Vallejo & Co. presenta el texto que escribió el poeta y lingüista Mario Montalbetti para la presentación del poemario Itinerario (2019), de Guillermo Saravia.

 

 

Por Mario Montalbetti*

Crédito de la foto (izq.) www.peru21.com /

(der.) Ed. Vallejo & Co.

 

 

Sobre Itinerario (2019),

de Guillermo Saravia

 

 

Una primera lectura de Itinerario de Guillermo Saravia me devolvió a los años setenta. Así escribíamos entonces, con el desenfado de la edad, dando órdenes imperativas (“Prende la luz celeste”, “leed poesía”, “detén esa nube”,…), con vocativos genéricos y con el triunfo del deber-ser sobre el ser como espada retórica, que al final de cuentas es el triunfo de la política sobre la realidad. Éramos hijos de Cisneros e Hinostroza. El lenguaje era coloquial, directo, con una cierta dosis de malditismo (como dice Roger Santiváñez) y sobre todo, con un gran sentido del recorrido vertical del poema que no se detiene en la construcción simbólica de una imagen sino que más bien apuesta a un discurrir de frases encadenadas que producen una suerte de silogismo poético, versos encabalgados que nos arrojan a una conclusión inevitable. En esto último Hinostroza era el maestro y su “Nudo borromeo” el modelo príncipe.

 

Mesa de presentación de «Itinerario».
(De izq. a der.) Eliana Vásquez, Bruno Pólack, Guillermo Saravia, Adolfo Venegas y Mario Montalbetti.
Lima, 2019.

 

Uno podría preguntarse ¿por qué, entonces, repetir, 40 años después, el mismo ejercicio con Itinerario? Y la respuesta es simple: porque, en contra de las apariencias y de mi primera lectura, no se trata del mismo ejercicio. No me refiero a que con el tiempo el estilo setentero, sometido a la fuerza de la nostalgia, gana en perspectiva. No lo hace o, al menos, no creo que lo haga. Más bien, Saravia le añade a ese estilo una cierta limpieza, una cierta inteligencia e inclusive, quizás, una cierta sabiduría, que no teníamos entonces; o que si la teníamos estaba opacada por el desenfado y la urgencia. Itinerario, el título mismo lo sugiere, posee ahora más distancia; más distancia con las cosas pero sobre todo más distancia con las palabras, como cuando Guillermo escribe “tus palabras siguen vivas / en otras ciudades”.

 

 

Esta ambivalencia entre forma y saber, entre la familiaridad con una forma y el diferimiento que emerge del saber que tenemos de ella, produce un efecto inesperado. El último poema del libro (“Cuando estoy lejos”) lo expresa paradigmáticamente. “Mi casa […] sigue viva / y activa / Mientras sigo mi camino”. El diferimiento, la distancia, siempre es medida en relación a la casa; a la casa nuestra de nuestras biografías domésticas pero también a la casa nuestra de la lengua nuestra. Sólo que ni la casa familiar ni la casa de la lengua (que después de todo son la misma porque ¿no somos acaso homeless en la casa del lenguaje?) —ni la casa familiar ni la casa de la lengua, digo, son nuestras en ningún sentido de propiedad. Ni la casa ni la lengua son objetos apropiables: solamente los podemos usar. Tal vez ese sea un buen vector que podemos seguir para entender lo que llamamos poesía y que Giorgio Agamben advirtió en su hermoso libro Creación y anarquía. La poesía nos pone en relación con lo inapropiable, con lo que no podemos poseer y con aquello de lo que no podemos adueñarnos. Ni posesión ni propiedad. Es así que el poema es el último refugio de resistencia contra el capitalismo y la acumulación. O, lo que es lo mismo, contra un sistema de vida insostenible que cifra su destino en el dinero y su acumulación. El poema no acumula. Ni su escritura ni su lectura lo hacen. Podemos aprendernos versos de memoria pero evidentemente el poema no va de eso. El poema solamente usa e invita a usar, sin ningún sentido de propiedad.  Por eso, el poeta nunca habla con propiedad, porque no es propiedad la relación que guarda con su vida ni con su lengua. Las instituciones, desde la Real Academia de la Lengua hasta las clases de castellano en el colegio, nos imponen hablar con propiedad. Pero ¿de quién es la lengua? Si le hacemos caso a las instituciones termina siendo del Rey de España que presidió no hace mucho el Congreso de la Lengua en Córdoba, Argentina. ¿Qué hace allí el rey? ¿Acaso reforzar la idea perversa de que esto que hablamos es español, que le pertenece a su reino y no una variedad del castellano?

 

Presentación de «Itinerario».
En la mesa (de izq. a der.) Eliana Vásquez, Bruno Pólack, Guillermo Saravia, Adolfo Venegas y Mario Montalbetti.
Lima, 2019.

 

Cualquiera que escribe o cualquiera que piense (que es lo mismo) sabe que no es así. Que la lengua no es de nadie, que la lengua es puro uso y que no tiene unidad. Me complace comprobar que hay ejemplos constantes de esto en Itinerario. Dice Saravia al inicio de “Voces”: “estoy invadido de voces…” sólo para concluir al final del mismo poema: “Ahora las oigo yo // Luego te las paso”. Y en “Memoria”, Saravia insiste en lo mismo, señalando “me iré / y seguirás acá […] Y yo te entiendo / mientras hago la noche para ti / Lanzando al aire el vino oscuro”. ¿Qué otra cosa puede ser ese vino oscuro que hace la noche sino la savia de sus versos que se esparcen para que sean bebidos sin propiedad, impropiamente, inapropiablemente? El error constante es consumir poemas como quien va al mercado a proveerse de víveres para acumularlos en la despensa de la cocina cuando lo que debemos hacer es consumir poemas como el perro que se dirige al arroyo a beber agua, sin derecho a hacerlo, sin propiedad.

La palabra itinerarium en latín quería decir “conjunto de caminos” que conforman un viaje y ha llegado así hasta nosotros. El itinerario no es simplemente el ir de un punto a a un punto b. Es un conjunto de ellos, es ir de a a b y de b a c y así sucesivamente, es todos los caminos caminados que finalmente nos dejan entrever el bosquejo abstracto de la gran travesía de toda una vida o de una parte importante de ella. Esa travesía, sospecho, se aprecia mejor contra los diversos contextos que nos han tocado en suerte: género, raza, creencias, pero también, barrio, amores, trabajos; y también, calles, ríos, aves. El poema juzga a partir de ellos; muchas veces contra ellos pero nunca sin ellos. El libro de Guillermo es consciente de esto y lo expresa así con frecuencia. Y lo hace sin propiedad porque es igualmente consciente de que el poema no posee nada —y eso, repito, esa impropiedad es la que le permite al poema resistir para poder vivir.

 

 

Este gesto central puede hallarse en cualquiera de los poemas del libro de Guillermo. Pero elijo uno que justamente se titula “El poeta y la pobreza” que es el poema en el que, por así decirlo, ya no importa quedar bien con nada ni con nadie y entonces, “escribes estúpidamente / creyente absoluto”. Estúpido y creyente porque el poeta, como dice Guillermo, no sólo dispara palabras que son saetas (y muchas veces lo hace a ciegas, sin saber si esas saetas le dan a lo que queríamos que le dieran), no sólo dispara saetas digo, sino que al mismo tiempo el poeta pone su corazón como blanco de sus propias flechas. Somos heridos por nuestros versos, por nuestros poemas —pero lo hacemos porque esa es la única posibilidad de que los poemas pervivan como agua de arroyo que algún otro perro beberá, sin propiedad.

Esperar a llegar casi a los setenta años para publicar un primer libro de poemas debe ser un signo de madurez que la mayoría de nosotros no sólo no poseemos sino que ya desperdiciamos. Me alegro que Guillermo lo haya hecho. Me alegra saber, como escribe él mismo, que “todos los sueños / los combates y / los amores / trabajan bajo el mismo cielo”.

 

 

 

 

 

*(Callao – Perú, 1953). Lingüista, ensayista y poeta. Linguista por la Pontificia Universidad Católica del Perú y PhD en Lingüística por el Instituto Tecnológico de Massachusetts (EE.UU.). Es cofundador de la revista cultural peruana Hueso Húmero. Actualmente, sus investigaciones se concentran en las relaciones entre metalingüística y metapsicología; y se desempeña como profesor asociado de lingüística en la Universidad de Arizona (EE. UU.) y en la Pontificia Universidad Católica del Perú, así como profesor visitante en las Universidad de California (EE. UU.) y Cornell (EE. UU.). Ha publicado en poesía Perro Negro, 31 Poemas (1978), Fin Desierto (1997), Llantos Elíseos (2002), Cinco Segundos de Horizonte (2005), 8 cuartetas contra el caballo de paso peruano (2008), Apolo cupisnique (2012), Lejos de mí decirles (poesía reunida, 2013), Vietnam (2014), Simio meditando (ante una lata oxidada de aceite de oliva) (2016), Fin desierto y otros poemas (2018) y Notas para un seminario sobre Foucault (2018); y en ensayo Lacan arquitectura (en colaboración con Jean Stillemans, 2009), Cajas (2012), Cualquier hombre es una isla (2014) y El más crudo invierno. Notas a un poema de Blanca Varela (2016).

 

 

 

 

**(Lima-Perú, 1950). Poeta. Realizó estudios en Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Perú y en Educación por la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. En la actualidad, se desempeña como docente. Participó en el grupo literario La Sagrada Familia. Ha publicado en narrativa Simpathy y, en poesía Itinerario (2019).

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