Por Pablo Ernesto Rodríguez*

Crédito de la foto (izq.) Parentalia Ed. /

(der.) www.maspormas.com

 

 

Sobre Materia Oscura (2019),

de Rocío Cerón**

 

Contemporáneo es aquel que tiene la mirada fija

en su tiempo, para percibir no la luz sino la oscuridad.

Giorgio Agamben

 

En “Poesía y poema” Octavio Paz nos dice que el verdadero triunfo del poeta no es con sus instrumentos o con su técnica, sino con su propio mundo, con su materialidad. Cuando el poeta es un vaso comunicador de sentido entre los objetos y la poesía, es que éste le otorga libertad a su materia; la hace desconocida y veloz, pero también natural y la canaliza a su origen. En ese momento hay libertad: se busca lo que se esconde, eso que nos quiere comunicar un más allá, un mundo de significado y de signos, una revelación que llevaba mucho tiempo entre nosotros. El poeta. También, es un ser valiente porque nos encamina a nuestro origen. Y eso es justamente lo que se (des)hace en Materia Oscura: el lenguaje y la poesía se pierde en su propia marea para encontrarse y volverse a perder; lo que queda, en ese balanceo, es lo que Rocío Cerón explora y comprime: la palabra se destruye y construye como la propia materia.

Con Materia Oscura, Cerón nos recuerda que la poesía nos habla desde lo desconocido y, para que lleguemos a ella, nuestros instrumentos e instintos deben de ser multifacéticos y sin forma definida. Gracias a los epígrafes que abren la plaquette —uno de Blanca Varela que nos habla de fijar una nada en el todo que conocemos y hacerla girar; otro, de Mark Rothko, que nos incita a buscar el sentido artístico en lo que se contrae y expande—, sabemos que los poemas de Cerón van (re)presentar una materia volátil y engañosa, una que se muestre y derrame entre los límites de la propia poesía y demás disciplinas artísticas. Así el libro nos abre el camino a su enigma: la materia tiende a fijarse en el vacío y viceversa. Sus poemas, por lo consiguiente, se irán escribiendo entre pedazos y las fracturas, entre lo concreto, lo condensado. El lenguaje, la pintura y la música son las fronteras que este poemario está destinado a trazar y borrar.

 

La poeta Rocío Cerón en intervención.

 

Leemos, por ejemplo, poemas que llegan a una écfrasis: “La cabeza —reducida— guarda en el hueco de la boca todo el rumor amazónico de la belleza”, o bien otros donde la “luz opaca, estado de fruta marchita: [es un] calce de la pata de la mesa con su oscuridad de infancia.” La materia, entre lo que se ve y no, sobrevive porque ese es su deber con quien la observa: contenerse y expandirse. Rocío nos sugiere a adecuar nuestra percepción y por momentos ver lo microscópico; sin embargo, cuando lo vemos, el espacio total se llena de huecos y hay manchas de vacío en lo que pensábamos conocer porque, en realidad, “El habla del mundo, la naturaleza de los objetos, mueren y renacen en el espacio, ante la mirada”: la palabra se vuelve un extenso follaje donde “arte, todo, arde todo en el lenguaje”. Nada se salva en la poesía de Cerón. Sus poemas saltan a nuestra vista como una poesía atenta y vívida que nos obliga a reconfigurar el tipo de percepciones que tenemos al acercarnos al acto creador y a su lectura. En Materia Oscura hay abismos cambiantes, rápidas escenografías que nos muestran un presente único, por una parte, y por otra, la analogía de la contemporaneidad: la necesidad del desbordarse, dentro de sí, fuera de sí, que aceptamos cuando hablamos de lo oscuro de nuestro presente.

El diálogo con otras disciplinas artísticas es algo innegable en Materia Oscura. Rocío es una importante experimentadora que ha desarrollado, junto con Abraham Chavelas, una poesía expandida; es decir, un performance múltiple que se nutre de intervenciones visuales y auditivas para hacer que la poesía salga de las páginas del libro. Insertándose en las filas de la nueva forma de hacer libros que Ulises Carreón propone, Rocío ve en la página la capacidad de experimentación, un lugar de lucha por la búsqueda del espacio poético, visual y sonoro que decanta en un esqueleto inmaterial, en una estructura en abismo que nos obliga a darle forma a las cosas y quitársela, sea con ruido, repetición, balbuceo o silencio. Su acto poético se convierte, entonces, en una complicidad intima entre lector y poeta, como la pintura abstracta o el happening; en ese punto los poemas nos dicen algo más: hay una libertad porque somos observantes. La palabra infringe en nosotros, como en quien la escribe, por el gusto de llenar de sentido y ver en su totalidad un salto al vacío. Esa es la invitación del poemario, ver en el acto poético la construcción y el derrumbe, estudiar los procesos íntimos de la materia como de uno mismo ante ella:

 “Mírame cuando el silencio se interponga, mírame cuando el ocultamiento del miedo desvanezca tus parpados. Capa tras capa —sotierro, ángulo o cornisa— queda sólo la luz basáltica de quien se oculta entre reflejos.”

 

 

Entre los vestigios de la materia, entre lo que fue una vez y se perdió, quedamos nosotros. A manera de un autorretrato desapropiado está el lector, está el creador, está la poesía. Y no sólo eso. Esta serie de poemas refleja los procesos de cognición y adquisición de significado: pasamos del ruido -hay un “hombre [que] musitaba una canción de cuna en lengua muerta”- a la mirada que nombra las cosas – “a la mirada darle elasticidad amorfa para salir de los muros”-, a perder la materia y en su vacío encontrar algo –“En la fase ausente encontrar el hueco, la habitación deseada.”- y a saber que “lo inacabado [es decir, toda la materia] se esfuma en la presencia”. Todo el recorrido en esta plaquette se revitaliza en un punto en constante reverberación: nosotros perseguimos la materia con tal de perderla y al perderla, hemos ganado los residuos que quedaron durante el camino. Esa es la victoria de Rocío Cerón: hablar de lo que sobrevive y sobreviene entre lo material y lo inmaterial. Lo importante es el camino entre lo oscuro y la luz.

En definitiva, Materia Oscura es una plaquette de una lectura gozosa, intrépida, enigmática. Uno de los más importantes gritos de la poesía mexicana actual por su concreción y polifonía, por hacer, con las palabras y símbolos necesarios, algo más que lenguaje. Hay en estos poemas una serie de cuadros capaz de ser todo menos cuadros, una cartografía de cómo se muestra y esconde el mundo, de cómo, dentro y fuera del arte, recogemos o suspendemos lo que sobra cuando las cosas se mueven; porque ese es nuestro deber: somos seres que buscan formas de sentido, seres que “[dibujamos] la conciencia de la existencia, el flujo del tiempo”.

 

 

 

 

*(Veracruz-México, 1997). Estudiante de Lengua y Literatura hispánicas de la Universidad Veracruzana (México). Ha participado en diferentes encuentros de creación literaria como el Festival Interfaz Cultural Oaxaca (México, 2016) y el décimo curso de la Fundación para las Letras Mexicanas, ambos en área de poesía.

 

 

 

**(Ciudad de México-México, 1972). Poeta, ensayista y editora. Actualmente es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Su obra puede leerse/verse/escucharse en rocioceron.com En 2015 recibió el Best Translated Book Award por su libro Diorama, en traducción de Anna Rosenwong.Ha publicado Materia oscura (2018), Borealis (2016), La rebelión (2016), Anatomía del nudo. Obra reunida (2002-2015) (2015), Nudo vortex (2015) y Diorama (2013), entre otros.

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