Por Ángel Ortuño*

Crédito de la foto (izq.) Ed. Vallejo & Co.

(der.) www.elseptentrion.com

 

 

Sobre Un tercer ojo para el tiempo de la tristeza (2018),

de Vanessa Martínez Rivero**

 

 

El pueblo de los Harakmbut cuenta una historia sobre el origen del árbol Wanamei. Un día, un gigantesco incendio amenazaba con quemar toda la selva, nada lo detenía. En medio del caos, un hombre sabio se fijó en un pequeño loro que revoloteaba sobre ellos con una rama y una semilla en las patas. Cuando al fin pudo hacer que los demás le prestaran atención, el sabio les dijo que había soñado con eso y que era preciso traer una doncella para que el loro depositara en ella la semilla. Eso los salvaría de morir abrasados por el fuego. Así lo hicieron y de entre las piernas de la doncella brotó un árbol que ninguno de ellos, ni el más viejo, había jamás visto. Todos treparon a sus ramas para salvarse del fuego, pero el incendio seguía y estaba por alcanzarlos. Así que le pidieron que creciera más. Antes de hacerlo, el árbol se sacudió y lanzó a las llamas “a todas las personas malas”.

En Un tercer ojo para el tiempo de la tristeza también ocurre un incendio:

Roma

Roma que es igual al amor invertido

Se nos incendia

 

Son los versos que vuelven, una y otra vez, a lo largo de este largo poema, de este incendio con un árbol que ciertamente crece y se agita… pero ahora no podemos estar muy seguros de pertenecer a la gente buena que se quede protegida por sus ramas, en vez de ser quienes caigamos al incendio:

¡Señor

no nos dejes caer!

¡No me dejes caer!

 

 

La poeta Vanessa Martínez Rivero

 

Es otra de las jaculatorias que se repite a lo largo del árbol, del poema cuyo ritmo ascendente —como el de las llamas— recalca el hecho de que la súplica se haga en el nombre de todos (“no nos dejes caer”) hasta la desesperación del sálvese quien pueda (“no me dejes caer”), porque este es un incendio del que nadie se escapa, donde nadie es bueno o malo sino solamente pasto de las llamas: la pareja. El ojo está en ambos:

El tercer ojo es una vagina

o la punta de un pene

que te mira

para que nos miremos.

 

La tristeza también está en los dos. ¿Cómo subir al árbol si llevamos el incendio por dentro? Lo escrito llega tarde: es el canto ya de quienes cayeron y sólo imaginaron que podrían subir a protegerse. Y por eso se escribe.

La advocación inicial a César Vallejo marca también este hálito de tristeza que deviene en series de imágenes que parecen tan fijas como móviles, lo mismo que las fascinantes formas que el fuego esculpe en movimiento:

Camino a la primera lección del hiperamor violento

Donde la bestia nace depredadora a llenar su vacío

Los rostros niños son cerillos

que al frotar

harán combustión de su espejo oculto

 

 

Con una sofisticada construcción que en ningún momento se ostenta como tal (no se trata de un libro vanamente aparatoso), apoyada en una respiración y fraseo donde se emplean o dejan de emplear con similar provecho vestigios o sutiles marcas de agua de formulaciones métricas, este largo poema se desenvuelve tanto en el terreno de la relación amorosa como en la del entorno social adverso (nuevamente, otro hálito de Vallejo) donde la rabia levanta el inventario de los agravios confundidos:

Nuestra democracia mesiánica filma su fin policiaco

para batallar la rutina

Calamidad de víctima vestida de mujer

que columpia los ejércitos

con expresiones seductoras

para la esclavitud del amor

 

¿Cuál es la parte y cuál el todo? ¿Qué ocurre en esta sinécdoque entre pareja y país? Ocurre un incendio. Y el árbol Wanamei, con sus ramas de versos, este hermoso poema sólo nos mira arder.

 

 

 

 

*(Guadalajara-México, 1969). Poeta. Licenciado en Letras por la Universidad de Guadalajara (México), en donde trabaja en la Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal. Ha publicado en poesía Las bodas químicas (1994), Siam (2001), Aleta dorsal. Antología falsa, 1994-2003 (2003), Minoica (con Eduardo Padilla, 2008), Boa (2009), Mecanismos discretos (2011), 1331 (2013), Poemas swinger y otros malentendidos (2014), El amor a los santos (2015) y Turbo girl: historias de la mamá del diablo (2015).

 

 

 

**(Lima-Perú, 1979). Poeta y cantante. Ha sido vocalista de la banda de punk-rock Tsunamikill. Es autora de los poemarios La hija del carnicero (2007), Coraza (2009), Carne (2012), Redondo (2015) y Un tercer ojo para el tiempo de la tristeza (2018). Una antología de su obra fue publicada en Guayaquil en el año 2012 con el nombre de Cartografías de la carne por la editoral La one hit wonder. Su poemario La hija del carnicero fue reeditado el año 2014 en Ciudad de México por la editorial La rueda cartonera. Ha sido invitada a diversos festivales de poesía y colaborado con numerosas revistas del extranjero. Es parte de la organización del Festival de poesía de Lima.

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