Por Sebastián Diez Casares*

Crédito de la foto Unidiversidad

Revista de pensamiento y cultura de la BUAP

 

 

 

Pongamos que el hambre también significa deseo[1]

 

Quizás partir con una precisión idiomática, un coloquialismo: en Chile al estómago o a la panza le decimos guata. Nos duele la guata cuando enfermamos del estómago. Somos guatones cuando tenemos sobrepeso. Incluso existe una pirueta de bañista (en realidad un piquero o clavado fallido) al que denominamos guatazo. Y cuando nos cruje la guata es porque tenemos hambre.

El hambre en Chile fue un perfecto aliado de los militares para perpetrar lo que se conoce como el golpe de Estado, en 1973 y que cobró la vida del presidente socialista democráticamente electo Salvador Allende. ¿Pero cómo el hambre? La razón es sencilla: los capitalistas, dueños de fábricas, distribuidoras, recolectoras escondieron los alimentos. Boicotearon al gobierno. Las estanterías de los supermercados y de los almacenes lucieron meses vacías, vaciadas. No había para comer. No existe rabia más grande que la desatada por el hambre o por el sueño (esto último lo decía Borges) y al pueblo con hambre lo pusieron en contra de su presidente, dando por inaugurada la crisis. La táctica fue, básicamente, utilizar el hambre para propiciar el golpe. Y todo terminó (o comenzó) con la Moneda bombardeada en una secuencia tan cinematográfica como apocalíptica, vista en todo el mundo como el retrato vívido de la decadencia moral y barbarie política de un país latinoamericano en el grado más alto de la Guerra Fría. Una escena que aún hace doler la guata.

Me ha sido dada la posibilidad de hablar de la selección de poemas peruanos que ha hecho Paolo de Lima para la revista mexicana Unidiversidad, poemas que mencionan o tratan al hambre como carencia. En la línea de lo que especulaba Macedonio Fernández a principios del siglo pasado, ¿cómo será quedarse callado en alemán?, me pregunto ahora: ¿sentir hambre en Perú es distinto a sentir hambre en Chile? Los que saben la respuesta, me parece, son los inmigrantes peruanos, a ellos habría que preguntarles. Lo mismo los chilenos en Perú. Las cosas no son tan fáciles acá, menos para quien viene de fuera. También hay hambre. Quizás otro u otra hambre, no podría precisarlo. Hay hambres distintas (el hambre es femenina y masculina a la vez). Por mencionar alguna: el hambre en África es una epidemia, van décadas sin depurarla. Un workingclass obeso norteamericano diciendo “tengo hambre” es muy distinto al niño etíope que dice lo mismo con su vientre abombado y nada más que piel y hueso.

Lo que es curioso, o al menos una paradoja histórica, es que en el corazón de Sudamérica, lo que se comprende hoy como Bolivia y Perú, o sea, la pulpa del imperio Inca, tan ostentoso hasta donde se sabe, uno de los orígenes de nuestra raza, sea hoy un centro del hambre. Bolivia, en el último estudio sobre la cuestión elaborado por la ONU, es el país que detenta el mayor índice de subalimentación. Le siguen Nicaragua y Guatemala (el significante siempre haciendo de las suyas: guata mala), y en el décimo lugar Perú. No crean que Chile (las crías morenas de los jaguares norteamericanos) es el último en la lista, en absoluto. Me regocija decir que el país con menos hambre de Latinoamérica es Cuba.

Ahora, ¿cuál es el hambre peruana? ¿Qué lo hará parecer así como parte casi de su folclor? Hecho demostrado por la cantidad de poemas antologados aquí. En el ensayo que Tania Favela escribe para este volumen, comenta un poema del casi siempre maravilloso José Watanabe (de nuevo el significante haciéndose notar) en el que el sonido del estómago detiene la palabra. El hambre habla, pero en otro idioma. Los movimientos y sonidos del cuerpo como síntomas, como lenguajes en negativo, o no-lenguajes que aun así comunican. La guata cruje. Hay una posibilidad allí, el hambre como una ética y una estética. El silencio ético que llama Favela, el remecer por otros medios, o la frase que cita de Denise Levertov, la cual parafraseo: la función social de la poesía no es otra que remecer mediante otros medios que no sean la conmoción. Sino la ausencia, agregaría. La calma. Hablar mediante otros medios. Si hilamos esto con lo que Watanabe dice en su Elogio del refrenamiento nos queda aún más clara la cuestión; dice el poeta:

Mi padre nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. No es que hayamos reprimido nuestros modos expresivos, sino que aprendimos a no hacer inútiles aspavientos. Su actitud serena parecía decirnos que hay un orden natural que no requiere comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos.

 

 

Si el hambre es una ausencia, la ausencia del alimento, como menciona Paolo de Lima en el prólogo, cómo aunarla con la ética dibujada por Tania. Pues dando todo vuelta. Hablando al revés. Por lo tanto, qué hay de aquellas situaciones en las que el hambre se anhela, se induce, por voluntad propia y con fines concretos, como por ejemplo el ayuno. Los monjes ayunan para entrenar el autocontrol, o lo que denominan Dhutanga. Conocer el cuerpo a través de sus necesidades. Entender las medidas de cada uno en la falta. Una especie de pedagogía de la carencia. Como se ve, el fin último de estas prácticas son en realidad espirituales. ¿Y qué decir de la anorexia? Este negarse al alimento por cuestiones puramente estéticas, que a la larga se desfiguran y se transforman en trastornos psíquicos relacionados con la autopercepción del cuerpo: se deja de comer porque el cuerpo en el espejo nunca es lo suficientemente delgado. El hambre desaparece por el afán psicótico de adelgazar. Se dan casos de ancianos, también, que utilizan el negarse a comer, induciendo la inanición, como forma de eutanasia, de suicidio. O las huelgas de hambre, cómo no, que persiguen fines prácticos y políticos.

Como se ve, hay deseos de hambre. Siempre con un fin que no es la satisfacción alimenticia, sino que por motivos extra estomacales. Quizás para aprender algo del hambre, en el caso de los monjes. Como de hacer notar un síntoma social, en el caso de las anoréxicas. O de simplemente desaparecer, como los ancianos cansados ya.

Roberto Calasso en su libro sobre los orígenes del sacrificio como ritual, llamado El ardor, dice: El hambre es un deseo, pero un deseo que implica una muerte, porque hace desaparecer algo.

Huidobro hablaba de las ansias carnívoras de la nada, tal vez basándose en los textos védicos, y en especial en la diosa Áditi, uno de los nombres de la muerte: le decían la infinita devoradora, la que se come el mundo para saciar su hambre perpetua, y de paso exhalar el verbo, la palabra y los seres. Sin ella tampoco nada existiría. Enrique Lihn, en sus últimos poemas recogidos en el Diario de Muerte la menciona sin haber tenido el susto aún de conocerla del todo: la llama esa bestia tufosa que es una tremenda devoradora. En el comienzo era el hambre, dice el Upanishad. Y si vemos el hambre, tal vez, como la batería que mueve al mundo. Sin esa ansia nada hubiese iniciado su movimiento. Del mismo modo nada se habría metabolizado, procesado, digerido. El hambre es el comienzo inevitable de lo que luego será la digestión. Transitamos a través de este lienzo de elementos (alimentos) con la boca abierta. O los ojos, que también son a su modo bocas. Toda experiencia requiere una primera impresión (el bocado), el procesamiento de dicha impresión (el bolo alimenticio que desciende por la garganta) y finalmente la absorción y el aprendizaje (los nutrientes que desembocan en venas y arterias).

Miguel Hernández en su poema homónimo escribe: el hambre es el primero de los conocimientos/ tener hambre es la primera cosa que se aprende.

Y eso es lo interesante y necesario de esta antología, el hambre como hecho social y como método de autoconocimiento sociológico, y no sólo del Perú, sino del continente entero.

 

 

 

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[1] Texto leído el martes 11 de diciembre en la presentación del dossier “Perú: los poemas del hambre” (ed. Paolo de Lima. Unidiversidad. Revista de pensamiento y cultura de la BUAP. Año 8. Número 31. Abril-junio 2018) en el Café Literario Balmaceda de Santiago de Chile.

 

 

 

 

 

*(Chile, 1988). Poeta y sociólogo por la Universidad de Valparaíso (Chile). Se desempeña como librero de la editorial Universitaria (Chile). Sus poemas han aparecido en la antología Entrada en materia (2014) y en las revistas Vox Horrísona (2016 y 2017) y Cronopio (2018).

2 Responses

  1. Ricardo Pochtar

    No conozco el libro comentado, pero estas reflexiones me parecen interesantes. Eso sí, no encuentro oportuna la referencia a Borges, que, como es sabido, apoyó el golpe de Pinochet.

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