Por Denisse Español*

Nota por Nilton Santiago**

Crédito de la foto www.festivalpoesiapr.wixsite.com

 

 

Sobre Cartemas (2018),

de Denisse Español

 

 

Como palimpsestos, estos poemas cubren de trozos de luz las huellas de una mariposa descalza o la sonrisa del hijo o del árbol que se pone de rodillas para hablar con un pájaro herido. Así pues, si rasgásemos con un clavo de oro estas sílabas de silicio, veríamos aún más luz. El polvo mismo del silencio que surge cuando callamos para decir. Denisse Español titula estos poemas por correspondencia Cartemas. Cartas cuyos destinatarios viven y lloran debajo del mar. Aunque no lo sepa la poeta, su poesía transciende los silencios íntimos que nos entrega porque sólo hay una cosa que nos pertenece a todos: la fugacidad de la existencia: aquello que permanece porque ya no está. Quizás podamos hablar aquí de las lágrimas de miel que nos brotan de los bolsillos cuando descubrimos que la vida ya no es un oficio rentable. Quizás podamos hablar aquí del padre que bucea dentro de una caricia con una escafandra de terciopelo. Quizás podamos hablar aquí de la sonrisa del marido durmiendo dentro de una enciclopedia de astronomía o de que la poesía de Denisse Español sustrae las primeras luces del amanecer para dar de desayunar a este pobre mundo que se desmorona. En todo caso nos equivocaremos.

Su poesía no necesita que la presentemos porque precisamente nos enseña a “ver” lo que ya no está. Así las cosas, le propongo, apreciado lector, que deje de tomar pastillas para no soñar y que acuda a su casilla postal —aquella que esconde como un enjambre de abejas en una esquina de su corazón—, abra con cuidado estos Cartemas de Denisse Español porque al leerlos le susurraran al oído que el infinito es este preciso segundo que cojea para ser eternidad.

 

Barcelona, junio de 2018

 

La poeta Denisse Español

La poeta Denisse Español

 

7 poemas de Cartemas (2018)

 

 

Dobladita como una hoja

 

Era el tiempo de partir.

 

Tomé la isla y la doblé en varias partes, dobladita como una hoja. La entré en el bolsillo, el que está encima del corazón. Tuve miedo de que descubrieran mi acción en aduanas, pero la operación resultó ser un éxito.

 

Ya estoy en casa.

 

Saco la isla del bolsillo, la despliego en los lugares del recuerdo, como un mantel. La primera vez noté que traje también rostros distintos. Cada uno con el peso adecuado: Francisco aún no ha podido sonreír, a Gustavo le salen las palabras desnudas del bigote, Ely continúa tapando los agujeros de su lengua con abrazos.

 

Ayer tendí su sábana espesa sobre el jardín. Quiero abrirla en cada lugar. Estoy en casa, me repito, repleta de palabras que me persiguen en una histeria mansa.

Pienso en saltar desde una montaña que se recrea en el manto, caer en mi tierra, resembrarme, para que crezcan de nuevo raíces. Luego decido que no es justo. Estos son mis recuerdos, mis caídas, mis caras, moldeando a la nueva mujer que se teje sobre el tiempo.

 

Cuando no puedo más, cuando el dolorcito inicia de nuevo su giro de agua, recojo el lienzo. Digo los nombres para guardarlos, Linda se come una flor, Giancarlo recoge los dinosaurios, Alejandro la lluvia.  Otros, como Roberto, se toman de un tirón el vino que queda en la copa y sonríen al despedirse ¡Salud! Hasta la próxima, susurro, queriendo decir todos los días y cada minuto.

 

 

 

Carta III

 

A mi regreso tomo la poesía, florecida, recién pulida, la guardo en un saco y dentro de un cajón. Trato de no mencionarla cuando salgo a la calle, me como las ansias de que vaya flotante a mi lado.

 

Algunos preguntan por ella, yo, la callo con el más potente engrudo de labios, pero ellos la halan por sus delicados brazos. La vuelvo a entrar en su saco de plumas perfectas, disimulando.

 

Mientras avanza la noche, la solicitan testarudos, desorganizando su tenue cabellera, su moño recién hecho de flores amarillas. Y así, continuamos sobre el tiempo derribando estrellas, callándola, gritándola, descomponiendo las palabras.

 

A la hora de marcharme recojo la poesía del suelo. Mi poesía entiende que estas cosas suceden y no reprocha. Al llegar a casa la baño con las mieles de sanación que ella misma me regala, pongo curitas en sus heridas, en las mías, intentamos dormir en el bullicio del recuerdo.

 

Ella no logra cerrar sus ojos luminosos, ahora es un faro que atraviesa el tejado. Mínimamente tranquila rompe la penumbra con su mirada abierta, inmóvil, entre mi cuerpo y la dulce respiración de mi compañero.

 

 

 

Cartema a mi padre

 

Papá, es lamentable que no tengas Facebook. Pudieras ver lo mucho que te recuerdan por allí, especialmente cada 3 de mayo cuando tu nombre multiplica los deseos de llorar.

También hablaron de ti en Instagram, con un megáfono escrito donde las letras son punzadas. Buscan consuelo, imagino, también lo ansío. Tal vez sea yo la equivocada y deba hacer el cambio hacia el escándalo, llevar de paseo mis lágrimas, mendigar abrazos y likes.

Como ves, estos días llegan solo por sus gritos y aunque trato de olvidarte casi a diario el pálido aguacero de tu recuerdo contorsiona los objetos derritiendo sus verdades. Si encontrara el antídoto para el peso de tu inexistencia ¿habría tomado la cucharada amarga?

Sé que es tonto tratar de comunicarte lo que siento sabiendo que solo el silencio se vestirá de respuestas. Pero a pesar de ello quisiera decirte algunas cosas que te harían llorar de la risa, hacer una cita, sentarme en tu escritorio y recordarte que debes pensar un poco más en ti.

Insólito que el cielo esté tan atrasado en tecnología.

 

 

 

Cartema a Julio

 

Querido Julio, siento comunicarte que he perdido el corazón.

Usualmente lo ataba a mi pecho con los hilos de la concordia y la costumbre. Así logré amaestrarlo, forjarlo como ciudadano modelo de los terrenos de mi cuerpo.

 

Fui poco a poco, sentándolo en la escuela del sosiego, retirando primero los cuchillos para obtener su confianza. Luego, quité también la luz de las cosas que lo hacían vibrar, evitar así sobresaltos innecesarios.

 

No recibí nunca una queja formal.

 

Tuve sospechas de que mi método de escasez fuese amenazante para corazones indomables, pero el mío no parecía serlo. Confiada abrí las bardas, entonces llegaron los nimbos a llenar mis ojos y pasó con toda su velocidad el filo de la carretera… Ahora el corazón se ha perdido.

 

Dicen que lo vieron sostenido del viento, con plumas labradas a la medida. Dicen que iba sonriente con la fibra de un párvulo artilugio.

 

 

 

Cartema a mi esposo

 

El tiempo se transforma en medidas, sus pies se renuevan pulidos por la arena.

 

Cada año tira al viento sus cúspides. Los días nos regalan los recuerdos del mañana, una piedra parecida a una montaña, un lago a ser cruzado, el beso que se arropa con la sábana de la permanencia, que sucede cada noche.

 

Un día dirán adiós los gritos, los hijos y de fondo tus ojos. Pasarán las líneas, las letras y allí estarán tus brazos dispuestos a ser el lugar del orden, la guarida. Tantas veces me he marchado con las alas de la mente y has esperado a que regrese.

 

Quedamos, en la palabra común y cotidiana, el sabor de los años que reconoce mi boca, que renace desde nuestra conjunción. Creo en ti, resultas ser siempre y desde aquella remota vez, mi mejor decisión.

 

 

 

Conversación muy seria con mi cuarto de baño

 

Sé que he tergiversado tu función, lo siento. Tus muros nunca desearon ser utilizados más que para el placer de estar limpios. Podrías ponerte de mi lado, pensar que escribir es también un acto de sanación, donde saco todo y me presento pulcra ante tus muros.

 

Nunca decidí dar las gracias a una habitación, no pensé poder subirle el rango de simple espacio funcional, pero ha sucedido en mi pecho, en las mañanas urgentes por habitarte con palabras en las puertas de los dedos. Somos cómplices. Tu abrigo único, tus rocas, cobija de mis raíces.

 

Para relevarte de mi carga, he tratado de recrearte. Copié los huecos colocados de este a oeste, sus líneas perfectas, cuadrados de mi alma. He plagiado tu luz y los árboles que se asoman con sus verdes miradas. Aun así, regresaré cualquier día a tu tibio y blanco abrigo, al incómodo sillón improvisado, que a mis ojos pareciera un confortable valle.

 

Vendré en las madrugadas, si alguna frase me saca de los sueños. Y allí estarás, esperándome en silencio, sin opción, esclavo o amante secreto, dispuesto a ser el dueño del bullicio, del remolino que merodea en mi cabeza.

 

 

 

No conozco al cartero

 

Poseída por la primera luz, ese preciso ángulo de tiempo que sé de memoria, unas paredes que funcionan como manto, me visitas, inspiración.

 

Es viernes, las hojas más verdes danzan, mis dedos son gargantas que vacían el mundo mago de mi arroyo. Las letras se confunden entre las sombras de un cuerpo desnudo. Es viernes, recibo palabras uniformadas. Complacientes llegaron a la escuela de mi boca convertidas en cartas del recuerdo.

 

Las abro, las como en el desayuno del silencio, algunas, tan libres, se incendian en mi mano. Otras, resbalan por las hojas, su cuerpo ligero es absorbido por la piedra.

 

No conozco al cartero, pero ha sido su culpa. Cultivó las gotas, ahora nacen brotes en las esquinas. No conozco al cartero, posiblemente está su cara dibujada en la filosa piedra, en el bailoteo de las hojas que agreden el perfecto hueco de la ventana.

 

Quizás vive dentro de las cartas o saltó de algún verso disfrazado de cuento de este ínfimo libro de piel. No sé quién es, lo prefiero así, que continúe escondido en su función secreta, siendo sueño de millones de caras, de tantos ojos, de todas las miradas.

 

 

 

 

 

*(República Dominicana, 1975). Poeta. Arquitecta por la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (Rep. Dominicana), magister en Arquitectura crítica y proyectos por la Universidad Politécnica de Cataluña (España) y en Estudios avanzados en literatura española e hispanoamericana por la Universidad de Barcelona (España). Fundadora del grupo literario-multidisciplinario Café de Artistas de Punta Cana y organizadora del recital poético anual de la misma localidad Festival de Poesía de Punta Cana. En la actualidad, es responsable del Rincón Cultural de la revista Zona Este del Listín Diario. Ha publicado en poesía Mañana es Ningún día (2013), Una casa en la palma de tu mano (2016) y los cuadernillos No conozco el cartero (2016) y Cartemas (2018).

 

 

 

**(Lima-Perú). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Poco después de la publicación de su primer poemario, El libro de los espejos (2005) se marchó a vivir a Mallorca, España. En la actualidad vive en Barcelona. También es autor de La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (Premio Internacional de Poesía Joven Fundación Centro de Poesía José Hierro) y de El equipaje del ángel (XXVII Premio Tiflos de Poesía, 2014). Acaba de publicar el e-Book Para retrasar los relojes de arena (2015).

2 Responses

  1. Edwin Dyer

    Hermosa poesía. Toma lo cotidiano y lo salva al transformarlo en una joya de múltiples reflejos. Me encantó el formato inusual. Forma y contenido se juntan en una experiencia única. Felicitaciones!

    Responder

Deja un comentario