Por Patrick Rosas*

Crédito de la foto (izq.) / www.elcomercio.com.pe

(Der.) Facebook del autor

 

 

Rodolfo Hinostroza.

La cuestionable realidad de un mito

 

 

Ha pasado casi un mes de la muerte del poeta peruano Rodolfo Hinostroza. Los homenajes y los aplausos a su obra han encontrado amplio eco en los medios. Quizás sea llegado, pues, el momento de echar una mirada menos sentimental, más objetiva, a sus escritos.

 

 

En una entrevista acordada a la revista Caretas hace algunos años, Rodolfo Hinostroza evocaba el restaurante que, junto con su hermana, montara en una playa de Lima. La equiparon con una cocina de querosén y ésta, como humeaba, impregnaba los platos de un gustillo a combustible. Pronto se quedaron sin clientes, pese a ser Rodolfo un eximio cocinero. ¿Por qué menciono esta anécdota?, pues porque me parece típica del proceder de Rodolfo en más de un terreno, entre ellos la creación literaria, a la cual llegó, muy temprano, con un talento no menor al que lo llevó a la cocina y sus humos.

 

El poeta Rodolfo Hinostroza.

El poeta Rodolfo Hinostroza.

 

Mi reciente lectura de su obra poética me lo ha confirmado. La he releído en el volumen que me dedicó en 1988 con ocasión de una visita mía a Lima. Se trata de sus Poemas reunidos, publicados por Mosca Azul en 1986. En esta edición, muy descuidada, Consejero del lobo, su ópera prima, contiene 24 poemas. O sólo 18 si se considera como el último aquel titulado «Final», al pie del cual figura una fecha: «Lima 1962-La Habana 1963» que puede ser la de la escritura de este poema, o la del libro en su conjunto si «Final» es, efectivamente, el último de la serie. En cuyo caso se debería considerar los otros seis como un añadido ulterior[1]. Los diez primeros poemas de Consejero…, de muy buena factura, están construidos con versos al comienzo cortos, como los de «El mal amor» o «El hueso en la garganta», que progresivamente van ocupando mayor espacio en la página, casi transformándose, en «Del infante difunto», por ejemplo, en versículos. En ellos abundan las palabras de cuatro o cinco sílabas, numerosas en castellano, un idioma que, como alertaba Jorge Semprún, a diferencia del francés o del inglés, tiende por ello a ser ampuloso.

Hinostroza, sin embargo, las emplea con maestría en versos libres, en los cuales la cesura no obedece a imperativos métricos, y en los que son, justamente, estas largas palabras las que precipitan el ritmo fulgurante. El poeta camina al borde del abismo e, inspirado como está, no teme perder pie. Reparo, en particular, en dos poemas; uno, el segundo de la serie, «El hueso en la garganta», contiene en su estrofa X un verso delicioso: «Las vocales/ se alejaban montadas en sus burritos grises». Un verso que trae ecos de Rimbaud. En la estrofa siguiente, versos 6 y 7, hay una brillante referencia a un juego de cartas: «Reyes tristes, jotas descabalgadas,/ ochos confiados!…». El segundo poema al que me refiero, «Del infante difunto», que ocupa tres páginas en las cuales los versos se vierten sobre casi toda la longitud de las líneas, es espléndido. Hay una nueva aceleración, porteada por recursos poéticos que dan, sin fallar uno, en el blanco. Empezando por los dos versos iniciales: «La llamada del padre, alta como un penacho de plumas/ y al tacto como la pringamoza de aquellos baños. ¿Recuerdas?», en los cuales la sintaxis revienta para hacer volar la palabra a gran altura. Le siguen otros tres poemas que, aunque vuelen más bajo, mantienen no obstante esa tensión susceptible de ser alcanzada sólo por la gran poesía. Y luego, la maquinaria poética empieza a desarreglarse, el querosén de la cocina empieza a invadir la versificación. La tensión ya tiende a relajarse en «La noche», donde la tentación del razonamiento discursivo se hace presente desde el comienzo: «A estas alturas de la época, estamos/ prevenidos contra la modestia. Se advierte, sin empacho,/ que pegado a las lenguas no se quede/ el sentido último de las cosas…» «La noche» es un poema narrativo inspirado en el «Decamerón» de Boccaccio. En éste, la amenaza proviene de la peste; en «La noche», es la guerra lo que aguarda el narrador, rodeado de una cohorte de personajes.

 

conselheiro

 

Desafortunadamente, el lenguaje de «La noche» no tiene ya el vuelo evocativo ni la fuerza que tenían los anteriores poemas; con éste empiezan ya a deshabitarse: «A pesar del cansancio, los ánimos de yesca están propensos/ a la violencia. Salen a relucir las putas madres, los carajos/ se bambolean y se esparcen a lo largo de la playa. La mierda trepa a los nombres…». El tono grosero se impone al fino bordado de los poemas precedentes. El tono se vuelve a elevar en «Anakairo de Hiroshima» pese al facilismo de ciertos símiles: «…hoy rondan las mesas de madera como perros de presa» (el subrayado es mío). «La doncella», «Juana de Arco», el confuso «Messiah», «Abel», «Al caído», «La voz en la playa» denotan un cansancio creciente del poeta; éste ya no reproduce la magia del lenguaje llevada a su pináculo en «Del infante…». Lo que sigue es peor. Por más que lo releo, no entiendo qué hace en Consejero… ―si pertenece a él― un poema como «Rito de purificación», cuya arte poética está en las antípodas de la de sus otros poemas, y si alguna lejana parentela tiene es tal vez con Aprendizaje de la limpieza, ese libro híbrido y olvidable editado por Tusquets en 1979. Comprendo la intención: el efecto purgante, mas no le encuentro validación estética a su inclusión en el poemario, que parte en dos. «Crónica» es un intento de retorno al aliento primero lastrado por el estilo discursivo, explicativo: «Mejor que no se advierta el envejecimiento que el silencio ocasiona», o «Un principio de placer/ cosquillea mi entrepierna, y la redención por el amor se aleja…». Peor suena al oído la cacofonía de: «a la inutilidad de la fe de los caídos», que figura en su estrofa IV. «Una deliberación del ala y la tormenta es lo que cae cuando/ la agria balandronada de los sueños se pega al paladar», versos 1 y 2 de «Adolescente que despierta», son, para mi gusto, chapuceros e indigestos.

En estos poemas ya no hay un poeta sino alguien ―y voy a parafrasear a Yves Bonnefoy― que trata de preservar la apariencia. El nivel se eleva otra vez en los cuatro últimos poemas: «Relato de Odiseo», «Relato de Otelo» ―el mejor de los cuatro―, «Algo de dialéctica» y «Canción de la inglesa», sin por ello suprimir la sensación de frustración que deja el libro una vez concluida su lectura.

 

3837874739

 

Contranatura poco tiene que ver con Consejero del lobo, aun si en algunos poemas ciertos versos traen reminiscencias del primero. Su arte poética es otra. Ya no se trata de escribir poemas con una línea directriz alimentada por versos cuyo aliento es el resultado de un trabajo meticuloso e inspirado. Ahora el poeta trabaja sus poemas en campo abierto, introduciendo, como afirma Mario Montalbetti en el prólogo a la edición de Mosca Azul, «ejes de sentido que atraviesan horizontal, vertical y diagonalmente la página, y espacios en blanco que articulan el texto como los silencios una composición musical; las palabras no bastaron: aparecieron los símbolos, las grafías, etc.» Todo muy dans l’air du temps, un tiempo atravesado por el Mayo francés, la oposición a la guerra de Vietnam y la ideología Peace and love en la cual pareciera, en las primeras páginas del libro, empatanarse Contranatura. En efecto, su enjuiciamiento del poder, tema mucho más predominante en este libro que en Consejero…, al comienzo no le encuentra al poder más alternativa que «el Tao & utopía» que el poeta afirma buscar («Imitación de Propercio», estrofa VI) o el «amor no la guerra» («Celebración de Lysístrata», est. I), lo cual equivale a aconsejar, para combatir el mal aliento, mascar chicle de menta. Nada susceptible de remecer los cimientos del poder de ese César cuya empresa el poeta no quiere cantar. (Dicho sea de paso, el tema recurrente del amor libre le despierta a Hinostroza, exclusivamente, un deseo de rubias, suecas, como el que, según Eça de Queirós, «entontece a los meridionales»). Más adelante, en el poema epónimo, con más lucidez escribe Hinostroza: «Vegetarianos & Salvation Army & Hippies no detendrán las guerras/ la tarea es reparar lo ocurrido en milenios» (estrofa III) y en el último poema del conjunto, «Quinteto del salmón»: «el amor no detendrá las guerras» (estrofa IV)… ¡como si no lo supiéramos, y no lo supiéramos ya entonces!

Por supuesto, Contranatura no puede ser leído utilizando la parrilla aplicada a Consejero…; no hay en él una búsqueda de la Belleza («La beauté étant espérance», afirma Y. Bonnefoy en Le Siècle de Baudelaire), los versos no aspiran a la perfección, no tienen por qué ser eufónicos: inútil, pues, buscar en ellos la frase musical. Es una nueva estética, nos dice Montalbetti en su prólogo. Puede ser, y sin duda eso se propone Hinostroza al desarrollarla. ¿Lo consigue? Para mí, medio siglo más tarde, la respuesta es no. En un artículo de 2008, publicado en el diario español ABC con ocasión de la edición de la Poesía completa de Hinostroza por Visor, Miguel García Posada afirma que Contranatura es una «conjugación de ‘ezrapoundismo’, culturalismo, diversos ecos vanguardistas y, sobre todo, gratuidad». Exagera: ‘ezrapoundismo’ sólo encuentro en los símbolos y grafías relevados por Montalbetti: la poesía de Hinostroza siempre estuvo más cerca de Eliot y sus preocupaciones filosóficas ―y del francés SaintJohn Perse― que del poeta de «Los Cantos». La gratuidad no es tal, sino el desgaste sufrido por la reflexión ―cargada d’air du temps― que Hinostroza desarrolla en sus poemas. (Años más tarde, escribiría, refiriéndose a La Novela que Santiago Figueroa, protagonista de Fata Morgana se ha empecinado, sin éxito, en escribir durante décadas: «las bases estéticas del libro habían envejecido terriblemente, las formas que yo usaba estaban quedando rápidamente démodés» (p. 313). Lo mismo se podría decir de Contranatura. En buena cuenta, el problema para el lector es que, para asumir la estética de este poemario, o, si se prefiere, su arte poética, tiene que adherir ciegamente a ella. Y esto es lo que hace Montalbetti al romper en aplausos: ha analizado el proyecto, no la calidad de su ejecución; a mí, en cambio, me interesa el resultado.

 

(De izq. a der.) Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela y Rodolfo Hinostroza. Trujillo, 1987. Crédito de la foto: Herman Schwarz

(De izq. a der.) Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela y Rodolfo Hinostroza.
Trujillo, 1987.
Crédito de la foto: Herman Schwarz

 

Desafortunadamente, lo que el libro me provoca es una curiosidad intelectual. Insatisfecha. El gran drama de este libro es que alberga el talento del poeta como la crisálida una mariposa que nunca llegará a serlo. Dejemos de lado «Paisaje con infante», «Escena prima», «El papa en los rompeolas», «La papisa exaltada», «Rueda de la fortuna», «El colgado», «Cuatro proposiciones para Max Reithman», «Esbozo de un retrato de Hermann Braun», «Para llegar a Nazca», poemas de relleno que nunca debieron salir de la gaveta que los contenía, y concentrémonos en Nudo borromeo, el último de los Poemas reunidos. En sus versos, por última vez, Rodolfo Hinostroza enciende el fuego sagrado. Nudo borromeo no alcanza la perfección de «Del infante difunto», sin duda no posee la amplitud de «Gambito de rey», el poema inicial de Contranatura; no obstante, sus versos enumerativos, enmallados por el poderoso ritmo de las asociaciones libres, que recuerdan al surrealismo, suscitan emoción. Y, como apunta Mario Montalbetti, el poema concluye de bella manera: «Viajas en tus palabras/ Y tus palabras viajan».

Contranatura, editado en 1970, fue un salto al vacío del que Hinostroza nunca se levantó; en mi opinión, el libro abrió una grieta que acabó devorándolo. «La poesía era un juego peligroso cuando estaba nutrida por una ambición ilimitada… No ganar no estaba permitido o se pagaba carísimo», escribe Hinostroza en la ya citada Fata Morgana (p. 80), una obra fallida que dice mucho acerca de su autor, representado en ella por su protagonista, Santiago Figueroa. En apariencia, solamente, Contranatura fue un éxito para Hinostroza. En realidad, lo confrontó con su verdadero reto, terminar la ambiciosa Novela que se le escurría entre las yemas de los dedos desde hacía años y con cuyo plan ―yo lo vi― había tapizado íntegramente el muro de su escritorio, frente al cual instaló su máquina de escribir. «Mi vida sería un fracaso si yo no terminaba esa novela», confiesa Figueroa en Fata Morgana, «si es que ya no había comenzado a serlo. Hacía seis años que no escribía, siete que nada publicaba, y ya comenzaban a mirarme oblicuamente los amigos, y aquellos que estaban en el asunto, como si a mis 34 años fuera ya un has been, una vieja gloria literaria», continúa (p. 80, las negritas son de R.H.). La primera parte de la novela está ambientada en París en 1975. En ella, Figueroa cuenta cómo se dispersa en tragos y mujeres y en un largo psicoanálisis que lo paraliza. La segunda parte nos conduce a Deyá, en Mallorca, donde Figueroa pasará un «Verano» y un «Otoño», al cabo del cual arroja al fuego El Libro, la Gran Novela nunca concluida. «Había quemado la obra de mi vida y me sentía maravillosamente bien… Este asunto también podía leerse como fracaso… Esa obra no era para mí. Era para alguien mucho más erudito, más viejo, más metódico, más rico, más académico que yo» (p. 315), afirma el protagonista, que añade (p. 316): «Aquel Auto de fe era mi última gran sesión de psicoanálisis donde había ardido mi padre, mi madre, mi novela y yo». Curiosa y reveladora confesión de alguien que afirma, unas líneas después, ignorar si la poesía «volvería a responder a (su) llamado».

 

contran

 

Publicada en Lima en 1994, Fata Morgana conoció un estrepitoso fracaso, relativamente inmerecido. Al leerla por segunda vez, he sentido un placer que no me procuró su primera lectura. Sus primeras cuarenta páginas, cuando narra el bloqueo literario de su protagonista, que el psicoanálisis debía hacerle superar ―y no lo ha conseguido en siete años, durante los cuales sale a luz el conflicto central con los padres, ambos escritores― son estupendas y en ellas Hinostroza hace un gran despliegue de erudición y de savoir faire narrativo. Pero poco a poco, el querosén de la cocina empieza a invadir las frases, impregna los temas. La novela, que gira en torno a La Novela, El Libro, que Santiago Figueroa intenta infructuosamente escribir ―y a sus derivas sexuales― incluye secciones del Libro que la entorpecen. Una de esas secciones relata unas aventuras delirantes de Max, el protagonista del Libro, que parecen salidas del guión de un block-buster concebido para niños de diez años aficionados a las consolas de juegos. La atildada y sugerente prosa de las cuarenta primeras páginas ―y más, aunque su calidad vaya decreciendo― se contamina con expresiones del habla popular peruana y mexicana (emplea decenas de veces el adjetivo méndigo, cuyo significado desconozco) que no tienen cabida en una narración culterana. Por momentos, el lenguaje es tan descuidado que cuesta comprenderlo: «soportamos arribar el tropel de los amigos» (p. 259).

 

fatamor

 

Sin embargo, pese a sus defectos, y gracias al brío con que narra el transcurrir de una época de exaltante libertad sexual, Fata Morgana se deja leer hasta el final. Más aún, en el muy mediocre panorama literario peruano destaca como una obra única ―fallida, sin duda―, que no se atiene a las reglas impuestas a la novela actual, formateada por los talleres de creative writing de los cuales se sale con un diploma de Escritor a colgar en la pared maestra del salón. Se trata de una novela testimonial, con un narrador único que proviene de Huaraz, como el autor y que como él tiene padres consagrados a la literatura y que se divorciarán. Como el autor, Santiago Figueroa vivirá entre Lima, París y las Baleares y se someterá a un largo psicoanálisis. En buena cuenta, Rodolfo Hinostroza y Santiago Figueroa se diferencian el uno del otro por los detalles que la ficción aporta a la concepción del segundo.

Fata Morgana es, pues, una mina de oro para quien quiera comprender los resortes de la creación literaria ―o escribir la biografía― de un poeta que, como dijo alguna vez José Miguel Oviedo, fue una (gran, añado yo) promesa no cumplida.

 

 

 

—————————————————-

[1] En este artículo me voy a centrar exclusivamente en sus dos primeros poemarios -recogidos, junto con una decena de poemas sueltos, en la mencionada edición de su Poesía reunida– y en la novela Fata Morgana. Esta última ofrece claves cardinales para evaluar la columna vertebral de la, corta, obra poética de Hinostroza. El motivo de esta elección es que considero intrascendentes su poemario Memorial de Casagrande, su libro de semblanzas Pararrayos de Dios y sus cuentos; su obra teatral no la conozco y su tratado de astrología, sus guías de viaje y sus libros de cocina escapan al registro de este análisis.

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1947). Escritor. Radica en París, Francia desde 1986. Trabaja en Radio Francia Internacional. Ha publicado en poesía Leguisamo solo, Las claves ocultas y otros poemas y Viaje a la voz; y en narrativa los cuentos Cuentos y otros cuentos, Pies de reina, Un descapotable en invierno, Mademoiselle Moutarde, entre otros.

Deja un comentario