Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.heraldodemexico.com.mx

 

 

Rosario Castellanos.

El encuentro a oscuras con la vida

 

 

Por nada del mundo cambiaría mi imagen de sauce solitario

extasiado en la orilla…

R. C.

 

Reposo en la palabra

Rosario Castellanos* (1925-1974), trabajó durante sus 49 años siempre a favor de la literatura; nos legó una obra profundamente significativa escrita con la vida, escrita con el dolor más antiguo de su alma, permitiéndonos así comprender su labor esencial: un trabajo que la representó a ella y a su tiempo a través de una sabia reflexión sobre el indigenismo, la literatura latinoamericana y la condición femenina de entonces. Esa es parte de la herencia de Rosario Castellanos para nuestro tiempo. Su voz poética sigue desentrañando la intemperie de la palabra dejada al viento bajo el amparo del color oscuro y la soledad, soledad que sus ojos heredaron de la sombra de su pueblo antiguo: Chiapas, el lugar, el centro, el misterio, el mundo de sus palabras.

 

Falsa Elegía

 

Compartimos sólo un desastre lento

Me veo morir en ti, en otro, en todo

Y todavía bostezo o me distraigo

Como ante el espectáculo aburrido.

Se destejen los días,

Las noches se consumen antes de darnos cuenta;

Así nos acabamos.

Nada es. Nada está.

Entre el alzarse y el caer del párpado.

Pero si alguno va a nacer (su anuncio,

La posibilidad de su inminencia

Y su peso de sílaba en el aire),

Trastorna lo existente,

Puede más que lo real

Y desaloja el cuerpo de los vivos.

 

Esta es la voz que merodea la página en un encuentro a oscuras con la vida. Voz que viene del alma de una mujer que vislumbró las contradicciones del mundo en sus propios días. Voz venida de muy lejos, de adentro, de un estallido oculto en la palabra. Voz despierta y sonora. Voz que desentrañaba la piel de su existencia como herencia para decir, para callar, para cantar, para llorar, para escribir la agonía y el aire puro de un nuevo tiempo. Breve y profundamente prolijo es su destino. Luchó incansablemente por darle sonido puro a los negados, a los excluidos, a los seres desgarrados por la inclemencia de los señores dueños del tiempo de entonces en su México de siempre: los indígenas de Chiapas.

 

 

Comitán fue ese lugar que le hizo ver esta agonía y el desmesurado trato que aún hoy este pueblo sigue sufriendo y en ellos y con ellos lo otros pueblos indígenas de la América. Ellos comienzan a tener rostro en la obra de Rosario Castellanos, se hacen palabra, imagen y silencio en su rostro, permitiéndole así volver con ellos a sus mundos míticos y simbólicos. Ellos se convirtieron en los rostros de otros rostros de estas antiguas tradiciones, pero también en sus obras pudieron ser los rostros de otras culturas, de otras lenguas, de otros abrazos que estaban entrañablemente ahogados en nuestro ahora, porque aún siguen cargando a cuestas este dolor antiguo de sus pueblos. Hoy su voz es una señal de enigmas que nos invita a recorrerlos, no sólo en la memoria, sino en los ojos, en las manos, en los sueños y sus palabras son las palabras de ellos entre nosotros que aún gritan, aún cantan, aún celebran sus dioses y sus misterios.

 

Estoy aquí, sentada, con todas mis palabras

como con una cesta de fruta verde, intactas.

Los fragmentos

de mil dioses antiguos derribados

se buscan por mi sangre, se aprisionan, queriendo

recomponer su estatua.

De las bocas destruidas

quiere subir hasta mi boca un canto,

un olor de resinas quemadas, algún gesto

de misteriosa roca trabajada.

Pero soy el olvido, la traición,

el caracol que no guardó del mar

ni el eco de la más pequeña ola.

Y no miro los templos sumergidos;

sólo miro los árboles que encima de las ruinas

mueven su vasta sombra, muerden con dientes ácidos

el viento cuando pasa.

Y los signos se cierran bajo mis ojos como

la flor bajo los dedos torpísimos de un ciego.

Pero yo sé: detrás

de mi cuerpo otro cuerpo se agazapa,

y alrededor de mí muchas respiraciones

cruzan furtivamente

como los animales nocturnos en la selva.

Yo sé, en algún lugar,

lo mismo

que en el desierto cactus,

un constelado corazón de espinas

está aguardando un hombre como el cactus la lluvia.

Pero yo no conozco más que ciertas palabras

en el idioma o lápida

bajo el que sepultaron vivo a mi antepasado.

 

La poeta busca reposo en la palabra para desentrañar en el más confuso de los laberintos el lenguaje que podrá ayudar a encontrar el silencio y la muerte, la otra orilla del tiempo que viene con la tradición de los pueblos originarios, así como la comprensión del sufrimiento, el amor como conflicto y la agonía.

 

La escritora Rosario Castellanos

 

 

El oficio

Rosario Castellanos nacida en México, fue una narradora y singular poeta del siglo XX en su país. Libros como Trayectoria en polvo, 1948; La vigilia estéril, 1950; El rescate del mundo, 1952, que vienen a ser sus tres primeros libros de poesía, la hacen ya partícipe de una generación que comenzó la segunda mitad del siglo XX a transformar la poesía del México de entonces, así como a reflexionar sobre el papel de la mujer en la cultura mexicana. Con el nombre de Poesía no eres tú conocemos su obra poética reunida. Su mundo narrativo toma muchos elementos de la novela costumbrista. Las novelas Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962) recrean la magia de Chiapas. Escribió también los volúmenes de cuentos Ciudad Real (1960), Los convidados de agosto (1964) y Álbum de familia (1971). Estas obras revelan, en una dimensión social, la conciencia del mestizaje, y en una dimensión personal, la sensación de desamparo que surge tras la pérdida del amor. Sus ensayos fueron reunidos en la antología Mujer que sabe latín (1974). Rosario Castellanos es singular en su tarea incansable por escribir, por casarse con la palabra, y por desentrañar de ella la verdadera nostalgia con la que un pueblo sigue su camino por la historia.

 

 

Postura de una cultura

Sus estudios de Filosofía en la UNAM le permitieron profundizar uno de los temas que más padeció en su adolescencia, la marginal postura de una cultura ante el papel esencial de la mujer en un país que aún no aprendía a mirar sus infinitos dones en las otras tareas de la vida. Pecados sin redención que una cultura les fue imponiendo con dolor y silencio. Así, Rosario Castellanos hace memoria de un maltrato al que todavía hoy le asestamos un significado perturbador a través de sus páginas, páginas que va dejando entretejidas con fuerza en la poesía y en su narrativa, gracias a su solidaridad y su cercanía con esas mujeres sencillas de Chiapas que padecían la aflicción de la pena y el maltrato. Rosario Castellanos vivió bajo la sombra de una soledad que la hizo partícipe de esta cercanía con estas mujeres aún más profundamente. El estudio del mundo femenino le abrió otros caminos de reflexión. Era el tiempo en que obras como las de Simone de Beauvoir abrían un mundo de páginas para pensar y repensar el rol fundamental de la mujer en el tiempo moderno.

Otra de sus grandes luchas estuvo centrada y manifiesta en ese mundo mítico y misterioso, pero a la vez maltratado y negado de las culturas originarias; así sus obras son el reflejo de su mundo en Chiapas, reflejo de una conciencia entrañable que buscó decir y reclamar, forjar un nuevo destino para un pueblo casi olvidado. Su Balún Canán, representa el universo indígena que se vuelve no sólo lenguaje, sino viva expresión para encontrar una mayor consciencia de las tradiciones de los pueblos originarios, y una mayor consciencia por luchar para que dejaran de ser los explotados y marginados de su cultura. Su narrativa obtiene un tono y un trasfondo dramático que se hace poética de una lucha incansable por la reivindicación de los oprimidos de la tierra. Rosario Castellanos nos permitió con sus palabras ir más de cerca y caminar contemplando ese mundo desigual e inhumano que nos siguen trayendo y contando con dolor y desesperanza, para que en algún momento todos pudiéremos mirar, oír, llorar, negar esta infausta y desigual historia nuestra.

 

Presencia

 

Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido

Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.

Esto que uní alrededor de un ansia,

De un dolor, de un recuerdo,

Desertará buscando el agua, la hoja,

La espora original y aun lo inerte y la piedra.

Este nudo que fui (inextricable

De cóleras, traiciones, esperanzas,

Vislumbres repentinos, abandonos,

Hambres, gritos de miedo y desamparo

Y alegría fulgiendo en las tinieblas

Y palabras y amor y amor y amores)

Lo cortarán los años.

Nadie verá la destrucción. Ninguno

Recogerá la página inconclusa.

Entre el puñado de actos

Dispersos, aventados al azar, no habrá uno

Al que pongan aparte como a perla preciosa.

Y sin embargo, hermano, amante, hijo,

Amigo, antepasado,

No hay soledad, no hay muerte…

 

 

 

 

 

*(Ciudad de México-México, 1925 – Tel Aviv-Israel, 1974). Poeta, narradora, ensayista, dramaturga y diplomática. Magíster en Filosofía por la Universidad Nacional Autónoma de México (México) con estudios en Estética por la Universidad de Madrid (España). Fue catedrática en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (México), en la Universidad de Wisconsin (EE. UU.), en la Universidad Estatal de Colorado (EE. UU.) y en la Universidad de Indiana (EE. UU.). Fue promotora del Instituto Chiapaneco de la Cultura y del Instituto Nacional Indigenista. Recibió el Premio Chiapas (1958), el Premio Xavier Villaurrutia (1950), el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (1962), el Premio Carlos Trouyet de Letras (1967) y el Premio Elías Sourasky de Letras (1972). Ha publicado en poesía Trayectoria del polvo (1948), De la vigilia estéril (1950), Poemas (1953-1955) (1957), Lívida luz (1960), Poesía no eres tú: obra poética, 1948-1971 (1972), entre otros; en novela Balún Canán (1957), Oficio de tinieblas (1962), Rito de iniciación (1996); en cuento Ciudad Real (1960), Los convidados de agosto (1964), Álbum de familia (1971), entre otros.

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