Por Yulino Dávila*

Crédito de la foto (izq.) el autor /

(der.) Ed. Serifa

 

Sobre Cortes de escena (2018),

de Jorge Polanco**

 

 

La parte silenciosa que interroga a nuestros silencios

 

Existen muchas «etiquetas» para nombrar las distintas clases que se barajan en materia de «poesía» y de «poeta», y como siempre he desconfiado de las etiquetas, voy a tratar de evitar, en lo posible, sujetarme de ellas para hablar de Cortes de escena de Jorge Polanco.

Los «profesionales» en el uso de las «etiquetas», ya se encargarán de diseccionar, pesar, calibrar y desde luego comparar el texto de Polanco con lo que les parezca conveniente y se acomode a su aparato teórico-crítico. Ellos serán precisos (o no) en la evaluación del estilo, morfología, aventuras prosódicas o consideraciones retóricas, etc. Yo no entraré en esos terrenos puntiagudos, si acaso, por distraído, tropezaré en algunas de sus piedrecillas.

Conocí a Jorge Polanco en Barcelona en octubre del año 2011 (en una estadía de 6 meses que Jorge tuvo en esta ciudad). Reuniones intensas, largas y amenas conversas, cenas intencionadas brindando y celebrando la vida, la poesía, etc. Y en medio de la aventura que nos toca, me obsequia su libro Sala de espera, entonces descubro, además de la persona, a un poeta con una propuesta madura, de buen talante y oficio poético. Ahora con este nuevo libro, Cortes de Escena, Jorge Polanco nos entrega y nos involucra con su prosa, llena de esquirlas poéticas –de lector atento a la realidad–, a saber mirar desde su óptica los salientes que se perfilan, añadiendo los colores enmascarados y la música desparramada que subyace en la experiencia cotidiana.

El poema, la prosa poética o el poema en prosa, siempre es un desajuste, una imposibilidad (creo, nunca una conclusión automática); acaso, fragmentos que giran con intención de estructura para señalar un caos perfecto del que no podemos escapar, como es la vida y sus alrededores.

 

El poeta Jorge Polanco leyendo.
Fotografía intervenida por Juan Carlos Villavicencio.

 

La vida, sus acciones y el silencio dan el suficiente material para que surjan ideas con la plasticidad suficiente que el poeta, atentamente, capta para reducirla a palabras, empero, este material que flota en lo cotidiano y que parece accesible a todo el mundo, en realidad no lo es. Dicha sencillez guarda potencialmente su propuesta llena de complicados pliegues que el poeta debe trenzar para mostrarnos el «alma» en bruto vestida de leve bofetada. Y no todos llegan a buen puerto, mejor aún, no siempre se desnuda lo suficiente la materia generadora de ideas para mostrarla con el adecuado discurso. El poeta Polanco, en el juego de intenciones, logra armonizar idea y palabra como parte de su cometido.

Cortes de escena plantea un mosaico de textos que respiran la realidad y trasluce los ángulos que soslayan lo perplejo. Lo real zurce la melodía cotidiana sin dar explicaciones. Acontece. Quizá de algún modo decora la idiosincrasia entre las rutinas de los que viven creyéndose diferentes.

Es una manera de sacar al fresco la «función poética del lenguaje» que preconizaba Roman Jakobson, y que Polanco lo resuelve encarnando una metafísica del «paseante» (W. Benjamin) como una poesía de los sueños callejeros en su implosión. Una «metafísica callejera» merodeando los sueños hasta las entrañas de una poética.

La audacia de Polanco es el hacernos creer que lo sustancial es el entorno o la envoltura, a sabiendas que al consumir dicha envoltura lo que realmente nos envuelve es la sustancia del contenido, su cometido final. Nos hace tocar fondo fase a fase de una escena a otra. Las escenas actúan como pinceladas que van a formar la obra en el lienzo. El dibujo de fondo es el salario de nuestras actitudes. La parte coloquial no es la confianza que se toman los desconfiados, sino la familiaridad con la que acomete la parte que no dialoga, o mejor dicho, la parte silenciosa que interroga a nuestros silencios.

 

 

La obra tiene la agilidad de un film, pero la munición que se gasta en las acciones, son los gazapos que nos suceden en la vida real y que Polanco plasma en palabras certeras. Nos mapea las encrucijadas; nos pone en relieve las coordenadas de nuestras dudas y, sobre todo, ilumina el lugar que ocupa la desesperanza en las decisiones que alimentan la forma de tomar conciencia de la parcela de vida que gastamos.

El lector atrapado saldrá encantado de pasear por este bosque hecho de realidades palpitantes, vertidas en el texto.

Se puede pensar que Polanco propone su observancia desde la iconoclastia de las apariencias. Si repasamos la frase «no todo lo que brilla es oro», veremos que el poeta Polanco nos ilustra que «nada brilla» si no sabemos conjugar las sensaciones del intelecto y la realidad descarnada, o que el «oro» es solamente un metal mezclado con impurezas y, para que brille hay que someterlo a tratamientos adecuados. La oscura sencillez o el diáfano caos salvado de las impurezas es lo que encontramos en los textos de Jorge Polanco.

Para poder disfrutar el aroma de las flores a las cuales nos acercamos, hay que prestar atención a las espinas. La realidad nos enseña que todo viene en el mismo paquete. El poeta no ha descuidado esta sintonía y nos arroja el rosal desmenuzado, pero con raíces y todo. Aprendemos que el aroma de las flores se debe, además, a la tierra que las alberga y hay que tener una limpia disposición para saber apreciar también el aroma de su génesis.

El compromiso cotidiano con la realidad en la poesía de Polanco, nos revela una ética puesta en práctica, alejada de la vanidad y lo baladí; el respeto por el prójimo en su devenir. Una ética que repunta los quehaceres sociales y sus consecuencias en lo próximo y sus aledaños; no soslaya las debilidades y miserias como tampoco la alborada humilde del hombre en su día a día. Los textos del poeta nos ponen en contacto con lo que muchas veces pasamos por alto; nos incrustan el vaho de la decadencia por la que transitamos a pesar de nosotros mismos, señala a los desertores, pero esto es la realidad y él la nombra, palabra a palabra, en su tejido de mudos alaridos y descarnados estremecimientos, con una propuesta nunca complaciente, ordenando las palabras, que nos invitan a revisar las reflexiones de la vida que nos ha tocado concurrir.

Ahora, estimado lector –como siempre nos queda el desacuerdo–, te toca mover ficha, y poner a prueba tu complacencia o más bien tu complicidad.

 

Barcelona, enero del 2019

 

 

 

 

 

*(Perú, 1952). Estudió Psicología Social en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y se inició en la poesía a finales de los años 60. Miembro histórico del Movimiento Hora Zero. Viajó a Europa en 1977. Colaboró con la Editorial Banda de Moebius durante su estancia en Madrid. Vive actualmente en Barcelona. Ejerció como lector de la Editorial Planeta y lo dejó por salud mental. Ha trabajado largo tiempo como bibliotecario del Instituto de Estudios Norteamericanos. Actualmente está abocado a tiempo completo en su labor poética y plástica, además colabora como crítico literario para diversos medios de información de España y Latinoamérica. Da clases de iniciación al arte culinario y tiene una exposición permanente en su Factoría√-1. Ha publicado en poesía El tratante (1995), Hebras de Malasaña (1998), Monasterio de palabras (2009), Fusión (2010), Tálamo y Escalpelo (2013), Sin ambages (2015).

 

 

 

**(Chile, 1977). Poeta y ensayista. Reside en Valdivia (Chile). Se desempeña como docente del Instituto de Filosofía de la Universidad Austral de Chile. Ha publicado en poesía Las palabras callan (2005), Sala de espera (2011) y las plaquettes Ferrocarril belgrano (2010), Cortometrajes (2008) y Umbrales de luz (2007); y, en ensayo, La zona muda. Una aproximación filosófica a la poesía de Enrique Lihn (2004) y La voz de aliento. Reflexiones sobre poesía y testimonio (2016).

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