Por: Mario Pera

 

Premio TIFLOS DE LITERATURA 2013

El ganador del premio en la XXVII edición de Poesía es el peruano Nilton Santiago, con el poemario El equipaje del ángel

 

Este 2014 nos ha sorprendido con una grata noticia. El poeta peruano Nilton Santiago, quien reside en España desde el 2005, resultó ganador del Premio Tiflos de Litreratura 2013, en el marco de la XXVII edición para el rubro Poesía. El peruano se hizo merecedor al premio con el poemario El equipaje del ángel, el que es: «un libro de poemas muy suelto, verbalista, muy moderno, atrevido y una apuesta por la utilización del versículo. El libro traslada una imagen fuera de toda lógica, pero, precisamente por ello, es una poesía llena de hallazgos que inventa a medida que crece en el texto. Es una poesía rica, luminosa y brillante», en palabras del miembro del jurado de premiación Ángel Luis Prieto de Paula.

Debo destacar que el premio fue ganado por Santiago en decisión unánime de un jurado compuesto por los escritores Luis Alberto de Cuenca, Ángel García López, el ya citado Ángel Luis Prieto de Paula y Jesús García Sánchez, editor de Visor; siendo seleccionado entre 180 trabajos que fueron presentados al concurso desde España y otros países de América, Europa y África. El premio, además de una nada desdeñable recompensa económica, contempla como importante recompensa la publicación del poemario por la mencionada Visor.

No es la primera ocasión que Nilton Santiago logra un premio en el rubro poético. Antes de partir a España ganó el segundo puesto del Premio Copé de Poesía en  2003, con el poemario El libro de los espejos publicado dos años más tarde por ediciones Copé. Asimismo, hace dos años (en 2012), ganó el II Premio Internacional de Poesía Joven de la Fundación José Hierro con el libro La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad, poemario que fue publicado el año pasado con la colaboración del reconocido poeta y artista plástico español Juan Carlos Mestre.

Aquí algunos de los poemas de El equipaje del ángel, poemario ganador aún inédito y en primicia:

 

 

B R E V E   H I S T O R I A   S O B R E   L A S   L Á G R I M A S   D E   K A F K A

 

Acabo de leer en el periódico que las obras completas de los traficantes de metáforas pueden encontrarse fácilmente en una farmacia de turno. Allí, al amanecer, un tulipán en tirantes abre la ventana de la noche y engrasa las estrellas con lágrimas de vainilla. Probablemente la prensa de mañana recoja que un hombre con doble personalidad acaba de confesar un crimen de “su otro yo” o que las monedas de tu corazón ya no son de curso legal entre mis sábanas. Una sola de tus miradas de alta bisutería es suficiente para abrir la cerradura de las mañanas y tampoco es que hagan falta inspectores de hacienda para saber que pago muchos impuestos por soñarte. Bajo estas circunstancias, es decir de una serena melancolía, se me acurre pensar que el número cero lleva la cabeza rapada y es tan inocuo como una fuga de gas grisú. Creo que ya se ha dicho muchas veces que media docena de sueños no son suficientes para pagar la hipoteca de un chalet en la Luna, no obstante más allá de tu corazón el amanecer le echa un vistazo a mi corazón, así que da lo mismo. Acabo de leer el testamento de un topo nariz de estrella y parece el manual de instrucciones de cómo hablarte al oído sin que mi vida corra peligro. Es cierto, nada tiene que ver este último comentario con este poema con los tobillos escayolados, pero tengo que decirte que mi biografía es tan gris como la de un portero cuyo equipo acaba de ser goleado por un grupejo de chimpancés amaestrados. También debo confesarte que me pones a cien cuando te veo doblar las piernas mientras usas alguna de mis camisas y los números huyen de los relojes para habitar las partituras de tus labios. Me cuesta hallar jueces que no pierdan el juicio, recoger la lluvia de mi corazón cuando amanece, me cuesta horrores hacerme el café sin pensar que al otro lado del mundo estás tú. Y eso es la habitación de al lado. Lamentablemente este poema no tiene una mesa reservada para ti esta noche y –sí- las maletas de mano de estas silabas descalzas están llenas de las lágrimas de Kafka.

 


 

L A   S O L E D A D   N U N C A   N O S   D E J A   A   S O L A S

En poesía 1 + 1 es “0”, es decir, una rosa enferma, solía decir Lawrence Ferlinghetti

ese animal paradójico que recogía toda la luz de la luna por las noches

para luego venderla en las gasolineras,

en cualquier caso, también el pintalabios de Gisele Bündchen

no es lo que parece, es decir, todas las primaveras que ha padecido el mundo

encerradas en un espejo que ha olvidado su oficio,

es decir, fabricar estrellas de mar y venderlas

como se vende el agua embotellada los días que llueven erizos.

La mañana del 24 de marzo de 1919 encalló, cerca de Yonkers, New York,

el arca de los dones, en la vida “real” esto no sería más que otro suceso naufragando

en la portada de los telediarios

pero en poesía, significó la llegada al mundo de Lawrence,

buen amigo de Allen y de los dos “Jack” (Kerouac & Prévert)

a los 14 años ya rasguñaba las estrellas con su maquinilla de afeitar

y a los 30 ya había hecho un doctorado en la Sorbonne

sobre la influencia del chamanismo en Wall Street,

aunque él lo hubiese querido hacer sobre los desayunos de Ezra Pound

o sobre los ronquidos de Gregory Corso.

Otra mañana, esta vez en Río Grande do Sul, llegó a la tierra el origen del mundo,

es decir, Gisele,

la descubrieron cuando tenía 13 años regando, con la mirada, las estrellas de su jardín

esto pasó en la vida real pero en poesía queda mejor decir que la vieron

devorando una hamburguesa

mientras discutía con el sastre de la imaginación de Ronald McDonald.

Ahora, a los 30, Gisele ya no deja en bragas a la estatua de la libertad

ni paraliza la respiración de Dios cuando éste espía el mundo a través de sus ojos

pero sigue alborotando el gallinero, es decir, la gota de rocío que es el mundo entre sus manos limpias de enfermera de guerra.

 

En poesía, “0” + “0” es el origen del universo y también de la mirada de Cesare Pavese

esto no lo escribí yo a los 13 años

porque nunca tuve 13 años, sino 365 días llenos de pompas de jabón,

esto se diría así en la vida real

pero en poesía, 365 pompas de jabón es lo mismo que decir 15 atentados con “coche

bomba”.

En ese entonces, mi soledad huía de los toques de queda y de los controles militares

y se quedaba quieta, bajo la sábana, luchando contra los molinillos de viento

que eran las sombras de las velas en los candelabros,

esas que solíamos tener en casa por la falta de luz eléctrica.

Ahora se me “está pasando el arroz” (pensar en hijos me da sarpullido)

y no tengo en el banco ni 30 estrellas vegetales de Tartaria

no tengo ningún doctorado y tengo miedo hasta de la guardia urbana,

es cierto, ya no existe Sendero Luminoso ni el ejército revolucionario para la liberación

de las flores,

pero mi soledad aún sigue allí, despierta bajo las sábanas de tu nombre

bien repartida entre 365 días llenos de pompas de jabón.

 

Por cierto, dicen que nuestro corazón late más de 100.000 veces al día

y que la luna, ese vertedero de lágrimas, pesa 81 billones de toneladas

no obstante, en materia poética,

esto es, en la vida real, la luna tiene el peso exacto del corazón de Giselle

es decir, el de 100.000 pompas de jabón,

esto me lo contó una vez Lawrence,

buen amigo de los chatarreros del paraíso que algunos han visto en su corazón.

 

 

 

S O B R E   P R O F E C I A S   Y   L A   I N V E N C I Ó N

D E L   N Ú M E R O   C E R O

 

Todos creen en el fin del mundo, en el apocalipsis de la manzana estelar

anunciado por Juan de Patmos, el profeta de las estrellas enlatadas

no obstante, ya lo dijo Bernard Shaw, todo esto no es más que la paja del ojo de Dios

“un curioso registro de las visiones de un drogadicto”

yo estoy más de acuerdo con aquellos que inventaron el número cero

con aquellos que escriben tomos enteros para explicaros que, se mire por donde se mire,

el cielo es una gran gotera por donde caen millones de peces solitarios,

sí, humo y más humo nocturno que nos construye e hilvana el corazón.

Es cierto, hablamos de un músculo frágil  -como un diamante de saliva-

y he de escribir con cuidado para hablar de él, he de medir los precisos pensamientos

que hay que hornean para que este poema no hable de un hotel para “chicas bien”,

sino de ti al salir de la ducha.

Nada es suficiente, sin embargo, para que la arena de este poema

me devuelva tus huellas bajo las higueras descalzas,

para que el mar deje de ser el equipaje de mano de tus lágrimas lácteas.

Seguro que antes llegará el fin del mundo

que tus labios trayendo el día a la noche de mis labios.

Seguro que hubieses vuelto loco a Juan de Patmos con esas minifaldas

que más bien parecían cinturones para mariposas.

Charles Simic diría que este poema no es más que dejar el corazón de un solitario

como cebo de ratonera para otro solitario,

tú dirías que una chispa de tu mirada

puede ser suficiente para hilvanar el cielo en este preciso momento.

Y es tan cierto

como aquella profecía maya que decía que me dejarías hecho polvo

antes de lo que canta un gallo

o como aquella máxima de las democracias avanzadas:

“el voto en blanco beneficia al ganador”.

Ah qué difícil es predecir el fin del mundo entre tus muslos de gata

o tutear a la poesía cuando no me ve contigo.

 

 

 

O T R O   A R R E G L O   D E   C U E N T A S   C O N   L O S   P Á J A R O S

 

Por qué diablos tuvimos que ver tantas iglesias y tantos gatos, como geranios,

y tantos sindicalistas en el fondo de los taxis y tantas iglesias

(como si fuesen la calderilla que Dios

arroja en la barra de un bar).

No habíamos facturado por mi culpa

y las maletas de mano pesaban tanto

como el corazón de una ballena varada en una lágrima y llovía.

Pero era nuestra agonía la que en realidad nos costaba llevar

(y no la lluvia en el fondo del taxi)

y la que nos emparentaba con los perros abandonados en la sonrisa de las enfermeras.

Al final llegamos a casa -porque todo llega- deseándonos

como deben desearse los personajes literarios fuera de los libros

pero, claro, tú –la bipolar- al final ni puto caso.

De pronto empezó a llover, era la segunda vez que llovía en el día

y parecía que desempacábamos las olas del mar.

Entonces, “para romper el hielo”, decidí ir a buscar el periódico y unos chocolates,

-qué gran cobarde, qué gran malhechor-

haciéndome paso entre una manada de antílopes

que habías traído como souvenirs,

preciosos baobabs de varios metros de altura.

El barrio era el mismo, la tienda del paquistaní

era la misma nevera en medio de la calle,

y las mismas líneas de cebra cruzaban la avenida

(quizás alguien se había esnifado alguna línea, pero todo seguía igual)

Hasta vi al hombre oscuro que arrastraba su carrito de la compra

con estrellas y otras chatarras,

husmeando en la basura como un gran sabueso.

(A propósito, el hombre oscuro no conoce el pan porque él es el pan,

nadie sabe que guarda una estrella perdida en otra estrella

-como una pata de conejo-

pero no le importa, como no le importa a la lluvia

volver a la mano de Urano, una y otra vez)

Vuelvo a casa sin nada. Me he dejado la cartera y sí, sigues cabreada

y dices cosas como “siempre igual” o “lo tuyo no tiene arreglo”

mientras me preparas unos huevos fritos.

Hoy los telediarios han anunciado otro desahucio de un poema

de su abecedario de agua,

y han hecho un largo reportaje de un matrimonio de nutrias caídas en desgracia

por morder la costilla de Eva, sí otra “cortina de humo”.

Busquemos entonces la manera de cambiar este rollo de la melancolía

por más melancolía, de buscar las armas de la limpieza en el mensaje de las aves

que “han pasado” de las migraciones de invierno

y olvidemos esto de la crisis, de saqueos de bancos, de estafas a jubilados

y de haber visto tantas iglesias,

como si fuesen las cicatrices de Urano.

Vaya vaya, me dices, mientras me paso la saliva,

¿sabías que los indios de la Guayana preparan un licor con las cenizas de los muertos?

Sí, se te ha pasado ya el cabreo

 

y a mí las ganas de comerme los huevos fritos.

 

 

 

C I N C O   G R A M O S   Y   M E D I O   D E   M I L A G R O S

 

Una a una, una fila de milagros hacen cola para entrar en la fábrica de pájaros que escondes bajo tu lengua y no es ninguna broma. Fíjate, no hay aritmética posible que explique por qué los crisantemos escarban la tierra para buscar las urnas donde los perros esconcen sus lágrimas, pero tú siempre tienes la respuesta correcta para todas mis metidas de pata: un portazo detrás de tus labios. Es cierto, se me lengua la traba cuando quiero escribir poemas contra la manipulación transgénica de la conciencia de las rosas o, simplemente, una carta de amor para una pelirroja de calendario, pero qué se va a hacer, ya sabes que soy tan tonto que antes de decirte lo siento (otra vez) me tengo que leer una treintena de manuales de cómo psicoanalizar a un guacamayo. Hace un par de minutos que acaba de pasar un milagro en el lomo de un caracol: no es que yo sepa reconocerlos pero cuando se sale con nenas como tú se es capaz de diferenciar, al menos, 132 tipos de sonrisas entre mis labios y tus pecas. No obstante, pasan las horas dentro de los pétalos de la lluvia y tú sigues en tus trece, los pobres seres del aire poco pueden hacer para vendar nuestras heridas, sobre todo si aún quedan estrellas por forjar entre tus cejas; aunque sé desde hace mucho que está prohibido ser pobre y tratar de besar tus labios a 100 kilómetros por hora. Detrás de esa puerta está mi corazón o llámalo como quieras, su historia es tan absurda como la de un taxidermista de sueños; en cualquier caso, tienes razón, te he tejido más de un problema, pequeña astronauta, te he mordisqueado el lóbulo de la oreja cientos de veces a media noche para sacar a pasear a tu sonrisa por mi corazón y créeme que no lo siento, ya sabes que el amanecer es el panadero que nos envía la noche para hornear mis besos sobre tus labios y por eso prefiero desayunar directamente de tu boca. La soledad es un activo financiero en toda regla y también el origen de todo este embrollo de no quererte más lejos que al otro lado de mi almohada. Vale, no hace falta más que llorar para darse cuenta que también los cangrejos usan despertadores para abrazar el mar, pero para nosotros no son más que animalillos que nos cortan el rollo cuando el alba empieza a colarse por tu sonrisa. Piedra, papel y tijera son lo mismo ya que todo lo solucionas con un susurro en mis oídos para echarme de tu lado de la luna y dejarme con las ganas de morderte las estrellas. Otra noche más tendré que hacer cola para entrar en tu fábrica de pájaros, lo sé, también soy yo una de tus equivocaciones terrenales y sí, es cierto, los poetas deberían pagar impuestos por su uso excesivo de las estrellas, bla, bla, bla, ni el sonido de las lágrimas al romperse ni el “cuac” de los patos hacen eco, bla, bla, bla. Ciertamente, algún día se venderá poesía “al peso” y algunos peces pasan sed.

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