rasgos comunes, no hay una imagen que logre definir a toda una promoción, a una comunidad de individuos. El poeta, silenciosamente pero con firmeza, sin más público que ese yo en el que casi nunca se reconoce, practica la única escritura que le es posible después de la derrota de la Utopía: “Qué puedo hacer / sino creerles, e intentar nacer de nuevo”. Oponiéndose a las consignas uniformadoras del ligero fin de siglo, En otra parte -con su vaivén entre dos ciudades, sus disquisiciones entre el amor canalla y lo platónico, su desencantada militancia, su reivindicación populista y su aristocrática displicencia- registra la crónica de un deseo -inconcluso, necesariamente, pese al nombre o a un cuerpo concreto-, y es por lo tanto un bello ejercicio en esencia irracional, intransferible y doloroso.

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