Nota y traducción: Chiara De Luca

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Un forastero perdido en el planeta.

Sobre la poesía de Jorge Carrera Andrade[1]

 

 

Presentado como candidato al Nobel en 1976, Jorge Carrera Andrade* es una de las voces más significativas de la poesía latinoamericana contemporánea. Poeta, ensayista, traductor y periodista, ejerció una intensa actividad como diplomático, viviendo por largos períodos en Francia, Alemania, España, Japón y Venezuela. En 1946, para no sentirse cómplice de la dictadura, renunció a un nuevo encargo diplomático y empezó a trabajar en una agencia publicitaria; no obstante, siguió colaborando con diversos periódicos de Caracas. Enseguida recibió muchos encargos por las Naciones Unidas, tuvo conferencias en la Universidad de Columbia-E.E.U.U., y fue embajador de su país en Nicaragua. Algunos años después, en 1969, abandonó la carrera diplomática como protesta contra el nuevo régimen militar.

A pesar de sus numerosos viajes, y de sus largas estancias al extranjero, Carrera Andrade siempre mantuvo una ligazón muy fuerte con su tierra, cuyo color parece acompañarlo en todos los lugares en los que vivió, junto a la nostalgia de un mundo en una rápida y constante metamorfosis, al cual él asistió con la mirada atenta de quien sólo se aleja para volver, y con la dolorosa participación en la suerte de una antigua civilización que el poeta conoce y reconoce, sueña, evoca, por la cual se bate y que sigue queriendo, más allá de todas las durezas y las contradicciones creadas por la llegada de la modernidad.

Entrar en un poema de Jorge Carrera Andrade, dejándose transportar por sus versos, significa olvidarse, olvidar el tiempo del reloj, la ciudad que se arremolina al exterior. Progresar a través de estas páginas significa adentrarse en un territorio puesto fuera del espacio y del tiempo que conocemos, que nos solicita aguzar la mirada, alertar todos nos sentidos, respirar a fondo. Porque la palabra de Andrade, el verso de este “forastero perdido en el planeta”, “ciudadano del aire y de las nubes”, “emisario de la altura”, se mueve como un radar para descubrir todo lo que pasa inobservado, todo lo que se queda escondido, amenazando de ser pisoteado. Luego, como una lupa, la mirada del poeta se detiene sobre cada detalle, lo dilata, ofreciéndolo a la mirada del lector, para revelar su verdadero color y su perfume, sacando la pulpa, la esencia. La de Andrade es una poesía que se mezcla con las cosas, que se vuelve cosa, logrando encarnarla.

La poesía de este “Capitán del color”, “amigo de las nubes” es un espléndido himno de amor a la belleza y a la vitalidad de la naturaleza, que el poeta observa, explora, secciona, pinta en todos sus múltiples matices, en todos sus claroscuros más borrosos. Cada pequeño detalle del paisaje que Andrade describe ?y que quiere defender de la amenaza del progreso? se revela ennoblecido, agrandado, devuelto doblemente vivo y presente. Nada se sustrae de la atención del ojo del poeta, que se detiene sobre los frutos, las plantas, las flores, las piedras, las rocas, los animales ?de las golondrinas a los mosquitos, del colibrí a la tortuga, de la gaviota al moscón, de la lagartija al topo? cuyos olores el lector puede aspirar; cuyas formas y colores que el lector puede ver, casi siguiendo sus perfiles, casi advirtiendo su consistencia.

 

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El poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade
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La mirada del poeta abraza y envuelve cada cosa que encuentra, porque es la mirada de quien viene para querer con pasión a todos los seres, para “mirar el mundo hasta la entraña / y acariciar las cosas simplemente / único patrimonio de los hombres.”

Los paisajes, los animales y el estilo de vida descritos por Carrera Andrade son muy peculiares pero, después de una inicial desorientación, el lector no advierte ningún sentido de ajenidad o exclusión frente a un cuadro que a sus ojos podría aparecer lejano, desconocido, quizá también no completamente comprensible e imaginable. De ninguna manera. El lector siempre es envuelto e implicado por cuanto es descrito hasta encontrarse, de pronto, en medio del cuadro. Como John Peale Bishop escribió, “estos poemas crean una sensación de abundancia porque están colmados por los detalles más comunes de la vida de todos los días. Porque si es verdad que la vida de estos trabajadores está lejana de la nuestra, no están lejanas sus preocupaciones; hay muchos pobres entre ellos… Mucho de lo que aquí encontramos podría aparecernos extraño al principio; luego, en cambio, reconocemos que la inmediata extrañeza de las cosas no se debe al hecho de que pertenecen a un clima ecuatoriano lejano, sino más bien  porque fueron vistas de una manera diferente con respecto de quienquiera otro antes […] Jorge Carrera Andrade usa la fantasía como los primeros geógrafos hicieron sobre sus papeles cuando dibujaron el Ecuador.” La impresión que se recibe leyendo a Carrera Andrade, es justo aquella de encontrarse frente a una realidad dibujada con los pinceles de la mente y la memoria visual, pero sobre la base de un boceto realista, de un concreto advenedizo, musicalizado, representado con los rasgos de una imaginación viva, extrema, como la de un niño que inventa un mundo, haciendo hablar a los objetos inanimados, atribuyendo formas al cuerpo de las nubes, ojos a la cara de las estrellas, encomendándose a su experiencia inmediata. Eso también se debe, en parte, al hecho que durante sus frecuentes viajes y sus largas permanencias en el extranjero, el poeta también escribió desde la memoria y desde la nostalgia por su tierra, la que reexaminó en la mente, con las cuales conversaba a la distancia, en la duda de si haber visto “Una geografía de sueño, / una historia de magia”, si sólo hubiera aprendido la soledad, licenciándose “doctor en sueños.”

En la poesía de Carrera Andrade cada acontecimiento está preñado de sentido, cada animal, cada objeto vive su existencia escondida, nada aparece descontado o banal a los ojos del poeta. Así la noche al puerto “Los mástiles son cañas para pescar estrellas”, la “lámpara de abordo / salta como un gran pez / chorreando sobre el puente su fulgor escamoso”; el cacao “guardaba en un estuche su fortuna secreta”, la piña “su coraza de olor”; «El río da sin prisa su naipe transparente”, “El silencio camina a un inminente ruido”; la ventana es “Es amiga del hombre / y portera del aire” y “Conversa con los charcos de la tierra, / con los espejos niños de las habitaciones / y con los tejados en huelga.”

Según Carrera Andrade cada detalle es importante, cada cosa es digna de su pluma, que querría ver reemplazada por una “pluma de golondrina”, para cantar el deseo de un corazón que “quiere saltar descalzo”, que quiere palpitar libre, quiere entregarse al amor que “es más que la sabiduría: / es la resurrección, vida segunda”, porque potenciada es doblemente experimentada.

Pero el poeta no entiende aquí solamente la pasión amorosa por otro ser humano, sino más bien cómo un amor que se dilata para comprender el mundo, sin presunción de entenderlo o explicarlo, sino con el intento solitario de valorizarlo, de explicarlo, de cantarlo. Protagonistas de los versos de Carrera Andrade son los mosquitos que “parece que ciernen el silencio”, los gorriones que “cogen en el pico la perla / del buen tiempo”, la manzana «sobrina, fragante del corozo”, que “a morir se resiste en vano entre los dientes”, las uvas con su “mirada verde” y  sus “congeladas lágrimas”.

Su poesía no nos muestra una naturaleza antropomorfa, que participa en los hechos humanos, culturizándose, pero más bien nos devuelve la naturaleza en su esencia objetiva; sin embargo, vital. Cosas, animales, plantas son tomadas en su ser verdadero, en lo actuar. Es en virtud a esto, que a través de un proceso de humanización o de metamorfosis, la naturaleza afirma su dignidad, su superioridad respecto a las fuerzas que la amenazan y asedian.

 

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El poeta en su biblioteca
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Para Carrera Andrade “Todo los seres viajan / de distinta manera hacia Su Dios”, todo es movimiento hacia, movimiento con, cada cosa es invadida por una energía que la arrastra hacia un sentido, hacia un dios que es origen, cambio y transformación incesante, remolino inagotable desde el cual todo mana y al cual todo vuelve, encontrando en su movimiento la justificación plena de su existencia. La naturaleza está para él colmada de sentido, no es maestra sino inconsciente ejemplo, porque se limita a ser lo que es, desnuda de la falsedad y del artificio propio de la sociedad de los “Ciudadanos de niebla”, “hombres del viento”, “mercaderes de avispas”, “guardianes de un incierto paraíso”, intentos de tratar en vano de esconderse tras sus “máscaras floridas” para evitar la mirada algo indulgente de este “agente secreto de las nubes”. Nubes que el viento quisiera dispersar.

No obstante, junto al estupor frente a cada acontecimiento natural, en los poemas de Carrera Andrade también se percibe un constante sentido de exclusión y de autoexclusión. Por consiguiente, es la entrega a una soledad que nunca es aislamiento y desesperación, sino un territorio “poblado” del cual el poeta nunca logra ser completamente parte, tal como no puede (y no quiere) ser uno de los “cínicos hospederos de este mundo.” Porque Carrera Andrade es huésped compadecido y discreto, que se hace a un lado para observar, casi no osando participar del misterio que se muestra delante de sus ojos sin nunca revelarse completamente.

En la poesía de Carrera Andrade es el ser humano quien se acerca a la naturaleza, que confina con ella, en la tentativa de imitarla. Es su cuerpo el que padece la metamorfosis, que se vuelve naturaleza y belleza. La mujer querida es de vez en vez “planta y astro”, “fuente encantada / en el desierto”, su cuerpo es “un jardín, masa de flores / y juncos animados”, su boca es “fruto abierto”, su pelo una “cascada” donde su frente se moja, su semblante es “de agua fresca, / de arroyo primigenio”, que corre “hacia el origen / del manantial perdido”, para descubrir “el filón del infinito.”

Pero el poeta ecuatoriano no aspira a proveerle a los lectores de una escapatoria de la realidad concreta, ni a pintar una realidad paralela, es decir un mundo utópico, puesto fuera del espacio y del tiempo. Aunque su poesía sea universal, aprovechable en todo lugar con la misma participación, el mundo que dibuja, a veces de-formado y “filtrado” por los ojos de su mente, se inscribe en ese mundo del cual el poeta viajero conserva dentro de sus ojos todas las tonalidades, los vacíos y los claroscuros.

La poesía de Carrera Andrade no se detiene, en efecto, solamente sobre los aspectos más fascinantes de la existencia, sobre la belleza y el sentido que invaden la naturaleza. En el fondo, retratos con la misma nitidez, se destacan el sufrimiento y la soledad de las personas queridas, las tragedias individuales y colectivas que atormentaron su tierra, las devastaciones del pasado cuyas ruinas todavía son evidentes en un presente desolado en donde el poeta ya no se reconoce, en donde la gente intenta con fatiga salvaguardar la autenticidad de sus raíces, la esencia de la pertenencia plena a un mundo de valores sin tiempo, amenazada por los tiempos modernos.

 

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Candidato al Nobel, Jorge Carrera Andrade
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El ciudadano de las nubes también viene en nombre de la mujer que le enseñó a cantar y acompañar a las palabras con la música, la madre once hijos, incansable trabajadora que “revestida de poniente, / guardó su juventud en una guitarra / y sólo algunas tardes la mostraba a sus hijos / envuelta entre la música, la luz y las palabras”, aunque ahora “han emigrado todos los ángeles terrestres, / hasta el ángel moreno del cacao” y “la guitarra solo es “ataúd de canciones”.

El poeta viene para recordar la partida de la última diligencia de Quito, el fin de la era campesina y la llegada de las máquinas y de la industria, que tanta grosería y miseria llevaron en su tierra.

Y también viene «en nombre del pan, de las madres del mundo / de toda la blancura degollada: / la garza, la azucena, el cordero, la nieve”, en nombre de un dolor que vuelve común las cosas, las plantas, los seres humanos y los animales.

Viene a decir y a contradecir, también, el horror y la inensatez

 

7 Poemas de Jorge Carrera Andrade

 

Invectiva contra la luna

 

Yo podría decir: Luna, fruto de hielo

en las ramas azules de la noche.

Pero tantos gemidos se esconden en las piedras,

tantos combates mudos se libran en la sombra,

que yo digo: La luna es sólo un pozo

de llanto de los hombres.

 

Tantas lágrimas ruedan por las tumbas,

tantas lágrimas corren por el hambre

de ojos sin edad, desde hace siglos,

que la lluvia no cesa sobre el mundo

y yo veo tan sólo la harina de la luna

y su plato vacío y su mortaja.

 

Yo podría decir. La luna es una mina

de plata fabulosa,

la luna de paseo va con sus guantes blancos

a coger margaritas. Pero hay tantos difuntos

sin flores, tantos niños con las manos heladas

que yo digo: La luna es el Polo del cielo.

 

Bruja azul, encantaba el sueño de los hombres,

inventaba el primer amor de las doncellas,

andaba por los bosques con chinelas de vidrio

en los tiempos felice. La luna era una almohada

de plumas arrancadas a los ángeles

para dormir la eternidad celeste.

 

Luna: arroja tu máscara en el agua,

reparte tus harinas, tus sábanas, tus panes

entre todos los hombres.

No seas sólo un pozo de lágrimas, un témpano

o un islote de sal, sino un granero

para el hambre infinita de la tierra.

 

 

 

Vocación terrena

 

No he venido a burlarme de este mundo.

Sino a amar con pasión todos los seres.

No he venido a burlarme de los hombres.

Sino a vivir con ellos la aventura terrestre.

 

No he venido a hablar mal de los insectos

a descubrir las llagas del ocaso

a encarcelar la luz en una jaula.

No he venido a sembrar de sal los campos.

 

No he venido a decir que la jirafa

quiere imitar al cisne, que los pinos

sirven sólo de adorno entre las rocas.

No he venido a burlarme de los nidos.

 

He venido a mirar el mundo hasta la entraña

y acariciar las cosas simplemente

único patrimonio de los hombres.

No he venido a burlarme de la muerte.

 

 

 

Tiempo en que el corazón quiere saltar descalzo

 

Tiempo en que el corazón quiere saltar descalzo

y en que al árbol le salen senos como a una niña.

Nos asalta el deseo de escribir nuestras cosas

con pluma de golondrina.

 

Estos charcos apenas son copas de agua clara

que arruga un aletazo o un canuto de hierba

y es el aire de vidrio una marea azul

donde el lento barquito del insecto navega.

 

Chapotean a gusto las sandalias del agua.

Los mosquitos parece que ciernen el silencio

y los gorriones cogen en el pico la perla

del buen tiempo.

 

 

El viaje infinito

 

Todos los seres viajan

de distinta manera hacia Su Dios:

La raíz baja a pie por peldaños de agua.

Las hojas con suspiros aparejan la nube.

Los pájaros se sirven de sus alas

para alcanzar la zona de las eternas luces.

 

El lento mineral con invisibles pasos

recorre las etapas de un círculo infinito

que en el polvo comienza y termina en el astro

y al polvo otra vez vuelve

recordando al pasar, más bien soñando

sus vidas sucesivas y sus muertes.

 

El pez habla a su Dios en la burbuja

que es un trino en el agua,

grito de ángel caído, privado de sus plumas.

El hombre sólo tiene la palabra

para buscar la luz

o viajar al país sin ecos de la nada.

 

 

 

Amor es más que la sabiduría

 

Amor es más que la sabiduría:

es la resurrección, vida segunda.

El ser que ama revive

o vive doblemente.

El amor es resumen de la tierra,

es luz, es música, sueño

y fruta material

que gustamos con todos los sentidos.

¡Oh mujer que penetras en mis venas

como el cielo en los ríos!

Tu cuerpo es un país de leche y miel

que recorro sediento.

Me abrevo en tu semblante de agua fresca,

de arroyo primigenio

en mi jornada ardiente hacia el origen

del manantial perdido.

Minero del amor, cavo sin tregua

hasta hallar el filón del infinito.

 

 

Cuaderno del paracaidista

 

Sólo encontré dos pájaros y el viento,

las nubes con sus mapas enrollados

y unas flores de humo que se abrían buscándome

durante el vertical viaje celeste.

 

Porque vengo del cielo

como en las profecías y en los himnos,

emisario de lo alto, con mi uniforme de hojas,

mi provisión de vidas y de muertes.

 

Del cielo voy bajando como el día.

Humedezco los párpados

de aquellos que me esperan: he seguido

la ruta de la luz y de la lluvia.

 

Buen arbusto, protéjeme.

Dile, tierra, a tu surco mojado que me acoja

y a ese tronco caído

que me enseñe el calor, la forma inerte.

 

¡Aquí estoy, campesinos europeos!

Vengo en nombre del pan, de las madres del mundo

de toda la blancura degollada:

la garza, la azucena, el cordero, la nieve.

 

Fortalecen mi brazo ciudades en escombros,

familias mutiladas, dispersas por la tierra,

niños y campos rubios viviendo, desde hace años,

siglos de noche y sangre.

 

Campesinos del mundo: he bajado del cielo

como una blanca umbela o medusa del aire.

Traigo ocultos relámpagos o provisión de muertes,

pero traigo también las cosechas futuras.

 

Traigo la mies tranquila sin soldados,

las ventanas con luz otra vez, persiguiendo

la noche para siempre derrotada.

Yo soy el nuevo ángel de este siglo.

 

Ciudadano del aire y de las nubes,

poseo sin embargo una sangre terrestre

que conoce el camino que entra a cada morada,

el camino que fluye debajo de los carros,

 

las aguas que pretenden ser las mismas

que ya pasaron antes,

la tierra de animales y legumbre con lágrimas

donde voy a encender el día con mis manos.

 

 

Biografía para uso de los pájaros

 

Nací en el siglo de la defunción de la rosa

cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles.

Quito veía andar la última diligencia

y a su paso corrían en buen orden los árboles,

las cercas y las casas de las nuevas parroquias,

en el umbral del campo

donde las lentas vacas rumiaban el silencio

y el viento espoleaba sus ligeros caballos.

 

Mi madre, revestida de poniente,

guardó su juventud en una guitarra

y sólo algunas tardes la mostraba a sus hijos

envuelta entre la música, la luz y las palabras.

Yo amaba la hidrografía de la lluvia,

las amarillas pulgas del manzano

y los sapos que hacían sonar dos o tres veces

su gordo cascabel de palo.

 

Sin cesar maniobraba la gran vela del aire.

Era la cordillera un litoral del cielo.

La tempestad venía, y al batir del tambor

cargaban sus mojados regimientos;

mas, luego el sol con sus patrullas de oro

restauraba la paz agraria y transparente.

Yo veía a los hombres abrazar la cebada,

sumergirse en el cielo unos jinetes

y bajar a la costa olorosa de mangos

los vagones cargados de mugidores bueyes.

 

El valle estaba allá con sus haciendas

donde prendía el alba su reguero de gallos

y al oeste la tierra donde ondeaba la caña

de azúcar su pacífico banderín, y el cacao

guardaba en un estuche su fortuna secreta,

y ceñían, la piña su coraza de olor,

la banana desnuda su túnica de seda.

 

Todo ha pasado ya, en sucesivo oleaje,

como las vanas cifras de la espuma.

Los años van sin prisa enredando sus líquenes

y el recuerdo es apenas un nenúfar

que asoma entre dos aguas

su rostro de ahogado.

La guitarra es tan sólo ataúd de canciones

y se lamenta herido en la cabeza el gallo.

Han emigrado todos los ángeles terrestres,

hasta el ángel moreno del cacao.

 

 

 

 

*Jorge Carrera Andrade nació a Quito-Ecuador, en 1903, y formó parte del grupo literario “La Idea”. Fue uno de los pioneros de la renovación lírica en América Latina, aportando una notable contribución a la Vanguardia. Entre sus obras de poesía se señalan: El estanque inefable (1922), La guirnalda del silencio (1926), Boletines de mar y de tierra (1920), La hora de las ventanas iluminadas (1937), Registro del mundo (1940), Familia de la noche (1953) e Floresta de los guacamayos (1964), Biografía para el uso de los pájaros (1968) y Poesía última (1968). Entre sus obras en prosa se señalan: Rostros y climas (1948), Viajes por países y libros (1961), El fabuloso reino de Quito (1963) La tierra siempre verde (1956) y El volcán y el colibrí (1970). Además, es autor de numerosos ensayos y traducciones publicadas en varias revistas en lengua española. En el 1977 recibió el Premio Nacional de Cultura. Murió al año siguiente.

 

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(versión en italiano)

 

Jorge Carrera Andrade.

Un forestiero smarrito nel pianeta

Candidato al Premio Nobel nel 1976, l’ecuadoriano Jorge Carrera Andrade è una delle voci più significative della poesia latinoamericana contemporanea. Poeta, saggista, traduttore e giornalista, esercitò un’intensa attività di diplomatico, trascorrendo lunghi periodi in Francia, Germania, Spagna, Giappone, Venezuela. Nel 1946, per non sentirsi connivente con la dittatura, rinunciò a un nuovo incarico diplomatico e lavorò per un’agenzia pubblicitaria, continuando a collaborare con i giornali di Caracas. In seguito gli furono affidati diversi incarichi dalle Nazioni Unite, tenne conferenze alla Columbia University, e fu ambasciatore del suo Paese in Nicaragua. Nel 1969 abbandonò la carriera diplomatica per protesta contro il nuovo governo militare.

 

Nonostante i numerosi viaggi e lunghi soggiorni all’estero, Carrera Andrade ha mantenuto sempre saldo il legame con la sua terra, il cui colore pare accompagnarlo ovunque, assieme alla nostalgia per un mondo che vede cambiare velocemente, con lo sguardo vigile di chi si allontana per tornare e la dolente partecipazione al destino di un’antica civiltà che conosce e riconosce, sogna, evoca, per cui si batte, e che ama, al di là delle durezze e contraddizioni subentrate con l’avvento della modernità.

 

La parola di Andrade, questo “forestiero smarrito nel pianeta”, “cittadino dell’aria e delle nubi”, “emissario dell’altezza”, si muove come un radar a scovare tutto quanto di norma passa inosservato, resta nascosto, viene calpestato. Poi, come una lente d’ingrandimento, si sofferma sul particolare, lo dilata, offrendolo allo sguardo, rivelandone il vero colore, il profumo, scavandone fuori la polpa, l’essenza. Quella di Andrade è una poesia che si mescola alle cose, che si fa cosa, arrivando a incarnarla.

 

La poesia di questo “Capitano del colore”, “amico delle nuvole” è uno splendido inno d’amore alla bellezza e alla vitalità della natura, osservata, esplorata, sezionata, ritratta in tutte le sue molteplici sfumature, nei suoi più evanescenti chiaroscuri. Ogni minimo particolare del paesaggio che descrive – e che sembra voler difendere dalla minaccia del progresso – viene nobilitato, ingrandito, reso doppiamente vivo e presente. Nulla si sottrae all’attenzione vigile dell’occhio del poeta, che si sofferma su frutti, piante, fiori, pietre, rocce, animali – dalle rondini alle zanzare, dal colibrì, alla tartaruga, dal gabbiano al moscone, dalla lucertola – ne sente e ne lascia aspirare l’odore, ne vede e restituisce i colori e le forme, quasi ne fa seguire i profili, sentire al tatto la consistenza.

 

Lo sguardo del poeta abbraccia e avvolge tutto quello che incontra, perché è lo sguardo di chi viene per “amare con passione tutti gli esseri”, per “guardare il mondo fin nelle viscere / e accarezzare con semplicità le cose / unico patrimonio degli uomini”.

 

Nonostante i paesaggi, gli animali e lo stile di vita descritti da Andrade siano geograficamente distanti dal nostro, dopo l’iniziale spaesamento, il lettore italiano non avverte alcun senso d’estraneità o esclusione di fronte a un quadro che ai suoi occhi potrebbe apparire esotico, ignoto, forse anche non del tutto comprensibile e figurabile. Come scrisse John Peale Bishop, “queste poesie creano una sensazione di abbondanza perché sono colme dei dettagli più comuni della vita di tutti i giorni. Perché se è vero che vita di questi lavoratori è distante dalla nostra, non lo sono le loro preoccupazioni; tra loro i poveri sono così numerosi… Molto di ciò che qui incontriamo potrebbe apparirci strano all’inizio; poi, però, riconosciamo che l’immediata stranezza delle cose non è tanto dovuta al fatto che ci sono state portate da un clima ecuadoriano distante, quanto piuttosto perché sono state viste in modo diverso rispetto a chiunque altro prima […] Jorge Carrera Andrade usa la fantasia come i primi geografi facevano sulle loro carte quando disegnavano l’Ecuador”.

 

L’impressione che si riceve leggendo questo poeta è proprio quella di trovarsi di fronte a una realtà disegnata coi pennelli della mente e della memoria visiva, ma sulla base di un bozzetto realistico, di una concretezza arricchita, musicata, rappresentata con i tratti di un’immaginazione viva, estrema, come quella di un bimbo che inventi un mondo, facendo parlare oggetti inanimati, attribuendo forme al corpo delle nubi, occhi al volto delle stelle, affidandosi alla sua esperienza immediata. Questo è in parte dovuto anche al fatto che, durante i suoi frequenti viaggi e le sue lunghe permanenze all’estero, il poeta scriveva anche mosso dal ricordo e dalla nostalgia per la sua terra, con cui conversava a distanza, nel dubbio di aver vissuto una “Una geografia di sogno, / una storia di magia”, di aver appreso “solo la solitudine, laureandosi “Dottore in sogni”.

 

Ogni evento è per Andrade pregno di significato, ogni animale, ogni oggetto vive una sua esistenza nascosta, nulla è scontato o banale agli occhi del poeta. Così la notte al porto “I pali sono canne per pescare le stelle”, “La lampada di bordo / salta come un grande pesce / gocciolando sul ponte il suo fulgore squamoso”; il cacao “custodiva in un astuccio il suo segreto tesoro”, la pigna “stringeva la sua corazza di profumo”; “Il fiume dà senza fretta la sua limpida carta da gioco”, “Il silenzio cammina verso un rumore imminente”; la finestra “amica dell’uomo / portinaia dell’aria”, “Conversa con le pozzanghere della terra, / con gli specchi bambini delle case / e con i tetti in sciopero”…

 

Per Andrade ogni particolare è importante, ogni cosa è degna della sua penna, che vorrebbe vedere sostituita con una “piuma di rondine”, per cantare il desiderio di un cuore che “chiede di saltare scalzo”, di pulsare libero, di abbandonarsi all’amore, che “è più della saggezza: / è la resurrezione, vita seconda”, perché potenziata, doppiamente vissuta.

 

Il poeta non intende qui soltanto la passione amorosa per un altro essere umano, quanto piuttosto un bene che si dilata a comprendere il mondo, senza presunzione di capirlo o spiegarlo, bensì con il solo intento di valorizzarlo, dirlo, cantarlo. Protagonisti dei versi di Andrade sono le zanzare che “setacciano il silenzio”, i passeri che prendono nel becco “la perla del buon tempo”, la mela “nipote, fragrante del corozo”, che “invano si difende dalla morte tra i denti”, “l’uva dallo sguardo verde”, che “mostra le sue lacrime congelate”…

 

Questa poesia non ci mostra una natura antropomorfa, che partecipa delle vicende umane, umanizzandosi. Ci restituisce piuttosto la natura nella sua essenza oggettiva eppure vitale. Cose, animali, piante sono colte nella loro essenza, nel loro agire. È in virtù di questo, piuttosto che di un processo di umanizzazione o metamorfosi, che affermano la propria dignità, la propria superiorità nei confronti delle forze che li minacciano e assediano. Per Carrera Andrade “Tutti gli esseri viaggiano / in modo diverso verso il loro Dio”, tutto è movimento verso, movimento con, ogni cosa è pervasa di un’energia che la trascina verso un senso, verso un dio che è origine, mutamento e trasformazione incessante, gorgo inesauribile da cui tutto scaturisce e cui tutto ritorna, trovando nel movimento stesso, nell’andare, la piena giustificazione della propria esistenza. La natura è per lui colma di senso, non è maestra, bensì inconsapevole esempio, perché si limita ad essere ciò che è, spogliata della falsità e dell’artificio propri della società dei “Cittadini di nebbia, uomini del vento”, “mercanti di vespe”, “guardiani di un incerto paradiso”, intenti a cercare invano di nascondersi, dietro le loro “maschere floride”, dallo sguardo poco indulgente di questo “agente segreto delle nubi”. Nubi che il vento vorrebbe disperdere.

 

Accanto allo stupore di fronte a ogni evento naturale c’è però nei versi di Carrera Andrade un costante senso diesclusione, e autoesclusione. Conseguenza è l’abbandono alla solitudine, che non è mai isolamento e disperazione, bensì territorio “abitato” di cui il poeta non riesce a essere interamente parte, così come non può e non vuole essere uno dei “ cinici abitanti di questo mondo”. Perché Carrera Andrade è ospite commosso e discreto, che si fa da parte per osservare, quasi non osa partecipare del mistero che gli si mostra davanti agli occhi senza mai concedersi del tutto.

 

Nella poesia di Carrera Andrade è l’uomo ad avvicinarsi alla natura, a confinare con essa, nel tentativo di imitarla. È il suo corpo a subire la metamorfosi, a farsi natura, bellezza. La donna amata è di volta in volta “pianta e astro”, “fonte incantata / nel deserto”, il suo corpo è “un giardino, massa di fiori / e giunchi animati”, la bocca “frutto aperto”, i capelli “cascata” in cui la fronte si bagna, i suoi tratti sono “d’acqua fresca, / di ruscello primigenio”, che scorre “verso l’origine / della sorgente perduta”, per scoprire “il filone dell’infinito.”

 

Ma il poeta ecuadoriano non mira a fornire una via di fuga dalla realtà concreta, né a dipingerne una parallela, un mondo utopico, al di fuori dello spazio e dal tempo. Per quanto la sua poesia risulti atemporale e ovunque fruibile con la medesima partecipazione, il mondo da lui disegnato, a tratti de-formato e “filtrato” dagli occhi della sua mente, s’inscrive in quello reale, di cui il poeta viaggiatore conserva negli occhi tutte le tonalità, i vuoti, e i chiaroscuri.

 

La poesia di Carrera Andrade non si sofferma infatti soltanto sugli aspetti più affascinanti dell’esistenza, sulla bellezza e sul senso della natura. Sullo sfondo, ritratti con il medesimo nitore, risaltano la sofferenza e la solitudine delle persone care, le tragedie individuali e quelle collettive che hanno martoriato la sua terra, le devastazioni del passato, le cui rovine sono ancora evidenti in un presente desolato, in cui non ci si riconosce più, in cui a fatica si tenta di salvaguardare l’autenticità delle proprie radici, l’essenza della piena appartenenza a un mondo di valori senza tempo, minacciati dai tempi.

 

Il cittadino delle nubi viene anche in nome della donna che gli insegnò a cantare e ad accompagnare le parole con la musica, la madre di undici figli, instancabile lavoratrice che “rivestita di ponente, / l’energia la custodiva dentro una chitarra / e ai figli la mostrava solo alcune sere / avvolta di luce, musica e parole”, anche se adesso “Sono emigrati tutti gli angeli terrestri, / perfino quello bruno del cacao”. E “la chitarra non è che una bara di canzoni”. Viene per ricordare la partenza da Quito dell’ultima diligenza, la fine dell’era contadina e l’avvento delle macchine e dell’industria, che così tanta inciviltà e miseria hanno portato nella sua terra. E viene anche “in nome del pane, delle madri del mondo / di tutta la bianchezza sgozzata / l’airone, il giglio, l’agnello, la neve”, in nome di un dolore che accomuna esseri umani, cose, animali.

 

Viene anche a dire e contraddire l’orrore e l’insensato.

 

 

7 Poesie di Jorge Carrera Andrade

 

Invettiva contro la luna

 

Io potrei dire: Luna, frutto di ghiaccio

tra i rami azzurri della notte.

Ma così tanti gemiti stanno nascosti nelle pietre,

e lotte mute si librano nell’ombra,

che dico: La luna è solo un pozzo

di pianto delle ombre.

 

Così tante lacrime rotolano per le tombe

così tante lacrime scorrono per la fame

di occhi senza età, da secoli

che la pioggia non cessa sopra il mondo

e della luna non vedo che farina

e il suo piatto vuoto e il suo sudario.

 

Potrei dire. La luna è una miniera

d’argento favolosa,

la luna va a passeggio in guanti bianchi

a cogliere margherite. Ma ci sono così tanti morti

senza fiori, così tante mani gelide di bimbi

che dico: la luna è il Polo del cielo.

 

Strega azzurra, incantava il sonno degli uomini,

inventava alle ragazze il primo amore,

se ne andava per boschi in pantofole di vetro

nei tempi felici. La luna era un cuscino

di piume strappate agli angeli

per addormentare l’eternità celeste.

 

Luna: getta la tua maschera nell’acqua,

spartisci le tue farine, le tue lenzuola, i tuoi pani

tra tutti gli uomini.

Che tu non sia solo un pozzo di pianto, un timpano

o un isolotto di sale, ma un granaio

per la fame infinita della terra.

 

 

 

 Vocazione terrena

 

Non sono venuto a burlarmi di questo mondo.

Ma ad amare con passione tutti gli esseri.

Non sono venuto a burlarmi degli uomini.

Ma a vivere con loro l’avventura terrestre.

 

Non sono venuto a parlar male degli insetti

a scoprire le piaghe del tramonto

a incarcerare la luce in una gabbia.

Non sono venuto a seminare sale nei campi

 

Non sono venuto a dire che la giraffa

vuole imitare il cigno, che i pini

servono solo da ornamento tra le rocce.

Non sono venuto a burlarmi dei nidi.

 

Sono venuto a guardare il mondo fin nelle viscere

e accarezzare con semplicità le cose

unico patrimonio degli uomini.

Non sono venuto a burlarmi della morte.

 

 

 

Tempo in cui il cuore vuole saltare scalzo

 

Tempo in cui il cuore vuole saltare scalzo

e all’albero spuntano i seni come a una bambina.

Ci assalta il desiderio di scrivere le nostre cose

con una piuma di rondine.

 

Queste pozze sono appena coppe d’acqua chiara

che un colpo d’ala o un filo d’erba increspa

e l’aria di vetro è una marea azzurra

dove naviga lenta la barchetta dell’insetto.

 

Sguazzano ad agio i sandali dell’acqua.

Le zanzare pare che setaccino il silenzio

e nel becco i passeri prendono la perla

del buon tempo.

 

 

 

Il viaggio infinito

 

Tutti gli esseri viaggiano

in modo diverso verso il loro Dio:

La radice scende a piedi su gradini d’acqua.

Le foglie sospirando preparano la nube.

Gli uccelli usano le ali

per raggiungere la terra delle luci eterne.

 

Il lento minerale con passi invisibili

percorre le tappe d’un circolo infinito

che nella polvere comincia e termina alle stelle

e di nuovo alla polvere ritorna

ricordando al passaggio, o piuttosto sognando

le sue vite successive e le sue morti

 

Il pesce parla al suo Dio nella boccia

ed è un trillo in acqua

un grido di angelo caduto, privato delle penne.

Solo l’uomo possiede la parola

per cercare la luce

o viaggiare verso il paese che non ha echi del nulla.

 

 

 

Amore è più della saggezza

 

Amore è più della saggezza:

è la resurrezione, vita seconda.

L’essere che ama rivive

o vive doppiamente.

L’amore è sintesi della terra,

è luce, è musica, sogno

e frutta materiale

che assaggiamo con tutti i sensi.

Oh donna che penetri nelle mie vene

come il cielo nei fiumi!

Il tuo corpo è un paese di miele e latte

che perlustro assetato.

Mi disseto nei tuoi tratti d’acqua fresca,

di ruscello primigenio

nella mia giornata ardente verso l’origine

della sorgente perduta.

Minatore dell’amore, scavo senza tregua

fino a scoprire il filone dell’infinito.

 

 

 

Quaderno del paracadutista

 

Incontrai soltanto due uccelli e il vento,

le nubi con le loro mappe arrotolate

e fiori di fumo che si aprivano a cercarmi

nel celeste viaggio verticale.

 

Perché vengo dal cielo

come nelle profezie e negli inni,

emissario dell’altezza, con la mia uniforme di foglie,

la mia provvista di vite e di morti.

 

Vado scendendo dal cielo come il giorno.

Inumidisco le palpebre

di quelli che mi aspettano: ho seguito

la rotta della luce e della pioggia.

 

Mite arbusto, proteggimi.

Dì, terra, al tuo solco bagnato che mi accolga

e a questo tronco caduto

che m’insegni il calore, la forma inerte.

 

Sono qui contadini europei!

Vengo in nome del pane, delle madri del mondo

di tutta la bianchezza sgozzata

l’airone, il giglio, l’agnello, la neve.

 

Fortificate il mio braccio città in macerie,

famiglie mutilate, disperse per il mondo,

vivendo bimbi e campi biondi, da anni,

secoli di notte e sangue.

 

Contadini del mondo: sono sceso dal cielo

come un bianco ombrello o medusa dell’aria.

Porto lampi oscuri o provvista di morti,

ma porto anche i raccolti futuri.

 

Porto la tranquilla messe senza soldati,

le finestre con la luce di nuovo, inseguendo

la notte sconfitta per sempre.

Io sono il nuovo angelo di questo secolo.

 

Cittadino dell’aria e delle nubi,

tuttavia possiedo un sangue terrestre

che conosce il cammino verso ogni abitazione,

il cammino che scorre sotto i carri,

 

le acque che presumono di essere le stesse

già passate prima,

la terra di animali e legumi con lacrime

dove vado a incendiare il giorno con le mani.

 

 

Biografia ad uso degli uccelli

 

Nacqui nel secolo della morte della rosa

quando già il motore aveva scacciato gli angeli.

Quito vide andare l’ultima diligenza

e al suo passo gli alberi correvano in buon ordine,

gli steccati e le case delle nuove parrocchie,

sulla soglia della campagna

dove le lente vacche ruminavano il silenzio

e il vento spronava i suoi cavalli leggeri.

 

Mia madre, rivestita di ponente,

ripose la giovinezza dentro una chitarra

e ai figli lo mostrava solo alcune sere

avvolta di luce, musica e parole.

Io amavo l’idrografia della pioggia,

le gialle pulci del melo

e i rospi a tintinnare due o tre volte

il loro grosso sonaglio di legno.

 

Senza tregua manovrava la grande vela dell’aria

La cordigliera era una litorale del cielo.

La tempesta veniva, e al batter del tamburo

i suoi reggimenti bagnati caricavano;

ma poi il sole con le sue pattuglie d’oro

restaurava la pace agraria e trasparente.

Io vedevo gli uomini abbracciare l’orzo,

cavalieri immergersi nel cielo

e i vagoni carichi di buoi muggenti

scendere verso la costa odorosa dei manghi.

 

Là c’era la valle con le sue tenute

dove l’alba accendeva la sua scia di galli

e a ovest la terra dove ondeggiava la canna

da zucchero il suo pacifico stendardo, e il cacao

custodiva in un astuccio il suo segreto tesoro,

e la pigna stringeva la sua corazza d’odore,

la banana nuda la sua tunica di seta.

 

Tutto è già passato, in successive ondate,

come le vane cifre della schiuma.

Gli anni vanno senza fretta e aggrovigliano i licheni

e il ricordo è soltanto una ninfea

che affaccia tra due acque

il suo viso d’annegato.

E anche la chitarra è solo bara di canzoni

e ferito alla testa si lamenta il gallo.

Sono emigrati tutti gli angeli terrestri,

perfino l’angelo bruno del cacao.

 

 

 

 

 

 

*Nato a Quito nel 1903, Jorge Carrera Andrade fece parte del gruppo letterario “La Idea” e fu uno dei pionieri del rinnovamento lirico in America Latina, apportando un notevole contributo all’avanguardia. Tra le sue opere: El estanque inefable (L’ineffabile lago artificiale, 1922), La guiecsapisrnalda del silencio (La ghirlanda del silenzio, 1926), Boletines de mar y de tierra (Bollettini di mare e di terra, 1920), La hora de las ventanas iluminadas (L’ora delle finestre illuminate, 1937), Registro del mundo (Registro del mondo 1940) Familia de la noche (Famiglia della notte, 1953) e Floresta de los guacamayos (La foresta delle are, 1964), Biografía para el uso de los pájaros (Biografia ad uso degli uccelli, 1968) e Poesía última (Poesia ultima, 1968). Tra le opere in prosa ricordiamo: Rostros y climas (Volti e clima, 1948), Viajes por países y libros (Viaggi per libri e paesi, 1961), El fabuloso reino de Quito (Il favoloso regno di Quito1963) La tierra siempre verde (La terra sempre verde, 1956), El volcán y el colibrí (Il vulcano e il colibrì, 1970). È inoltre autore di numerosi saggi e traduzioni pubblicati in diverse riviste di lingua spagnola. Nel 1977 ricevette il “Premio Nacional de Cultura”. Morì un anno dopo.

 


[1] Nota publicada en italiano en Poesia, año XXI, abril 2008, n° 226.

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