Por Sebastián Gómez Matus

Crédito de la foto Lecturas ediciones

 

 

La Poesía es un texto contra el mundo:

Split, de Roger Santiváñez

 

 

Los lectores de poesía habrán notado que el último tiempo algunas editoriales chilenas están prestando atención a la poesía peruana contemporánea, algo que parecía necesario hace bastante. Lecturas Ediciones en 2018 nos entregó un volumen con dos libros de Roger Santiváñez: Split (2018), que contiene El chico que se declaraba con la mirada (1988) y Symbol (1991), a los cuales me referiré. Esta reseña sale con dos años de retraso.

El primer libro es una prosa poética, aunque —aclara el autor— es un film en 11 espexos, con una puntuación que da cuenta de cierta sintaxis de la mente del autor al momento de escribir, para que esa experiencia irreductible, la juventud, quedara representada de alguna manera. Hay soledad en los caminos mondos, hay soledad en los vahos siderales. A estas alturas, es un libro clásico de las vanguardias que brotaron en los setentas y ochentas, como lo fue el movimiento Kloaka en el Perú, específicamente en la horrible Lima. Quien haya estado en tierras incas o haya leído poesía peruana, se habrá dado cuenta de que el cielo de Lima es un cielo siempre encapotado, de nubes uniformes y cargadas, como si no les dejara más opción que buscar el azul en otra parte. Si esta escritura tuviera un color innato, sería azul.

 

El poeta Roger Santiváñez en las calles del Callao (Perú)

 

Estos primeros once textos tienen esa tesitura del cielo de Lima, que con su mirada de cataratas cobija la celeridad de sus calles, la sordidez del menudeo citadino. Para decirlo de algún modo, es una poesía callejera, por el énfasis en el habla vernácula pero también porque los poemas nacen del callejeo. Desde esa época, Almacenes Sol y Mundo contrasta “la urbanización del mal” con la gentrificación de nuestros días.

Hace años, en uno de esos viajes a dedo y a pata que hacíamos al Perú, leí El chico que se declaraba con la mirada y con esta reedición de Lecturas es un libro que sigue “acariciando mis cabellos en los lejanos días del amor sencillo y la emoción palteada”. Sin embargo, más allá de la capacidad evocadora del libro, de la experiencia trascendental que cobija “una luz intensa de ovni”, propone una reflexión sobre el lenguaje de un joven que desborda un pathos inoculado por la extraña fuerza de la adolescencia. “Mi única institución cultural”, como escribe Gombrowicz en el Ferdydurke. Los espexos logran ser atravesados por un lenguaje absolutamente renovador para la poesía en ese contexto de asfixia, y esa intención se percibe en cada paso, cada frase, como si la voluntad de su escritura fuera homenajear a pata el peruano que se habla en el libro lo mismo que en los bares y los emolientes de esquina, lleno de cortes abruptos y calatería, como si todo se desnudara para el poeta que quiere ver las cosas “bajo la tela pequeño-burguesa de nuestra juventud dorada”, sin temor a desmitificar su propia experiencia, la que surge del lenguaje cuando es así tentado.

 

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Esta búsqueda encuentra su depuración en Symbol, libro que muestra a un poeta con más oficio y distancia —siete años separan una escritura de la otra—, donde los recursos desplegados en el libro anterior aquí están trabajados en verso, y el dato es desplazado por una semiosis de orfebre trasnochado. Es otro ritmo, otra prosodia, ya no con el desenfreno de los días del Ulises y el Belair que funcionaba como metáfora de la velocidad con que vivió esos días de putañero.

En el poema Soledad encontramos una reflexión-joya como esta: “Exigías una palabra que/ se demorara en aceptarte”. Si la poesía se trata de algo, o trata algo, es algo cercano a estos versos, que recuerdan la idea de Agamben respecto de quién pudiera ser el destinatario del poema: “el destinatario del poema no es una personal real sino una exigencia”. También agudiza aún más las disquisiciones políticas. En el poema Pueblo pregunta “¿Pueblo? ¿Una figura de putamadre para Nadie?”

 

El Poeta Enrique Lihn (izq.) junto a un joven Roger Santiváñez

 

Es evidente que por estos años tanto Perú como Chile estaban en plena resaca de las dictaduras, y planteamientos de este tipo eran ineludibles; sin embargo, donde realmente era (y es) posible ejercer un efecto de subversión era (y es) en el lenguaje. ¿Dónde más si no? Es como esa clásica anécdota de Lihn, cuando les pide a los poetas comprometidos que también se comprometan con la poesía. A mi modo de ver, la poesía peruana siempre está torciendo un poco más el cuello del cisne, el lenguaje siempre queda más turuleco en los poemas de nuestros compañeros peruanos. Y Santiváñez resulta ejemplar. Al parecer sus búsquedas van por otros derroteros, siempre estimulantes para quienes gustan de la poesía. Quizás para ellos no hay otra forma de expresarse después del Cholo Vallejo, seguramente el mejor poeta que ha habido en la historia de nuestra lengua, si cabe hablar de “nuestra”, si cabe hablar de “lengua”.

En fin, Symbol “es un ritmo por donde la vida continúa […] y tú sientes el amor convertido en calle”. Imaginar: sucumbir. Este poema incluye la cita más clásica de Enrique Lihn, complementada por un “no se acerquen”. Esa beligerancia complementaria, es la potencia de su trabajo: se escribe poesía “por la falta de espacios donde la distancia se desplazara/ en círculos”. En fin, poeta de la lengua que llamamos poesía, Santiváñez puede ser nuestro Mahler.

 

 

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