Algunos poemas de De umbral en umbral, por Paul Celan

 

 

Texto y traducción: Iván Mendéz González

Crédito de la foto: Lufti Özkök

 Paul Celan. París, 1963,

 

 

 

El río Sena ―un día de abril de 1970― lo  vio por última vez, cuando Paul Pésaj Antschel, luego transmutado en Paul Celan, decidió poner fin al imposible cierre de su herida. El poeta nacido en 1920 en Czernowitz, región de Bucovina, ha visto cómo en las décadas posteriores a su desaparición ha ido creciendo el interés por su obra. Sin embargo, el abuso de la teoría ―tratando siempre de violentar sentidos y significados, más que ocupada en la tarea de nombrar la episteme poética del autor de «Fuga de muerte»― ha propiciado una muchas veces paradójica e hilarante crítica respecto de su poesía, según se quejaba Jean Bollack en sus estudios.

 

La huella persistente de Hölderlin y Rilke atraviesa la poética de Celan; además, el conocimiento de la literatura y la lengua alemanas no es tan sólo motivo de conflicto por ser la lengua y la cultura de los verdugos, es también el cordón umbilical que lo conectaba con su madre por quien aprehendió y comprendió un mundo que lo situaba tan próximo y tan lejano de sí mismo. Cuando concluye De umbral en umbral (1955) su escritura  había  cristalizado  una  poética,  una  forma  de  dialogar  con  el  otro  sin trascendencia alguna, una manera de comprender el umbral (Schwelle) por donde se cuelan y fugan las posibilidades del sentido. Así lo supo desde su labor como traductor, entre otros, de Shakespeare o René Char. La poesía para Celan no era tanto un juego de luces y sombras, sino una forma de conocimiento, a veces imposible, a veces hueco, pero siempre un anhelo, incesante como las heridas.

 

 

Breve selección de poemas de Paul Celan.

De umbral en umbral, 1955

 

(versión en español)

 

 

Oí decir

 

Oí decir que hay

en el agua una piedra y un círculo

y sobre el agua una palabra

que ubica al círculo alrededor de la piedra.

 

Vi a mi álamo que descendió al agua,

vi cómo su brazo bajó a lo profundo,

vi a su raíz implorar noche hacia el cielo.

 

No me apresuro tras él,

recogí sólo la migaja del suelo,

que tiene la forma de tu ojo y nobleza,

te tomé del cuello la cadena de los proverbios

y adorné con ella la mesa, donde quedaba ahora la migaja.

 

Y ya no vi más mi álamo.

 

 

Del mar

 

Hemos transitado por lo uno y lo silencioso

nos hemos abatido sobre lo profundo

de lo que se hila la espuma de la eternidad –

No la hemos hilado nosotros

no teníamos las manos libres nosotros.

 

Quedaron entretejidas en las redes –

desde arriba tiran de ellas con violencia…

¡Ojos entre fulgores de cuchillas!

nosotros capturamos el pez de sombra, ¡ved!

 

 

 

 Yo sé

 

Y tú, también tú -:

pupario ya.

Como todo mecido por la noche.

 

Este aleteo, alas alrededor:

¡lo oigo – no lo veo!

 

Y tú,

como todo revelado por el día:

pupario ya.

 

Y ojos que te buscan.

Y mi ojo entre ellos.

 

Una mirada: un hilo más que te envaina.

 

Esta tardía, tardía luz.

Yo sé: los hilos irradian.

 

 

 

 Ojo del tiempo

 

Este es el ojo del tiempo:

mira sesgado

bajo la ceja de siete colores.

Su párpado lavado por las llamas,

su lágrima es vapor.

 

Se acerca a él volando la estrella ciega

y se funde en la pestaña más ardiente:

hace calor en el mundo,

y los muertos

brotan y florecen.

 

 

 

 Te vemos

 

Te vemos, cielo, te vemos.

Costra a costra

te dejas llevar hacia delante,

pústula a pústula.

Así acrecientas la eternidad.

 

Te vemos, tierra, te vemos.

Alma tras alma

te ofreces,

sombra tras sombra.

Así alientan los incendios del tiempo.

 

 

 

 Argumentum e silentio

 

                                                                     Para René Char

 

Atada a la cadena

entre oro y olvido:

la noche.

Ambos trataron de asirla.

A ambos les concedió hacerlo.

 

Pon,

pon también tú ahora allí lo que quiere elevarse

cuando amanece, junto a los días:

la palabra sobrevolada de estrellas,

la desbordada de mar.

 

A cada uno la palabra

a cada uno la palabra que le cantó,

cuando la jauría le atacó traidoramente―

a cada uno la palabra que le cantó y dejó rígido.

 

A ella, a la noche

la sobrevolada de estrellas, la desbordada de mar,

a ella, lo tácito,

sangre que no coaguló cuando el colmillo del veneno

atravesó las sílabas.

 

A ella, tácita la palabra alcanzada.

 

Contra las otras que pronto

prostituidas alrededor por los maltratadores de oídos,

también escalan el tiempo y las épocas,

por último ella da testimonio

por último, cuando solamente resuenan cadenas,

da testimonio por la que yace allí

entre oro y olvido,

a ambos hermanada desde siempre.

 

¿Pues dónde

amanece, di, sino junto a ella

que en el cauce de sus lágrimas

la siembra muestra soles sumergidos

una y otra vez?

 

 

 

Hacia la isla

 

Hacia la isla, junto a los muertos,

desposados a la canoa desde el bosque

los brazos como de buitres por el cielo

a la manera de Saturno las almas anilladas,

 

así reman los extranjeros, y libres,

los maestros del hielo y de la piedra,

en medio del sonar de boyas que se hunden

en medio del aullar del mar azul tiburón.

 

Ellos reman, reman, reman ―:

¡Vosotros los muertos, los nadadores, adelante!

¡Enrejado esto también por la nasa!

¡Y mañana se habrá evaporado nuestro mar!

 

 

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 (versión original en alemán)

 

Paul Celan

Von Schwelle zu Schwelle, 1953

 

 

Ich hörte sagen

 

Ich hörte sagen, es sei

im Wasser ein Stein und ein Kreis

und über dem Wasser ein Wort,

das den Kreis um den Stein legt.

 

Ich sah meine Pappel hinabgehn zum Wasser,

ich sah, wie ihr Arm hinuntergriff in die Tiefe,

ich sah ihre Wurzeln gen Himmel um Nacht flehn.

 

Ich eilt ihr nicht nach,

ich las nur vom Boden auf jene Krume,

die deines Auges Gestalt hat und Adel,

ich nahm dir die Kette der Sprüche vom Hals

und säumte mit ihr den Tisch, wo die Krume nun lag.

 

Und sah meine Pappel nicht mehr.

 

 

 

Aus dem Meer

 

Wie haben begangen das Eine und Leise,

wir schössen hinab in die Tiefenaus

der man der Ewigkeit Schaum spinnt –

Wir haben ihn nicht gesponnen,

wir hatten die Hände nicht frei.

 

Sie blieben verflochten zu Netzen

– von obenher zerren sie dran…

O messerumhinkelte

Augen: wir fingen den Schatten fisch, seht!

 

 

 

Ich weiss

 

Und du, auch du -:

verpuppt.

Wie alles Nachtgewiegte.

 

Dies Flattern, Flügeln rings:

ich hörs – ich seh es nicht!

 

Und du,

wie alles Tagenthobene:

verpuppt.

 

Und Augen, die dich suchen.

Und mein Aug darunter.

 

Ein Blick: ein Faden mehr, der dich umspinnt.

 

Dies späte, späte Licht.

Ich weiß: die Fäden glänzen.

 

 

 

Auge der Zeit

 

Dies ist das Auge der Zeit:

es blickt scheel

unter siebenfarbener Braue.

Sein Lid wird von Feuern gewaschen,

seine Träne ist Dampf.

 

Der blinde Stern fliegt es an

und zerschmilzt an der heißeren Wimper:

es wird warm in der Welt,

und die Toten

knospen und blühen.

 

 

 

Wir sehen dich

 

Wir sehen dich, Himmel, wir sehn dich.

Pocke um Pocke

treibst du hervor,

Pustel um Pustel.

So mehrst du die Ewigkeit.

 

Wir sehen dich, Erde, wir sehn dich.

Seele um Seele

setzest du aus,

Schatten um Schatten.

So atmen die Brände der Zeit.

 

Argumentum e silentio

 

                                                Für René Char

 

An die Kette gelegt

zwischen Gold und Vergessen:

die Nacht.

Beide griffen nach ihr.

Beide ließ sie gewähren.

Lege,

lege auch du jetzt dorthin, was herauf-

dämmern will neben den Tagen: das sternüberflogene Wort,

das meerilbergossne.

 

Jedem das Won.

Jedem das Wort, das ihm sang,

als die Meute ihn hinterrücks anfiel –

Jedem das Wort, das ihm sang und erstarrte.

 

Ihr,der Nacht,

das sternüberflogne, das meerübergossne,

ihr das erschwiegne,

dem das Blut nicht gerann, als der Giftzahn

die Silben durchstieß.

 

Ihr das erschwiegene Wort.

 

Wider die andern, die bald,

die umhurt von den Schinderohren,

auch Zeit und Zeiten erklimmen,

zeugt es zuletzt,

zuletzt, wenn nur Ketten erklingen,

zeugt es von ihr, die dort liegt

zwischen Gold und Vergessen,

beiden verschwistert von je –

 

Denn wo

dämmerts denn, sag, als bei ihr,

die im Stromgebiet ihrer Träne

tauchenden Sonnen die Saat zeigt

aber und abermals?

 

 

 

Inselhin

 

Inselhin, neben den Toten,

dem Einbaum waldher vermählt,

von Himmeln umgeiert die Arme,

die Seelen saturnisch beringt:

 

so rudern die Fremden und Freien,

die Meister von Eis und vom Stein:

um läutet von sinkenden Bojen,

umbellt von der haiblauen See.

 

Sie rudern, sie rudern, sie rudern ―:

Ihr Toten, ihr Schwimmer, voraus!

Umgittert auch dies von der Reuse!

Und morgen verdampft unser Meer!

 

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