El presente texto fue presentado por Emilio Adolfo Westphalen  como discurso inaugural en la Semana de Poesía Iberoamericana, fue leído por el poeta en la Universidad de Salamanca, en 1991. El mismo ha sido tomado del libro Emilio Adolfo Westphalen. Poesía completa y Ensayos escogidos. Edición a cargo de Marco Martos. Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica, Lima, 2004, 719 pp.

 

Por: Emilio Adolfo Westphalen

Crédito de la foto: Archivo de Herman Schwarz

 

Sobre la poesía

 

No es secreto que el acceso a la Poesía no es acontecimiento común u obligatorio en la vida corriente. Mucha gente (me temo que la mayoría) transcurre dichosa o mediocre o angustiosamente su vida sin que tenga la menor sospecha de que circulan —casi clandestinamente— unos raros objetos construidos con palabras —los cuales (en ocasiones) dan un sonido dulce o agrio pero que nos confunden y transportan a otra esfera de existencia— por lo general exaltada y casi siempre intraducible a otros términos del lenguaje o actividades diversas de nuestro espíritu.

¿Cómo se llega a este estado que podríamos calificar de tiernamente delirante? No ha sido nunca (a mi entender) esclarecido el fenómeno de la iniciación poética. Intuyo que son innumerables y variadas las vías que conducen —por extraviados oscuros e imprevistos caminos— al primer contacto —a la revelación primigenia. Lo cierto es que quien ha abierto los ojos y oídos a la percepción de un canto de ninfa o sirena —difícilmente podrá desprenderse de la nostalgia de sentirse nuevamente cautivado por ella.

No sé si a incautos o videntes —la Poesía transformó la vida. Nos rendimos a ella —indefensos— aunque pocas veces no llegue más que un barrunte engañoso de una voz tal vez oída o —más probablemente— tímidamente presentida. No poseemos sistema o ritual —penoso o inspirado— que nos asegure la invocación— que haga que la Poesía responda a un llamado desgarrante o cauto. Aun si por azar acude —no sabremos nunca si nos concede la inmerecida dádiva— el don tan prestamente otorgado cuanto abolido.

De lo antes manifestado podría oscuramente deducirse que la Poesía no solo es incierta —variable— sino igualmente engañosa —la mayoría de las veces decepcionante.

Otra consecuencia es la admisión de que no existen sistemas establecidos y seguros de aproximación —que son quiméricos los esfuerzos por trazar reglas e inventar métodos de captación. Un éxito —inesperado y nunca exento de duda— no asegura la posibilidad de la repetición. El poeta debe ofrecerse a la Poesía tan despojado de todo prejuicio o arte retórica como la vez primera que tuvo la escatimada dicha de creer estaba a él dirigida una voz atrayente y desilusionante. El poeta se desengañará irremediablemente si pretende armar trampa o artificio —ingenuos o sabios— que le aseguran el otorgamiento de la gracia.

Se me rebatirá que diariamente son incontables los poemas propuestos —que a pesar del recato de la Poesía nos vemos abrumados incansablemente con pretendidas falsas y discordantes novedades —o (aun peor) por repeticiones deformadas de algunos logros aparentes que autoconsagrados expertos nos comunican como normas fijas e intangibles.

En verdad —para valernos de una comparación vulgar— las piedras que llamamos preciosas adquieren esa cualidad por su rareza o extravagancia y tal cualidad es —más o menos— aceptada y reconocible. La apreciación de los poemas —en cambio— varía siempre de acuerdo a las épocas —a las circunstancias de la vida en que los escuchamos— al temperamento y a la sensibilidad de las personas. No persisten —en consecuencia— el grado de estimación ni la seguridad del arrobo y el encantamiento.

Sorprenderá —una vez admitida cierta veracidad en los aspectos apuntados del fenómeno poético— que tantos de nosotros seamos fieles devotos de la implacable deidad — toda ella atracción y espejismo — y que a pesar de sus continuos desaires no fatigue ni desazone a quienes le rendimos culto y devotamente nos sometemos a ella.

Sus atractivos son tanto más apreciados cuanto menos son accesibles. El poema —al igual que la belleza— es casi invariablemente lo inesperado —lo que nunca tuvimos sospecha que existía— la dádiva recaída sobre quien menos se esforzó en recibirla.

Aun más conturbante y desconcertante es descubrir los casos excepcionales —ver que la Poesía— obedeciendo a su capricho y albedrío— se aficiona a ciertas voces y convence en esa forma que se oigan en esta tierra sonidos mas propios de Orfeo o de seres celestiales o atrayentemente demoníacos.

En toda época han sido parcas las manifestaciones de euforia de la Diosa Poesía. No obstante —un azar venturoso ha determinado que este año conmemoremos los aniversarios de dos de los más altos e innegables protegidos y agraciados suyos: el santo de Yepes y el joven rebelde que no pisó la tierra sino con sandalias de fuego y de tormenta. San Juan escribió su media docena de inmarcesibles canciones hace más de cuatro siglos. Cuando murió Rimbaud en Marsella —hará dentro de poco cien años— hacía cerca de veinte que se había arrancado el manto real del poeta y del vidente. Sin embargo lo que la poesía dijo a través de tales intermediarios sigue más vivo y más actuante que gran parte de lo producido en este siglo. Esa agua sigue fresca —nos mueve— nos vigoriza— nos perturba. Todavía no se ha diluido el oro en que fueron engarzadas las piedras preciosas espirituales que ellos recogieron y escogieron.

No me atrevo a particularizar mi pleitesía a tan egregios representantes de la inspiración —humana y divina. Es poco lo que podría añadir (y más que discutible) para situar dentro de la sensibilidad nuestra a quienes fue indiferente la gloria literaria u otra y para quienes en la ‘revelación’ se encerraba todo lo transmisible de la inanidad y la trascendencia humanas.

 

 

 

 

 

*(Lima, 1911-2001). Poeta, traductor, agregado cultural, promotor cultural, ensayista y director de las revistas Las Moradas (1947-49) y Amaru (1967-71). Ha publicado en poesía: Las ínsulas extrañas (1933), Abolición de la muerte (1935), Otra imagen deleznable (1980), Arriba bajo el cielo (1982), Máximas y mínimas de sapiencia pedestre (1982), Nueva serie (1984), Belleza de una espada clavada en la lengua (1986), Ha vuelto la diosa ambarina (1988), Cuál es la risa (1989), Bajo las zarpas de la Quimera (1991), Falsos rituales y otras patrañas (1999) y Poesía completa y ensayos escogidos (2004); y en ensayo: Poetas en la Lima de los años treinta (en Dos soledades, 1974), La poesía los poemas los poetas (1995) y Escritos varios sobre arte y poesía (1996).

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