Por Ana María Malachowski Rebagliati*

Crédito de la foto www.abrecht-group.com

 

 

Un Colónido: Federico More

 

El estilo de sus crónicas era fresco y fluido, divertido y ameno. De prosa “maciza, pero llena de sugestiones, se convierte en un escritor de combate”. Lo llamaban “el Prosador de hierro, el Poeta sonoro, el Audaz, impetuoso y alocado (..)”. Escribía golpeando bruscamente las teclas de su Hermes 2000 sin corregir, o corregía una vez pues no había tiempo para hacerlo. Sus amigos, a modo de broma, le decían que era un dictador porque, al contrario de Mariátegui, a More le gustaba dictar sus artículos. Le dictaba a Carmen, su esposa, a sus secretarias y a todo aquel que podía o en su camino se cruzara. Sus crónicas están llenas de vida, en ellas se siente el aroma del cigarrillo Zuzini que fumaba Clemente Palma o se escucha las risas de las muchachas al salir del [cine teatro] Excélsior.

 

 

Federico More Barrionuevo nació en Puno un día de enero de 1889. A inicios de la década del diez, Valdelomar y Alfredo González Prada se hicieron muy amigos de él, lo habían conocido durante una excursión en Arequipa, ambos se lo llevaron al Cusco y de allí no fue difícil que lo convencieran de venir a Lima. Así fue como More llegó por primera vez a la capital. Fue contemporáneo y amigo de periodistas como de mi abuelo, de Mariátegui y Leonidas Yerovi, de Luis Fernán Cisneros o Luis Varela y Orbegozo [Clovis]. More era un hombre fuerte, su rostro era tosco y dura su voz, sería por eso que era temido por muchos y, valiéndose del recurso que otorga una fina y sugerente ironía, Se convirtió en un temible panfletario. Ser antiaprista era una de sus características. Al aprismo lo consideraba como “una fuente destructora de la paz”. Los apristas eran para él “los soviéticos con máscaras”. A quien más dirigía sus ataques, que se convirtieron en poderosos misiles, fue a Víctor Raúl Haya de la Torre por considerarlo un “fascista y comunista”. El único que se salvaba de los blancos de More, era Luis Alberto Sánchez a quien consideraba “el único aprista inteligente”; pero los ataques no sólo iban dirigidos al líder aprista, pues More, nunca pudo olvidar los años de la dictadura de Leguía. No podía olvidar el tiempo que pasó, a inicios de los veinte, exiliado en Buenos Aires del que contaba la triste historia que le tocó vivir en los primeros días: el haber tenido que dormir “en una banca de la plaza del Congreso”.

 

El periodista y literato Federico More Barrionuevo en su juventud.
C. 1915

 

La pluma de More no descansaba y golpeaba como golpeaba la mesa para que lo entendieran. Era duro y pleitista. Atacaba ferozmente a Ventura García Calderón desde las páginas de Colónida: “Se ve que el señor García Calderón aún es colono de España. No tiene una sola característica de republicano, de hombre libre [..]”; y se peleó con José Gálvez, José de la Riva Agüero y Víctor Andrés Belaúnde y, aunque luego se reconcilió con algunos de ellos, “jamás tuvo un viso de entendimiento con Haya”. A Sánchez Cerro lo llamó “la Bestia” y con Zoocracia y Canibalismo, libro suyo que se vendió como pan caliente, destruyó al comandante. Condenó al civilismo y al militarismo, lo que le hizo ganar muchos enemigos, sobre todo, le hizo ganarse el odio de Odría. More era enemigo de los Miró Quesada y de El Comercio, del que se refería como el “Mo Quercio”. Sin embargo, los últimos artículos que publicó fueron para este diario y así como nunca pudo olvidar a Leguía, a su muerte clamó respeto. Era un hombre de contrastes y pasiones. Era profundamente anticlerical, pero tenía amigos curas y lo curioso es que iba con la familia a la misa de seis, no le gustaba la de las doce porque —según decía— “era exhibicionista e hipócrita”. Era antimilitarista, pero “conversaba con los altos mandos”.

 

Lima en los cuarenta era una ciudad aún pequeña, pacata y también plena de rumores. Fue así que cuando More estaba en la cúspide de su carrera, hicieron correr el rumor que había sido asesinado, y es que había mucha gente que quería verlo muerto y si no era así, por lo menos lejos o desterrado; pero More tenía algo que atraía y cautivaba y era: su risa. En Buenos Aires tuvo un compromiso y dos hijos, uno de ellos llamado también Federico. Duro y tosco como era, a su segunda esposa, Carmen Giraldez, “la amaba con exquisita delicadeza”. Inés y Anita fueron las hijas que adoraba y Pusy, su enigmático gato de caminar sigiloso, era también parte importante de su familia. Imposible olvidarlo y menos a la hora del almuerzo o de la cena, cuando había que darle su plato de leche con galletas. Sin embargo, More no era como el maestro González Prada que dejaba que Nani, su perra vieja o Michi, su gato travieso, se acurrucaran sobre sus piernas; More no dejaba que Pusy se acercara a sus papeles pues al primer intento, con su sola voz que retumbaba en las paredes de su pequeño escritorio, lo mandaba hasta la azotea de la casa vecina. Utilizó el seudónimo Stylo cuando escribió algunos artículos en los primeros días de La Crónica, en 1917 fundó el semanario humorístico Don Lunes y años después, y quizá recordando a Pusy, fundó el tabloide Cascabel, de tendencia antiaprista y del que Ángela Ramos escribió que “sonó como una clarinada y era esperado desde temprano por todas las gentes”. Cuando Federico More falleció en su casa de la calle Arica en Miraflores, en un claro día de febrero de 1955, la noticia corrió como reguero de pólvora; nadie podía creerlo, algunos pensaban que se trataba de un nuevo rumor que se expandía por las calles de la ciudad, pero no se trataba de un rumor que el tiempo lo apagaría; esta vez, el “Maestro del periodismo” había partido.

 

 

 

 

 

Fuentes:
Federico More, un maestro del periodismo. Estudio preliminar, Osmar Gonzáles Alvarado
Periodistas del siglo XX, Itinerario biográfico, Manuel Zanutelli Rosas
Colónida, Abraham Valdelomar

 

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