Miguel Ángel Lama

  

Algunos poetas suelen mostrarse renuentes a hablar de su propia obra, sobre todo en público. Insisten en que para ello ya están sus poemas; y por eso muchas veces se excusan cuando se les requiere para que escriban una poética. Otras veces, cuando lo hacen, son contundentes y afirmativos; y resultan igualmente provechosas e iluminadoras sus palabras en prosa. A veces muy iluminadoras, por la sólida fundamentación teórica, un riquísimo bagaje de lecturas y la fina inteligencia del autor. Es verdad que si el libro de poemas no precisa de más explicaciones es porque el poeta ya ha sabido expresar su intención en sus versos, cuando éstos, por ejemplo, son de carácter autorreferencial, en torno al mismo hecho de la expresión poética. Aun así, el poeta teorizador que se esconde bajo el poema no se conforma, y se expresa de otras maneras. A veces, redacta una poética; aunque la inicie con una negación; otras veces se preocupa de que su propósito quede bien reflejado en solapas y banderines de su libro; y en ocasiones se deja ver cuando escribe sobre otros poetas; algo muy frecuente porque la crítica de poesía y los prólogos de los libros de poemas están llenos de poetas. Finalmente, es el lector el que gana.

 En un poeta como Basilio Sánchez (Cáceres, 1958) se cumplen muchos de estos extremos sin que se note. Su poesía —que juntó en el volumen Los bosques de la mirada. Poesía reunida 1984-2009 (Madrid, Calambur Editorial, 2010)— es un ejemplo de revelación de las claves sobre las que se sustenta una madura reflexión sobre la propia escritura; de modo que muchos de sus poemas se explican a sí mismos. Pero también Basilio Sánchez es un escritor muy preocupado —sana inseguridad— por matizar o aclarar lo ya expuesto en el poema una vez publicado; tarea a la que se aplica con meditada preparación, con un esmero admirable y con discreción ejemplar. Poco dado a la teorización fuera de su territorio personal, también, sin embargo, ha escrito sobre otros, y recientemente, sobre un libro de poemas de Ana María Reviriego (Aldeanueva del Camino, 1958), Una caja de piedras y otra caja de palabras (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012), en un texto titulado “La poesía como acercamiento”. El texto de Basilio Sánchez, cuyo título es una definición asumida, se nutre de palabras como las de Wallace Stevens (“La poesía es un esfuerzo de un hombre insatisfecho para encontrar satisfacción a través de las palabras; ocasionalmente, del pensador insatisfecho para encontrar satisfacción a través de las emociones”), de Saint-John Perse (“El hombre nace en casa, pero muere en el desierto”) o de Antonella Anedda (“La realidad no es tenaz, necesita nuestra protección, las casas se hunden, mundos enteros desaparecen […] Si algo puede hacer el lenguaje es excavar una y otra vez un espacio en cuyo interior nada sea superfluo, un espacio manso, como un recinto donde los objetos y los seres respiren los unos al lado de los otros, tengan duración y luz”) y a estas palabras acompañan en el mismo texto nombres (y palabras) como los de Octavio Paz, Joan Vinyoli o Gioconda Belli, además de la propia Ana María Reviriego. La excusa es ésta, la obra poética de una autora contemporánea; pero Basilio Sánchez está exponiendo ideas compartidas, cuando no su propio ideario, el que está en casi todos sus libros y, de manera sublime, en su último libro, Cristalizaciones (2013).

 En él hay un ejemplo de lo que decía arriba. Hay un poema nuclear, espléndidamente explicativo de la intención del libro, situado en el centro del mismo —el trigésimo cuarto de sesenta y siete— y al que presta el título de “Cristalizaciones” y que dice así:

 

El cristal hace suyo

el frío de la intemperie,

pero es obra del fuego: el resultado

de un proceso secreto

de sedimentación y transparencia

que tiene lugar en los estratos más profundos

de lo que somos

y en el que participan,

además de las presiones y la temperatura,

la soledad y el tiempo.

 

Su condición de glosa del significado del conjunto es evidente, con su sabia combinación del mundo de los procesos geológicos y el mundo de los procesos poéticos; pero lo relevante es que su enunciación sobrepasa los límites del poema y llega al paratexto de la cubierta en donde el poeta vuelve a explicarse —oculto bajo el anonimato que brinda la supuesta información editorial— para decir que “Cristalizaciones es un libro que indaga en la contingencia y fragilidad de la doble naturaleza del poeta, la del hombre y la del escritor, y que busca en la poesía no un reflejo del mundo o de nosotros mismos —que también sería lícito—, sino la transparencia que permite percibir a través de ella la realidad del mundo. Esa realidad objetiva que configura nuestro espacio moral y que, en palabras de Claudio Magris, se encuentra más allá y por encima del propio yo”. Es un texto autorizado que expresa con precisión las claves de la obra y que continúa con la transcripción literal en prosa del poema mencionado antes. Es un ejemplo elocuente de la conciencia poética de Basilio Sánchez, su manera responsable y honesta de abordar la escritura, que se aprecia en todos y cada uno de sus libros desde Los bosques interiores, que el propio autor quiso en 2010 —cuando reunió Los bosques de la mirada— que fuese el principio de su obra poética tras la publicación de A este lado del alba (1984).

 Como en otros libros del cacereño, la solidez de concepto se sustenta en una estructura muy equilibrada del conjunto. Tres partes, “La noche desmantela las obras de los hombres”, “Apenas nada” y “El carbón encendido” (22 + 23 + 22), cuyos títulos se repiten en los de sendos poemas del interior de cada sección, el último de la primera, el séptimo de la segunda y el segundo de la tercera, respectivamente; de modo que al lector se le ofrece la glosa de los tres grandes epígrafes del libro. La conciencia de la insignificancia del hombre frente a la inmesidad natural, con la noche y Hölderlin al fondo. La poetización de la realidad y el porqué de las palabras. Y el significado de éstas como ofrenda y sacrificio. Los tres textos son como ejes que actúan en cada una de sus partes, y los tres, a su vez, están sustentados sobre otra base que es el poema “Cristalizaciones”, que, como ya se ha dicho, queda situado casi en el centro exacto del libro. Sobre esta estructura va cubriendo el conjunto la argamasa del resto de los poemas sin que en ningún momento decaiga en hondura poética. La unidad argumental la aporta la elección de la noche como el escenario de la incertidumbre, de las preguntas, y es también una noción temporal y espacial anterior a la vida del poema, como en “Teoría lingüística”, que explica esto. La noche abre y cierra el libro, y está presente en poemas esenciales, acompaña el luminoso discurso que ahonda en el porqué de las palabras (“Apenas nada”), o de la escritura (“El incendio en la casa de las lámparas”); en el maridaje de escritura y de vida (“La puerta tras de ti” o “La vida que nos damos”); o en el afán del lenguaje (“Regreso a la casa de la infancia” o “Lenguaje”).

 Como no ocurría desde Entre una sombra y otra (2006), en donde está uno de los poemas más breves escritos por Basilio Sánchez, de tan solo tres versos (“El invitado”), la variedad interior del libro se apoya en poemas cortos que van combinándose con otros más largos en cada una de las tres secciones. Hay algunos como “A media altura” que parecen una viñeta; otros, como “La posteridad es una amante pobre”, también de cinco versos, que tienden a lo aforístico. Pero también en Cristalizaciones hay una variedad de motivos que, sin que se pierda el común denominador del escritor y lo escrito, es un brillante contrapeso en donde el referente real o la circunstancia es un punto de partida del poema. Así en “La Porciúncula, octubre de 1226” o “El aljibe”, de la primera parte; en “Peña de Francia” o “Maltravieso”, de la parte central, o en “Los lugares de paso”, “Cementerio judío de Praga” o “Santa Lucía del Trampal”, de la última sección.

 La lectura del libro parece dibujar un viaje hacia la profundidad de las cosas, como una muestra de estratos que reproduzca el camino hacia el poema, como se sugiere en uno de la apertura, “Cordel de ciegos”:

  

Propietarios, entre los poderosos, de la debilidad,

llegamos al poema atravesando

una serie de círculos concéntricos

al final de los cuales,

en el pequeño centro irreductible,

o no encontramos nada o allí estamos nosotros.

 

Cristalizaciones sabe acompañar al lector en ese camino hacia la transparencia y gracias al cual el que lee también termina encontrándose consigo mismo y con la constatación de que mantenemos con la realidad una relación misteriosa, frágil y perfecta, que hay una oculta cohesión entre nosotros y lo que han escrito otros; el otro, nominalizado aquí como Basilio Sánchez. El cierre también es un acierto. El último poema es “La vida mientras tanto”. Su construcción enumerativa parece abrir la obra hacia un final que se prolonga, como si continuase el discurrir poético del autor, la necesidad de seguir haciéndose preguntas, de seguir buscando, de estar en vigilia poética permanente. Con la luz sobre los ojos, como dice el poema. El poema, elíptico de verbos principales —no es el único del libro— , es como un índice de una próxima obra, de la obra continua. Finalmente, si por cristalizar también entendemos el dar una forma clara y precisa a algo, sin duda, Basilio Sánchez ha conseguido su objetivo. Como siempre, añado.

 

[1] [Madrid, Ediciones Hiperión, Col. Poesía Hiperión, 642, 2013. XX Premio de Poesía Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina»]

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