Ha fallecido el poeta peruano Eduardo Chirinos. Uno de los pocos poetas latinoamericanos contemporáneos cuya obra alcanzó un amplio reconocimiento no sólo en su país, sino en el ámbito de la lengua española. La pérdida es sensible, no sólo por la aún juventud del poeta sino por su gran don de gentes, por la honestidad de su trabajo poético y por la sencillez que siempre mantuvo.

Sin duda, no hay mejor homenaje al poeta que reproducir una breve selección de poemas del escritor. Gracias por la poesía Eduardo.

 

 

Por: Eduardo Chirinos

Crédito de la foto: www.poetryinapril.wordpress.com

 

 

In Memoriam Eduardo Chirinos.

Breve selección de poemas

 

 

 

Para Margarita Sánchez

 

AQUÍ NO HAY BULLA ni miseria,
sólo un bosque de árboles mojados y cientos de ardillas
correteando vivaces o escarbando una nuez.
A lo lejos un puente
una interminable fila de automóviles retorna a sus hogares
y nubes balando ante un perro pastor y amarillo.
¿Eres tú quien camina en las riberas del Raritan?
Recuerdo un río triste y marrón donde las ratas
disputan su presa con los perros
y aburridos gallinazos espulgándose las plumas bajo el sol.
Ni bulla ni miseria.
El río fluye educado como en una tarjeta postal
y nos habla igual que hace siglos, congelándose y
descongelándose,
viendo crecer a sus orillas cabañas, iglesias, burdeles,
plantas refinadoras de petróleo.
Escucho el vasto rumor del Raritan, el silencio de los patos,
de los enormes gansos salvajes.
Han venido desde Ontario hasta New Brunswick,
con las primeras nieves volarán al sur.
Dicen que el río es la vida y el mar la muerte.
He aquí mi elegía:
un río es un río
y la muerte un asunto que no nos debe importar.

 

 

Fragmentos de una alabanza inconclusa

 

Debe haber un poema que hable de ti,

un poema que habite algún espacio

donde pueda hablarte sin cerrar los ojos,

sin llegar necesariamente a la tristeza.

Debe haber un poema que hable de ti y de mí.

Un poema intenso como el mar,

azul y reposado en las mañanas,

oscuro y erizado por las noches

irrespetuoso en el orden de las cosas, como el mar

que cobija a los peces y cobija también a las estrellas.

Deseo para ti el sencillo equilibrio del mar, su profundidad

y su silencio, su inmensidad y su belleza.
Para ti un poema transparente,

sin palabras difíciles que no puedas entender,

un poema silencioso que recuerdes sin esfuerzo

y sea tierno y frágil como la flor que no me atreví a enredar

alguna vez en tu cabello.

Pero qué difícil es la flor si apenas la separamos del tallo

dura apenas unas horas,

qué difícil es el mar si apenas le tocamos se marcha lentamente

y vuelve al rato con inesperada furia.

No, no quiero eso para ti.

Quiero un poema que golpee tu almohada en horas de la noche,

un poema donde pueda hallarte dormida, sin memoria,

sin pasado posible que te altere.
Desde que te conozco voy en busca de ese poema,

ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,

la música se suspende en un hilo

donde cuelga tristemente tu recuerdo.
Ahora pienso en ti y pienso

que después de todo conocerte no ha sido tan difícil

como escribir este poema.
 

 
ESCENA PARA UNA PELÍCULA

¿CÓMO MANEJA uno los recuerdos? Yo tengo
varios que se alternan y, para colmo, varían
con el tiempo. No son organizados. Un buen
día aparecen y ¡zas! se instalan sin permiso
reclamando alguna música, si es posible
alguna explicación. Ayer, por ejemplo, tenía
siete años y entré sin llamar al dormitorio
de mi madre. La ventana daba a un amplio
jardín donde jugaba el collie, al fondo
renacía una palmera, un floreciente árbol
de papayas. Mamá se pintaba las uñas
de los pies. Parecía estar muy concentrada
y apenas me hizo caso. «¿Por qué te pintas?»,
pregunté. «Porque hoy llega tu papá», me
dijo. Y eso fue todo. No. Eso no fue todo.
Su vestido colgaba impaciente de una silla
y una cámara filmaba sus piernas (la
izquierda recogida, la derecha ligeramente
levantada). ¿Qué quería de mí ese recuerdo?
No lo sé. Si le pregunto dirá que no había
ningún collie. Que tal vez había soñado.

 

 

 

Antes de dormirme

 

Es tarde, pero quisiera decir algo.

Esa música tardía, esos ecos que rebotan

en las piedras y crean silencios.

No, no es eso exactamente:

entre eco y eco hay una música

y en ella un ladrido, un dolor, un golpe seco.

La palabra que alguna vez borramos

vuelve a su lugar

como la música tardía, como el silencio.

Pero no es eso tampoco. Escribir: callar:

cerrar los ojos. Ecos

que rebotan en las piedras y de nuevo

el ladrido, el dolor, el golpe seco.

No sé cómo explicarlo.

Pero es tarde

y en verdad no quiero decir nada.

 

 

Derrota del otoño

 

Aquí no es bienvenido el otoño.

Nadie lo espera

a la orilla de ningún río melancólico

que esconda en su cauce los secretos del mundo.

El otoño reina en otras latitudes.

Allá lejos, donde los ciclos se cumplen, allá lejos

donde envejecen y renuevan las metáforas.

(El sol se hunde en un verdoso charco

donde flota, solitaria, una hoja de laurel).

Pero esta tarde no ha llovido. Las hojas

se aferran a sus ramas,

heroicamente luchan contra el viento

y en la noche celebran la derrota del otoño.

No saben que las hojas que caen son las escritas

y el árbol un seco y callado poema sin estrías.

 

 

 

Una vez más la rosa

 

una vez más sobre la rosa y una vez más un perfume de siglos invade mi casa. Rancio perfume con sabor a nombres, a símbolos que demandan la eternidad de nuestros ojos, a cuerpos cuyo hedor se disipa al menor contacto con los nombres. ¿Qué es la poesía sino el olvido de los nombres?, ¿qué es la rosa sino nuestra primera rosa, aquella que nada nos dijo porque nada sabíamos, porque éramos ciegos para todo aquello que no fuera su olor, su color, su efímera gracia adornando un jardín que pronto habríamos de poseer para mejor olvidar? Oigo de cerca y lejos a los vicarios que descreen de la inocencia. Desengaño dicen. Todo lo que puedes decir ya ha sido dicho y redicho en lenguas que jamás soñarás con aprender, en lenguas que ya no se hablarán jamás. Los oigo como oigo también a los santos inocentes. Dilo todo, dilo todo, tu palabra incendiará las anteriores, nadie recordará ese fuego que has convertido en ceniza. Lotófagos del símbolo y el verbo, ¿es posible vivir con un abismo que se abre constantemente a las espaldas? Leo una vez más sobre la rosa y leo pétalos verbales, espinas silábicas que pinchan y sangran los dedos. Leo una vez más sobre las rosas y las rosas se abren y se cierran como ojos. Como libros que son ojos, ¿es posible la contemplación de la rosa y cerrar por un instante los libros y los ojos? La rebelión de Alejandra Pizarnik fue «mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos». La rosa de Blanca Varela «infesta la poesía con su arcaico perfume». Infestación y rebelión. Deleite que anula y dignifica lo olvidos, incluso aquel que grabó para siempre la rosa en un oscuro y pertinaz alfabeto. Asesinemos entonces la rosa, devolvámosle como macabra ofrenda cada uno de sus símbolos. Digamos sin miedo y sin vergüenza la rosa, abrumémosla con viejas y nuevas palabras, cortemos la rosa prohibida del jardín de Ausonio, la rosa mística en la solapa de Dante, la humilde rosa que Darío regaló a sus hetairas. Ahoguemos sin escrúpulo las rosas, la asfixia las hará enmudecer. Así veremos la invisibilidad de lo otro

Así veremos una vez más la rosa.

 

 

 

La tranquilidad es un campo de arena

 

El mar,

las piedras, algunas gaviotas,

gaviotas blancas, grises, de pico anaranjado,

maderos rotos,

moscas sobrevolando el cadáver de un lobo marino

(hermoso animal varado por las aguas) corrientes aguas, puras,

cristalinas

y una toalla húmeda secando nuestros pies

 

(“La tranquilidad es un campo de arena”, escribí en la inmensa

soledad de estos parajes.

“Moles de arcilla y concha han resistido al furioso embate de las

aguas, al furioso embate de estas mismas aguas

donde ahora me entristezco y canto.”)

 

¿Y yo qué he de cantar?

El dulce lamentar del s. xvi en un paraje salino

(rocas peladas y no verduras en las eras);

el triste cantar de dos pastores en las playas del sur

(murmullo solitario de las aguas y no silencio de la selva umbrosa),

idénticos espacios para ejercer el oficio

do natura o menester me inclinan.

 

“Aves y peces han condicionado sus cuerpos para habitar este lugar.

Aves y peces han evolucionado en el curso de los tiempos

para enterrar por siempre

sus huesos en la arena.”

 

Es así como la muerte anuncia el nacimiento y vuelven, ambas,

al punto de partida,

y las estaciones y los calendarios no son más que piezas

distintas de un mismo tablero y estas aguas son, amor,

las mismas aguas que vienes observando en algún lugar del

mundo

donde jamás habrás de ver lo que yo veo:

 

El mar,

las piedras, algunas gaviota?

gaviotas blancas, grises, de pico anaranjado,

maderos rotos,

moscas sobrevolando el cadáver de un hernioso animal varado

por las aguas.

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