Por Mario Pera

Crédito de la foto (izq.) Ed. Juan Malasuerte /

(der.) Facebook de la autora

 

 

Un animal doméstico cantando a nuestra diestra.

Sobre animal doméstico (2017),

de Andrea Alzati

 

 

Hablar desde la suavidad del lenguaje, esa es la idea. Rasgar las horas y abrir grietas en ellas para observar la formación de la miel, las delicadas líneas de las flores, las aves, los perros, lograr ver a través de los ojos del otro y asumir sus necesidades y experiencias para decir las palabras en otra voz o sólo intentarlo pues, a veces, el silencio expresa mejor lo que la memoria quiere gritar porque como dice Andrea Alzati, “la memoria es un animal salvaje”, incontrolable.

Entonces debemos hablar de la poesía desde la suavidad del lenguaje. Debemos hacer que las pequeñas cosas cuenten y sean quizá lo que más significado tenga en nuestras vidas, que las petite mort no sean nunca fines sino inicios para quebrar el idioma e ingresar en los verdaderos territorios y resquicios de la vida intentando explicar lo que ilumina el fuego en el sueño, o en el recuerdo. Al mismo tiempo, debemos despertar y mirar el reloj que avanza, debemos sentir en los huesos el paso del tiempo mientras nuestros recuerdos familiares se aquilatan para permitir que los recorramos a través de los sonidos que jamás han de extinguirse en nuestra memoria.

El poeta es dueño de sus silencios, de los voluntarios pero más de los accidentales, y no hay mejor consejero para él que el silencio en los momentos de mayor luz, pues en estos los cuatro puntos cardinales convergen y le permiten cosechar lo cultivado, abrirle la puerta a ese “animal doméstico” que se desplaza dentro y fuera de nosotros. Y vuelvo al patio donde la poeta Andrea Alzati vivió las primeras experiencias que dieron paso a la escritura de animal doméstico (2017), una muestra clara de que la juventud no es impedimento para revolvernos en el lodo y las flores de los recuerdos y obtener de ellos algunas respuestas y no pocas imágenes/alegorías que manifiestan una particular manera de sentir el mundo y ser erosionados por él. La juventud y la adultez en la poesía son, entonces, relativas. Crecer, llegar a ser adulto, no es un camino fácil y Alzati lo sabe, lo ha vivido y está en ese camino. Mira desde la ventana de su edad actual hacia sus años primeros, el paraíso de la infancia que pese a mezclar casi siempre momentos alegres y tristes, siempre es y va a ser un lugar en el que encontraremos algo que nos hará sonreír así sea para pronto tener que despertar.

 

La poeta Andrea Alzati leyendo. Crédito de la foto: Juan Manuel Martínez Lucio

La poeta Andrea Alzati leyendo.
Crédito de la foto: Juan Manuel Martínez Lucio

 

La familia, los vínculos emocionales con sus seres más queridos (los padres, la abuela), son algunos de los elementos que impregnan parte de este poemario en el espacio más íntimo en el que la poeta, como un grano floreciendo, abre los filamentos de su memoria para dejarnos ver la complejidad de un laberinto personal en el que, lejos de perderse, Alzati se reconoce y fluye en un viaje introspectivo en el que se encuentra y se reencuentra de modo constante en la casa paterna, el jardín de la abuela, el hall de la casa y varios otros escenarios del día a día que no por ello dejan de ser poetizables.

El poemario gira, de esta manera, alrededor de la memoria y algunos elementos (la miel, el huevo, la leche) que la poeta utiliza simbólicamente para presentarnos un universo personal marcado por la nostalgia que nos puede clavar las uñas pues, sabe usted lector, esta nos puede herir más que una bala y la poesía es para muchos un shot de morfina para el alma. La poeta, entonces, ve la herida, sabe que está ahí y siente que quizás el único modo de aliviarla es describirla, analizarla al detalle tomando aire y luego hablar sobre esta hasta que sane.

Andrea Alzati nos muestra escenas de la cotidianeidad, nos habla maravillada del verano, con añoranza de un perro o refiere al primer amor, pero no con una posible predictibilidad sino con delicadeza, obrando un trabajo de filigrana que desde sus bordes muestra al lector (con cada poema) una cartografía poblada por un orden y un caos que la poeta ha preestablecido y en donde la muerte tiene un singular papel que acompaña al lector no como pulsión sino como una experiencia que es vital comprender con calma, por ser inevitable tal como porque es más cercana de lo que solemos pensar. Así, lejos del usual desconsuelo que algunos poetas muestran en un desgarro por la muerte del ser querido, Alzati aborda el tema con excepcional madurez, no permite que el dolor la incendie sino que surja en una especie de explosión controlada que no oscurece el cielo totalmente y le permite respirar suave y ver una luz, aunque lejana, para procesar y “entender” los sentimientos y expresarlos.

 

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En su segunda sección, animal doméstico utiliza el huevo quizá como una alegoría de la palabra, que tal como el huevo es frágil y quebradiza, que le permite hacer confesiones continuas desde las que renace la vida. O tal vez sea el huevo la alegoría de la vida misma… esa vida que debemos aprender a sobrellevar en equilibrio para no romperla y estrellarnos contra la dura realidad.

La leche es el símbolo en la tercera sección. El líquido vital que Alzati nos lo plantea a la vez destructor, que nos nutre pero también enceguece, ahoga, acosa (dirían algunos como a veces sentimos el amor materno). La ciudad se transforma así en el escenario de una herida tan profunda que sólo la leche la puede lavar, pero el proceso es duro y nos depara momentos inevitables de dolor que tal vez nos dejen sumidos en él. La leche nutre la vida, pero también la muerte. Es el lector quien deberá corroborar el final de esta historia. Estos son, a modo general, los tres elementos que configuran la simbología en el primer cosmos poético de Alzati.

Mención aparte merece, por destacada, la cadencia que la autora ha logrado en parte del poemario. Mantener el ritmo de inicio a fin, es sabido, es algo complicado en la poesía, pero la autora dosifica con habilidad los compases verso a verso, acelerando y frenando para guiar al lector en los poemas, dándole un espacio y respiro necesarios para la asimilación de lo leído.

 

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Y todo esto me lleva a una conclusión. Somos arrojados a la vida desprovistos de toda arma que no sea nuestra capacidad de observar a nuestro alrededor y procurar que el orden de lo preestablecido y cierto, por incuestionable, deje de serlo para dar paso al cómo queremos estar en el mundo, cómo lo sentimos y así poder expresarlo en nuestra propia lengua, que no es, por supuesto, la materna sino la poética. Déjese guiar, lector, entre los recuerdos de Andrea Alzati, reviva quizá los suyos en los versos de este animal doméstico pues, le aseguro, se trata de una lectura que le hará sentir en otro cuerpo.

 

 

 

 

 

*(Guanajuato-México, 1989). Poeta y licenciada en Literatura latinoamericana por la Universidad Iberoamericana (México). Ha publicado en poesía animal doméstico (2017).

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