Por: Rafael Espinosa

 

J. H. Prynne (Kent, Inglaterra, 1936) es autor de más de treinta libros de poesía, la mayoría publicados en editoriales modestas. Relacionado con los norteamericanos Charles Olson, Robert Duncan y Robert Creeley, es considerado una voz central en la lírica británica contemporánea, pese a la resistencia que encontró su trabajo durante largo tiempo entre la crítica oficial. Su escritura ha sido llamada “la más audaz de la poesía inglesa de postguerra”. Su obra reunida —aparecida en 1982 bajo el nombre de Poems— ha sido objeto de una tercera actualización en el año 2005. J. H. Prynne trabaja como profesor en el colegio Gonville y Caius desde 1962.

Algunos poemas de J. H. Prynne compartidos por Rafael Espinosa.

 

 

 

SORTILEGIO CONTRA DEMASIADAS MANZANAS

 

Todavía hay mucho por hacer, en

camino a la ciudad, y hasta ahora el cielo

está escrito solo en parte; nos tomamos

el tiempo necesario y la calle está alineada con manzanos.

Es allí adonde vamos, pues, y si esto suena

deliberado y dilatado en exceso, recuerden que

el hielo fue nuestra primera materia. La llama es

apenas visible a la luz del sol

y el humo asciende

oscilando hacia la atmósfera con toda la

incertidumbre de los números. Y en consecuencia no podemos

continuar con las cosas de esta forma, no podemos seguir

así, sin más. Por el bosque de este modo

perdemos demasiado y con demasiada rapidez: tenemos

demasiado que perder. Cómo puede alguien ansiar tanto

cumplir con lo que desea para

finalmente no deshacerse de eso. Hasta levantamos

la fruta caída en la calle

atemorizados por el

dibujo de tanto que ha caído, las oportunidades que reconocemos

derramadas en la tibia grava. Sabiendo que

la tibieza no es una constante, ah, confiamos

en lo que habremos de hacer y en los pequeños

y vivaces goces de las hojas y las frutas colgando todavía

de sus árboles.

Mientras que yo preferiría que todo

cayera o que colgara suspendido de otra manera;

de modo que no se nos sobornara así, por medio de la

incompletitud. El rescate nunca lo vale y de todos modos

nunca lo obtenemos. Nadie puede engullir tantas

manzanas o recordar tanto hielo. Yo

deseo en cambio que toda la agencia federal

se vuelque hacia el territorio y a través de él.

Con cualquier movimiento circular sería tan sencillo

para ellos, suyo como una forma de conocimiento, y podríamos

descansar en él: el saber que nada

queda por hacer. Lo que conquistemos

será nuestro por un desliz de exaltación: el cielo es nuestra ciudad

eterna y su trance absolutamente bello y luminoso

es el humo que se disemina

in extenso en el aire más alto.

 

 

 

 ES LEBE DER KÖNIG

 

(para Paul Celan, 1920-1970)

 

Fuego y miel manan de las fisuras de la tierra;

la nube suaviza la escala de Richter. El cielo se divide

mientras la bandera se vuelve específica una vez más, el impreso

también se fragmenta; la luz de las estrellas se vuelve negativa. Si

naces de alta tensión, capas púrpuras en

un formato de vidrio, reingresa en la casa pequeña con

animales demasiado delicados y crueles. Sus gargantas se aterciopelan

con la calidez humana, nosotros también estamos numerados como

pisadas en la nieve fresca.

 

No es posible

Beber esto otra vez, el amado entra en la pequeña casa.

La casa se vuelve específica, la piscina tiene

laterales de cobre, que se evaporan junto a los declives sembrados.

Las avenidas se inclinan hacia atrás a través de los árboles; la

música duplicada me roza la mano. Devuélvele

el borde al cielo que en este momento arde con su luminiscencia, se torna

bermejo y más demente, retornando una y otra vez al

embarcadero, que es donde estamos. Nos detenemos

el tiempo suficiente para verte,

 

oímos tu

temeroso gruñido y preferimos no pensar en él. Negamos

la consecuencia pero el resultado nos rodea,

somos confiados porque solo de ese modo el juicio

abstracto de la llama resulta el verdadero veneno, ah, cierto, el

pez agoniza en grandes destellos, el hedor proviene

del vello marchito en mi muñeca. Ese diálogo inane es

nuestra larga y descuidada ausencia: la cereza exuda su

resina fanática y enseguida se ve forzada, presionada

y por un motivo exótico esto significa reposo,

la pausa, la tendremos por mucho tiempo.

 

Solo

el aliso arrojado sobre la ofensiva craneal, la

incompletitud a la que se ha dado batalla, viene con los animales

y su indagadora calma. Entréganos este amor por el crimen y

el tedio sagrado, caminas a la sombra de

esa casa definida. Llévalo afuera y prepara

la mesa para la miel blanca, sofocando

la tela blanca desplegada por completo para el menos valioso

de los accidentes. La blancura también es retazos

de venganza, abre la ventana y nubes

blancas y lanudas navegan sobre el celeste;

 

es cierto. Es así una

y otra vez, con calma o vehemencia. Sabes

que la cereza es una muesca de dolor, es así y con certeza

a la vez es amada: El aplomo aparece en el

cielo tempestuoso y el agua no permanece inerte.

 

 

 

ESCARCHA Y NIEVE, EN CAÍDA

 

Es decir, una cualidad del hombre y su devenir,

bello, o la decoración de una decisión ligera e

inamovible, no menos fluida que el río

que custodia su nombre. El amparo

de la recomendación, respetando cierto orden,

dentro de la divina familia de designios. El nivel

de la nieve está donde cayó y de este modo el límite

de una larga cadencia, la estepa volviéndose blanca

con la distancia y el clima de invierno.

La caída de la nieve, como la del hombre en el cubo de hielo

y su gran estruendo al fracturarse, es una cortesía;

no exigiremos la espiral oscura, siendo gentiles

y de nuestra especie. Bajamos a las profundidades, cancelamos

la inundación, regresamos al camino y lo que antes era

conocido como planicie. Nos detenemos alejados de la orilla

aun cuando recurrimos a nuestras mejores y más serias

raciones de tiempo. Juzgo eso como nivel de nevada

pero igualmente en la pastura o placer de estación, o

mientras se presenta el rival con barro en sus zapatos.

¿Cuán lejos has llegado y cuán larga fue tu

travesía? Personas así están hambrientas; el rival

arriesga su vida en agua profunda, el oro rojizo

resplandece en las sombras de nuestra impúdica soledad.

 

De modo que cuando la nieve vuelve a caer la tierra

se vuelve más y más liviana. La superficie cons-

pira con nosotros, somos sus primogénitos. Aun

en esta era moderna dejamos huellas, a medida

que avanzamos. Y avanzamos, caminamos, damos zancadas o trepamos

fuera de él, la dejamos atrás, nuestra ecuánime

contemplación del mundo. El monje

Dicuil anota que en el solsticio de verano

en Islandia un hombre podía ver a través de la

noche, y desde luego que podía. Esa también es una

cualidad, una cierta ligereza que le brindamos

al rival cuando aparece. Las huellas

son borradas, el resto de las cosas bajo tierra.

 

El 9 de mayo de 1247 se lanzaron al viaje

de regreso. “Viajamos todo el invierno, a menudo

durmiendo en el desierto sobre la nieve excepto cuando

fuimos capaces de despejar un sitio con nuestros pies.

Cuando no había árboles pero solo tierra abierta

nos vimos muchas veces completamente

cubiertos de nieve guiada por el viento”. Eso

me suena a mí como un privilegio excepcional, observar

el descenso por sobre la cornisa. Cada hombre

posee su propio rincón, esa pregunta

a la que le da vueltas. Es su naturaleza, el atributo

que tiende hacia el mundo, así como su estatura

es su “dignidad real”. Y sin embargo Gregorio no

creía en la peregrinación hacia un lugar: Jerusalén,

dice, está demasiado lleno de rapiña y lascivia para ser

una orientación para el espíritu. El resto es una suerte

de llama, el peregrino es otra vez un atributo, y

su extensión es el camino que toma a través de estratos

que lo toleren. El viajero con su

grueso bastón: a quién le importa si es un vividor

analfabeto —es nuestro único rival. Sin esto

la familia divina es una simple bufonada, toda

la mutabilidad del Pleistoceno terminará por

derretirse como la nieve, urgida hacia la tierra.

 

 

 

PRIMEROS APUNTES SOBRE LA LUZ DEL DÍA

 

La paciencia es mi verdadera herramienta, mientras aguardamos

que el pasado suceda, es decir que aflore

al aire libre. Como espero que lo haga, diariamente, y la pre-

gunta es realmente en qué tamaño estamos, qué fracción de él

es la medida. La paciencia es

la suma de mi inercia, por medio de la cual la línea de base

se presenta al tacto

como la flor en

el cielo, cada guijarro

graduado en ocre. Cómo

desplegar, o si no disminuir la retórica

de la ocasión, con la cual la secuencia que regresa

de un cierto final se vuelve a todas luces predecible. Le

debemos esa parte de la teoría a la historia de la persona

como requisito absoluto del paisaje —esa

clase de despliegue, para empezar. Atravesamos

los campos, nos conducimos por medio del orden

ritual, aun cuando dormimos en la biblioteca.

El rezagado, es decir,

cuya paciencia

es el escudo

protector, del verdadero

límite del tamaño.

“El uso ceremonial de la cosa descrita”,

los sicomoros o el espejo de metal blanco, formas

de la paciencia, ah sí, y cada vez que incluso

me muevo, la forma estrófica muscular es el uso, en

ningún otro sentido. El mundo en común, cuán lejos

llegamos, los límites prácticos de la luz diurna. Y mientras

pienso incluso en la línea de base la vibración

es potente, la secuencia entera de la persona como

su propia historia es no más que ceremonial,

la concentración

de la intersección: des-

cubrimiento de regreso

al camino de ida, el

cruce completo un tejido abierto, que llevamos

puesto o en la mano. Que esto pudiera

realmente ser así, y utilizable, es mi consigna actual,

quemándose igual que el humo, antes de que el fuego se encienda.

 

 

 

LA BALADA DEL VIERNES

 

Esta mañana el niño cruel se entusiasma

con la perspectiva de cuidadosos recuerdos. Cómo se dirige

afectuosamente hacia la sombra, cómo le gustaría

arriesgar su brazo izquierdo. Es sabio

también inspeccionar el jardín de verano, los

pájaros están tan ocurrentes gracias al musgo verde.

 

El niño cruel se entrega a lo antiguo y

presiente los terceros canales escondidos. Líquidos

fluyen como una cresta en la cocina, ahora

tuerce su pie en el borde de la acera. Su mente

está en perfecto orden, Arco de Tito,

el libro ensamblado con cinta pegajosa.

 

Por qué está renuente a regresar. Quién

suspirará profundo frente al reformatorio,

huésped del ensamblado de dormitorios, construido

con retazos de Field Southernwood. Una intensa

calma inunda su pecho, su humor aún

está lejos de una recompensa o la perseverancia promedio.

 

La polilla de mercurio comienza su canción —una

cancioncita sentimental desprovista de malicia. El niño

cruel escucha la canción y sigue el ritmo golpeteando

su delgado antebrazo. Los ojos le queman, pero

no por la envidia: no hay una oportunidad tan generalizada

como para impedirle avanzar calladamente hacia el núcleo.

 

Las nubes se despliegan y el niño cruel es

recogido para protegerlo. El clima lo malcría,

excesiva luz de sol. El precio del zinc

se mantiene constante. A orillas del

río Orwell miramos en torno con rostros despojados de

asombro, no tenemos nada que no sea nuestro.

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