Por Enrique Winter

Crédito de la foto www.excentrica.com.ar /

Miguel Varona

 

 

Sobre Las presas por su sombra,

de Felipe García Quintero*

 

 

“evito las palabras. A cada palabra evito las palabras.// Con cada paso. Cuando escribo no quiero usarlas; no quiero tocarlas cuando hablo.// Escribo para dejar de escribir:”. Esta declaración de principios, balbuciente y arrolladora a la vez, desde la cual podría leerse la poesía entera como una reacción física a la imposibilidad de comunicarnos, es puesta en acción por Felipe García Quintero al comienzo de Piedra vacía (2001), su segundo libro, que obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía “Neruda 2000”, otorgado por Gonzalo Rojas, Miguel Arteche y Jorge Boccanera en Temuco. “Ocurrente años después”, como escribió el Nobel, vuelve su obra al país con Las presas por su sombra, debut que recoge la selección que el mismo autor ha hecho de sus siete libros a la fecha.

Esta elipsis de diecisiete años, como los de la dictadura, no sorprende si se lee con atención al colombiano, quien pervierte las reglas del tiempo, sobre todo las del tiempo acelerado en que vivimos, al proponer una poesía que renuncia incluso a la metáfora de que este avance. Sus poemas contemplan la quietud de las cosas mostrándonos, por oposición, cuánto se mueve dentro de ellas. En “Mañana” de Algún latido (2016), por ejemplo, las cosas están fijas gracias a la rima asonante que nos regresa al sonido del verso anterior en vez de impulsarnos a saltar al próximo. El poema nos detiene para que sintamos el paso en cada verbo: “Arde el viento. Late el aire.// El día empieza con el andar de la montaña sin paisaje.// La luz toma del cuchillo sus metales.// Sobre las cosas el polvo trenza su cansado brillo.// Como el río de lo visto, en la mirada es otro el cauce”. Cuánto brilla ese brillo por ser la única palabra que no rima al final del verso, a la manera del dolor en “El hombre imaginario” de Nicanor Parra. Cuánto corren, además, los caballos de “Pradera” en el primer verso de la página siguiente si se los compara con el sosiego de “Mañana” o del propio final de “Pradera” cuando el pastor los recuerda. García Quintero le da rienda a los caballos y, sin soltarla, la jala prontamente hacia sí. Su obsesión está en lo que permanece: no termina de irse cuando ya ha vuelto y eso también puede leerse en la “Poética” que sigue a este prólogo. Allí refiere en orden cronológico las propuestas desarrolladas en cada uno de sus libros, para luego presentar los poemas en el tiempo exactamente invertido. Lo que parece avanzar, retrocede, su poesía se encarga del mientras tanto, de lo latente y su reverberación.

 

El poeta Felipe García Quintero leyendo en Bolivia, 2011

El poeta Felipe García Quintero leyendo en Bolivia, 2011

 

Las presas por su sombra interviene una escena, la chilena, en la cual cuesta encontrar poemas que celebren la vida. García lo hace con la infancia y la adolescencia, por ejemplo: “En la justa mitad de la memoria, este chocar de trompos, del hierro y la madera./ Y la orina a rebosar en el hoyo de las canicas, el primer brindis de la tierra./ Una pelota furtiva colma la distancia del viento, aviva el grito que la ventana encierra” escribe en “Terral” y “salvo la belleza del mar y el cielo boca abajo que conmigo daba vueltas, y el aire espumoso en el agua de los zapatos rotos” en los versos largos como prosa de “Con Antoine, el mar”. Su poesía es resueltamente lírica y no teme al intento de darle una vuelta a las palabras grandes y vedadas por aquí como alba, alma, ceniza, silencio y sueños. García las combina a ras de suelo con odas a las gallinas o, luego, a la vaca en las notables observaciones de “Res”, publicado originalmente en Siega (2011). Refresca con poemas hechos de aire, reflexivamente leves, como si se tratara de una estética de lo invisible y de lo inasible, con la mirada temblando. Pero acaso “¿puede una mano enterrar el aire que la sostiene?” se pregunta en el poema XXVII de La herida del comienzo (2005), invitándonos a una metafísica cuyas implicancias llegan al periodo de la violencia colombiana. García Quintero canta también a la naturaleza, sobre todo en sus libros más recientes, llamando a recordar los nombres de flores, pájaros y árboles en “Memoria”. Sabe, sin embargo, que los nombres de las cosas son establecidos por los mismos humanos y son, además, distintos en cada lengua, por ello le resulta “Más todo ajeno, a un palmo del aliento”, como confiesa en “Aliento”. Le canta entonces a lo que no puede tener, con la palabra como acercamiento a una armonía presente en Terral (2013), libro en el que escribe de la naturaleza con asombro citadino y, a la vez, conocimiento empírico de quien antes la habitó; también se encuentra en Mirar el aire (2009), un conjunto que expone la fragilidad personal como lectura de ese espacio: “Una montaña con mis huesos./ Un río con mis ojos y sus venas” dice en “Del que anda en la tierra”. De manera similar a como García Quintero describe el descampado remitiendo más bien a su interior, con la forma remite al verso clásico, a su extensión y rima, sin usarlo del todo. Presenta la naturaleza, entonces, como un rodeo en torno a lo humano: “En el rostro, cuánto del mundo que no vemos” señala en “Morada” o “Le fue dado un rostro a la piedra/ porque el cielo reposa en ella” y en ese dístico eneasílabo con que empieza “La piedra”. Porque la suya es también una celebración del amor, una suma de dudas acerca del lugar del poeta y de su entorno afectivo. Vienen aquí textos dedicados a personas de carne y hueso, como la carta que es “Los huesos y el aire” a la memoria del escritor Johann Rodríguez-Bravo, porque quizás solo pueda decirse en prosa lo que ha de ser comunicado claramente, aquello de que “Sucede que no podemos hablar; ocurre que es imposible decir. Todo el silencio se vuelve contra nosotros”. Es el regreso de la prosa con la que García Quintero comenzó escribiendo alegorías familiares en el sorprendente Vida de nadie (1999), quizás porque la familia tampoco ha de cantarse.

El poema “Agua rota”, con cuyos versos comencé este prólogo, muestra la relación de García Quintero con libros tan distintos entre sí como El cielo (1998) del mexicano Ernesto Lumbreras o, en Chile, el tono de La vida nueva (1994) de Raúl Zurita y el tema de El apocalipsis de las palabras/ La dicha de enmudecer (2001) de Armando Roa Vial. Es abstracto y, sin embargo, pareciera írsele la vida en cada fragmento hacia el aforístico “El vacío del aire” que lo sigue con versos como “Y muerto flota el río sobre el agua”. El recorrido a campo traviesa por su poesía entra en “Mi casa” cerca del final, conmoviendo. Las presas por su sombra propone un acercamiento desde el lenguaje del aire hacia el origen de quien escribía sus inquietudes en el mundo más inmediato de sus padres. No pasan un par de páginas sin que luzca alguna imagen rarificada en la tendencia de García Quintero a la belleza, el silencio y la disolución, a una melancolía que no es autocomplaciente y que dialoga, por ejemplo, con uno de los versos duraderos de Bob Dylan, “The ghost of electricity howls in the bones of her face” al reparar en “Cómo no ver los blancos huesos del fondo iluminados” en “Del rayo” o, luego, en “Metales”: “Lo que el viento habla tan quedo al oído es un chocar de huesos” que resuena en el fin de su poética, como en el “Soplo” que nos da las instrucciones necesarias para, de una vez, comenzar a leer Las presas por su nombre: “Quién pudiera recorrer las cosas en silencio, siempre ser distancia”.

 

 

 

 

 

*(Popayán-Colombia, 1973). Poeta. Licenciado en Literatura y Lengua española en la Universidad del Cauca (Colombia) y magíster en Estudios culturales de la Universidad Andina Simón Bolívar de Quito (Ecuador). Actualmente es docente titular del Departamento de Comunicación Social de la Universidad del Cauca (Colombia). Fue director de la revista de poesía Ophelia. Ganador del Premio Iberoamericano de Poesía “Neruda 2000”, Premio de Poesía Universidad Industrial de Santander (2011), Premio Eduardo Cote Lamus (2013). Ha publicado en poesía Monólogos del huésped (1996), Señales de tránsito (1997), Vida de nadie (1999), Piedra vacía (2001), La muerte, bis (2002), La herida del comienzo (2005), Mirar el aire (2009), Siega (2011), Terral (2013), Algún latido (2016) y Cavado (hasta el silencio) (2016).

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