Por: Ángel Ortuño

Crédito de la foto: Ed. Luzzeta

 

 

Un análisis a Dime novel (2016)

 

 

 

Joseph Jacotot —un pedagogo de finales del siglo XVIII y principios del XIX— sostiene que “el método de la explicación constituye el principio mismo del sometimiento, por no decir del embrutecimiento”

 

Jacques Ranciere complementa:

 

“El fin normal de la razón pedagógica es el de enseñar al ignorante aquello que no sabe, suprimir la distancia entre el ignorante y el saber. Su instrumento es la explicación. Explicar es disponer de elementos del saber que debe ser transmitido en conformidad con las capacidades supuestamente limitadas de los seres que deben ser instruidos. Pero muy pronto esta idea simple se revela enviciada: la explicación se acompaña generalmente de la explicación de la explicación. Hay que recurrir a los libros para explicar a los ignorantes lo que deben aprender. Pero esa explicación es insuficiente: hacen falta maestros para explicar a los ignorantes los libros que les explicarán el conocimiento.”

 

No sé a ustedes, pero a mí esto me suena al modus operandi de todas las exégesis. El crítico, o el comentarista, se presenta como una suerte de lector privilegiado, que puede proveer claves de lectura, que agita su fervorín de presentación de un libro como si fuera la página de las respuestas a todos los crucigramas contenidos en él.

 

Para mayor confusión, este libro que nos reúne hoy, viene emparedado entre dos textos críticos, entre dos agudas y sutiles lecturas, es decir: recorridos guiados por sus páginas. Tanto Eduardo Milán como Luis Alberto Arellano acercan sus escalas a los muros de este libro. Y por escala no debe entenderse ninguna metáfora respecto a cánones o apreciación sino –—en la medida de lo posible— la imagen literal: esa máquina de guerra que permitía, en medio del asalto a una fortaleza medieval, enviar a morir a muchos soldados de infantería hasta que, finalmente, algunos traspusieran las defensas.

 

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Presentación de “Dime novel” (2016) en México. El autor junto a Eduardo Milán.
Crédito: Gabriela Botti

 

Por supuesto, seguimos dentro de una metáfora, no hay más remedio: estamos hablando. Casi estoy convencido de que lo único que podemos hacer es cambiar una metáfora por otra; es decir, modificar al gusto el cuento tranquilizante que nos relatamos a nosotros mismos para poder dormir en medio de la oscuridad del mundo.

Milán usa una metáfora muy linda justo al principio de su texto, dice: “una característica residual se ha asentado como marca de la poesía de Maurizio Medo”.  “Residual” tiene un eco de efectos secundarios, de farmacología… de ciencia, pues. Desde aquí se modula la actitud que el lector del prólogo deberá asumir: seguirán una serie de frases eslabonadas para desarrollar el más inflexible de los argumentos, el razonamiento lógico. Por el camino, claro, topará uno con numerosos axiomas, esas frases cuya enunciación se ostenta como su propia demostración: “Es inútil negar el carácter sobrante de la poesía en este estado civilizatorio y en la actual modulación del capitalismo post-industrial”. Luego de que Milán afirme esto, ¿a ver quién es el guapo que le lleva la contraria? Los axiomas funcionan como solían hacerlo los embrujos.

Por su parte, Arellano comienza cinematográficamente: se refiere al “panorama de las poéticas  actuales en Latinoamérica”, con lo cual hace el famoso plano de tomar a nuestro planeta como si emplazara la cámara desde la Luna, por lo menos, para bajar en picada, atravesando capas de la atmósfera hasta llegar a la azotea de una pequeña casa cuando completa la afirmación: “parece no haber mucho espacio para la parodia”. No obstante es este recurso, la parodia, el eje respecto al cual ordena Arellano este trocito de caos empastado que es Dime Novel.

Cada quien sus metáforas. Y el respeto a la metáfora ajena es la paz. Por eso les diré que a mí me gustan esas historias que impiden dormir, arruinan las haciendas de la gente y secan su cerebro. Y por eso es que veo la lectura a través de las gafas no muy costosas que me hacen vislumbrar en cada libro una fortaleza medieval de novela de caballerías.

Esa literatura barata —recordarán que el cura y el barbero apenas si salvan algunos ejemplares de la pira— que comienza, digamos para sonar eruditos, en el siglo XII con el ciclo artúrico, llega a finales del XIX encarnada en la dime novel, que tiene su misma suerte: gozar de gran demanda entre el público lector y de pésima reputación entre la gente culta y de razón.

Aquí, por supuesto, escuchamos un rechinido de frenos: ¿cómo usar este nombre que denomina una publicación masiva, vendidísima, para público inculto en un libro de poemas, si el minoritario público de la poesía raya en la inexistencia pero, eso sí, es capaz de disfrutar exquisiteces olímpicas que reducen al común de los mortales a su condición de tristísimas hormigas? Digamos que después de mi bravuconada, debo reconocer que Milán y Arellano lo vieron claramente: la poesía es residual y la parodia es, dentro de este residuo, un efecto tan secundario que sólo le ocurre a uno de cada dos millones de personas que han mejorado su calidad de vida con este maravilloso fármaco.

Comenzaré por confesarles mi confusión: no tengo ninguna cosa que decirles para que me crean que yo sí entendí Dime novel y que ustedes deberán rendirse a la evidencia de que deben prestarme devota atención si es que acaso desean libar tan selecta ambrosía.

Luego de ver, pasmado, los videos de las diferentes presentaciones que ha tenido desde su aparición, luego de ver desplegarse el alucinante tejido de referencias que cada comentarista desplegó ante audiencias maravilladas —y, me duele decirlo, más afortunadas que ustedes en lo que a mí pobre participación respecta—, debo reconocer que mi última esperanza es creerle ciegamente a Jacotot, quien sostiene que todos podemos ser capaces de enseñarle a alguien más lo que nosotros mismos no sabemos.

 

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Segunda presentación de “Dime novel” (2016) en México. Maurizio Medo flanqueado a la izq. por Ángel Ortuño y a la der. por Luis Eduardo García.
Crédito: Gabriela Botti

Maurizio Medo

 

Sólo para que vean, con un botón de muestra, lo bajito que vuelo: en una presentación —no recuerdo si en Lima— la comentarista señaló la ambigüedad bilingüista o el falso amigo (como le llaman los traductores al error de trasladar la forma de una palabra suponiendo que corresponde a un sentido que no tiene) que resulta el término “Dime”, porque en inglés uno pronuncia “dáim” pero en español decimos “Dime”, y deduce de ello un vocativo, por ende una apelación. No salía de mi pasmo cuando vi ese mismo argumento empleado en la contratapa: “Dime, novel, si Suzanne supo que no eran pájaros sino un ritual de jazmines que venía”. Con lo que, para colmo, se colaba otro falso amigo: la novela en inglés se convertía en el principiante en español. ¿Y si un principiante no fuera alguien que apenas empieza a adquirir un oficio, sino quien siempre lo está comenzando como si aprenderlo no fuera posible? Eso me gustó por narcisismo, porque yo nunca aprendo a hacer nada y, entonces, ¿cómo no emocionarme ante la revelación de que este libro tuviera su clave justo en el hecho de estar comenzando todo el tiempo, a despecho de sus límites físicos —muy lindos, por cierto, como todos los libros de Luzzeta?

Y ahora que les hablo de Suzzane, viene a cuento un chisme. Cuando Maurizio me platicó de la progresión de Dime novel tuve una confusión espantosa: mencionaba personajes, refería hechos, ofrecía textos en inglés que luego eran traducidos al español y comentados, hablaba de álter egos. ¿Y eso qué es, Maurizio? Le pregunté un día, más bien desesperado. “Son yos que son otros, pero yos”, respondió sibilino. Yo no tuve más remedio que darme por vencido e irme a tomar un trago.

Quisiera ser discreto pero hay cosas que no alcanzaré en esta vida que ha sido todo para mí menos camino de perfección, así que les diré que yo solía frecuentar una cantina que era una cruza de matadero clandestino, sótano mohoso, aljibe imposible e insectario. Directo ahí me fui, confundido por el enigma de Maurizio. Yo sé que no hay que platicar con las esfinges porque luego da comezón en los ojos y uno empieza a hacer cosas divertidas… pero a pesar de ello, insistí en darle vueltas y vueltas al enigma. Pues resulta que en el tugurio de marras me encuentro a un tipo ¡que me empieza a hablar de Suzanne!

Le referí el episodio a Maurizio y, como no me creyó, lo incluyó en su libro.

Un libro que, como podrán todos ustedes constatar aquí y ahora, por supuesto no existe.

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