Vallejo & Co. presenta una entrevista realizada al pintor peruano la primera semana del mes de febrero del 2014, en su apacible casa en Lima, rodeados por cuadros, libros y recuerdos. Hoy, en memoria de Fernando de Szyszlo, y a modo de homenaje, la volvemos a presentar al público.
 

 

Nota y entrevista por Mario Pera

Crédito de la foto Sergio Camacho

 

 

Todo ángel es terrible.

Entrevista a Fernando de Szyszlo*

 

 

Su casa es un santuario. Un largo camino de laja se abre paso entre diversas flores y arbustos para dar la bienvenida a los visitantes. En el interior de la construcción, un enorme vitral de color carmesí intenso descansa junto a una escalera de madera que conduce al segundo piso y, con ello, al corazón que da fuerza a la casa. Es verano y, desde aquel vitral, se filtra una luz densa, sanguínea, una llamarada ante la cual todo flaquea. Todo menos un gigantesco cuadro que reposa sobre la pared interior de la sala, un lienzo en tonos azules con un pórtico negro del que brota un gran trazo rojo que debió ser teñido con la misma sangre de aquel corazón infatigable. En la sala, varios huacos nos circundan, nos observan, se elevan sobre las mesas y repisas como tótems de un tiempo lejano que han hallado un nuevo hogar entre sillones estilo Barcelona y paredes adornadas con pinturas de arcabuceros y ángeles de la Escuela Cuzqueña. Sin embargo, nada en esa casa pierde su misticismo, la historia que por algún azar lo trajo hasta esa ubicación.

El hombre que baja las escaleras con paso cansino y apoyado en un bastón, ha sido partícipe de la transformación de las artes plásticas en nuestro país. Y, por afinidad, fue compañero de vida y testigo del trabajo de algunos de los más trascendentales escritores nacionales y extranjeros. Amigo de tres Premios Nobel, agnóstico consumado y lector empedernido, tal vez sea esta última característica la que lo llevó a forjar casi una hermandad con los escritores y no con los artistas de su rubro. Su nombre, Fernando de Szyszlo.

Una puerta tallada conduce a una sala cuyas paredes están revestidas por libros, cientos de libros de pintura, poesía, novela, ensayo y textos inclasificables que conforman el grueso de su biblioteca. A la par, se lucen imponentes cuatro esculturas del tamaño de un hombre, poniendo la cuota íntima las varias fotografías del pintor con amigos célebres y otras de escritores que nunca conoció, pero que los siente casi como lo fueran, dice. Una foto, en particular, resalta sobre las demás. En ella aparece de Szyszlo junto a un jovencísimo Jorge Eduardo Eielson, ambos frente a la catedral de Notre Dame en los primeros días de su arribo a París.

Su vínculo con los escritores y con la literatura es largamente conocido. No han sido pocas las veces en las que una novela, poemario o, incluso, un poema lo atraparon hasta que logró dejarlas ir dándole forma en un lienzo. Aunque solo queda como evidencia el nombre de algunas de sus series de pintura. Sin embargo, no todo fue bohemia y arte. Creció acompañado por el luto de su abuela, desolada por la temprana pérdida de su hijo, Abraham Vadelomar. Así como muchas décadas después, le tocó ver a la madre de sus hijos, Blanca Varela, desolada y sumiéndose en una enfermedad cerebrovascular acelerada por la muerte de su hijo Lorenzo en un accidente de aviación.

Pero su casa es un santuario. Junto a la gran biblioteca se abre una sala menor en la que conserva sus libros más queridos, los de sus amigos, los de los escritores que más han nutrido su pintura. Y entre los estantes, enmarcado entre dos vidrios, reposa una de las reliquias de la “religiosidad” poética latinoamericana. Es Vallejo, o un mechón de su cabello, todo lo que se atesora en nuestro país del mayor poeta peruano. Tan poco pero, a la vez, tanto y, junto al mismo, un papel amarillento, oxidado por el paso de casi un siglo, una hoja que conserva un escrito a máquina del poeta en el que se dejan ver algunas correcciones de su puño y letra. Eso es todo lo que nos queda de él, murmura de Szyszlo.

Hace unos meses, el principal pintor abstracto del país fue internado de urgencia en una clínica de la capital. Un mal respiratorio lo alejó de su taller y de su biblioteca por varias semanas y se temió lo peor. Sin embargo, Fernando de Szyszlo es fuerte. Sus casi 90 años no lo detienen y su pincel continúa en alto, como un pararrayos que espera una descarga de la naturaleza para dar ignición a su creatividad.

 

El pintor Fernando de Szyszlo Valdelomar.

El pintor Fernando de Szyszlo Valdelomar.

 

Primeros destellos de una vida

 

Mario Pera [MP]: Estudiaste en el colegio Inmaculada. ¿qué recuerdos tienes del colegio, de tu infancia con los jesuitas?

Fernando de Szyszlo [FdS]: Tengo buenos recuerdos en realidad. Ahora, la parte oscura que tengo de esos recuerdos era la época de la Guerra Civil española y que los jesuitas eran totalmente franquistas y no habían evolucionado. Nos hacían cantar el himno de la falange española todos los días e íbamos a misa todas las mañanas. La última vez que he ido a misa en mi vida ha sido el último día de clases en el colegio de la Inmaculada, en el 41.

 

[MP]: ¿Cómo te definirías: agnóstico, ateo? ¿En qué momento dejaste de creer?

[FdS]: Agnóstico es más literario que ateo, pero no creo en nada absolutamente. Dejé de creer cuando salí del colegio, seguramente por un lado estaba intoxicado de misas y ceremonias y, de otro, tuve una evolución intelectual, política y personal hace mucho tiempo, te digo, no voy a misa desde 1941 [risas]. He ido a matrimonios o a misas de difuntos, pero como acto de presencia social, sin ninguna convicción.

 

[MP]: En un primer momento decidiste estudiar arquitectura. Estudios que dejaste. ¿Cómo nace tu vínculo con la pintura?

[FdS]: Ingresé a la UNI, era muy difícil ingresar en esa época, no sé si ahora es tan difícil. Estudié arquitectura un año y medio y, luego de ese tiempo, decidí mejorar mi dibujo. Me matriculé en un curso nocturno de dibujo en la Universidad Católica y ahí descubrí mi vocación. Dejé la arquitectura y pasé a estudiar pintura en la Católica con Winternitz hasta el año 46.

La vocación para la pintura no la tenía, pero era una persona cultivada. Era una persona enfermiza y como en mi casa había muchos libros, los de Abraham Valdelomar, el poeta, toda su biblioteca estaba en mi casa además de los libros de mi padre, que también era un buen lector. Toda mi vida leí. No me acuerdo de una época en la que no haya escuchado música clásica o en la que no haya leído, no me acuerdo. O sea que mi sensibilidad es más por la literatura, tenía inquietudes literarias. Y comencé a estudiar arquitectura, casualmente, porque me daba cuenta de que tenía una cierta sensibilidad artística y, al mismo tiempo, que tenía mucha facilidad para las matemáticas, era la única disciplina que me era fácil. Entonces, pensé que eso haría un arquitecto, equivocadamente [risas].

 

[MP]: Pero tus hijos fueron arquitectos.

[FdS]: Mis dos hijos fueron arquitectos, uno murió pero los dos eran arquitectos y yo siempre he tenido, sigo teniendo, un interés enorme por la arquitectura.

 

[MP]: Y, ¿cómo llegas a la plástica?

[FdS]: El día que comencé a dibujar en la Universidad Católica descubrí que eso era lo que quería hacer toda mi vida, y no por Winternitz. Es el camino de Damasco. Es, realmente, darse cuenta qué es lo que uno ha venido a hacer al mundo.

 

[MP]: Pero no terminaste la carrera de Artes en la Católica. Tu aprendizaje siempre fue autodidacta…

[FdS]: Tampoco la acabé porque la enseñanza, pese a no ser convencional, sí era posimpresionista y mi generación estaba más adelante que eso. Nosotros éramos vanguardistas. Yo estaba haciendo en esa época, al final, pintura cubista y mi primera exposición, que fue en el año 47, era una exposición más bien cubista.

 

[MP]: ¿Qué recuerdas de esa primera exposición?

[FdS]: Fue en el año 47. No fue importante por eso, pero sí porque se juntó la agrupación Espacio, que era un grupo de arquitectos aliados a intelectuales que decidimos luchar por la arquitectura moderna. El Perú estaba dominado por la arquitectura colonial, neocolonial. Publicamos un manifiesto en mayo del 47 y, ese mismo año, comenzó a salir una revista importantísima que era Las moradas, la revista que hacía Emilio Westphalen que era muy amigo de nosotros, de nuestro grupo.

 

La bohemia artística peruana de los años 40. Lima, c. 1947. Crédito de la foto: Archivo Irma Lostaunau

La bohemia artística peruana de los años 40. Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson, Fernando de Szyszlo, Servulo Gutiérrez, etc.
Lima, c. 1947.
Crédito de la foto: Archivo Irma Lostaunau

 

Rodeado de literatura

 

[MP]: Sin embargo, si bien te desarrollas en la pintura, la literatura estuvo siempre alrededor tuyo. Eres sobrino de Abraham Valdelomar. Si bien no lo conociste, ¿cómo te relacionaste con ese tío que fue tan querido, pero también tan criticado?

[FdS]: Claro, él era wildeano y d’annunziano. Era una persona muy complicada. Yo nunca lo conocí porque él murió seis años antes de que yo naciera, pero era una persona que, pese a ser d’anunziano y wildeano, toda su literatura es campesina y rural. Sus mejores cuentos son los que suceden en las aldeas en las que él había pasado su infancia en Pisco, en Ica, y, además, la vocación que tenía de dar conferencias en pueblos chiquitos. En el pueblo más chico del Perú, ahí él iba a dar conferencias sobre arte. Era una persona interesante y curiosa. Se murió de 31 años, muy joven.

Con él no hubo ninguna relación, nada. Los libros quizá, pero yo me he formado con los amigos de mi generación. Mis amigos siempre han sido escritores o arquitectos. Sebastián Salazar Bondy, Sologuren, Eielson, Blanca Varela, ese era el núcleo de nuestro grupo; además, Enrique Pinilla, músico; José Malzi, músico también; Luis Miroquesada, arquitecto.

 

[MP]: ¿Qué te comentaban o qué anécdotas te contaban tu madre María y abuela sobre tu tío Abraham?

[FdS]: Ellas casi no hablaban de él. Mi madre no hablaba y mi abuela lloraba mucho por él todos los días, por supuesto. Mi abuela vivía con nosotros y vivió varios años, murió en 1940, cuando yo tenía 15 años. Pero no recuerdo que me hayan contado alguna anécdota de Valdelomar, era una presencia sorda y muy dolorosa. Muy dolorosa para todo el mundo.

 

[MP]: Como has dicho, participaste en la creación de Las Moradas, dirigida por el poeta Emilio Adolfo Westphalen. ¿Cómo llegaste al proyecto? ¿Cómo accedían a las colaboraciones de poetas que luego fueron los más importantes en la poesía nacional?

[FdS]: Yo fui parte del comité de redacción. El proyecto fue todo obra de Emilio Westphalen, él hizo todo. Puso la plata de su retiro de una firma minera en la que trabajaba como contador, pagó la revista y ahí estábamos sus amigos, los que él escogió.

Yo me ocupaba de pintura, Eielson de poesía, Luis Miroquesada de arquitectura, Enrique Iturriaga de música. Era un pequeño grupito que se reunía tarde, mal y nunca. Emilio decidía todo, absolutamente todo [risas]. No había una línea que saliera en la revista que no fuera cuidada por él. Era una persona de una cultura increíble, de esos latinoamericanos que saben de todo. Sólo en América Latina hay esa gente que sabe de poesía inglesa, alemana, de poesía rusa, americana, de todo como Borges, Octavio Paz o como Cobo Borda en Bogotá, que se han leído todos los libros. En México hay muchos, Fuentes era igual así como Cortázar.

 

[MP]: ¿Cómo fue trabajar con Westphalen? Siendo él tan reservado.

[FdS]: Esa era la parte de la contribución del consejo de redacción, le corregíamos las pruebas a Emilio. Él era una persona que sabía muy bien lo que quería, no había vacilaciones. Era una persona inolvidable Emilio, malhumorado, intransigente [risas]. Al final de su vida siempre venía a almorzar un día a la semana a la casa y un día le dije: Emilio, ¿por qué no vienes mañana? Va a venir Mario Vargas Llosa y una pareja más, vamos a ser ocho, y me respondió: toda reunión de más de cuatro personas me es insoportable [risas]. Muy típico de él. No soportaba a la gente.

 

[MP]: Conversando con Carlos Germán Belli, me comentó que la presencia de Westphalen era casi como la de un sacerdote.

[FdS]: [Risas] Sí, le metía miedo a la gente porque era tan severo, tan serio, pero a la vez tan simpático, una persona encantadora.

 

[MP]:  Por Westphalen conociste a César Moro con quien tenías varias cosas en común. Estudiaron en el mismo colegio, vivieron en Francia, compartían la pintura y tenían amigos en común. ¿Qué recuerdas de él?

[FdS]: Vivimos en Francia en diferentes épocas. Cuando comencé a pintar y el grupo de la generación del 50 comenzó a producir, Moro estaba en México. Teníamos contacto con él pero epistolar gracias a Emilio [Westphalen]. Después Moro regresó a morir a Lima, estuvo unos seis u ocho años antes de morir.

Era una persona maravillosa, un poeta de una fuerza increíble. Siempre estaba de buen humor, irónico, despiadado, decía cosas increíbles, hacía unas frases increíbles. Decía: hay que saber llevar los suplicios como un tapado de armiño. Era una persona realmente muy divertida. En materia de Surrealismo era una enciclopedia porque lo había vivido, había pertenecido al grupo de surrealistas desde su fundación en París, o sea que asistía a todas las reuniones en la Place Blanche.

 

[MP]: ¿Y por qué crees que Moro fue, hasta cierto punto, relegado del movimiento Surrealista? ¿Qué tanto influía la homofobia en ello?

[FdS]: Del Surrealismo, sí. Esas son las cosas que tenía Breton. A Breton no le gustaban los homosexuales y, entonces, a los homosexuales siempre los tuvo un poco aparte.

Sin embargo, cuando Breton estaba en el exilio durante la guerra, en México, Moro organizó junto a él la exposición del Surrealismo en ese país y quedó muy vinculado con los surrealistas mexicanos y extranjeros que vivían en México que eran muy importantes. Estaban Wolfgang Paalen, Alice Rahon y Leonora Carrington dentro de los extranjeros y los mexicanos que había muchos.

 

[MP]: Has comentado en alguna entrevista que a Moro y a Westphalen no les atraía la música, es raro teniendo en consideración que la poesía de ambos, la de Moro más quizá, tienen una musicalidad propia y muy presente.

[FdS]: Sí, es que en eso eran discípulos de Breton, que no soportaba la música. Nunca oí a Westphalen hablar sobre música. En esta casa hay música clásica todo el día, desde que me levanto pongo música, o sea que en eso no estaba yo muy dentro de la línea. Hay una música en la poesía que no tiene nada que ver con la música en el pentagrama.

 

[MP]: En tu juventud te relacionaste con diversos artistas, escritores de la Generación del ’50. Se reunían en la mítica Peña Pancho Fierro. ¿Cómo eran esos días y noches de fiesta con escritores tan distintos como Arguedas, Salazar Bondy o Eielson?

[FdS]: Todas las noches nos reuníamos en la peña Pancho Fierro. Siempre de lunes a viernes y por la peña pasaba todo el mundo. Todo el que estaba en Lima de paso, Neruda o León Felipe, quien fuera, Louis Jouvet, María Casares, a todos los he conocido en la peña. Era un sitio fantástico porque era muy animado.

El Perú es un sitio complicado porque la peña Pancho Fierro era una peña indigenista y nosotros éramos los campeones del antiindigenismo y dimos la batalla contra el Indigenismo. Sin embargo, en la peña había unos indigenistas que no tenían nada que ver con la pintura indigenista, estaba Arguedas y ese núcleo indigenista tenía una colección de arte popular peruano magnífica que era de Alicia Bustamante, ahí nos reuníamos con gente de vanguardia: César Moro, Westphalen, los poetas surrealistas y nosotros, que éramos jóvenes vanguardistas. Un grupo muy interesante.

 

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Fernando de Szyszlo (de bigote), Blanca Varela (de vestido negro), Sebastián Salazar Bondy (de corbata), y amigos. C. 1947 Crédito de la foto: Archivo Blanca Varela.

 

[MP]: Supongo que Westphalen no era muy asiduo…

[FdS]: Sí, Westphalen era uno de los habitudes, lo que pasa es que no hablaba [risas]. Westphalen era un tipo muy divertido. Estaba casado con una chica peruana, de Piura. Una anécdota es que había unas reuniones en la peña en un sitio largo y hubo una vez una reunión para Jouvet quien vino con Madeleine Ozeray durante la guerra para poner el El anuncio hecho a María, L’Annonce faite à Marie. Judith Westphalen estaba a la entrada de la peña y Westphalen estaba a unos doce metros al fondo de la misma y se oye la voz de Judith que dice: ¿Ha visto usted la pieza de Claudel, de Pierre Claudel, El anuncio hecho a María? Y desde el fondo se oye la voz de Emilio que grita: ¡Paul, es Paul! [risas]. Era muy divertido.

 

[MP]: Pero, entonces, Westphalen pese a ser callado tenía un carácter fuerte…

[FdS]: ¡Ah, sí!, en esas cosas podía ser. Su antiestalinismo, por ejemplo, era feroz. Las discusiones en la peña, porque había mucho estalinista en esa época, eran muy acaloradas y Emilio era muy agresivo…

 

[MP]: ¿Llegaron a las manos?

[FdS]: No, no. Él era un caballero alemán. Ni por asomo. Nunca. No me acuerdo que haya habido una cosa de manos en la peña, discusiones feroces sí pero claro, todo eso es el pasado.

Enrique Krauze, el mexicano que publica Letras libres, decía el otro día que el último marxista que haya sobre la faz de la Tierra estará en una universidad latinoamericana [risas], porque todo el resto han desaparecido [risas]. En San Marcos, por ejemplo, todavía están en lucha de clases, cosas que ya nadie habla en Europa, ¡nadie habla! Con decirte que el partido comunista francés no tiene representación en el Congreso, ¡ha desaparecido!, no sé si existe local del partido, el que fue hecho por Niemeyer además. Pero cuando yo vivía en París ese era el centro de la política francesa. El partido comunista francés era el partido más importante en Francia, hoy no.

 

[MP]: Un escritor entrañable y poco valorado es Sebastián Salazar Bondy, de quien fuiste un gran amigo, incluso ilustraste algunas de sus publicaciones. ¿Cómo era Sebastián? Tengo la impresión de que era una persona algo reservada, bohemio, muy leído.

[FdS]: Él era un amigo muy querido. Sebastián me presentó a Blanca Varela, a Arguedas y a Mario Vargas Llosa cuando Mario no había escrito sino un cuento con el que ganó un premio por el que se fue a París por 15 días. O sea que en el año 58 Mario no existía como escritor, él tenía 22 años…

Sebastián fue una persona increíble. Lo más generoso, lo más interesado en los demás, en promover la obra de otros más que la suya y, al mismo tiempo, siendo un cristo teniendo que hacer ocho oficios para poder sobrevivir. Era un gestor cultural. Pobre Sebastián, se murió muy joven, tenía 41 años.

 

[MP]: Siendo artista plástico, ¿cómo te sentías entre tantos poetas?

[FdS]: Muy cercano, pues soy muy lector de poesía sobre todo. O sea que me sentía completamente cómodo.

 

[MP]: Octavio Paz, ¿qué recuerdas de él?

[FdS]: Con Octavio hicimos una amistad que duró 40, 45 años, porque hasta cuando Octavio se estaba muriendo me fui hasta México a despedirme de él. Era una persona excepcional. No ha habido en América Latina mucha gente como él. Su cultura, su sensibilidad, su lucidez, su olfato político, nunca se equivocó. Nunca fue estalinista, nunca fue fidelista. Todos nosotros nos movíamos por esos senderos de la izquierda y él siempre sabía exactamente lo que quería. Se peleaba con Neruda y una vez Neruda la abofeteó en México hace mil años. Felizmente, antes de que Neruda se muriera, cuando ya había cambiado su posición, se amistaron.

 

[MP]: ¿Por qué lo abofeteó?

[FdS]: Por discusiones de política, por el asesinato de Trotski, por Siqueiros. En México eso era pan de todos los días. Estaba Trotski viviendo ahí, Rivera, estaba Neruda que era cónsul en México. Parece que del Consulado de Chile salió Siqueiros con su grupo para asesinar a Trotski.

 

El pintor peruano Fernando de Szyszlo (izq.) junto a los escritores Octavio Paz, Damián Bayón, Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante. Penguin Random House Grupo Editorial Foto de cortesía

(De izq. a der.) Fernando de Szyszlo, Octavio Paz, Damián Bayón, Mario Vargas Llosa y Guillermo Cabrera Infante. Foto cortesía del Grupo Editorial Penguin Random House.

 

[MP]: En Europa, ¿frecuentabas el Boulevard Saint Germain al que iban los surrealistas?

[FdS]: Los surrealistas se reunían en Place Blanche, al otro lado de Montmartre, hasta allá iba. Ahí llegué con Octavio [Paz] y después fui a la casa de Breton. Octavio en eso fue instrumental. En las reuniones estaba Breton que era el Papa, había discusiones y todo pero no por encima de Breton, que era una persona impresionante además.

Gracias a Octavio asistí muchas veces a la Place Blanche a las reuniones del grupo surrealista. Pero eso fue en los años 50, cuando el Surrealismo estaba muy dividido pero todavía estaban Breton, Péret, Joseph Pierre, todavía estaban los jóvenes Jean-Clarence Lambert, Jean-Pierre Duprey.

 

[MP]: ¿Marcó a la expresión de tu arte, a tu pintura, la relación con los escritores surrealistas?

[FdS]: Me marcó mucho. Quiero decirte que nunca tuve influencia de la pintura surrealista porque no me gustaba, era una pintura literaria. Pero el pensamiento surrealista sigue siendo mi manera de pensar en materia de arte. O sea, la teoría surrealista, los textos de Breton son fundamentales. Para entender realmente el arte, uno necesita empaparse de lo que Breton ha escrito sobre eso.

 

[MP]: La influencia, entonces, fue teórica…

[FdS]: La influencia es únicamente teórica, práctica en absoluto. Había algunos pintores pero anteriores al Surrealismo que son los importantes, Duchamp o de Chirico pero son anteriores al Surrealismo. Cuando el manifiesto surrealista se publica, ya de Chirico no hacía pintura metafísica. Pero claro, había pintores surrealistas que no estaban demasiado metidos en el grupo como Klee o los belgas, a los que ninguneaban un poco los surrealistas, a Magritte, Delvaux, Miró. Miró y Klee eran dos pintores que me interesaban mucho.

 

[MP]: Sebastián Salazar Bondy te presentó a Blanca Varela…

[FdS]: Sí, me casé con ella y nos fuimos a París. Blanca era una persona muy sencilla, nunca posaba de poeta, nunca. Y nunca es que sintiera una compulsión por escribir. Escribía cuando le nacía, por eso su obra es tan corta. Escribió al final un poco más. Cuando estuvimos en Cornell, yo estaba de profesor de la Universidad de Cornell, Nueva York, ella escribió bastante, quizá su colección de poemas más grande. Pero después vino la tragedia de la muerte de Lorenzo [de Szyszlo] y Blanca se afectó. Escribió muy buenos poemas suscitados por eso, pero la mató. Esa muerte la mató.

 

Fernando de Szyszlo y Blanca Varela.

Fernando de Szyszlo y Blanca Varela.

 

[MP]: ¿Te ves en su poesía?

[FdS]: Debo decir que sí [risas]. No en la mejor forma pero sí, sin duda. Nos habíamos formado juntos. Aunque no hay ningún poema dedicado a mí, por ejemplo. Mi presencia se siente si uno la lee con cuidado, sobre todo en sus primeros poemas, o en toda su poesía, habíamos vivido 20 años juntos.

 

[MP]: Con otro poeta con quien compartiste amistad y pintura fue con Jorge Eduardo Eielson…

[FdS]: Con Jorge claro, una gran amistad. Casualmente, para el libro que publicó sobre Eielson, Martha Canfield me pidió que colaborara y escribí lo que realmente era mi recuerdo de Eielson, que son los recuerdos de él como artista adolescente.

Cuando Jorge se fue a Europa coincidimos dos años en París y fue muy divertido, lo pasamos muy bien, muertos de hambre todos. Después Jorge salió definitivamente del clóset, se enamoró de un chico siciliano con el que vivió hasta que este murió, se llamaba Michele. Una vez vinieron aquí [su casa].

Jorge se volvió italiano, primero se fue a Roma y después se fue definitivamente a Milán, en donde murió.

 

Jorge Eduardo Eielson junto a Blanca Varela y Fernando de Szyszlo en Paris, 1949. Crédito: Archivo Blanca Varela

Jorge Eduardo Eielson junto a Blanca Varela y Fernando de Szyszlo en Paris, 1949.
Crédito: Archivo Blanca Varela

 

[MP]: ¿Ves algún cambio entre el Eielson de Lima y el de Europa?

[FdS]: El cambio fue en su poesía sobre todo. Sólo cuando recién llegó a París Jorge escribía poesía como en Lima. Escribió un poema precioso en esa época, que no sé si se ha recogido o si Jorge lo destruyó pero tengo a ese poema muy presente. Se llamaba «La silla ardiente». Era un poema largo, precioso. Después comenzó con esos experimentos visuales del poema, las letras, etc. que a veces eran muy interesantes, otras no. Era una manera de pensar. Jorge era una persona con un talento increíble para la poesía.

 

[MP]: ¿Qué opinión tienes de su trabajo como artista plástico?

[FdS]: Divertido, de vanguardia, pero no le encuentro un significado mayor. No creo que dure y, físicamente, esos nudos no duran, se llenan de polvo, se caen. Yo creo que él es un gran poeta. Eso es lo que es y así va a quedar. Él era una persona complicada, una persona desligada de cualquier sentimiento nacional. Me desconcertó que, en una bienal, presentó una cosa que era las banderas amarradas de todos los países y para nosotros, en los años cincuenta, eso era una herejía. Banderas… hasta ahora las banderas me parecen horribles.

 

De Szyszlo con un manuscrito y el cabello de César Vallejo regalado a él por Georgette de Vallejo.

De Szyszlo con un manuscrito y el cabello de César Vallejo regalado a él por Georgette de Vallejo.

 

Su relación con César Vallejo

 

[MP]: Tienes las únicas partes del cuerpo de César Vallejo que están en el Perú…

[FdS]: [Risas] tengo que enseñártelo porque ahí lo tengo. Antes de que lo regale, porque se lo pienso regalar a Ramón Mujica, porque qué hace aquí en mi casa. Me muero yo, mi hijo lo tendrá por un tiempo, después queda al azar. En cambio, si está en la Biblioteca [Nacional del Perú], está en la Biblioteca.

Yo he sido toda mi vida muy vallejiano y cuando llegué a París, el 49, lo único que quería era conocer a Georgette. Vallejo tenía 11 años muerto y llegué a Georgette. Hice una serie de litografías, una de las primeras cosas que hice en París fue un álbum de litografías que se llama Ocho litografías en homenaje a Vallejo. Se lo llevé a Georgette y me dijo: venga usted mañana que le tengo un regalo. Entonces pensé que me iba a regalar un manuscrito, que era mi sueño tener un manuscrito de Vallejo y a mucha gente le había regalado manuscritos, pero me dio un sobre cerrado que decía: en secreto. No lo abrí porque estaba con Blanca y Carlos Martínez Rivas, un poeta nicaragüense que era muy amigo nuestro, no lo abrí y cuando llegué a mi casa me encontré que era un mechón de pelo de Vallejo, que era un pedazo del cuerpo, es como los antiguos cristianos: el dedo de San Francisco [risas].

 

[MP]: ¿Y ese era el único pedazo físico que tenía de él?

[FdS]: Sí, físico directamente de Vallejo que yo supiera, sólo puede haber tenido pelo. Tenía la mascarilla de Vallejo, tan linda, que la destruyó o sea que no existe, hay fotos pero no existe. La destruyó aquí en Lima de furia, porque ella era muy temperamental. Tenía las manos de Vallejo vaciadas en yeso, y también las destruyó. Y tenía el ramo de flores que llevó al cementerio cuando lo enterraron, unas flores secas colgadas en la pared.

 

[MP]: ¿Te comentaba sobre él?

Todo el tiempo hablaba de eso. A ella la trajo el doctor Porras [Barrenechea] que era amigo de Vallejo, y es el que publica Poemas humanos en París. El doctor Porras era embajador en París y cuando regresó era ministro de Relaciones y, entonces, trajo a Georgette y le asignó una pensión con la que vivía Georgette pero, típico del tercer mundo, cuando el doctor Porras dejó de ser ministro la pensión cesó y Georgette se quedó en la calle. Daba clases de francés, así privadamente, y comenzaron a llegar poco a poco royalties de la poesía de Vallejo, que ella cuidó toda su vida. Juntó y juntó y juntó, porque ella me contó una vez, cuando vivían cerca del cementerio de Montparnasse, que [a Vallejo] le gustaba visitar el cementerio y cada vez que pasaba por la tumba de Baudelaire la tocaba [golpea con la mano] y le decía: a mí me gustaría estar enterrado en este cementerio.

Bueno, Georgette toda su vida juntó plata hasta que pudo comprar una tumba en Montparnasse, porque Vallejo estaba, yo he estado ahí, en un cementerio obrero a las afueras de París, en Montrouge, y allá lo pasó sin ir a París, ella nunca volvió a París, lo hizo pasar a la tumba en Montparnasse e hizo una lápida preciosa que es como un cubo de mármol y ahí puso un epitafio precioso escrito por ella que decía: Yo he nevado tanto para que tú duermas, en francés: J’ai tant neige pour que tu dormes. Pero, ella nunca pudo regresar y está enterrada acá. Nunca vio la tumba.

 

[MP]: Entonces, ¿era ese hombre triste, casi la personificación de la nostalgia y de la melancolía?

Era así pero, al mismo tiempo, Georgette nunca contó que Vallejo era bohemio, que le gustaba el trago. Un juez [Juan Domingo Córdoba Vargas] que era alumno en esa época de la Universidad de Madrid, se hizo amigo de Vallejo y lo iba a visitar a París. Durante la Guerra Civil [española], Vallejo fue a España y lo veía, era un estudiante de abogacía que después se convirtió en juez pero que jamás escribió, y luego se atrevió a escribir sobre Vallejo mientras Georgette estaba viva, a Georgette no le gustaba que escribieran nada que no fuera lo que ella decía. Este juez es el que fotografió a Vallejo con Georgette en Versalles, la foto en que está Vallejo con su bastón, la famosa foto de Vallejo, y en el libro que él publicó [César Vallejo: del Perú profundo y sacrificado] están todas las fotos que él tomó en ese momento. Es un libro muy interesante porque cuenta un Vallejo que no conocemos, que le gustaba salir con amigos, reírse, beber vino. En este libro del juez sale ese Vallejo.

Por ejemplo, [Vallejo] era muy amigo de Alfonso de Silva, y le escribió un poema precioso que dice:

Alfonso: estás mirándome, lo veo,

desde el plano implacable donde moran

lineales los siempres, lineales los jamases(…)

Bueno, es un poema largo. Georgette nunca hacía traducción de ese poema porque no le gustaba que saliera [Vallejo] con Alfonso de Silva porque él bebía mucho, era alcohólico, después vino a morir a Lima el 37, antes que Vallejo, por eso es que Vallejo escribió ese poema.

 

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César Vallejo en Paris-Francia.

 

[MP]: Poco antes hicieron un viaje a Rusia…

Claro. Cuando la madre de Georgette muere, ella recibe una herencia que en esa época era importante, creo que eran 350 mil francos, deciden ir a Rusia y se van y él escribió Rusia en 1931.

 

[MP]: Dicen que Georgette tenía mal carácter…

Yo era la única persona que la veía porque ella tenía muy mal carácter y se peleaba con todo el mundo. Conseguí que se hiciera una edición facsímil [Obra Poética Completa (1968)], la convencí que dejara que Paco Moncloa hiciera esa edición facsímil. Él la hizo, pero después odió a Paco Moncloa y no lo quería ni ver. Decía: ¡Me habla de tú, me besa! [risas], se quejaba de que la besaba [risas].

Ella tenía muy mal carácter, se peleó con todo el mundo en Lima, absolutamente con todo el mundo, nadie la iba a ver. Yo iba los domingos, era la única persona durante los tres o cuatro años que estuvo en la Maison de Sante que, generosísimamente, la acogió y nunca le cobró, como a Westphalen. La iba a ver los domingos y yo tenía todos los papeles de Vallejo, todos los manuscritos de Poemas humanos, de España, aparta de mí este cáliz, todos los papeles de Vallejo. Un día me dijo: Tráigame usted los manuscritos de los poemas de Vallejo porque quiero quemarlos. Yo le hacía largas hasta que al final tuve que llevárselos. Se los llevé y ella los tenía encima de su velador, ahí junto a su cama. Ella estaba hemipléjica, solo podía mover medio cuerpo. Me dijo: Quiero quemarlos. Ya su valor histórico está preservado en el facsímil, en el libro que se ha hecho facsímil y, en cambio, no quiero dejar nada a este país que me ha tratado tan mal. Yo siempre traté de persuadirla de que no lo hiciera. Total decidió, esas cosas absurdas, Georgette era completamente agnóstica y, sin embargo, era muy sensible a los curas que se ocupaban de los niños que tienen cáncer, que son los curas de San Juan de Dios. Le regaló a los curas de San Juan de Dios los manuscritos de Vallejo que hasta ahora los tienen y que no deberían tenerlos. Se me ha olvidado decirle a Ramón Mujica que se los debería reclamar oficialmente, eso debería estar en la Biblioteca Nacional. Es parte del patrimonio nacional por supuesto.

 

[MP]: Ella idolatraba a Vallejo…

Pero lo odiaba. Esas cosas de amor/odio. Tenía tal adoración por Vallejo que a veces lo odiaba. A veces lo odiaba. Lo odio, decía, lo odio. Pero nada le indignaba más que se refirieran a Vallejo como el Cholo Vallejo, eso la sacaba de quicio, ¡la sacaba de quicio!

Los retratos de Vallejo, por ejemplo, había un editor que se llamaba Milla-Batres que hizo un homenaje a Vallejo, un libro grande, y que en la pasta puso un retrato hecho por Macedonio de la Torre, un pintor de segunda clase, y el retrato es pésimo y Georgette estaba indignada de que hubieran puesto ese retrato en la pasta. Borró de su lista a Milla-Batres, se olvidó de eso, y un día yo la llevé a la presentación del libro facsímil de Moncloa, íbamos entrando al hotel Crillón los dos, en el salón del hotel, y Milla-Batres estaba parado en la puerta distanciado de nosotros. Georgette se separó de mí y fue donde Milla-Batres y ¡pa’! una bofetada [risas] y vino donde mí y se iba caminando  [risas]. Yo le dije: Georgette, ¿por qué ha hecho usted eso?, [risas] y me dijo en francés: Il a une t ête à gifler, tiene una cara para darle una bofetada [risas].

Era muy divertida Georgette, además, era inteligente y sus poemas son muy buenos. Hizo un libro de poemas en francés y, aquí en Lima, lo tradujo al español, se llama Máscara de cal.

 

[MP]: Y su visión del Vallejo hombre, esposo, de la persona con la que había convivido…

Tenía adoración por Vallejo, adoración por él. Pero nunca se refería a él en términos elogiosos. Nunca. Era muy discreta en eso. Lo que pasa es que no le gustaba manosear la imagen de Vallejo.

 

[MP]: Ella vive el reconocimiento a Vallejo, evidentemente, póstumo…

Sobre todo montante, cuando comienzan a traducirlo al alemán, al francés. Nunca dejó que lo tradujeran al francés, esas cosas que tenía, incomprensibles. Porque hay una serie de textos de poesía en francés que se llaman Poètes d’aujourd’hui que son unos libritos chiquitos muy lindos, en que están todos los poetas contemporáneos Éluard, Breton, todos los poetas, Saint-John Perse y Pierre Seghers, el editor, quería publicar a Vallejo y le insistía a Georgette pero no dejaba que lo tradujeran ni ella quería traducirlo. O sea que en francés no hay una traducción importante. En inglés hay una edición bilingüe de toda la obra de Vallejo que la ha hecho Clayton Eshleman. Es difícil traducir, yo comprendo.

Hay un poeta que es especialista en Literatura, un escritor, que es especialista en literatura Hispanoamericana que se llama Efraín Kristal, Jefe del Departamento de Lenguas Romances en UCLA. Él, que tiene una cultura latinoamericana que todo sabe, ha descubierto que en el año 47 Joaquín Díez-Canedo, hijo, trabajaba en UNESCO y le encargó a Octavio Paz, que ya estaba en París, que hiciera una antología de poesía latinoamericana traducida al francés y, entonces, Octavio escogió a Samuel Beckett que hiciera la traducción de Vallejo y la hizo y además, Efraín Kristal ha descubierto que en el parlamento de Esperando a Godot, en el parlamento de Luky, hay una impronta de Vallejo pero definitiva de ese poema: Considerando en frío, imparcialmente,/ que el hombre es triste, tose y, sin embargo,/ se complace en su pecho colorado; (…) eso en Beckett, en el parlamento de Lucky dice: Étant donné que tal y tal cosa, Étant donné que tal y tal cosa [risas] que es puro Vallejo, tomado de Vallejo.

 

De Szyszlo con Vargas Llosa.

De Szyszlo con Vargas Llosa.

 

[MP]: Y llegas a otro gran escritor peruano, Mario Vargas Llosa, por Salazar Bondy…

Te conté que me lo llevó a mi casa en el año 58 Sebastián Salazar Bondy para que hiciera un grabado porque Mario, antes de irse a Francia, había traducido unos poemas de Moro y quería publicar una plaqueta de poemas de Moro y quería que tuviera un grabado mío. Entonces lo llevó a mi casa y yo hice el grabado. Lo que pasa es que creo que fueron 25 ejemplares, yo no tengo. Seguro alguien se lo tomó prestado, pero yo no tengo. Ese fue mi primer contacto con Mario. Ahí nace una amistad que dura hasta ayer [risas].

 

[MP]: Y, ¿Vargas Llosa trabó amistad con algunos poetas?

Moro. Mario conocía a Eielson bastante, pero no era amigo. A Sologuren bastante, era más amigo de Sologuren. A Carlos Germán Belli lo admiraba pero era un amigo distante, era un admirador de Belli. Con Sebastián Salazar Bondy era muy amigo. Con Westphalen, con Blanca, escribió un texto precioso sobre Blanca. De Arguedas era muy amigo y Mario ha escrito un libro buenísimo sobre Arguedas, La utopía arcaica. Eran muy amigos y Mario escribió mucho sobre Arguedas, pero ese libro es muy importante porque aclara el indigenismo de Arguedas y el indigenismo de Julia Codesido, que son dos cosas completamente diferentes. El indigenismo de Arguedas es universal.

 

Fernando de Szyszlo junto a José María Arguedas en la playa de Puerto Supe - Perú. C. 1945 Crédito de la foto: Archivo Blanca Varela

Fernando de Szyszlo junto a José María Arguedas en la playa de Puerto Supe – Perú.
C. 1945
Crédito de la foto: Archivo Blanca Varela

 

[MP]: Así como la amistad entre Vargas Llosa y Arguedas, está otra amistad entre polos un tanto opuestos el mismo Arguedas y Westphalen…

Antípodas, pero [Arguedas] con Moro también era muy amigo, con Westphalen, con Mario. Arguedas era una persona extraordinaria porque era un indio que tenía una capacidad mental, una capacidad sentimental. Tenía una sensibilidad diferente a la nuestra, una manera de sentir diferente. Él era quechua pero no sanguíneamente sino culturalmente, que es la única manera de ser. Yo de polaco tengo cincuenta por ciento de la sangre, sin embargo, de polaco no tengo nada. Todo es cultural.

 

[MP]: ¿Hubo alguna relación de este grupo con Martín Adán?

De Mario [Vargas Llosa] no. Westphalen era muy amigo. O sea, las dos únicas veces que publicó después de La casa de cartón y del libro de poemas que hizo y que tenía ilustraciones de Grau, Travesía de extramares (sonetos a Chopin), la única vez que publicó fuera de esos libros de poemas fue en Las moradas, en donde publicó «Aloysius Acker», un fragmento, y en Amaru la otra revista de Emilio [Westphalen]. Era muy amigo de Emilio, lo quería mucho. Yo conocía poco [a Adán]. Era muy bohemio, siempre estaba con tragos y yo no frecuentaba la librería Mejía Baca y allí era donde él siempre estaba.

 

[MP]: ¿Cuál es el principal legado de los artistas de la Generación del 50 al país? Fue una generación de ruptura, de abrir el arte peruano al mundo pero, lo más importante, de incorporar el pasado y las culturas precolombinas a nuestro arte y que ello salga al mundo.

Creo que la Generación del 50 produjo la mejor poesía de grupo que se ha producido en el Perú. Era un grupo extraordinario de poetas: Eielson, Belli, Sologuren, Blanca Varela, Sebastián [Salazar Bondy], Paco Bendezú, Washington Delgado, es una generación riquísima. Y en el otro aspecto político de poesía, Alejandro Valle es el único representante del realismo socialista que hay aquí. Creo que fue una generación brillante, que cambió el ambiente cultural en Lima totalmente. Ponen al día al Perú, pero hacen que ingrese el arte precolombino al mundo, son un feedback, como se dice en inglés, sin duda.

 

[MP]: ¿Cuánto le debe esa generación a autores anteriores?

¡Ah, mucho! A Eguren, Westphalen, Moro, a Vallejo, le deben mucho. A Oquendo de Amat, claro. Valdelomar es una persona que estaba lejos de nosotros, curiosamente. Pero a mí me sorprendió que la última vez que estuvo en Lima Neruda me recitó un poema de Valdelomar [risas], «Tristitia», sí, se lo sabía de memoria. Pero era otra poesía pues. A Eguren, sí pero, curiosamente la generación del 50 no es vallejiana.

Eielson no tenía particular afición a Vallejo ni Sologuren. Sebastián [Salazar Bondy] sí, pero Eielson, Sologuren no eran vallejianos. El texto de Eielson sobre Vallejo en la antología que ahora han republicado, La poesía contemporánea del Perú, no es un texto importante. No eran vallejianos es curioso, a los poetas no les gusta Vallejo [risas].

Siempre tuve, tengo la impresión, que Octavio Paz prefería a Neruda que a Vallejo, sí. Claro que Neruda es un gran poeta, Neruda en Residencia en la tierra es un gran poeta, pero siempre tuve la impresión de que prefería Neruda a Vallejo.

Carlos Martínez Rivas, el poeta nicaragüense, decía que después de que se murió Rilke el poeta más importante vivo que había era Vallejo y, con el tiempo, creo que esa va a ser la sensación porque es poesía poesía, no hay retórica.

 

[MP]: ¿Cuáles eran los referentes europeos en poesía de la Generación del 50?

Bueno al comienzo era Rilke para Jorge Eielson. Rilke estaba por supuesto clavado. Leían Reverdy, Breton. Eran más franceses que alemanes o ingleses. Eran grandes lectores de Eliot.

 

[MP]: Sé que vienes formando tu biblioteca desde que tenías 20 años. La mayor cantidad son de literatura y pintura. Es imposible explicar tu plástica sin la literatura. ¿Qué autores consideras que podrían definir en palabras o han influido en tu desarrollo como artista plástico?

¡Ah, sin duda! Es difícil porque mi autor favorito, mi escritor favorito, es Proust. Hice unos cuadros cuando hacía pintura cubista picassiana al comienzo, en el año 47, que querían ser retratos de Gilberta, pero la poesía que me ha nutrido seguramente ha sido tanta, tanta.

Hay series de pintura que he usado para mis cuadros, por ejemplo, he hecho una serie sobre Abolición de la muerte de Westphalen, claro que no tiene ninguna relación con los poemas [risas]. De Abolición de la muerte he pintado como 30 cuadros. De Anabasis de Saint-John Perse he pintado como 20. De El innombrable de Beckett he pintado también un montón de cuadros, 20 por lo menos. Del Apu Inca Atawallpaman, un poema quechua sobre la muerte de Atahualpa, también pinté muchos cuadros. Siempre he pintado vinculado a la poesía. También a Enrique Molina, que es un poeta que era muy amigo y que quiero mucho, un poeta surrealista argentino, muerto hace unos años.

 

[MP]: Entonces, ¿hay un paralelismo entre tus preferencias poéticas o literarias y tu pintura?

Sin duda. Es una memoria. Vuelvo al cuadro, al texto, leo. Rilke también ha sido una figura importante. He hecho una serie de cuadros que se llaman Duino, por las Elegías de Duino, sobre todo por la tercera elegía, la de los ángeles. Todo ángel es terrible… Sí, he hecho muchos, muchos cuadros sobre poesía.

 

 

 

 

*(Lima – Perú, 1925 – 2017). Artista plástico. Recibió los siguientes galardones Doctor Honoris Causa de la Universidad de San Martín de Porres (Perú), Doctor Honoris Causa de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Ingeniería (Perú), Cruz de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras del Gobierno de Francia, Gran Oficial de la Orden de Bernardo O’Higgins del Gobierno de Chile y Caballero de la Orden del Sol del Perú en el grado de Gran Cruz. Publicó el libro de memorias La vida sin dueño (2017).

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