Por: Marco Antonio Campos*

Crédito de la foto: www.circulodepoesia.com

 

 

Se escribe contra toda inocencia.

12 poemas de Marco Antonio Campos

 

 

Se escribe

 

a Michael Rössner

 

Se escribe contra toda inocencia

del clavel o el lirio, contra el aire

inane del jardín, contra palabras

que hacen juegos vacíos, contra una estética

de vals vienés o parnasianas nubes.

Se escribe abriéndose las venas

hasta que el grito calla, con llanto ácido

que nace de pronto pues imposible

nos era contenerlo, con luz dura

como rabia azul, quemado el rostro,

destrozada el alma, desde una rama

frágil al borde del precipicio,

Se escribe.

 

 

 

Llegada a Roma

 

a Isabel Campos

 

Uno, en ciertos, deferente,

cree –en la lluvia de elogios y palmadas—

ser un hombre a la altura de su siglo.

En fin, a qué decirlo, cree ser alguien.

En otros sitios, en cambio, desolado,

su nombre es igual a un perro enfermo,

a la hojarasca dormida del otoño.

En fin, es nadie.

 

Quien lo haya vivido, lo recuerde.

 

1972

 

 

 

Contradictio (5)

Entre morir y no morir

fui inventando mi número en la tierra

 

Hambriento del sol, de la otra vida,

pasé de un atrio al altar de los misterios

¿me conozco?

 

Ayer, aun antes de la aurora,

me fui llorando,

me fui mirando en el mar estas palomas,

pedazos del gran sol, la mandolina,

leamos el libro que inventa la memoria

 

Pero no, en verdad, eso es lenguaje:

Yo he mirado más allá de los vocablos

He mirado la ruina de mi diario, de mis hijos,

la ruina terrible de mis nervios

 

¿Mi número? ¿Su forma, su color, su espada?

No, por Dios, no es ése: es el Gran Cero

Me he inventado en un número en la tierra

 

1973

 

 

En las playas de Corfú

 

¡La niebla se enredaba, volvía, era un gato maullando

entre los árboles!

Mi padre, esperándome en la playa,

me gritaba: “Hijo ¿desde cuándo la sombra te persigue?

¿De qué sombra o mujer vienes huyendo?

¿Qué escuchaste –qué voz?—detrás del eco?

Fuiste huella, los nombres de los hombres

Aún te quedan el sol y el pensamiento

 

1975

 

 

 

Monólogo (V)

(Infancia)

 

De niño quería despedazar estatuas e incendiar el follaje del fresno más

alto,

iconoclasta que la piedra persigue hasta el martillo,

incendiario que no halló ni pradera ni bosque a su medida

Oídme: los pájaros se adaptan, no cambian en el vuelo

Cal y polvo y arena y cemento nos vistieron a mí

y a mis hermanos para estrenar diariamente las galas de la miseria

Viví la calle   Casa no había ni nunca tuve

 

Desde las siete y cuarto de la mañana Epifania y madre

servían un vaso de leche fría y un pan blanco y uno de dulce

para que los ricos no comieran nuestro cráneo

En la pobreza se entrevé a los ricos con probidad escasa

y cree tenerse a mano la promesa evangélica

de atravesar el cielo o el mar por el ojo de una aguja

En la pobreza no se hacen amigos sino cómplices de pena involuntarios

Madre temía nuestro crecimiento y señaló nuestra

frente con ceniza para que la boca repitiera:

“Creo en Dios Padre Todopoderoso…”

Me vi más cerca del temor al pecado que del pecado mismo,

aunque pensara y aún diga lo opuesto

El paraíso fue tan lineal y grande que el niño nunca supo

en el círculo que la rosa desfallecía de luz

Desde la vez que a Carlos y a mí nos vistieron de azul albo

para reflejar el paraíso a la hora de la Primera Comunión,

apenas si volví a la iglesia por la seguridad

de mi condena y lo vano de mi arrepentimiento

¿Qué cara podré dar a los ministros del Señor, qué cara

les pondré en el valle innumerable si en el Juicio

me señalan con el índice?

 

Algo duele y me duele desolladamente hasta gritar de espaldas,

es volverme de hombros y mirarme inferior a los sueños que soñé

Suele argüirse con sabiduría desdeñosa que los hombres

son inferiores a sus sueños, pero eso no alivia ni consuela

para el que ansió los astros y anheló la tierra ilímite,

ni lo es aun resignarse a explicar y a justificar

que yo soy quien soy y no quien pude o anhelé ser o

creyeron algunos que podía ser

Con dolor, con cristiano dolor reconozco que la vida

fue dura cuando niño, y sin embargo, mi infancia fue libre

como fiera, salvaje como flor del campo, dolorosamente dichosa

El destino se hace, oh Nietzsche, de infancia, carácter y circunstancias

Pero dónde, dónde perdí la orientación, dónde

Cristo repite y desciende para nosotros cada vez

que vivimos la experiencia de la crucifixión

Cristo vive en la tierra para que lloremos en la tierra, y oremos

He bebido del manantial de sangre los preceptos de Dios

He debido: conozco al mundo y a sus hombres porque viví

y leí en los rostros de la historia menos la historia de

los rostros que de las cicatrices

Yo supe del sol cuando conocí develadamente el mar

El paisaje nació desde el paisaje interno que verde

o turquesa ilustró la numerosa contemplación estética de

ciudades numerosas

De mi infancia recuerdo el sol en el mar y calles de mi barrio

estrechamente inclinadas: el niño en los años cincuenta

recibe el sol salvaje en el mar de Acapulco en el septiembre claro

El niño de ciudad para quien el orbe angélico es una calle

en direcciones múltiples que delinean formas y figuras

como de droga o sueño

El niño aquel que no aprendió a que lo quisieran ni le

importó tampoco, ni sabía querer sino de una forma

—como diría Drummond— torcida y reticente

La pobreza dorada en su decencia triste para que yo y

mis hermanos tuviéramos algo que soñar

¿Cómo sería marzo si el niño no hubiera perdido la

orientación en la encrucijada?

 

(Adolescencia)

 

Cómo me miro en el adolescente que desconoce el mundo entero

y que soñaba en el húmedo aire en las tardes del severo junio

Ése que ahora tendría mi edad y poseería las cuatro orientaciones

de la tierra con rostro firme y corazón sabio

Cómo cree estar seguro de sí y habla de sí y de más

y dice cosas que servirán más tarde para doblegarlo o domeñarlo

en la mañana o en el mediodía como girasol silvestre en primavera

oscura

Cómo se ejercita en el deporte hasta deshacerse en la quietud,

cómo enciende la vela en el estudio que se apaga pronto,

cómo oscurece el traje gris del ocio hasta madera el gris:

calles pardas que se vuelven ángulos, ángulos que figuran

un punto negro negrísimo en la lejanía,

casas de pobres y de pobre gente, casas de polvo sin resurrección,

casas resquebrajándose como profecía o desierto,

vecindades y edificios sórdidos en el amarillo mortecino

de la arquitectura ciega,

la calle es el reino que perdió en la fractura de los muros

y en el envejecimiento de la casa,

mira a su hermano Ricardo que le grita desde la puerta

de la calle que baje a pelear por él contra quien sea,

mira a su hermano Carlos en los sueños de Verne y de Salgari,

mira a su hermana Gabriela que surge en la casa con un séquito

de amigas en uniforme escolar, y él le suplica que se

las presente, por favor, que se las presente

Terrenos baldíos donde hierba y hierbajos crecen

ante la desesperación de Dios,

siniestras avenidas y calles como dédalos oscuros

donde prostitutas y obreros se refugian para hacer el coito,

donde la muerte hechiza el vestido áureo como hada para

hombres y mujeres muertos en el hartazgo de la sobrevivencia,

negocios mínimos o medianos con rótulos grandes como

SOCONUSCO, MIRAFLORES, EL FÉNIX,

LA PRIMAVERA, FARMACIA POTOSINA,

lecherías con paredes deslavadas quebrándose como día sin luz,

la sastrería de calle Diez donde el sastre, como sapo o

sátiro, se revuelve de dulce goce turbio besándole

las nalgas a la prostituta, ésa, ésa que se rompió

el cuerpo acostándose con hombres, adolescentes y perros de la

calle sin importar si hubiera luna,

mira al vendedor de diarios que desciende de Bellavista

y a quien el alcohol muerde haciéndolo jirones,

pendencias, rencor, resentimiento, riñas y odio

respirándose hasta que nariz, garganta, pulmones,

son pústula que se abre como flor podrida,

la adolescencia se precipitó por la gotera de la casa

y se fue con el agua de la lluvia por el canalón de la calle

 

1988

 

 

 

Monólogo (VI)

 

1

Son las 5:17 de la tarde: veo el océano bajo

Planicie azul y al lado el arco iris

Madre llamaba a las seis de la mañana, a la hora

en que el Cristo oraba de luz en la habitación

de los hermanos, contaba el que perdió la niñez

El que perdió la niñez no hallaba casa

ni calle por el mundo que sirviera de lecho positivo

Quizá estuviera la casa junto al mar,

quizá estuviera en el rojo o el amarillo de las casas

de algún pueblo o ciudad mediterráneos,

quizá en el glauco del esbelto otoño de aquella

ciudad centroeuropea, quizá en una aldea con alabanza

o en la tierra prometida que no sabía del cielo,

o más, más allá, más allá, no importa dónde,

no importa cómo, pero una casa, una casa,

mientras el niño sube al autobús de la escuela

y lleva en el Libro Mundo imágenes y sueños,

cuando todavía era el sueño de volver a casa,

y la azafata azulea el cielo

tras de su rostro bellísimo

 

2

México se oía en aulas de universidades, o

en parlerías absurdas en una librería húngara de calle Vaci, o

en musicales tabernas bajo la noche ateniense, o

en la soledad húmeda de la sombría ciudad,

donde se veía a menudo en la mesa ajena

y esperaba servirse el pan y el vino en una cena amarga

donde no existían traidores

Qué hermosos qué tristes los castaños en el Prater

al descender la niebla en el otoño,

qué tristes qué hermosos los viñedos apagándose

en la escala simétrica del Kahlenberg,

qué albo qué hondo el sueño de la paloma

al llegar el sueño a la alegría de la razón

Algo, con algo de tristeza y amargura,

con algo que del alma queda en la punta del

follaje de los castaños y los álamos en invierno,

resonaban piedra, cantera y tezontle

de ciudades del país que él construyó

en el país del corazón para seguir viviendo

en su país, pero la casa era otra

y estuvo siempre en otra parte,

o quizá la valija era la casa que era el mundo,

y a lo largo del círculo de la Ringstrasse

los follajes de los árboles se ensombrecían,

la caminata en círculo detenida

en la calle de ningún sentido, y el forastero

veía precipitarse a los santos en áurea caída

en la áurea iglesia de Sankt Peter,

mientras afuera, en la plazoleta, Mozart tocaba

el piano para Constanze Weber en la fascinación

del pespunte del delicadísimo tejido del minueto,

y el que perdió la niñez oía una música dulcísima

que no sonaba para él

 

3

Es el vuelo 988: son las seis y media de la tarde

Una ciudad y un río serpentean abajo

A las nueve de la noche descenderé en Miami

y a las nueve de la mañana caminaré en Buenos Aires

El arco iris de frente y la noche gama

Siempre, siempre el amarillo, un miedo extraño,

la misma aprensión: ¿Para qué salir? ¿Cuándo volver?

Sólo la muerte y el amor desdichado no tienen regreso

Pero cómo, cómo ser útil a los otros,

cómo crear belleza que no sepa amarga,

cómo dar un fruto sin que el árbol llore,

cómo dar un árbol que anochezca luna,

una mañana que ennoblezca el reino

Ya no sueño, ya no, en el alba pajarera,

pero deseo y sueño un mundo equilibrado y azul

 

4

La noche cae, la noche se hace

¿Adónde voy? ¿Y dónde estamos?

Abril en Austria era mes de dulzuras y de lluvia,

pero abril nos deja, y en mi país, en mayo,

el corazón ha cortado el pedernal

La historia está hecha de signos destrozados

Los dioses conversan con nosotros como

si fuera una conversación de ciegos

Es el lenguaje que entendemos

Nuestras voces, desde niños, nos saben a ceniza

Será lo mismo como ha sido, así y ahora bajo el sol

Y el cielo de la página se dibuja en un cielo de pájaros:

Del mio pensiero tu sei regina, dulzura y luz

 

5

Quizá el arcángel no midió el tamaño del golpe

ni el tamaño de la caída, pero en lo oscuro

del abismo el ángel, desde entonces,

no supo dónde quedó la nueva casa

Que lloren y oren en soledad por Jesucristo solo

cuando vuelva la inocencia de los animales,

que de las hojas del álamo florezca

la rama pródiga de golondrinas,

verano y cuerpo que glorifico el sol,

y Dios sea con vosotros

Son cinco para las nueve: abro la ventanilla

¡Qué azul más intenso! ¿Qué ciudad allá!

Veo la costa de Buenos Aires y la palabra plata

me resuena en agua, tintinea

No hace mucho era un río de sangre

Los animales comían el pan de los inocentes y

la piedra en las manos no pulía la forma

El viaje ha sido largo y me espera

la próxima ciudad

Adonde el viento vaya me espero con tristeza,

espero con resignación la próxima ciudad

Ser libre como nadie y como la bestia simple

Porque así es, porque así ha sido,

porque así sea,

Porque Así Sea

 

1992

 

 

La ceniza en la frente

 

Y aquí yo lo presento: ex suicida, invencible romántico

investido con traje azul mediterráneo azul,

con el amor esclavo a la libertad y el sueño,

examinando periplos y navegaciones axiales

en mapamundis desvaídos,

él, que a diario timoneaba un barco de madera cardinal

desde los libros y los sueños hechizados, y oía

como hechizado el fulgor del idioma de la tripulación

que hablaba con tranquilidad de los fantasmas que fueron.

 

¿Cuántas veces no oyó en la hora de la aurora o bajo

el tórrido sol el esdrújulo vuelo de las aves,

rumores del mar que se encendían en la cresta de la ola,

el susurro de la sal hasta volverse olores,

la piel que ardía y se deshacía en las manos,

los mapas de las constelaciones que eran el cuento de nunca acabar

y que contaban de meridianos distintos y lejanías sustanciales?

 

¡Cuántas veces en silencio no se entristeció bajo el árbol

hablante de la playa al imaginar el poder en manos de abyectos,

de prevaricadores y de imbéciles,

los sueños rotos por embaucadores de la realidad y la ciencia,

la verdad escrita por plumas generosas que no esperaban sino

el placer del dominio,

la fúnebre púrpura de hombres que habían engañado

incesantemente en el  nombre de Dios!

 

Y al fin esta noche vela para alzar velas y dejar para

siempre la isla de Crusoe,

la isla donde al anochecer miraba sin esperanza el horizonte

y sabía lo que era la más extrema soledad.

 

1984

 

 

 

Encuentro con Vallejo

 

Esta mañana miro inclinarse Avenida Insurgentes,

y la lluvia cae,

y el gris y el verde y la lluvia

me devuelven otoños parisienses,

la ciudad se me viste de otoño parisiense.

Cae la lluvia

c

a

e

y de pronto me duele

una dulce mujer que ya es ceniza.

Y la gente se refugia debajo de los árboles, bajo

aleros de tiendas o almacenes, o corren

hacia el coche o el autobús. Y Vallejo

observa los aparadores de los almacenes del

Puerto de Liverpool, se observa,

calla de nuevo algo que espera ya decirme.

Ve la ropa, los muebles, la cerámica:

“El sufrimiento es un orgullo”, dice. Oigo. Da un paso,

y a un paso de doblar a Félix Cuevas:

“El sufrimiento es un orgullo”.

Y nadie lo oye.

 

1980

 

 

 

Mi casa quemada

 

Yo tenía una casa. Yo tuve una casa en Pinos 8.

Era una casa de portón y muros altos, una casa

donde la gruesa Epifania nos servía algo para

simular que se tiene algo en el estómago, donde

guardaba entre páginas de libros el viaje golondrino

para esperar el viaje, donde

en los estantes del librero mal mirábamos

la Enciclopedia Barsa y el azul del Tesoro, donde

a fines de los cincuenta se reunía ávida

la familia de tarde a las cinco en el comedor

para reconocerse en la vida y las historias

en blanco y negro de melodramas que veía

en una rústica televisión de bulbos, donde

madre nos hablaba de la ciudad del centro en que moró

como de un lugar donde las víboras alargan

el cuello en comedores y salas, prestas a perforar,

con afilados dientes, alma, corazón y cuerpo

de amigos y enemigos no menos emponzoñados,

ah esa casa, en alboroto continuo por escaramuzas y pleitos

que armábamos de nada los hermanos, donde

solidario conmigo mismo solía jugar solitario

con dados y barajas o leer historietas

de vidas ejemplares o heroicas o amores juveniles, o

vislumbraba en la adolescencia como nube y nube,

imágenes y metáforas y símiles

de poemas de Lorca y de Neruda, o el saludo y

la sonrisa y el perfecto nueve de Beatrice di Folco Portinari, o

las caminatas impetuosas de Rimbaud por el África terrible, o

escenas, en grabados de Doré, del Antiguo y

el Nuevo Testamento, o navegaba en la nave de Odiseo

creyendo posponer en las mareas la vuelta a Ítaca,

ah mi casa, donde lloré sin darme el pésame

la pérdida del primer amor como la pérdida del reino,

donde vi brillar el espejismo de una vida artística,

donde supe que un sujeto como yo, sujeto siempre

a la culpa y a la Culpa, sólo sabe

de paraísos sin luz, ah esa casa,

esa casa se quemó completamente,

se quemó en el 2000 completamente,

se quemó con los años de infortunio,

con imágenes armadas en la noche

en el teatro del sueño, donde a personajes

femeninos los solía llamar la reina o la alegría.

Yo era un muchacho delgado, alto y fuerte pero

también muy tímido, y tenía como el aire melancólico.

 

2002

 

 

Hospital de la Concepción

 

a Frédéric Ives-Jeannet

 

Se llamaba Arthur Rimbaud,

pero se firmaba Rimbaud o Rimb o

Rbd o simplemente R.

Vino a morir a Marsella, a un hospital

de caridad pública, domiciliado

en Rue Baille número l45, donde alquiló,

donde tuvo que alquilar un cuarto.

Aquí fue cayéndose a pedazos poco a poco.

Fue haciéndose pedazos poco a poco.

Llegó por primera vez en mayo de 1891

y cinco de los menos de los seis meses

que le quedaban los malvivió aquí,

corroído por un cáncer que le hacía polvo

los huesos. Primero fue la pierna:

El formidable marchista, el de las

“suelas de viento” (como decía Verlaine),

el que cruzaba con alas el continente europeo

y regiones desérticas o enmarañadas

del noreste del África,

se vio de pronto con las extremidades rotas.

¿Pero cómo vivir una vida cul-de-jatte?

¿Cómo imaginar un gamo con muletas?

¿Cómo no oír de nuevo el “feliz viaje” o

e el “nos vemos pronto”?

“Adiós nupcias, familia, porvenir”.

 

Camino por el hospital. Olean en olas

los olores del cloroformo y de los medicamentos.

Es el orbe de las jeringas y de la anestesia,

del algodón y el yodo, de las luces anémicas,

de los cuartos como palizadas de agujas,

de las mesas de operaciones donde

los muertos conversan con los muertos.

Es el albo cielo de los inválidos y los fracturados,

de las escaleras larvadas que llevan a

cuartos sin salida.

Miro una enfermera sin ojos que busca

el ataúd exacto que defina al paciente.

Otras llevan legajos a ninguna parte.

Una, de bellas piernas, devuelve de pronto

el gusto a la vida.

¿Pero dónde murió? ¿Dónde estaba su cuarto?

El antiguo director (se le pregunta)

no lo sabe. “Se ha rehecho el hospital dos veces.

Cuando vino, nadie sabía (ni él mismo) –dice–

que era un hombre ilustre”.

Catherine Pansera, de Prensa y

Comunicación del hospital, va a la busca del

legajo. Magníficamente amable me lo entrega.

Nada que aclare nada. Nada que valga (pese a

la buena intención) ni siquiera una fotocopia.

Salgo de la oficina.

Desciendo. Miro sombras

en la sala de espera: ríen, sonríen, leen, se

aburren, desvarían, se crispan, crispan al

poco rato. Algunos internos en el pasillo

parecen flotar o irse de bruces.

 

Regresó al hospital a preparar su féretro,

a clavarlo de pies y manos, el 24 de agosto de l89l.

Dio como datos ser “negociante, soltero,

sin filiación y de paso por Marsella”.

Todos los sufrimientos físicos y mentales

cayeron sobre él. Los alaridos y lamentaciones del

gran animal precipitándose por la cuesta pedregosa

se oían fuera en el follaje de los árboles,

en la luz de los faroles y en las olas del mar,

y sus injurias e improperios rompían en mil pedazos

la cuerda de médicos imbéciles y de enfermeras

sin vista que no sabían ver el tamaño de su sufrimiento

ni la caligrafía tenaz que los roedores hacían en su

sistema óseo hasta el grito ronco o el silencio criminal.

Y la luna cortaba en dos la luna, el cuello de la hoz,

el cuello de la oveja, e Isabelle veía, lo veía, nunca

se cansó de verlo como un mártir parecido a Cristo,

la hermana caritativa, la hermana iluminada que

despreciaron y desprecian los tontos caropolitanos.

Al lado, en una silla, vigilaba del hermano

figuras, metáforas y emblemas de los sueños

y escribía por él con una pluma de sangre:

“Yo iré bajo tierra y tú andarás bajo el sol”.

Sobre la cabecera de la cama, en la pared,

un breve crucifijo decía al paciente

que la clave está en el sacrificio extremo.

Desde la ventana Rimbaud veía como entre brumas

las grandes hojas de los plátanos del jardín

empezar a amarillear y a marchitarse,

e imaginaba, a menos de una milla,

el viejo puerto o la estación de trenes.

Las voces en el jardín o en el pasillo,

el aleteo y las voces de los pájaros del verano o

del otoño tibio, la húmeda mano de la tramontana

le recordaban que algo se parecía a la vida.

 

Se atrevió todavía a cumplir 37 años.

Se desbandaron las imágenes:

Veía figuras de camellos en los muros

y los médicos e internos eran los

miembros de la nueva caravana.

Se agotó en la fiebre. Perdió toda la sangre

en el degüello de las bestias,

y el claro de luna, al entrar por la ventana,

caligrafiaba en resplandor el epitafio al filo.

Lloraba. No sabía si los ojos servían

para llorar o para ver. No sabía si la boca

sabía a morfina, a sal o a yodo.

¿Adónde llevan los pasillos? ¿Adónde lleva

la escalera? ¿Qué murmura la fuente del jardín?

 

Es 9 de noviembre. Isabelle apunta el dictado.

Horas blancas después vendrá en blanco

el adiós de las palomas. Es un mensaje

para el director de Mensajerías Marítimas:

“Infórmeme usted a qué hora puedo

ser transportado a bordo”.

 

1995

 

 

 

Zum Weissen Engel

        (Georg Trakl)

 

a Pura López Colomé

 

Es del otoño un día soleado. Pero no hubo sol

para ti. Estoy ante la farmacia donde empezaron

a serte habituales el cloroformo y las

imágenes claras y puras del infierno.

Empezaron los primeros metros del precipicio

y ya no habría piedra o árbol que detuvieran

la precipitación del ángel.

Viví en la ciudad un año y medio.

Paseé sin fin por los sitios que nombraste,

que de pronto se volvían neblina o sol,

fuga purísima de tordos, hojarasca, nieve.

Todas las imágenes e iconos de Salzburgo

salían de los muros y conversaban

de sus sueños en voz baja bajo el Mönchsberg.

Los caballos saltaban en las fuentes y huían

como relámpagos en dirección equívoca,

y en el río la barca giraba sin fin como

las manecillas del reloj, mientras el castillo

vertebraba su desconstrucción en las aguas.

No sé cuántas veces ha cambiado la forma

interior de la farmacia. No es la que yo conocí

pero el ángel negro todavía despacha

las medicinas atroces, y pregunta: “¿Algo más?”

Los  muros guardan la humedad del siglo

y se escucha el rasguido de tu pluma

sobre las espantosas hojas donde escribías

tus primeros poemas y las visiones que sólo

puede crear en la noche el bosque.

Hermano, pero hermano triste y destruido,

hermano sin albergue por la tierra.

Cuando subo el Calvario de la calle Linzer

y llego a una iglesia donde me dan vino,

veo tu torso sangrante en la pared,

y nadie puede extraer las flechas.

 

1996

 

 

 

Plegaria

 

Si regreso a la casa, Señor

–si casa es el mundo y no el infierno–,

si me alzo de nuevo en esta noche

en que enfermo descubro el rostro almo

de la mujer que amo.

Si me concedes esto, Señor,

prefiero ignorar cuando regrese

que hubo alguien aquí, por esta tierra,

que usaba mi cuerpo y mi lenguaje.

No olvides el nombre.

 

 

 

 

*(México, D.F., 1949). Poeta, narrador, ensayista y traductor. Ha publicado los libros de poesía: Muertos y disfraces (1974), Una seña en la sepultura (1978), Monólogos (1985), La ceniza en la frente (1979), Los adioses del forastero (1996) y Viernes en Jerusalén (2005. La editorial El Tucán de Virginia volvió a reunir en 2007 su poesía en un solo tomo: El forastero en la tierra (1970-2004). Es autor de un libro de aforismos (Árboles). Ha traducido libros de poesía de Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, André Gide, Antonin Artaud, Roger Munier, Emile Nelligan, Gaston Miron, Gatien Lapointe, Umberto Saba, Vincenzo Cardarelli, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Georg Trakl, Reiner Kunze, Carlos Drummond de Andrade, y en colaboración con Stefaan van den Bremt, Miriam van Hee, Roland Jooris, Luuk Gruwez, André Doms y Marc Dugardin. Libros de poesía suyos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, italiano y neerlandés. Ha obtenido los premios mexicanos Xavier Villaurrutia (1992) y Nezahualcóyotl (2005). Y, en España, el Premio Casa de América (2005) por su libroViernes en Jerusalén. En 2004, se le distinguió con la Medalla Presidencial Centenario de Pablo Neruda otorgada por el gobierno de Chile. En París es miembro de la Asociación Mallarmé. En el 2009 obtuvo el premio de poesía Ciudad de Melilla, España.

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