Este texto fue publicado en original, en la revista Mundial, Lima, 1927, Nº 359.

 

 

Por César Vallejo

Crédito de la foto (izq) www.historyscan.dirty.ru /

(der.) www.grupoliterariosignos.blogspot.com 

 

 

Polémica sobre el cine y sobre Charles Chaplin. Conflicto entre el cine, el circo, el music-hall y el teatro. Consecuencias mundiales del divorcio de Charlot. Una opinión de artista y una opinión de hombre. Cismas entre los cinemistas. Douglas Fairbanks y Río Jim, personajes de comedia italiana. Espíritu y hombres de las minorías modernas.

París, marzo de 1927.

 

 

Religiones de Vanguardia

 

 

En estas disputas acerca del cinema, nadie sino un profano está autorizado a opinar. En asuntos cinemáticos, como en todas las artes, los iniciados y profesionales son los menos llamados a opinar, cuando, sobre todo, se trata de situar el alcance libremente humano y extratécnico del arte. Así, pues, hoy que se busca determinar si el cinema llena un rol artístico supremo y si, por consiguiente, posee medios propios y peculiares de expresión, independientes de las demás artes, la opinión de los críticos, autores, actores, meteurs-en-scène, carece de autoridad. Ni Jean Epstein, ni Louis Dellus, ni Janning, ni el mismo Chaplin, dirían lo que debe decirse. Los técnicos hablan siempre como técnicos y rara vez como hombres. ¡Es muy difícil ser hombre, señores norteamericanos! Es muy difícil ser esto y aquello, artista y hombre, al mismo tiempo. Un hombre que es artista, ya no puede hacer ni decir nada que se relacione con el arte, sino como artista. Un poeta juzgará un poema, no como un simple mortal, sino como poeta y así sucede con los cineístas. Abel Gance, meteur-en-scène de “Mater Dolorosa”; Douglas Fairbanks, protagonista de “El Pirata Negro”; Charles Chaplin, autor, meteur-en-scène y actor de “En pos del oro”; Leon Mousciae, historiador y ensayista del écran, no alcanzarán a expresar un justo criterio acerca del destino total y humano del film. Ya sabemos hasta qué punto los expertos se apalean entre los hilillos de los bastidores y se fracturan la sensibilidad, caídos por el lado flaco del sistema, del prejuicio o del interés profesional.

En los debates del cinema pueden opinar, a lo más, los escritores libres, los que nada tienen que ver con aquellas entretelas de la profesión. Por esto, me place, en esta polémica, una idea de Paul Valéry, de Andrés Suarès, de Blaise Cendrars o del doctor Allendy, estén o no a mi gusto. Pero, en general, sólo vale en esta cuestión el parecer del hombre rigurosamente profano, que no sea, naturalmente, un inculto.

Ya los lectores sabrán que a raíz del juicio que a Chaplin le sigue su ex-esposa, Lita Grey, un arduo revuelo polémico se ha suscitado en el mundo, respecto de la personalidad artística de Charlot y, por ende, respecto del valor estético del cinema. En París, un grupo de escritores, encabezados ¡cosa rara! por el poeta católico Max Jacob, ha hecho la defensa y apología de Chaplin y del écran. De otro lado, un segundo grupo de escritores, a cuya cabeza figura Andrés Suarès, carga contra el charlotismo. Un gran periódico parisién publica, en esta ocasión, una encuesta sobre el valor del cinema, del circo, del music-hall y del teatro moderno, en la que aparecen opiniones de muy significados escritores y artistas de París. De este conflicto nadie sabe aún lo que saldrá. Quién sabe caiga el teatro, o el music-hall, o el circo o los tres juntos, en obsequio al arte mudo. Nadie aún lo sabe.

Lo esencial de la encuesta se reduce a saber si el cinema existe o no como un arte nuevo e independiente de las demás artes, y en caso afirmativo, cuál es el estado de su desarrollo y cuáles sus posibilidades para el porvenir. La polémica sobre Chaplin tiende, en el fondo, a resolver idéntico postulado. Nadie, repito, presiente los términos definitivos de la solución. Por de pronto, puede ya deducirse del debate, que “la religión cinemática o charlotesca”, como la llama sarcásticamente Andrés Suarès, tiene acaparado a un 90 por ciento de la población del globo terrestre. Un 8 por ciento está constituido por enemigos acérrimos e irreconciliables del cinema. El 2 por ciento restante está formado por gente libre y cambiante, que siguiendo los vaivenes de su gusto y las peripecias del desenvolvimiento del cinema, logran dar entonación humana y sincera a sus ataques y a sus elogios, sin sistematizarse ni dejarse llevar por modas ni escepticismo troglodíticos.

 

El actor, Charles Chaplin o Charlotte

El actor, Charles Chaplin o Charlot

 

¿Existe el cinema? ¡Fuego! ¡Fuego! La pregunta, a estas horas, quema ya y pocos se atreven a responder negativamente. Un 90 por ciento, hemos dicho, están listos a votar por la existencia del cinema. El 8 por ciento votan, con todas sus manos, en contra. Ni uno ni otro bando, son pues, honestos, porque ambos están fanatizados. Sólo interesa la opinión libre y humanamente variable, según el múltiple proceso del espíritu del 2 por ciento restante de las gentes. Cuando estas gentes niegan la existencia del cinema, la niegan honestamente. Cuando la afirman lo hacen también honestamente. Al primer grupo pertenece “todo el mundo”, al segundo pertenece “otro todo el mundo” y al tercero pertenecen los mejores.

Entre los adoradores del écran, los hay —sin contar el grueso público operando entre unidades— que fundamentan su fe cinemática en muy sintomáticos motivos. Madame Rachilde prefiere el cinema, por que es más barato. Bib prefiere el cine por que “nada hay en el circo, en el teatro ni en el music-hall, de comparable al genio de Chaplin”. Gabriel Trarieux cree y espera en el écran, por que es un arte mundial. “Aparte de la música —dice Trarieux— muy pocas obras artísticas irradian a lo lejos”. Dominique Braga cree y espera en el cinema, por que es el arte de la quinta dimensión. “El meteur-en-scène –dice Braga– llegará a penetrar, desde el ángulo de la prise-de-vue en el interior de su personaje, para interpretar su vida cinemáticamente, es decir, de una manera, a la vez, plástica e intelectual”. Y así sucesivamente.

De vez en cuando, se oye una voz discorde, una bofetada al aparato, un bostezo irreverente. Es León Daudet. O Georges Kaiser. O Henry de Naussanne. O el propio Andrés Suarès. O alguno que otro cineísta desengañado o moroso, que, como Galtier Boissière, confiese la partida oblicuamente. “En la actualidad —afirma Boissière— el cinema no es más que un arte de intérpretes y con mucha justicia se ha comparado a Douglas, Río Jim y otros a los personajes de la comedia italiana”.

La polémica continúa y, en ella, las apuestas a favor del cinema crecen con cada nacimiento y aún con cada muerte.

2 Responses

  1. Gabriel Jiménez Emán

    El comentario de Vallejo sobre el cine de Chaplin y sobre el fenomeno cinematografico en general lo realiza como poeta, lo asume como todo lo que asumió este escritor en su vida: con una honestidad impar, con sutil humor y un desenfado que posee siempre el rasgo de la rebeldìa, de la diferencia.

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    • adminv&co
      adminv&co

      Ciertamente Gabriel, Vallejo siempre fue honesto y rebelde en el arte, en su poesía revela ambos elementos con claridad. Gracias por leernos. Saludos

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