Por Julio del Valle Ballón

Crédito de la foto Ed. Intermezzo Tropical

 

 

 

Sobre Tu luz de invierno (2017),

de Luis Fernando Jara*

 

 

Les cuento: el sábado fui objeto de un robo y el lunes tuve que iniciar el camino de las reparaciones. Llamadas, documentos, constataciones, presupuestos, esperas. Eso se llama negocio: la vida se teje en los lazos de deberes, cálculos y obligaciones. La mirada concentrada en las finalidades y el tiempo convertido en una hoja de cálculo. ¿Me alcanzará? Necesito el auto lo más pronto posible. Me apuro, entonces. En el apuro y la disposición a enfrentar el día me llevo el libro de Luis Fernando Jara. No lo necesito para ningún trámite. Pongo la mirada en él y el tiempo del apuro se detiene. Eso ya es poesía. Tomo el abrigo, pues es invierno; luego tomo el libro y salgo. Lo llevo, claramente, como compañía. Eso también es poesía.

La poesía de Luis Fernando me acompaña desde hace mucho tiempo y él lo sabe. Hemos conversado muchas veces. Francas, directas palabras han acompañado esos momentos. Hemos discutido, normalmente de poesía. Su poesía tiende a ser íntima e intimista, cercana, tierna, contemplativa; la mía acostumbraba ser reflexiva. Me dijo alguna vez, en un tercer piso cercano a la huaca Mateo Salado, una noche con cerveza y ambos con el corazón medio fracturado: te falta locura, maestro. Lo dijo con esos ojos intensos y sinceros. Su poesía es así: intensa y sincera. Por eso tomé el libro y me lo llevé al taller de reparaciones. La poesía acompaña y repara; más aún la poesía de un amigo entrañable.

De este amigo entrañable tengo varias imágenes muy lejanas. Una es particularmente propicia para este momento. Lucho acostumbraba leer en el techo del entonces L-104 en Estudios Generales Letras. El acceso era muy fácil. Ahora se encuentra allí la cafetería del patio de Letras. El acceso era fácil: en la rotonda del patio había un rellano y de allí con un pequeño salto se pasaba al techo, donde se amontonaban algunas carpetas algo maltratadas por el tiempo. La Universidad de entonces tenía menos recursos que la de hoy. Lucho se sentaba en alguna de esas carpetas y leía. Yo lo conocía por mi hermana. Un día me acerqué, ya nos habían presentado antes, y le pregunté, obvia y predecible pregunta, “qué lees”. No le pregunté “qué haces aquí”. La respuesta a esta última pregunta era muy fácil. Desde allí mirabas un panorama distinto (eso también es poesía); desde allí tenías otro silencio y otra calma que en la Biblioteca o en los jardines; además, pese a lo desacostumbrado, estando allí no te veían mucho. Había que levantar un poco la vista (pues aún no se habían construido ni el segundo ni el tercer piso que ahora existen). Regreso, le pregunte “¿qué lees?”. “Pedro Salinas, mi hermano. Puta, qué paja es. Escucha…” Leyó y luego levantó la vista con esa típica mirada de emoción y entusiasmo. Esa es la mirada que provoca la poesía. Gratuita y sinceramente. Los poetas se encuentran en la mirada, en la complicidad de la emoción. Esa complicidad la necesitaba cuando tomé el libro el lunes por la mañana.

 

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El Lucho de entonces, el de 1986/87, traía una historia personal de la que era, entonces, muy celoso. Lo que uno veía, entonces, era su manera de ser en el mundo: franca, abierta, entrañable; su enorme capacidad de trabajo, su optimismo, su lealtad como amigo; su devoción por la literatura, especialmente la poesía, luego también, igual que yo, por la filosofía. Uno veía una ligera brizna de melancolía; una que se esconde fácilmente con una bufanda. La madre y la familia, especialmente las hermanas estaban en el diálogo cotidiano, pero no la carga, la densidad de las emociones pasadas en los años donde se empieza a formar el encuentro con el mundo. Él traía esa densidad, pero mostraba su lado más amable: consideración, sensibilidad, cariño. Ahora es padre y tiene una bella esposa. Ha pasado muchos años fuera y hay un ajuste de cuentas muy fuerte, visible. Primero con la poesía: han pasado 14 años desde su última publicación; también ha pasado muchos años fuera de la tierra: de Perú, de Lima, de Trujillo y Huamachuco. El tiempo es el eje de este libro de poesía; el ajuste con el tiempo. Lo que llevo en la mano para leer me ofrece una inmersión en el tiempo de un amigo y que se hace poesía.

El recuerdo en las palabras como frutos secos, la melancolía que nos dice, como aprendizaje, “que si el espíritu concierta su ritmo con la noche las cosas ocurren como si habitase otras latitudes.” Ajustar el ritmo con la noche en una enseñanza romántica, es Hölderlin en Pan y vino. Es el diálogo de luz nocturno, la luz de invierno. Es un bello título, Lucho: “Tu luz de invierno”. En la noche del alma, en su invierno. La luz que se busca en la interioridad. Eso es poesía.

¿Para qué? Muy simple, para “saber a qué temperatura remonta el deseo”; para saber “con qué fuego/ volatilizar los parásitos y el espesor de la nostalgia.” Para ajustar cuentas, para desajustar lo contado, lo vivido y acostumbrado. Con “la elevada máscara de [las] palabras”. Palabras que son “los pájaros de invierno / que ahuyentan el olor del abismo / y convocan el ruido de la vida desnuda.” La palabra es nuestro mundo, lo sabemos, y en la palabra “la belleza es una pausa / el poema, el espacio que concentra el tiempo, / y el poeta, un hombre que (se) salva.” Tu luz de invierno es un ejercicio de memoria terapéutica. Pero, cuidado, la terapia no es un instrumento funcional. La terapia es un proceso de sanación, de curar las heridas enfrentando. La terapia es katharsis. La palabra no es un medicamento.

Enfrentar la memoria es enfrentar al padre. Y de todas las partes del libro, la que más cerca trajo a mi memoria al amigo de tantos años son las elegías, especialmente la primera: Qualis pater. Solo unos versos, para dejar la experiencia en los labios de los lectores: “Gracias, papá, por esta espiral de sombra y orfandad que nos dejaste como herencia. Hemos aprendido en tus ojos que la tristeza es inhabitable.”

Te conocí en otra época, mi querido amigo. Te reconozco ahora. Gracias por la oportunidad de dar unas palabras en tu nombre.

 

 

 

 

 

*Máster y doctor en Estudios Latinoamericanos por la Université de Toulouse (Francia), diplomado en Filosofía y Licenciado en Lingüística y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú. En la actualidad es profesor del Departamento de Humanidades de la PUCP, y profesor y coordinador del área de español del liceo del Colegio Italiano Antonio Raimondi. Ha publicado en poesía Eroscopio: gravitaciones del deseo y de la forma (1990), Con una mano en la garganta (1996), Crónica de un ángel caído (2003) y Tu luz de invierno (2017).

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