Por Ofelia Huamanchumo de la Cuba*

Crédito de la foto Hipocampo Ed.

 

 

Poesía, denuncia y amor en

No queremos cazar la Noche (2019),

de Carolina O. Fernández

 

Cual elegíaca overture, los epígrafes que dan paso al poemario No queremos cazar la Noche (Lima: Hipocampo Editores, 2019; 86 págs.) invitan a un viaje hacia el ensueño, navegando por las aguas de los océanos, por las profundidades de los ríos, yendo o retornando, naciendo o navegando, en barco de piedra o en pequepeque, hacia la eternidad. Y es que los textos en verso libre y prosa poética de esta reciente entrega lírica de Carolina O. Fernández** parecen ser resonancias en la iluminada noche de una voz que busca rescatar el mundo.

Un primer puñado de poemas apuesta por el verso y la palabra pronunciada por escrito o en ancestrales icaros, como instrumentos que ayudan a nombrar y, por tanto, a legitimar en este mundo o “globo azul” (p. 15) lo que habita en la conciencia: los nobles propósitos y los firmes convencimientos, pero también la zozobra social y la consecuente denuncia. Así, la voz poética comienza su travesía a oscuras con el objetivo, sólido y filosófico, de volver a conocerlo todo, de encontrar una nueva luz:  arrancándose los ojos, sin teñirse los cabellos, quitándose el antifaz, con el rostro sin máscara, repasando y evaluando lo que debió haber sido y no fue, con una sensación, hasta cierto punto, de desengaño. La episteme en que se moverán todos los conflictos es también clara desde el inicio. Se alude a un universo lírico de dudosas unidades cuánticas, donde las condiciones de convivencia de los diferentes actores sociales del mundo con la naturaleza y con la urbe —posibles gracias a la existencia de “la palabra astral” (p. 13) y «el lenguaje de los astros» (p.18)— se encuentran a punto de extinguirse, en riesgo de sucumbir ante una explosión sideral.  Se propone, pues, también desde el principio, una vuelta a las raíces a partir de una visión global:  “[…] Máscaras de la diablada en París / en los carnavales de Málaga y Venecia / Nombrar el mundo / o lo que llevamos dentro / sin antifaz” (p. 16-17);  “[…] Alguna vez Rosa Luxemburgo aprendió el Splendor de Verástegui y juntos cantaron a Nina Simone y ahora entiendo la búsqueda, su nueva ética, mis olvidos van y vienen sin anteojeras y mi ceviche peruano viaja por el mundo” (p.19);  “Una madrugada de verano entre las calles enjauladas de la capital, madre extraviada posó errabunda sobre el techo de una vieja casa y yo arribé a esta pequeña estrella parecida a un globo de helio con sabor a aguaymanto y capulí” (p. 22).

 

La poeta Carolina O. Fernández leyendo.

 

Un siguiente tema, anunciado también desde los epígrafes iniciales y que subyace a lo largo de todo el poemario, es el de las relaciones madre-hija: “Todos cuentan que cuando mamá sonríe, alumbra el horizonte. Y es verdad, yo aún anido en su sonrisa” (p. 23). Asimismo, el estatus de madre, como creadora, se hace presente; ahí es Romi Wano el claro ejemplo de la corporeidad de la “madre del agua”; en el poemario se alude también a la “Madre puma” (p. 61), la mama Killa y la mama Qocha (p. 81). Todo ello guarda genuina coherencia con el tono poético general que ensalza las relaciones de pertenencia a la tierra: “Nací de ti / mi río / puente de piedra / alud / mi cuerpo bañado de ti / mi río / Célebres muchachas y muchachxs / armadxs de ríos de palabras / exorcizan las heridas incrustadas en el cuerpo” (p. 31); no obstante, se cuestiona lo que se ha acostumbrado a presentar en dos tipos sexuales naturales, que ya no lo han de ser, pues se propone la existencia de “lxs …xs”, sin borrar las denominaciones femeninas, sino oponiéndose a ellas, es decir, “muchachas y muchachxs”, sobre todo para denunciar: “Jugando a la ronda casi olvidamos el huayco que arrasa con el alma de lxs niñxs que se sienten profanadxs, digo casi, porque lxs niñxs son profanadxs una y otra vez y nadie se da cuenta” (p. 35). Lo masculino se nombra de forma contundente en contadas ocasiones: “Cuando el mal tiempo arrasó / la lluvia especies y piedras sagradas / el cuerpo y el trabajo de las bellas mujeres / hombres y seres diversos de este mundo / se convirtieron en pertenencias privadas / del hombre / venido de ultramar” (p. 33); o en “Sol candente en las entrañas / de este globo / un niño o niña muere / cada diez segundos” (p. 39).

Una delación de fuerte corte feminista se alcanza de manera feliz hacia el centro del poemario. Se trata del poema Emergencia, que contiene claras referencias a autores como Anne Sexton y Felipe Guamán Poma, considerados paradigmas de la eterna queja frente a los feminicidios y los genocidios culturales. Dicho poema se abre con los versos: “Ellas no querían cazar la noche Anne Sexton / ellas deseaban gozar disfrutar la noche / días de sombra  luz  oscuridad” (p. 40) para luego ir rememorando recientes atentados contra la integridad moral y la vida de niñas y mujeres de nuestro tiempo —entre ellos, el sonado caso de la abuela sabia del pueblo shipibo-conibo en la Amazonía peruana, Olinda Arévalo— a manos de hombres particulares, formados en sociedades que toleran el machismo o, como en el poema Tincuy de brujas (p. 69), la superstición; por otro lado, en otro hermoso canto se muestra la violencia colectiva de parte de una estructura social injusta, de la que fue víctima una mujer que sobrevivió al huayco que la arrastró, junto con sus animales y su humilde vivienda al pie de un río de la región yunga, hasta el Pacífico:

“Cuando todo parecía consumado / cuando arreciaba el vacío / atrapada entre el lodo y los escombros / Evangelina tragó el mal tiempo / tragó la furia y la miseria consumista / de la banca vomitiva / tragó el barro el mal presagio / tragó la cólera de las turbias aguas / Y la banca millonaria / y la banca nauseabunda / no se conmueve de los andantes sin sosiego / no se conmueve de los niños sin respiro / no se conmueve del sobreviviente / y su vientre acongojado / Cuando todo parecía consumado / cuando todo parecía sin sentido / Evangelina se levantó / Echose a andar / con los brazos perfilados de amor (16 marzo 2017)” (p. 57-58).

 

A partir de ello, se subraya también la inclemencia que puede llegar a tener el tiempo, y el poder implacable de la naturaleza; y en los textos siguientes, se llama la atención sobre la paradójica vulnerabilidad de lo natural frente a la mano humana destructora. Le siguen varios poemas que son cantos activistas contra la deforestación, por la toma de conciencia de la fragilidad de los hábitats naturales, con su flora (café, cacao, caucho) y su fauna (aves pintorescas, cantoras, marinas), y la consecuente destrucción de las ciudades: “La quema de la floresta acaba con la / incandescencia de las flores / y qué no decir de la ciudad” (p. 64).

De manera particular se insertan en el poemario dos ilustraciones de la artista Manaí Kowii (Nary) y unas epístolas poéticas a un destinatario “N”, de sexo “x”, (p. 34-35; 53-54; 66-68; 77-78) que resumen las incomodidades que a lo largo del poemario se han ido denunciando. Finalmente, triunfa el pronunciamiento firme y claro hacia el término del poemario: “[…] (Aquí concluye de manera inconclusa este canto albatrino. Canto de amor aunque suene cursi).” (p. 82), que se cierra con un texto de un solo verso que corrobora lo expuesto y que vuelve sobre el poema central y remite al título del libro: “Ellas no querían. No queremos cazar la Noche.” (p. 83).

Con el libro No queremos cazar la Noche Carolina O. Fernández retorna al ruedo lírico con una poesía madura que recoge temas propios (la noche, el medio ambiente, la mujer, el poder del lenguaje, las palabras y los gestos) y ópticas personales (la oralidad, las reminiscencias ancestrales) de sus poemarios anteriores —sobre todo de Un gato negro me hace un guiño (2006) y de A tientas (2016)— para echarles nuevas luces desde un universo mayor a nivel diegético y discursivo. La voz poética denuncia las debilidades que quiere combatir y aplaude los méritos por los que apuesta —la solidaridad y el respeto por lo otro— buscando la reivindicación de mundos reales sobre la base del mayor de todos los valores: el amor.

 

 

1 poema

 

Tallando el lenguaje

 

A María Liseth Zenepo Sangama

 

Tiene 80 años y hermosas vasijas de barro han bro-

tado de sus manos María Liseth Zenepo Sangama

vive en Chazuta y ha terminado su haber arte/sano

como lo hicieron su madre y su abuela a las mujeres

de Chazuta

 

Ellas utilizan el rodete para tallar el lenguaje

con la llunguna modelan

la hondura de su aroma

Un zigzag de líneas y curvas serpentinas

diseñan el tiempo porque el tiempo

no es lineal sino serpentino

tiempo del café nuestro de cada día

tiempo de la memoria corporal

de la Tierra que habla

y me habita

La fragilidad de los años desaparece con seguros tra-

zos en la arena Conversamos sobre le horizonte azul

que nos acompaña y la honda herida de sus aguas

María Liseth me enseña la policromía de las aves

El sosiego irreverente de sus manantiales sublevados

ante el ataque de modernos piratas

 

Me enseña a no perder la sonrisa afable

aún a costa del herir incrustado de añoranza

me enseña que las culebreantes líneas son los

ríos

las escalinatas las jerarquías

en cada trazo se siente el olor del cacao

en cada trazo sus manos dan forma a los afectos

y a los imponentes andes orientales

María Liseth pinta la arcilla con sus cabellos

blancos

pinta a la abuela Cocama que sufrió la

explotación       del caucho

y a sus hijos torturados

Al final del día limpia la cicatriz el azar

la ortografía las cerraduras

limpia la lámpara las leyes inexistentes

del poema

 

Chazuta, 25 de julio 2015

 

 

 

 

*(Lima-Perú, 1971). Hispanista y escritora. Actualmente vive en Alemania, dedicada a la docencia universitaria, la investigación académica y la literatura. Ha publicado en poesía Fabiola (1997), Die Formen meiner Liebe (2014), Viejas palabras. Poesía rescatada (Lima, 1990-2000) (2015), Elixires de Exilio (2016) y De mujeres hembra (2018).

 
 
 

**(Lima-Perú). Poeta, escritora y profesora universitaria. Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Ha publicado en poesía A tientas (2016), Un gato negro me hace un guiño (2006); Una vela encendida en el desierto (2000) y Cuando la luna crece (1996).

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