Reproducimos aquí el texto que escribió el poeta cubano José Kozer sobre la aparición del poemario Sin título (2000) de Jorge Eduardo Eielson. Este texto fue originalmente publicado en la revista literaria More ferarum, n° 7, en el año 2001. Siendo republicado en el libro nu / do: homenaje a j.e. eielson, publicado por el Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú, en el año 2002; pp. 474-475.

 

 

 

Sin título de Jorge Eduardo Eielson

o la amalgama se recoge hacia la luz

 

 

Por: José Kozer

Crédito de la foto: Izq. www.informador.com.mx

Der. www.publico.es

 

 

Conmueve leer la secuencia de poemas eslabonados por Eielson en su último libro de poemas titulado Sin título: poemas cuyo primer verso da asimismo título a los poemas. ¿Juego banal? ¿Ludismo gratuito? Para nada: conformación, por el contrario, de una conciencia que reconoce que la preposición «sin» se da la mano con la preposición «con», del mismo modo que el nudo es el desasimiento, el hilo atado el desatado: o que las diferencias constituyen una manifestación de la indiferenciación, tal y como el zapato es el pie, la tela el esplendor dela semilla o la modernidad (un teléfono ola hojalata) envés y revés de lo tradicional: un Uno, que no desdeña la miríada; una miríada que revierte conciencia del Uno.

La pobreza, esa elegante pobreza que el zen y lo mejor del mundo oriental reconocen como esencial para la madurez espiritual de los seres, se da la mano con la riqueza: pues rico es el pobre que sabe serlo; es decir, que sabe no cambiar la vaca por la chiva, o no venderle el alma al Diablo del materialismo: Eielson entiende que la lentitud no tiene por que dejarle todo el espacio al acelere contemporáneo, sabe que podemos ir a los sitios andando, que podemos vestir el traje del payaso con dignidad picassiana, que no es necesario vivir pendiente del terno del mercader o del tecnócrata. No se rechaza el teléfono, se controla su uso, el gasto y el desgaste neurótico de una modernidad abocada a la destrucción (ecológica, social, sexual, literaria, pedagógica, espiritual).

Los poemas de Sin título constituyen un Cosmos y en cuanto tal constituyen una mecánica celeste: la máquina está siempre en movimiento, es inagotable (y quizás no del todo indiferente al curso de las cosas humanas, a nuestro personal destino): esa maquinaria tiene sus mareas, sus alteraciones, y estas conforman un ritmo. Considero que ese ritmo (que es participatorio) parte, en este libro de Eielson, dela amalgama, la confirma y conforma mediante el acto creador del poema; establecida la misma se mueve con vertiginosa lentitud (perdonadla paradoja) hacia la luz, punto de fusión en que materia múltiple, polifacética, heterogénea, de viene luz, fulgor único, cristalización espiritual. Y aquí, justo aquí, cuando ya parece que todo ha alcanzado su cima, sea por la vía de la vida o sea por la vida de la muerte, se entra en el origen, fons e origo, del Cosmos.

El poema que inicia el libro (poema iniciático) juega con el alpha, el aleph, la primera letra del alfabeto. Una vez más, no se trata de un juego gratuito sino liberatorio. ¿Qué libera? Materia, materiales (recordemos que Eielson es pintor): se da el primer paso, que consiste en manifestar (recoger) la materia (palabra que viene del sánscrito MA y significa uno; y que da en nuestro idioma palabras como materia, madre, matriz, madera). Manifiesta la materia se inicia entonces el recorrido de la amistad que va de la amalgama de la materia a la luz participatoria; esta participa a la vez de sí misma en cuanto luz y de la absorción y reconocimiento de la materia que sin desaparecer en la fusión, por vía del amor, se sostiene en objetividad, en consistencia viva dentro dela viva luz dela fusión: todo un recogimiento.

A es amistad (nos dice este primer poema); A es anguila y agua amarga; A es árbol antiguo y es alimaña (el espíritu oriental no desprecia el ser de la alimaña); A es sustantivación (ángeles, armarios, agujas) o, por ejemplo, final exclamación (asombro): Ah. Pero esta amalgama no es nada si no tiene un sentido, digamos que un destino: y así, para alcanzarlo se ha de «Tener hambre de luz», hambre que insta a seguirla vía de la amalgama a la espiritualidad: hambre que al modo clásico enseña a bien vivir (como nos señala el verso título del poema «Para vivir bien no es suficiente»). Así, la materia se ha entrañado. Y la entraña es luz: su nudo.

«Todos los árboles y los pájaros de Celle» (Título de uno de los más bellos poemas de esta obra) es un cántico: los amigos son nombres, los nombres de los amigos son una materia forjando un tiovivo de la amistad, un carrusel amoroso donde, simposio alegre y feraz, los amigos se dan la mano para revivir la vez primera: una primera vez (original) de vida, de amistad, de luz que reconoce la existencia de la materia, de lo Uno. Y así, nupcias: bodas de yerba de Pina y Giuliano o música azul de Melotti en el pico amarillo: ¿por qué no iba a ser amarillo lo azul? El ojo que distingue, ¿no proviene de una indiferenciación? Pues anterior a toda manifestación de color está el Color: y ahí, un momento antes de ser amalgama (rojo, azul, negro o verde) se es luz (sin deterioro): Eielson se propone el regreso a esa luz. Y si ello implica un recorrido por la vía de la vida y por la vía de la muerte, está dispuesto.

Y recorre, no corre: se deja anudar, no anuda, esclavizando. Se deja forjar y forja continua diferenciación eslabonada de materia, de materiales, para acceder al Origen. La vida es papel, es lienzo, es montaje; la vida es «Antiguos libros de piedra» o una «cafetera usada». Y la muerte bien puede ser esqueleto que se vuelve de cristal o sueños que son «mis heces»: o luego de anudar/desanudar la muerte puede ser ese «número nulo que nos anuda a la nada» (¿y por qué no?: en la muerte no pasa nada). Y ahora, pues todo en materia humana y poética tiene su desenlace, rumbo al final: el hilo desanudado tiene su distensión y tamaño, tiene su extensión y grosor (fino): muy fino grosor, muy larga extensión en Eielson el hilo de la vida y de la muerte rumbo al Origen: largo trayecto del poeta pese a la brevedad de sus poemas: apariencia sencilla encubre densidad espiritual en sus poemas.

Nos adentramos ahora en el brillante y transparente maestro que es el mar: mar /maestro: marítimo origen de todo lo humano; lo oceánico ancestral que Freud reconoció: ahí se llora, se nada, se es espuma (la espuma que le brota a Vallejo dela boca cuando quiere escribir; la natación que confluye por vía lingüística en la Nada; la lágrima no romántica ni exhibicionista, la lágrima no lacrimógena ni barata que se descubre «sal»): y habiendo vivido (es decir, habiendo llorado y nadado y reconocido efímera y continua espuma, espuma que contiene la sal dela vida, sal curativa) el poeta da el salto mortal: «Y el pescado azul de nuestro origen / Completamente solo / con las olas». Ahí está el ser adentrado, inmiscuido, indiferenciado: libre de la carga absurda del ego ególatra; liberado de la materia oficiosa cuando esta carece de luz. No tienen punto final los poemas de Eielson, no tiene punto final la obra de Eielson. Acojámosla que ya es hora.

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