Por Maria Borio*

Traducción Mario Pera

Crédito de la foto (izq.) Ed. Lieto Colle /

Crédito de la foto (der.) © Dino Ignani

 

 

Último momento del verano.

3 inéditos y 3 + 1 poemas de El otro límite

de Maria Borio

 

 

 

Farnese

 

La ventana a la luz le dice “no imaginas”,

apoyate en la pared como si fuera una calle.

 

La espalda desnuda ya no tiene frío. Estas son las cosas

que nos habitan: el cristal transparente, la pared ciega,

 

nosotros por las cosas, una calle curva en la pared,

la pared al interior de venas lenticulares.

 

Todo percute como el bronce en el desierto: es la inocencia

que mueve la cabeza. Me habitas así, como el día

 

en la plaza que Giordano Bruno era aquel pequeño

fuego de todos. Te habito, el sonido que se aleja

 

de los edificios atrapados, la campanilla en la pared dura,

caliente como un fluido que mueve la cabeza.

 

 

 

Puerto

 

No descansan. El haz de luz es calmo.

Miran las barcas de madera

sobre el mar como si fueran altas.

 

Una vida también es violencia.

La corriente retiene las barcas,

el borde es como dos personas.

 

Bajo las palmas el aire se torna negro,

la negro suma todos los colores.

 

El mar no aclara, se espesa.

¿La vida es también violencia?

 

Los has visto intercambiar sus sonidos,

el mar que hace silencio y las maderas

de los cascos, los frutos en la sombra.

 

Pero el silencio era negro y perfecto:

uno a bordo sobre el mar se asoma,

el otro lo retiene a tierra.

 

 

 

Saberse acercar.

Así vemos el enigma de la distancia

Desde el sitio en donde se adensan los lugares que nos han habitado.

Inician llamando las islas de brezo y hielo

el alba atlántica

un avión al despegue

vierte crudo de gaviotas como sutiles cadenas.

 

Preguntan desnudez. Los arrecifes se abren

más al sur en un prado plano

y las vacas moteadas están inmóviles

como una sinfonía que se envuelve sobre sí misma:

pensaba en su bicromía

aturdido de sidra encontrando en algún rincón

de la lengua el barniolino

las manzanas ácidas y las bayas rojas

la llanura emiliana presionada por la niebla

que se encaja en los movimientos.

 

Asomados, desde lo alto sobre el mar,

repites el vértigo

en el bajo de la llanura

en contrapeso.

 

Me he asomado y había un espacio más amplio

un meridiano arder de alcaparras y lava

tensa en los páramos calcáreas, dorsales.

Los hombres tumbados al fondo de Europa

quizá me han mirado, y pregunto

serán entrelazados en los sitios que he visto

en un solo breve como poder decir

lo que son mis años minúsculos

a través del choque entre el sur y el norte.

 

Cada lugar pertenece a los otros.

Los apoyo sin genealogía,

les doy olor, recibo humedad y aridez.

Nos bañan o asesinan.

 

Estuve en el punto más alto del arrecife

en el viento del norte afilado, lunar.

 

Ustedes lo habitan ahora. Acérquense.

Me asomo, salto  –

de roca a roca sobre los restos

de lugares que se arraigan.

 

(inéditos)

 

 

Video y graffiti

 

Por el momento que separa la noche

se quedó al descubierto en la hierba alta y azul.

Los ojos la escribían algún espacio

y la lente de la cámara fotográfica la capturaba

desnuda y flaca: como una forma de vida que quiere aparecer.

 

¿Si escribes el instante se extiende? Pero la cámara

se eso que escribes muy lento alcanza

la vida de los otros y esta fotografía como una boca

verdadera más que lo auténtico a todos haría preguntar

dónde estás, la hora, porque recoges

el cielo palidecido entre tallos azules.

 

Quizás este último momento del verano

podría decirse a sí mismo

sólo si se reprodujera moviéndose,

si se asemejara a eso que en un vídeo

las vidas que aparecen quieren sentir igual…

 

Los hombres en el neolítico narraban

con las palmas de las manos en las paredes de la gruta

y los contornos de las manos eran el protegerse,

la luz que vive. Mira así mis cartas.

 

Ataco las manos al rosa azulado, a las bocas espinosas:

la mujer desnuda que comprime una migración

aplastando las palmas sobre la roca.

Las vidas desarmadas continúan la caza

grabada en mi voz, en la foto que borra

la voz, en las cartas que borran el cuerpo.

 

Estoy sentada sobre la pequeña tapia y escucho

de nuevo el sonido del vídeo que escribe

dónde estoy, la hora, el por qué.

La voz siempre es una mujer desnuda y fría

que revela las manos en alto.

 

 

 

Perfil

 

I am here to be judged

 

La del epígrafe la leí

entre las tantas de un perfil. Podría tener la misma edad,

se podría decir que la mujer a veces se exhibe

no por vanidad sino por procreación, que la ley

de la naturaleza le hace peinar los cabellos y los labios

como estirar con paciencia los dedos

bajo la luz que quema.

 

Los rostros son frágiles, expuestos en una cesta cegadora,

una pátina que se toca, una película.

En esos rostros una especie avanza.

Pero sería letal si valiera sólo la ley

que hace colisionar este pedazo de luz y las nubes oscuras,

el relámpago del cual escribieron

casi todos los materialistas.

Sería que esa figura y su carne

es más bello que lo verdadero y circunscribe la pelvis

entre las densas nubes, las piernas desnudas.

 

Los ojos sobre la imagen juzgaron

para no matar a la imagen.

 

 

 

Pantalla

 

Me dicen que me detenga en la forma,

observarla y preguntar no a la forma

sino a todo lo que es fuera de ella,

esta escritura o las uñas delgadas,

las biografías anónimas o las palabras anónimas.

Me dicen que puede ser la forma de este libro en la pantalla

dónde ves vidas en fragmento o una luz maravillada.

 

La forma es la pantalla como una casa azul,

estadística y figuras o aquel ritmo que ata los hombres

en mi mente. La forma es, no es eso que quieren

que yo dé. Es, no es el futuro. Es deshacerse, a veces.

 

La forma, sólo la imagen, me has dicho, pero la borro

y la reescribo: letras, les digo, piensen, en cada letra

vean una palabra como el pie de un niño

apoyado en la mano de la madre y aquella mano

en el vientre y el vientre en un pensamiento.

 

A veces sigo este recorrido para que una escena ocurra

y no sea sólo forma sino vientre, mano, pie

que no ven, incluso en las imágenes desordenadas

en el éter como un libro de caras los sigo siempre,

un avión silencioso que reingresa en un hangar

o el ciego que llega a la última señal del braille.

 

Me han dicho, de nuevo, que me detenga en la forma,

la forma que se escribe o se vive nunca es la misma.

Con los pensamientos como uñas ato vidas

desunidas en la pantalla.

 

 

 

Isla

 

En la noche el vidrio de los rascacielos de Isla

parece una falla en el horizonte,

el semicírculo de la estructura que dice

el poder de volver el agua sólida

y derretirse al momento

que acabaste de circunscribir.

 

Aquí las horas por oscuridad distinguen

el silencio cristalino, el redoble de los trenes,

las gotas en el aire, las fibras –

pero el alba nos ha detenido en un sonido retorcido:

 

las curvas del tiempo vacío

la fuga en el paso subterráneo

la electricidad abierta entre los ascensores y la comida descongelada

los artífices de esta limpieza de vidrio

o una prueba muy humana para detener un azul fragilísimo.

 

Sentados al borde de la fuente

he aquí el avance: el frío

incorruptible de la oscuridad

se encoge y una muchedumbre normal

escala los rasgos del rostro. Al bar, me dices,

que es hoy la metáfora del mundo

reteniendo la comida en la boca

el gran vidrio de estos edificios

y la comida profunda en los órganos:

 

mecánica y carne invisible trabajan

y sus imperfecciones envuelven lo puro y lo impuro

entrando saliendo del gran vidrio

como el arte áfona y oscura de Duchamp

corta en secciones.

 

En el caso que premies la mano, puede estrellarse

 

o resistir como el éter resiste,

 

y allí conscientes o separados de nosotros

 

puro e impuro,

 

la gran pantalla de Isla

 

un continente.

 

 

 

Herencia I

 

I

 

La manzana en las manos por ti es el mundo

del hijo al hijo del hijo.

 

Algo chirria detrás, el monstruo

 

que al cuento blanquea o los grafiti

en un vidrio barnizado: imágenes,

en tu manzana también estoy yo.

 

Del hijo al hijo del hijo

 

un cronómetro seca la manzana.

El misterio es preguntarte, a ti mi abuelo,

el mirar mis ojos exactamente.

 

 

II

 

De nuestro bien tendrás una herencia

como recoger la filigrana de los cristales de nieve

y esperar que se derritan sobre una imagen.

 

Hay una precisión entre las moléculas, no se puede decir:

enredadas y firmes cuando iniciamos a entendernos,

después abiertos, leer, inexistentes.

 

Entonces incido en la herencia de tu voz

a través de los micrófonos, la dejo sedimentar.

Con distancia la imagen de nuestros pies se deforma,

es polvo, todo a nuestro alrededor se oscurece.

 

La cremallera que une la casaca al pecho parece

la calle de una ciudad con muchas arqueologías,

el polvo nos cubre como la voz:

nieva sobre los techos de paja, sobre las cabezas de paja,

cada cristal es diferente e inhumano.

 

Consciente finjo que el bien construido

pueda derretirse definitivo

junto a todo lo ligero

todo es definitivo

 

 

III

 

Las palabras me siguen como los pasos

de la sobre elevada, los pilares de cemento

en altura creciente y una robustez confusa

dónde lo sólido se hace líquido o aire

lo engulle como una enfermedad

veloz.

Tus palabras son veloces. Quizás sobre el cemento

podrían resbalar como cristales fríos

sobre las mejillas, alrededor de la mirada

que estrecha a los pilares, a la línea

de la autopista, al espacio

futuro.

Hay un azul confuso a lo gris confuso a lo blanco

que es breve como una vida humana y sobre

la brevedad al principio te pronuncio porque

está en ti que de nuevo aparezco, luego porque

imagino sostenerme también yo realmente

el peso del cemento, por fin porque en la breve

vida de un individuo se podría

al menos una vez todo

detener.

¿Qué comprime en el cilindro del aire,

qué cosa clava en la tierra el peso de las calles,

el bulbo del pelo? La autopista es brazos

sin peso, los pilares son ruinas y confundirse

con la vida natural también arruina la cosas naturales,

rastro.

Entonces simulas que mientras te sientes veloz

sobre los pilares, sobre el valle negro, lo que

empuja sea nada si no palabras confusas

y extensiones, confusas y extensiones: no creer

más de verme, pero ves, no de tocarme, pero

tocas, ni de odiarme, odias, ni

quererme.

Tengo miedo de hacerte salir de la boca.

 

 

 

Herencia II

 

Ocurre que en estos metros cuatro por tres

ha muerto un hombre de noventa y cinco años,

que sobre su piel veo la forma de mi barbilla.

Ocurre mientras aprieto los dedos sobre la barbilla

que él es justo y corto, mi estatura vaga.

 

La estatura ocurre como la muerte

y es algo saturado, sin puntos.

Los genes se despliegan, inician su corrosión.

La habitación no contiene. El cuerpo es

largo como diez de mis palmos.

 

Ocurre que me quedo siempre en la habitación donde has muerto

también cuando me lavo piernas abiertas y digo

cómo puede recogerse el desorden, aclararse

en una confusión de sexos que son el vacío

mientras me lavo. También la orina se vuelve invisible.

 

El desorden es, sin sentimientos, seco en los pliegues

de los genitales, de las sábanas azules, de la nieve arraigada

o algo que corta el aire como una hoja dentada:

también puedo ser un hombre, envejecer como un hombre,

desplazar la energía del seno a la ingle, sentir que llega todo

entre mis piernas, entre tus ojos, no hay más violencia.

 

Pero, sobre el desorden de la casa en la luz de la computadora

sobre el orden habitado de las tumbas bajo la montaña

mírala, dices, se lava a fondo con las uñas en el agua,

mírala, sus huesos estaban vacíos y estrujados, la hoja dentada.

 

 

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(poemas en su idioma original, italiano)

 

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Ultimo momento d’estate.

3 inediti e 3+1 poesie di L’altro limite,

di Maria Borio

 

Farnese

 

La finestra a una luce dice “non immaginate”,

appoggiatevi alla parete come fosse una strada.

 

La schiena nuda non ha più freddo. Ecco le cose

che ci abitano: il vetro trasparente, il muro cieco,

 

noi per le cose, una strada curva sul muro,

il muro dentro vene lenticolari.

 

Tutto batte come bronzo sul deserto: è innocenza

che muove la testa. Mi abiti così, come il giorno

 

sulla piazza che Giordano Bruno era quel piccolo

fuoco di tutti. Abito te, il suono che si stacca

 

nei palazzi incastrati, la campanella sul muro duro,

caldo come un liquido che muove la testa.

 

 

 

Porto

 

Non riposano. Il fascio di luce è calmo.

Guardano le barche di legno

sul mare come fossero alte.

 

Una vita è anche violenza.

La corrente trattiene le barche,

il bordo è come due persone.

 

Sotto le palme l’aria diventa nera,

il nero somma tutti i colori.

 

Il mare non lucida, addensa.

La vita è anche violenza?

 

Li hai visti scambiarsi i suoni,

il mare che fa silenzio e i legni

degli scafi, i frutti nell’ombra.

 

Ma il silenzio era nero e perfetto:

uno dal bordo sul mare si sporge,

l’altro lo trattiene a terra.

 

 

Sapersi avvicinare.

Così vediamo l’enigma della distanza

dal posto in cui si addensano i luoghi che ci hanno abitato.

Inizio chiamando le isole d’erica e ghiaccio

l’alba atlantica

un aereo al decollo

versi crudi di gabbiani come sottili catene.

 

Chiedete nudità. Le scogliere si aprono

più a sud in un prato piatto

e le mucche pezzate sono immobili

come una sinfonia che si avvolge su se stessa:

pensavo alla loro bicromia

stordita di sidro trovando in qualche angolo

della lingua il barniolino

le mele acide e le bacche rosse

la pianura emiliana premuta dalla nebbia

che si incastra nei movimenti.

 

Affacciati, dall’alto sul mare,

ripeti la vertigine

nel basso della pianura

in contrappeso.

 

Mi sono affacciata ed era spazio più ampio

una meridiana arsa di capperi e lava

tesa a lande calcaree, dorsali.

Gli uomini sdraiati sul fondo dell’Europa

forse mi hanno guardato, e chiedo

sarete intrecciati nei posti che ho visto

in uno solo breve come poter dire

cosa sono i miei anni minuscoli

attraverso lo scontro di sud e nord.

 

Ogni luogo appartiene ad altri.

Li appoggio senza genealogia,

gli do odore, ricevo umido e arido.

Ci bagnano o uccidono.

 

Ero nel punto più alto della scogliera

nel vento del nord affilato, lunare.

 

Voi li abitate adesso. Avvicinatevi.

Mi affaccio, salto –

da roccia a roccia sopra un resto

i luoghi che si radicano.

 

(inediti)

 

 

 

Video e graffiti

 

Per il momento che separa la notte

restavi allo scoperto nell’erba alta e azzurra.

Gli occhi la scrivevano in qualche spazio

e l’obiettivo della macchina fotografica la catturava

nuda e magra: qualsiasi vita che voglia apparire.

 

Se scrivi l’istante si distende? Ma la camera

di ciò che scrivi molto lentamente raggiunge

la vita degli altri e questa fotografia come una bocca

vera più del vero già a tutti farebbe chiedere

dove sei, l’ora, perché raccogli

il cielo impallidito fra gambi azzurri.

 

Forse questo ultimo momento d’estate

potrebbe dire se stesso

solo se si riproducesse muovendosi,

se assomigliasse a ciò che in un video

le vite che appaiono vogliono sentire simile…

 

Gli uomini nel neolitico narravano

con i palmi delle mani sulle pareti della grotta

e le sagome delle mani erano il proteggersi,

la luce che vive. Guarda così le mie lettere.

 

Attacco le mani al rosa bluastro, alle bocche spinose:

la donna nuda che comprime una migrazione

schiacciando i palmi sulla roccia.

Le vite disarmate continuano la caccia

nella mia voce registrata, nella foto che cancella

la voce, nelle lettere che cancellano il corpo.

 

Sono seduta sul muretto di cinta e ascolto

di nuovo il suono del video che scrive

dove sono, l’ora, il perché.

La voce è sempre una donna nuda e fredda

che stampa mani in alto.

 

 

 

Profilo

 

I am here to be judged

 

La sentenza dell’epigrafe l’ho letta

fra i tanti in un profilo. Potreste avere la stessa età,

potreste dire che la donna a volte si esibisce

non per vanità ma procreazione, che la legge

di natura le fa pettinare i capelli e le labbra

come stendi con pazienza le dita

sotto la luce che brucia.

 

I volti sono fragili, esposti in una cesta accecante,

una patina che si tocca, una pellicola.

In quei volti una specie avanza.

Ma sarebbe letale se valesse unica la legge

che fa scontrare questa fetta di luce e le nuvole scure,

il lampo di cui hanno scritto

quasi tutti i materialisti.

Sarebbe che quella figura e la sua carne

è bella più del vero e circoscrive il bacino

tra le nubi dense, le gambe nude.

 

Gli occhi sull’immagine giudicavano

per non far morire l’immagine.

 

 

 

Schermo

 

Mi dicono di fermarmi sulla forma,

di osservarla e chiedere non alla forma

ma fuori a tutto il resto cosa sia,

questa scrittura o le unghie esili,

le biografie anonime o le parole anonime.

Mi dicono che può essere forma questo libro a schermo

dove vedi vite in frammento o luce stupita.

 

La forma è lo schermo come una casa azzurra,

statistica e figure, o quel ritmo che lega gli uomini

nella mia mente. La forma è, non è ciò che volete

io dia. È, non è il divenire. È disfarsi, a volte.

 

La forma, solo l’immagine, mi hai detto, ma la cancello

e la riscrivo: lettere, vi dico, pensatele, in ogni lettera

guardate una parola come un piede di bambino

appoggiato alla mano della madre e quella mano

alla pancia e la pancia a un pensiero.

 

A volte seguo questo percorso perché una scena accada

e non sia forma sola, ma pancia, mano, piede

che non vedete, anche nelle immagini disordinate

nell’etere come libro delle facce sempre vi seguo,

un aereo silenzioso che rientra nell’hangar

o il cieco che arriva all’ultimo segno del braille.

 

Mi hanno detto di nuovo di fermarmi sulla forma,

la forma che se scrivi o vivi non è mai lo stesso.

Con i pensieri come unghie lego vite

disunite a schermo.

 

 

 

Isola

 

Nella notte il vetro dei grattacieli di Isola

sembra una faglia sull’orizzonte,

il semicerchio della struttura che dice

il potere di rendere solida l’acqua

e liquefarsi al momento

che hai finito di circoscrivere.

 

Qui le ore per buio distinguono

il silenzio netto, il rullio dei treni,

le gocce nell’aria, le fibre –

ma l’alba ci ha fermato in un suono contorto:

 

le curve del tempo vuoto

la fuga nel sottopassaggio

l’elettricità aperta tra gli ascensori e il cibo decongelato

gli artefici di questa pulizia di vetro

o una prova molto umana per fermare un azzurro fragilissimo.

 

Seduti al limite della fontana

ecco il sorpasso: il freddo

incorruttibile del buio

si restringe e una folla normale

scala i tratti del volto. Al bar mi dici

che è metafora del mondo

oggi trattenendo il cibo nella bocca

il grande vetro di questi edifici

e il cibo profondo negli organi:

 

meccanica e carne invisibili lavorano

e la loro imperfezione avvolge al puro e all’impuro

entrando uscendo dal grande vetro

come l’arte afona e oscura di Duchamp

taglia a sezioni.

 

Nel caso premi la mano, può frangersi

 

o resistere come l’etere resiste,

 

e lì coscienti o da noi separati

 

puro e impuro,

 

il grande schermo di Isola

 

un continente.

 

 

 

Eredità I

 

I

 

La mela nelle mani per te è il mondo

dal figlio al figlio del figlio.

 

Qualcosa stride dietro, il mostro

 

che al racconto sbianca o i graffiti

su un vetro verniciato: immagini,

nella tua mela ci sono anch’io.

 

Dal figlio al figlio del figlio

 

un cronometro asciuga la mela.

Il mistero è chiederti, tu mio nonno,

di guardare i miei occhi esattamente.

 

 

II

 

Del nostro bene avrai un’eredità

come raccogliere la filigrana dei cristalli di neve

e aspettare che si sciolgano sopra un’immagine.

 

C’è una precisione fra le molecole, non si può dire:

intricate e salde quando iniziavamo a capirci,

poi aperte, leggere, inesistenti.

 

Allora incido l’eredità della tua voce

attraverso i microfoni, la lascio sedimentare.

Con distanza l’immagine dei nostri piedi si sforma,

è polvere, tutte le cose intorno diventano opache.

 

La zip che unisce la giacca al petto sembra

la strada di una città con molte archeologie,

la polvere ci copre come la voce:

nevica su tetti di paglia, su teste di paglia,

i cristalli sono ognuno diverso e inumano.

 

Consapevole fingo che il bene costruito

possa sciogliersi definitivo

insieme a tutto leggero

tutto è definitivo

 

 

III

 

Le parole mi inseguono come i passaggi

della sopraelevata, i piloni di cemento

in altezza crescente e una robustezza confusa

dove il solido se liquido o aria

lo ingoi come una malattia

veloce.

Le tue parole sono veloci. Forse sul cemento

potrebbero scivolare come cristalli freddi

sulle guance, attorno allo sguardo

che avvinghia ai piloni, alla linea

dell’autostrada, allo spazio

futuro.

C’è un blu confuso al grigio confuso al bianco

che è breve come una vita umana e sopra

la brevità all’inizio ti pronuncio perché

è in te che di nuovo appaio, poi perché

immagino di sostenere anche io realmente

il peso del cemento, infine perché nella breve

vita di un individuo si potrebbe

una volta almeno tutto

fermare.

Cosa preme sopra il cilindro dell’aria,

cosa conficca nella terra il peso delle corsie,

il bulbo dei capelli? L’autostrada è braccia

senza peso, i pilastri sono rovine e confuse

con vite naturali anche le cose naturali rovine,

indizio.

Allora fai finta che mentre ti senti veloce

sui pilastri, sulla valle nera, quello che

spinge sia niente se non parole confuse

e distese, confuse e distese: non credere più

di vedermi, ma vedi, non di toccarmi, ma

tocca, né di odiarmi, odia, né

volermi.

Ho paura di farti uscire dalla bocca.

 

 

 

Eredità II

 

Accade che in questi metri quattro per tre

sia morto un uomo di novantacinque anni,

che sulla sua pelle vedo la forma del mio mento.

Accade mentre premo le dita sul mento

che lui sia giusto e corto, la mia statura vaga.

 

La statura accade come la morte

ed è qualcosa saturo, senza punti.

I geni si staccano, iniziano a corrodere.

La stanza non contiene. Il corpo è

lungo dieci dei miei palmi.

 

Accade che resto sempre nella stanza dove sei morto

anche quando mi lavo gambe aperte e dico

come può raccogliersi il disordine, chiarificarsi

in una confusione di sessi che sono il vuoto

mentre mi lavo. Anche l’urina diventa invisibile.

 

Il disordine è senza sentimenti, asciutto nelle pieghe

dei genitali, delle lenzuola azzurre, della neve radicata

o qualcosa che taglia l’aria come una lama dentata:

posso essere anche un uomo, invecchiare come un uomo,

spostare l’energia dal seno all’inguine, sentire che arriva tutto

fra le mie gambe, fra i tuoi occhi, non c’è più violenza.

 

Ma sul disordine della casa nella luce del computer

sull’ordine abitato delle tombe sotto la montagna

guardatela, dici, si lava con le unghie a fondo nell’acqua,

guardatela, le ossa erano vuote e strette, la lama dentata.

 

 

 

 

 

*(Perugia-Italia). Licenciada en Letras modernas, doctora en Literatura italiana. Ha escrito ensayos sobre Eugenio Montale, diversos poetas italianos del siglo XX y viene trabajando un ensayo sobre la poesía italiana contemporánea. Sus poemas están presentes en el XII Quaderno italiano de poesía contemporánea, Marcos y Marcos. Es curadora de la sección de poesía de la revista online Nuovi Argomenti.

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*(Perugia-Italia). Laureata in lettere moderne, dottore di ricerca in letteratura italiana. Ha scritto su Vittorio Sereni, Eugenio Montale, su diversi poeti italiani del secondo Novecento, sta lavorando a un saggio sulla poesia italiana contemporanea. Una sua raccolta di poesia è presente nel XII Quaderno italiano di poesia contemporanea, Marcos y Marcos. Collabora a diverse riviste cartacee e online. Cura la sezione poesia di «Nuovi Argomenti».

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