A continuación, presentamos en exclusiva, 5 poemas del reciente poemario La pérdida (y otros poemas), de Jorge Frisancho publicado en Lima por la editorial Paracaídas este 2014.

 
 

Por: Jorge Frisancho

Crédito de la foto: Revista Velaverde

(http://www.revistavelaverde.pe/en-este-libro-la-palabra-piel-se-repite-21-veces/)

 
 
 

Breve selección de poemas: 

 

 

Metapoética I

(tantas tercas palabras que repito y repito)

 

 

A tenor de todas estas soledades acumulativas

¿qué ámbitos aducen, qué argumentan

tantas tercas palabras que repito y repito?

 

A tenor de todos estos cuerpos sin solidaridad, desagregados

¿qué se incendia sino tanto silencio

esta suma pertinaz de distancias y ladridos

esta huella flagrante en la retina con que los contemplas

decaer impunemente en una serie de infinitos numerables, paralelos

en el harto vacío de la sombra y la sed?

 

A tenor de tanta hoguera irresoluble

—arduos fuegos inhumanos desasidos de su probabilidad

en el espacio sin tránsito que nos incomunica, el que despueblas—

¿qué pasiones permanecen sobre los sólidos de la piel, y qué perdemos

en el acto de nombrarlas?
 
 
 
 

Elegía a su madre, muchos años después

 

i.m. Rosa Hidalgo Guarné, Barcelona 1932 – Lima 1984

 

 

Esta memoria adviene, de su estasis, mediodía

con estridencias desacomedidas, y deshace su estar en una cantaleta

de mesurables perspectivas oceánicas, herederas de la proliferación

en el espejo hijo de su tacto, ahora recordado

como el tacto pertinaz de sus palabras en mis huesecillos, los fragores de su voz

que crepitaba en el palpar de la distancia, inmune a los caudales

del tiempo que la corrompía

para hablarme con la intensa semántica de sus orígenes recuperados

en un álbum inmóvil, como si aún viajara

al encuentro de lo que abandonó, aquello que la abandonaba en el viaje

de todos estos símiles ajenos, de todas esas sílabas ausentes en su pronunciación.

Pero era mi madre en el mejor momento: su pánico me pertenece

en recuerdos que no reconocería, y lo propongo ahora

como una versión de su vocabulario, ceceante en el envés

de la experiencia de hallarse en el exceso de la lejanía

atravesada de inecuánimes ternuras en el laberinto que la bifurcaba

con esa certidumbre de estar en el error, y no haber vuelto nunca.

Pero era mi madre en sus mejores momentos: en el eco de su polivalencia

lo que las venas vacías poseían

era la percepción de una catástrofe, una lenta caída en la necesidad

de estar volviendo siempre a los puntos cardinales de su nacimiento

como si en el alto sucedáneo de las horas hirientes, indiferenciadas,

estos ácidos paisajes fueran propios por su repetición, y este suelo en el que se desangraba

hubiera sido suyo en sus incalculables consecuencias.

Hacia el final, hecha retazos

lo que legaba en la maraña de sus negativas

era una suma de cegueras en el hábito de no hallarse,

traicionada por el ardor, en ese ceremonial

de presencias y latidos.

La música incesante de su límite

me hieren todavía en cada una de las pieles que la sobrevivirán

y quiero recordar sus transiciones, las ráfagas de su mirada antes de la apoplejía,

pero lo que poseo es el lenguaje, una tibia derrota del intento de nombrarla,

suma inerte de vocablos desprendidos de la materia de sus exhalaciones

para decir de sí lo que dijimos nunca, y la imagino en cambio deshaciendo a su paso

la secuencia impracticable de un deseo sin resolución,

inconclusa todavía de vahídos y fugas, aún si es que se supo terminal

en el infértil aire del postoperatorio, lamentando sus cadencias en el tacto

cuando ácimas iras contenían la probabilidad de su respiración

y en vano le asestaban llamaradas a su contrarretrato: esos ácidos impunes

corroen los designios de una permanencia sin materialidad

bajo la clara órbita de sus manos posesivas

en la memoria que convoca y que lleva de sí sólo el asentamiento

de todas las traiciones circunscritas al terreno de la equivocación, o de la fuga

de haber posado todo en los momentos más puros

de un destino estrictamente formal, ajeno en sus principios y sus disolvencias, fiel espejo

de aquella larga sombra ya sin asideros, el ámbito de tanto irreversible desasir

de su resuello en el momento de la sutura:

las heridas insondables de la piel, los órganos al borde de la transparencia,

el inexacto mañana en que permanecemos

sin respuesta, por esa misma memoria de silencios

que la niegan al abandonarse, estas voces que la nombran todavía

sorprendidas de su claudicar, y continúan

como hogueras contra el vendaval, hablándome de su ausencia.
 
 
 
 

Metapoética III

(nocturno, en el Perú)

 

 

Que desprenda la noche sus portátiles vicios, sus vacíos

de tanto melancólico peruano sorprendido en el acto

de morderse la memoria

 

Que desprenda sus dominios y sus motivaciones

este mismo poema (tentativamente), y que escuche

su música en silencio

 

Para que este mismo sea el momento de la negativa

y se cierren los ojos en la página

como se cierra una herida
 
 
 
 

Lo que el cuerpo no dice todavía

 

 

Habrá que ver quizá en el espectáculo de nuestros daguerrotipos

la simiente de un saber inexpresable, conseguido con tenacidad

en el trámite de estar, una presencia

que persista aún en el vacío de sus significandos

y declare, con palabras que no pueden ser nuestras, haber sido

ella misma lo que se recuerda: humo

donde hay cenizas, y cenizas

donde hay metáforas, y detrás de ellas nada

salvo el rastro del incendio tan frío en que se acaba

la experiencia de decirlas sabiéndolas desiertas, como una letanía

de ecos sin origen y sin probabilidad

                                                                           y sin embargo

hubo huesos, hubo glándulas, hubo irises y globos oculares

y las yemas de los dedos todavía se desangran, y los órganos palpitan

y hubo una irresuelta secuencia de disoluciones

de tantísima materia en el fluir de sus compuestos seminales,

el ácido pluvial de la memoria en que se desdibujan

los objetos y los cuerpos, y se hacen

una música fugaz en el oído, un brillo momentáneo

ante los ojos ciegos

                                            hubo húmeros

y ocasos, cuencas, bocanadas calcinantes

de la suave sensación de un tacto sobre las papilas, y deseos

que se alzaban de la ruina de la piel al conjugarse

en el verbo impreciso que los disimula, sin negarlos

                                                                                                    y hubo sombras

agolpándose en abismo, isómeros sin reconciliación, coloraturas

y voces inhumanas que no llegan jamás (y nos ahogamos):

hubo inciertos silencios especulativos, lágrimas y líquidos biliares

en las heridas de un idioma irrenunciable, en las renuncias

de un idioma herido por su potencial, en las extremidades

del objeto que el idioma desdice al recordarlo

                                                                                        y lo que se recuerda

es esa instancia de su tránsito y su símil, el poema

que desprende sus feroces argumentos

de la desinencia de lo natural, y se radicaliza

en el paso sin causa de sus nominativos

hacia la desposesión, y se deshace

                                                             pero hubo espejos

y en ellos hubo rastros indiferenciados

de una emoción irreparable en su desasimiento,

y nos supimos vivos en el pulso en que declinan

los inhábiles tropos de una geometría

estrictamente interior, multiplicados

en inestables infinitos adverbiales, cercos de su ser al pronunciarse

en el terreno tangible de la repetición, como si se sintieran

respirar en la palabra con que tientan sus ausencias

                                            y lo que se presiente

en esa misma memoria son fragmentos

de un silencio puramente posposicional, el nudo en que se determinan

las flexiones del cuerpo en su latencia, las raíces

de lo que el cuerpo sabe y no dice jamás, o todavía.
 
 
 
 

Metapoética V

(con la lengua en el fuego)

 

 

Quise tantas palabras que se desgarraran

como heridas abiertas, bocas, verbos; quise

con los ojos ardiendo, como quien respira

con la lengua en el fuego

 

Pero hice solamente esta pupila de cristal, este idioma de espejos

 

Y ahora solamente me consuela —pero en vano—

la tenaz sinceridad de su silencio

 

 

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