Por Leonardo González*

Crédito de la foto (izq.) Alquimia /

(der.) Crédito de la foto Sergio López Isla

 

 

Sobre Space Invaders (2013),

de Nona Fernández

 

 

Space Invaders (2013), nouvelle de 78 páginas que Nona Fernández** ha publicado en varios países y en varias lenguas, recientemente ha sido lanzada en inglés con traducción de Natasha Wilmmer. En 2020 fue estrenada como obra teatral (work in progress) por la Compañía La pieza oscura, bajo la dirección de Marcelo Leonart. Se trata de un ejercicio de memoria estilizado con una mirada autoral, que se nutre del archivo personal y colectivo y que juega a tensar la idea del recuerdo. Aquí recordar es soñar, los sueños han ido tomando el lugar de los recuerdos, apunta Jaime Pinto en el epílogo de la edición de Alquimia y luego cita el libro de Fernández: “No sabemos si esto es un sueño o un recuerdo. A ratos creemos que es un recuerdo que se nos mete en los sueños”.

La estructura de Space Invaders es la de una pesadilla y a la vez la de un videojuego. El que da origen al título del libro. En varias entrevistas a la autora se le pregunta por qué decidió titular en inglés un texto que representa tanto dolor de un pueblo, especialmente de los países que han estado bajo totalitarismos. Ella responde que esa mezcla entre la cultura pop —también presente en su libro La dimensión desconocida o The Twilight Zone (2016)— es un ejercicio de apropiación. La globalización fue impuesta por los militares en el Chile que gobernó ilegalmente un tal Augusto Pinochet Ugarte. Ellos escribieron una constitución (1980) que le dio el vamos a la llamada era neoliberal. La cultura pop entró en las casas chilenas como dice el dicho: “con todo”. El juego “Space Invaders” de la consola Atari pasó a formar parte de las vidas de los niños que jugaban a matar a tiros a marcianos (shoot’em up) mientas afuera el mismo juego se repetía como un eco, generando un score invisible, un peso en nuestra memoria que luego sería levantada del olvido por autoras como Fernández. Humanitos de cuello y corbata, humanitas de camisa y falda, terrícolas escolares con pasamontañas y universitarixs que gritaban El mercurio miente[1], y que luego eran fusiladxs por los pacos y los milicos de Pinochet. Muchos fueron los jóvenes fusilados en los años ochenta en Chile. Nona Fernández lo sabe y lo describe a su manera, con sutileza, con respeto por las víctimas. Creo que el título del libro es un homenaje a ellxs. Pienso en los hermanos Vergara, mencionados en las páginas de Space Invaders. Pienso en Ronald Wood, el joven que describió Lemebel en la crónica “Ronald Wood, ese bello lirio despeinado”[2].

Space Invaders se divide en tres vidas que son tres años emblemáticos (1980, 1982, 1985) y un “Game Over” (1991), tal como en el juego, actualmente parte de la colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York.

 

https://www.moma.org/collection/works/169996

 

Como en una pesadilla, aquí el tiempo y el espacio no son lineales ni cerrados. Vamos entrando y saliendo de las memorias particulares de las compañeras de colegio que recuerdan a Estrella González a través de las vidas del libro. A ratos la narración será coral, no sabremos quién habla y no importará. Maldonado soñará con la palabra degollados, pero no sabremos quién dice que ella sueña. Es entonces un coro el que lleva la narración, como ocurre también en la novela La sangre de la Aurora (2014) de Claudia Salazar, generando una polifonía. Fuenzalida, Maldonado, Riquelme, Zúñiga y Donoso confluyen en la voz de Fernández. Ella organiza el material, permite que éste respire.

Cabe mencionar que, como estrategia de escritura, Fernández organizó reuniones con sus compañeras de curso del colegio. Ella les hizo la pregunta: ¿cómo recuerdan ustedes a nuestra compañera, Estrella González?

 

 

Cuenta la escritora en una entrevista[3] que a Estrella González todas las compañeras la recordaban distinto, no había una voz más fuerte que la otra, algunas la recordaban adorable, otras un poco pesada, algunas con moño, otras con trenza. Como trenzas, este libro va hilvanando una verdad imposible de unificar.

Los personajes se refieren a otros en las narraciones, tanto objetos como personas. Me pregunto si el Chevy rojo es un personaje. Me parece que ese auto adquiere importancia a medida que avanza el relato. En él se sitúa el anhelo de los niños. Luego, ese mismo vehículo servirá para perpetrar uno de los crímenes más violentos, más impunemente violentos de la historia de Chile. La misma patria huacha que hoy nuevamente le dispara a sus jóvenes, dejándolos sin ojos. Otro personaje que a mí me parece interesante en la novela breve es la madre de Estrella González, “la mujer de González”, una dueña de casa que sigue a la familia como quien sigue la mirada de un cohete en el espacio, sin poder hacer nada. Me pregunto por ese personaje, me pregunto cuánto vio, cuánto tuvo que callar.

 

La narradora Nona Fernández

 

Podría extenderme hablando de este libro. Siento que conozco un poco más de la historia de Chile al leerlo. Me puedo detener en algunas de sus escenas, como esa en que los niños tienen que representar la Guerra del Pacífico con carboncillo bajo la nariz para simular el bigote de los héroes de la patria; o el velorio de los degollados, el 31 marzo de 1985, en el que aparece un joven de catorce años que debe ser Manuel Guerrero hijo. Su recuerdo está presente en un documental (Guerrero, 2018) dirigido por Sebastián Moreno y Claudia Barril.

Podría hablar de este libro hasta que la luz se apague y seguiríamos entonces con Chilean Electic (2015), Mapocho (2000), Fuenzalida (2008), porque en la obra de Fernández esos libros son como los niños de Space Invaders, avanzando en fila mientras cantan el himno nacional o la canción del colegio. Pero en versión dark, en versión sucia, en versión autoral. El tiempo es un carrusel, y la historia la hacen los pueblos. Eso me recuerdan a mí estos textos.

El registro en Space Invaders es poético y a la vez minuciosamente real, en su capacidad para registrar el habla coloquial de la infancia: “y anduvimos llorando algunas lágrimas” dice Estrella González cuando le escribe una carta a su amiga Riquelme contándole sobre el viaje de la familia a Alemania. El lenguaje trae la nostalgia por las cartas que se mandaban por correo postal, pegadas con saliva y con una estampilla que quedaba para el recuerdo. A diferencia de otros textos, como Chilean Electric (donde revivimos el origen de la luz desde una adulta que recuerda conversaciones de niña con su abuela) en éste nos sumergidos directo en la infancia, un laberinto de voces de niños, voces atrapadas, pero con la esperanza que produce la belleza del lenguaje. Es un libro que está más cerca de David Lynch que de Alejandro Zambra. En Space Invaders no vemos el narrador distanciado que recuerda los años ochenta en Formas de llegar a casa (Zambra, 2011) ni a la escritora adulta que teclea Chilean Electric pensando en su abuela. Tampoco vemos a la DJ de La dimensión desconocida organizando archivos terribles a lo Emmanuel Carrère. Maldonado se pregunta: “¿qué es ser degollado?” Porque lo escuchó por ahí, como lo hacen los niños, como esponjas que absorben todo.

 

 

El ritmo del texto responde al trepidar onírico, no hay palabras de más ni de menos. En el capítulo final (“Game Over”) sabemos qué le ocurrió a Estrella González. Nuevamente aparece la imagen del juego japonés para recordarnos que esto de matar a tiros no ha terminado y que Estrella, la real, no volverá. Estrella, la real, la hija de un asesino real, tal vez el responsable del crimen real más despiadado de nuestro pasado reciente, el general González Betancourt, la niña de pelo largo o corto según la que cuente el sueño, la que mandaba cartas secretas dentro de sobres secretos, la que se definía con el símbolo de una estrella bajada de la bandera de un país, no volverá. Estrella no volverá, pero este libro la trae de vuelta, sin llegar a un consenso sobre ella porque la memoria no es sólida ni fija, sino todo lo contrario, líquida e inestable. No sé si alguien googleará a Estrella González después de leer este libro en cualquiera de sus traducciones, pero sí sé que ella también se merece un lugar en el recuerdo de un país que desde 1990 quiso mirar para adelante, construir un par de monumentos y abrirle los brazos al capitalismo y a la modernidad.

Nona Fernández mira dentro del agujero negro que es el tiempo. Sus textos develan que ella es una gran lectora y que recoge de la tradición literaria. Además, trabaja con archivos, en su amplia gama de posibilidades. En su libro La dimensión desconocida narra un viaje al Museo de la memoria, en Mapocho nos introduce citando a Guadalupe Santa Cruz y a Gonzalo Millán. En Space Invaders dialoga con referentes literarios. Pienso en Nocturno de Chile de Bolaño y evidentemente en George Perec. Sin embargo, el libro se sustenta en las voces que emergen en calidad de sueños o recuerdos, voces colectivas de un grupo de mujeres reales puestas al servicio de una pregunta motora pletórica de energía. Esto queda de manifiesto en el apartado final en el que se le agradece a Maldonado.

Dice el epígrafe de George Perec: “Estoy sometido a este sueño. Sé que no es más que un sueño, pero no puedo escapar de él”. Lo demás corre como un río, se instala en nosotros como el reflejo no realista de una patria errante y reafirma que frente al impuesto olvido persiste la voluntad de gente que necesita juntar los vidrios rotos, rearmar las ruinas de Santiago, ese que tan bien describiera Millán en su poema “La ciudad de 1979”[4].

 

 

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[1] Famosa declaración hecha por los estudiantes universitarios de la PUC en un lienzo en 1967.

[2] Disponible en YouTube como parte de su programa cancionero: www.youtube.com/watch?v=KRSGJFC13hA

[3] https://www.youtube.com/watch?v=NNYw6CA4gcc

[4] Se pueden encontrar fragmentos de poema al final de la película Allende (2004) de Patricio Guzmán disponible en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=DITxESKRmYo y más información al respecto en esta nota: https://culto.latercera.com/2019/11/24/gonzalo-millan-la-ciudad/

 

 

 

 

 

*(Chile, 1987). Dramaturgo. MFA Universidad de Nueva York (EE. UU.). Ha obtenido el Premio de Dramaturgia del Teatro Nacional Chileno (2012), el Premio Municipal de Literatura de Santiago (2014) y la XVI Muestra de Dramaturgia Nacional (2016). Sus obras han sido representadas en Chile, Brasil, Inglaterra, Estados Unidos y Uruguay. En la actualidad, cursa el doctorado en Escritura creativa en español de la Universidad de Houston (EE. UU.). Ha publicado los libros Alemania, Nanas, Una pensión en Yungay e Imago, una luna en el agua.

 

 

**(Santiago de Chile-Chile, 1971). Actriz y escritora. Obtuvo el premio Mejores Obras Publicadas del Consejo Nacional del Libro, el Premio Municipal de Literatura y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado por La Feria del Libro de Guadalajara (México). Ha publicado las novelas Mapocho (2002), Space Invaders (2013), Chilean Electric (2015), La Dimensión Desconocida (2016) y su reciente trabajo Voyager.

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