Por: Durs Grünbein*

Traducción: José Aníbal Campos

Crédito dela foto: www.poesiafestival.it

 

 

«Tamaño de hormiga»,

breve ensayo de Durs Grünbein

 

 

«Amor perdido, ciencia…» / Escuchar el pensar justo allí donde éste se renueva sucesivamente forma parte de los deberes malditos del poeta, que no se da por satisfecho con los refinamientos de su oficio órfico-dedálico./ Yo quiero saber, penetrar de soslayo con la mirada los devenires, comprender qué sucede, qué pasa conmigo y con los demás, qué energías entran en acción, cómo las cosas toman su cauce y quedamos suspendidos en el lenguaje, en tiempo y espacio./ El poeta, descendiente de generaciones hechizadas, vástago de una discontinua serie representativa de un modelo de hombre propenso a ciertos padecimientos, se hastió en algún momento radicalmente de las paradojas de la autonomía y el compromiso, después de haber sido acosado como presa fácil a través de las sociedades. Cuando le fue posible, una vez vencida la crisis, se decidió por una tercera vía, la de la búsqueda del conocimiento positivo en el terreno de su arte, amenazado por todas partes, rayano siempre con el límite de la idiotez. Así ha estado durante toda su vida, presente en todas partes con sus raíces echadas en el aire, pero completamente solo, condenado a ser en sí, atado a una sustancia que, jamás aplicada en realidad, era irremediablemente adivinatoria. Cualquier materia que fuese objeto de su interés, mecánica cuántica, astronomía, neurofisiología, cibernética, etnología, provocaba en el mejor de los casos, bajo su mirada diferente, en su dimensión diferente, y en forma siempre peligrosamente iluminada, siempre vacilantemente al margen, una alquimia conmovedora. Al parecer Paracelso y Agripa le quedaron más cercanos todo el tiempo que los laboriosos especialistas del ciclotrón. No importa lo que hallase con sus extraños medios: bajo ambos ojos de la historia, a la luz de las ciencias naturales, nada pasó de ser jamás una exhibición de signos, magia, juego inspirado. Pero con la misma fijeza, con fijeza casi animal a veces, el poeta observó casi siempre lo que se aceleraba en el mundo de los hechos. Atento aún a la última epidemia de datos, al más reciente desvarío y, lo que es peor, a menudo presa de él, el poeta sabe que su labor se asemeja a la magia como una gota de agua a otra en tanto sea efectiva, que el resto se basa en malentendidos y falsas exégesis y que el trueque jamás sustituye a la comunión. No hay semántica ni fonética capaz de definir su índole de claridad, su ideal de precisión, su escala de transparencia, su particular voluntad de forma. No importa qué cosa le resulte de utilidad para su propósito, en el escenario bélico de su cerebro, iluminado por los reflectores de búsqueda de los maestros, pugnan a un tiempo fenómenos recientemente visibles con las oleadas de la evolución, lo absolutamente artificial con exponentes históricos, lo banal y lo querido con restos de arcaísmo: el Pérgamo retorna por la cocina, los puntos más alejados de la tierra yacen repartidos en la sala o en el diccionario. En esta fase X todavía aproximada, cuando todas las estrellas fijas se hallan a punto de apagarse y todos los estilos están próximos a sufrir un cambio radical, el poeta recorre su yo joven todavía como a través de un campo prematuramente desolado y contempla las ruinas. Lo que él escribe ahora, estáticamente exacto y, sin embargo, lo suficientemente flexible como para ser puesto en escena, no aligerado de ningún juego idiomático, no sujeto a ninguna tendencia, a ninguna moral fatigada, libre de deambular en los paisajes de su imaginación, en sus mundos instantáneos; lo que escribe, tal vez, es por ahora su rumbo, su periplo moderno, su plan, algo que se desmorona en las manos. Desde Lucrecio y Dante, desde Bruno y Leonardo sus iguales estaban para ver cuántos signos y alfabetos yacían desperdigados por la tierra. En cambio hoy, caminando por una tierra que enmudece en varios idiomas, tal vez su segundo analfabetismo, su autoconciencia moderna es la de ser transformador de unas lenguas que quizás amenazan con reducirse. Nuevo, realmente nuevo es su intento de andar a tientas por los bordes de las heridas semánticas y, en sí mismo, en su honor todavía perplejo, ir en contra de todos los movimientos de civilización y naturaleza provenientes del exterior, los mismos que lo marcan desde muy temprano en forma de rupturas. Una vez admitido esto, el poeta, a pesar de tantas pérdidas, se halla otra vez en medio de un reducido grupo de personas que han vivido del vínculo entre la poesía y el sondeo. De inmediato su condición de nacido tardíamente cesa de agotarse en coartadas, en ignorancia, autarquía o simpática estupidez. Como no existen sombras en las que refugiarse o de las que apartarse, como más bien le espera una colosal tierra incógnita de imágenes y procedimientos, cualquier intento de aprendizaje, cualquier experiencia desechada no pasa de ser una evasión ante los demonios de un tiempo antropológico. Cualquier acto delirante de la investigación espacial contradice sus quejas, cualquier sorpresa del esquizoide, cualquier nueva paradoja matemática, cualquier droga capaz de dilatar la conciencia pone en ridículo sus estados de ánimo y torna banal su apocalíptica sensación de bienestar. / Qué dicha la de vivir en una época en la que ya nada es como antes… ¡Todo está permitido! / Su ingenuidad, que en afirmaciones como éstas lo ha tomado por tonto a él, ser no pocas veces ridiculizado, es para el poeta tan vital como el aire fresco. Sea cual fuere el significado de la expresión Segunda Realidad, lo cierto es que quien escribe a finales del siglo XX vive expuesto en los basureros de paraísos artificiales, habita en una selva compuesta únicamente por artefactos. Sabe por tanto a quien ha de resistir para defender su naturaleza derivada de todas partes y se ve involucrado en una maraña de nuevos mitos técnicos y rituales sociales muchas veces aún sin nombre, en el espacio de fuga de unas dispersas infiniti ragione que se desintegran en mil fragmentos, como las que Leonardo da Vinci ya saludó en su época. Después de todas las oleadas de nihilismo industrial, de las discretas y ruidosas transformaciones de la técnica y las formas de percepción, tal vez todavía no sienta vértigos del todo, y afirma su razón como una broma cotidiana. ¿Y la poesía? Con sus raciones de soberanía siempre renaciente, necesaria para expandirse y orientarse en todas direcciones, la poesía, atravesando violentos aplazamientos, hallará para sí instantes en los que todo parezca aumentado, instantes de una repentina y precisa luminosidad en la palabra. Bajo los efectos de la narcosis general, como por un milagro, habrá siempre para ella suficientes islas de lo imaginario desde las cuales se levante una voz. Si en verdad la poesía otra vez tuvo en cuenta todo, mordazmente ligera con esa perspicacia y ese sarcasmo que sólo suele resplandecer y danzar sobre las más sucias oleadas de las historias y las religiones, ¡qué monstruo no podría salir de ella!, ¡qué maligno adefesio de derrotismo, atrevido juicio, afasia y herejía! Sólo entonces podría ser ella nuevamente uno de los productos menos confortables de su época, absolutamente corrosivo e inmencionable para los guardianes de la cultura y los enanos retóricos en todos los frentes de construcción y desmantelamiento. Pero eso sólo de pasada. / Bailando en un claro del enemigo, Amigo… Así me la imagino. ¿Y luego qué? Muerte a manos de las musas. Como el poeta ya no posee nada digno de ser conservado, como él –¿no es cierto?– no posee en realidad nada, puede otra vez ser directamente discípulo de la experiencia, como dice Leonardo. Todo lo que fue pensado con los sentidos, todo su diario de colores, olores, sonidos y sucesos, toda su cotidiana zoología, incluido lo inteligible, puede ser ahora objeto de poemas fácilmente destruibles. / Y no importa que su tamaño en estos campos inmensos sea como el de la hormiga. / Y no importa que de momento subestime el tamaño de la hormiga./ Y es bueno que las hormigas sean tan monstruosas, tan infatigables en su aceptación de toda dificultad y obstáculo./ «The ant is a centaur in his dragon world«.

 

 

 

 

*(Dresde-Alemania, 1962). Poeta y ensayista. Vive en Roma desde 2013. Estudió teatro en Berlín. Ha obtenido los premios Georg-Büchner (1995), Peter Huchel en Poesía (1995). Es profesor visitante en Darmoouth College y, desde 2006, profesor visitante en la Academia de finas artes de Düsseldorf. Ha publicado en poesía Grauzone morgens (1988), Schädelbasislektion (1991), Falten und Fallen (1994), Den teuren Toten (1994), Strophen für Übermorgen, Nach den Satiren (1999), Erklärte Nacht (2002), Vom Schnee (2003), Der Misanthrop auf Capri (2005), Porzellan. Poem vom Untergang meiner Stadt (2005), Aroma (2010) y Koloss im Nebel (2012).

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