Por Jéssica Rodríguez*

Crédito de la foto (Izq.) Diario UNO/

(Der.) Archivo Mario Pera

 

 

Apuntes sobre Colónida y

la irrupción de las provincias

 

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Antigua foto del Palais Concert en la calle Jr. de la Unión., centro de tertulias de los colónidos. Cortesía Archivo Biblioteca Nacional del Perú.

 

Uno

 

Cuentan que en Trujillo, en diciembre de 1917, tras una larga noche con los compañeros del Grupo Norte, obnubilado por un fracaso amoroso, César Vallejo tomó un revólver y lo rastrilló contra su sien derecha. La única bala que había en el tambor no se activó. Esa misma noche, vuelto a la cordura, Vallejo habría tomado una decisión que le cambiaría la vida a él y el rumbo a la poesía peruana. Devolviéndose las ganas de vivir, le habría dicho a Antenor Orrego: “Entonces, me voy. Me voy”.

Al mes, desde el puerto de Salaverry, partió a Lima en el vapor Ucayali. Tenía casi 25 años. No llevaba maletas –recuerda Juan Espejo Asturrizaga–, solo una libreta, casi nada de dinero y un reloj que Néstor Alegría –otro amigo– le regaló esa mañana “por si le servía de algo” en la capital. Era jueves aquel 27 de enero. En su libreta, el poeta de ojos brillantes llevaba los poemas de su primer libro, esos que escandalizarían al académico Clemente Palma y fascinarían a Abraham Valdelomar, cuya opinión era la que realmente importaba.

Entonces no se podía apreciar con la claridad de hoy, pero el poeta de Santiago de Chuco era uno de los muchos escritores del interior que, durante las primeras décadas del siglo XX, sentía un gran impulso innovador y estaba en la búsqueda de una forma de expresión propia.

En realidad, no necesitaba abandonar sus estudios de Derecho y llegar a Lima, porque en su patria pequeña había logrado imponerse a la chatura de la vida provinciana y formaba parte de un grupo de intelectuales bastante sólido. Además, ya había empezado a fraguar una obra original con esa “chispa divina de los elegidos” que “fecundaría otras almas”, como lo vislumbró Valdelomar (1918). El caso de Vallejo era señal de un tiempo nuevo, uno en que los vientos de cambio soplaban en sentido contrario a los tradicionales: esta vez, iban desde las márgenes hacia el centro.

 

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El Poeta César Vallejo.

 

Dos

 

En efecto, hasta los años treinta, la provincia consigue una fuerte presencia literaria en el Perú. Lo demuestran la fundación de numerosos diarios y revistas por todo el país y la aparición de influyentes colectivos artísticos, como el Grupo Norte, formado hacia 1915 en el seno de la Universidad Nacional de Trujillo e integrado, entre otros, por Antenor Orrego, Alcides Spelucín, José Eulogio Garrido, Juan Espejo Asturrizaga, Macedonio de la Torre, Víctor Raúl Haya de la Torre y César Vallejo.

Ese mismo año también aparecieron La Sierra, en Cusco, de Luis E. Valcárcel y José Uriel García, y Bohemia Andina, en Puno, de Arturo y Alejandro Peralta. Este último grupo será el antecedente del mayor movimiento literario del Altiplano: Orkopata (1925), cuya influencia llegó a Argentina, Bolivia y Chile, gracias a la publicación de Boletín Titikaka, que apareció en 1926 y en el que llegó a colaborar Jorge Luis Borges.

Poco tiempo después de la insurgencia de estos movimientos, aparece Colónida, liderado por Abraham Valdelomar. Es el grupo limeño equivalente a los mencionados, y al que se integrarán varios escritores provincianos, como Alberto Ureta, Alberto Hidalgo, Percy Gibson, José Carlos Mariátegui y el propio Vallejo. Sin embargo, por haberse gestado en la capital será percibido como inspirador de sus pares provincianos. Integraron también Colónida Alfredo González Prada, Pablo de Abril de Vivero, Alberto Ulloa Sotomayor, César Falcón, Federico More, Antonio Aguirre Morales, Luis Alberto Sánchez, Guillermo Billinghurst (hijo), entre muchos otros.

A pesar de la heterogeneidad de sus propuestas, de sus contradicciones y de su corta duración, las voces múltiples de los colónidas fueron las que más alto y fuerte se escucharon en la época, pues como escribió Mariátegui en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928): “Cumplieron una función renovadora. Sacudieron la literatura nacional. La denunciaron como una vulgar rapsodia de la más mediocre literatura española. Le pusieron nuevos y mejores modelos; nuevas y mejores rutas. Atacaron a sus fetiches, a sus íconos. Iniciaron lo que algunos escritores calificaron como una revisión de nuestros valores literarios”.

 

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Algunos miembros de la Bohemia de Trujillo en un banquete a Cecilio Cox. 04 de julio de 1915 en la playa de Buenos Aires. Crédito de la foto Archivo Alberto Vera La Rosa

 

Tres

 

Esta es una época difícil en el Perú. La guerra con Chile había dejado en ruinas el país y la recuperación fue muy lenta. En cierto modo, esa situación explica nuestro Modernismo sin brillo. Lo vemos en la arquitectura de Lima, pobre en relación con otras capitales, como La Habana y Buenos Aires. Pero hacia 1913, cuando se inaugura la famosa confitería Palais Concert, el Perú estaba recuperándose, abriéndose a las sugestiones del momento.

Por otro lado, en su “Discurso del Politeama” (1888), González Prada –a quien Vallejo admira tanto– había llamado la atención sobre la situación del indio. Todos recordamos seguramente su proclama: “No forman el verdadero Perú las agrupaciones de criollos i extranjeros que habitan la faja de tierra situada entre el Pacífico i los Andes; la nación está formada por las muchedumbres de indios diseminadas en la banda oriental de la cordillera”. Esto coincidía con una etapa de agitación en los Andes.

Esa preocupación por lo que sucede en el interior del país es uno de los reclamos a los que responderá Valdelomar con sus “Cuentos incaicos”, todavía en la vertiente del Indianismo, muy idealizados, pero también atenderá al otro, al de una modernidad que llega de Europa y de Norteamérica: a ella responde con sus “Cuentos cinematográficos”, que han de ser de las primeras aproximaciones en español a las técnicas del cine, por ejemplo, a la utilización del montaje, el uso de la simultaneidad, la frase rápida, muy visual.

Valdelomar es, así, un hombre de dos caras, y quizás de no haber muerto tan joven habría derivado en el Indigenismo, que estaba ya a las puertas: Cuentos Andinos, de Enrique López Albújar, es de 1920. Esa actitud es también personal en Valdelomar, porque de alguna manera representa la irrupción de un nuevo grupo social que cuestiona a la oligarquía. El dandy que es Valdelomar es un provocador, como lo es el primer José Carlos Mariátegui, que participa también del espíritu colónida.

 

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El periodista y escritor, director y fundador del movimiento y revista Colónida, don Abraham Valdelomar Pinto.

 

Cuatro

 

Sobre el grupo que surge en 1916 en torno de la revista, ya el mismo nombre de esta se presta al equívoco. Como se sabe, proviene de “Colón” (Colónida significaría literalmente ‘hijo de Colón’) y expresa esa voluntad de búsqueda, pero también alude de alguna manera a la Colonia. No es gratuito, además, que uno de los seudónimos de Valdelomar sea “El conde de Lemos”. Tampoco que la portada del primer número de Colónida haya estado dedicada a Chocano, algo que parece incompatible con las propuestas renovadoras que Valdelomar y los otros colónidas buscaban. Por otra parte, de los rasgos más claros del Modernismo literario, el esteticismo y el exotismo, el narrador, cronista y poeta iqueño solo se desprenderá del segundo, pues nunca dejará de ser un adorador de la belleza.

Es cierto que el mundo para los colónidas estaba más allá de Lima. Lo que ellos querían descubrir estaba fuera de esa combinación entre limeñismo y pasatismo, que Luis Alberto Sánchez denominó «perricholismo», y que ahondaba la tradicional escisión entre la capital y las provincias. Es el principio de la que también Sánchez llamó «herejía antinovecentista», que aludía, a su vez, a una oposición mayor en el Perú entre lo hispánico frente a lo indígena y que dará lugar a dos propuestas literarias: la academicista de los universitarios y la libre creación de los autodidactas. Aquí, una vez más, Valdelomar tiene una actitud ambivalente: intenta varias veces volver a las aulas universitarias, pero finalmente se forma en el diálogo con los otros colónidas.

 

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Cinco

 

Ahora bien, la revista Colónida no es tan importante como la “actitud colónida”. Si encarnamos lo Colónida en Valdelomar, veremos todas las posibilidades que esta actitud encerraba. Por ello, en nuestra historia literaria, ninguna otra sociedad logrará proyectarse sobre el país y las nuevas generaciones como Colónida, a pesar de que la publicación que le dio el nombre solo tuvo cuatro números, que aparecieron entre enero y mayo de 1916.

Por otro lado, cuando se habla de Colónida, se habla de un grupo, pero olvidamos que a él se fueron integrando en diferentes grados y circunstancias otros escritores. Es interesante observar que aquellos que se van sumando al núcleo original son precisamente los que están atentos a lo nuevo, como Alberto Hidalgo, quien, en Arequipa, en 1916, publica Arenga lírica al emperador de Alemania, inspirado en el reciente Futurismo; y, por supuesto, como César Vallejo, de quien Valdelomar, deslumbrado por los primeros poemas de Los heraldos negros, escribiría en 1918: “Hermano en el dolor y en la Belleza, hermano en Dios: hay en tu espíritu la chispa divina de los elegidos. (…) Tú podrás sufrir todos los dolores del mundo, herirán tus carnes los caninos de la envidia, te asaltarán los dardos de la incomprensión; verás, quizás, desvanecerse tus sueños, podrán los hombres no creer en ti; serán capaces de no arrodillarse a tu paso los esclavos; pero, sin embargo, tu espíritu, donde anida la chispa de Dios, será inmortal, fecundará otras almas y vivirá radiante en la gloria, por los siglos de los siglos. Amén”.

La provincia ha salido ya al encuentro de Lima y aquí es recibida por otro provinciano, que encuentra fascinante lo que los escritores, como Vallejo, tienen para revelar sobre su tierra, pero también sobre el mundo.

 

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Seis

 

El surgimiento de creadores como Vallejo, Hidalgo, Oquendo y los hermanos Peralta, la multiplicación de grupos literarios en diferentes provincias y su estrecha relación con Colónida a través de Valdelomar, que emprende en los dos últimos años de su vida viajes por distintos lugares del Perú, donde es recibido como una inspiración, resume la trascendencia que tuvo Colónida en el país.

Como explica Washington Delgado, este nuevo escenario en el que las provincias adquieren el protagonismo y tratan de imponer su propia voz es una señal de que el papel social del poeta y el intelectual estaba cambiando en el país. La poesía –la literatura, en general– ya no quiere nunca más sustentar el orden establecido. Esta eclosión de las márgenes, este cambio de perspectiva que se acentúa después de Eguren, con los movimientos de Vanguardia, con Vallejo y los poetas que vienen después, hasta la época de Amauta, es un cambio que se produce en toda la cultura peruana y latinoamericana. Hay necesidad de ver de manera distinta la realidad. El resumen de esa actitud es Colónida (revista, movimiento, revolución, insurrección), hito fundamental del proceso de nuestra literatura, que buscó dejar atrás los modelos extraños a estas tierras y buscó ceder la palabra –y el poder– a quienes más originalmente la representan.

 

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Siete

 

Entrevista que Vallejo le hiciera a Valdelomar para la revista La Reforma de Trujillo en 1918:

–Es necesario, pues, una agrupación –exclama el Conde–, una agrupación de lo mejor del país que, sintetizando las mayores energías nacionales, imponga una nueva y más sana orientación intelectual, y que haga luz en la presente inmortalidad artística, creada y mantenida por esos ¡malos hombres!

–¡Oh, la labor de Colónida!, me disparo yo, exaltado y admirativo. Felizmente ella tuvo la virtud de crear, con sus tres únicos números, un sistema de valores nuevos, triturando muchas momias y fantoches.

 

 

 

 

Bibliografía

 

Basadre, Jorge: Historia de la República del Perú. 1822 – 1933, Octava Edición. T. 14. Diario La República de Lima y Universidad Ricardo Palma, 1998.

Delgado, Wáshington: Historia de la literatura republicana: nuevo carácter de la literatura en el Perú independiente. Lima: Rikchay Perú, 1980.

Espejo Asturrizaga, Juan: César Vallejo. Itinerario de un hombre 1892-1923. Lima: Seglusa Editores, 1989.

González Prada, Manuel ([1915]). Páginas libres. Madrid: Sociedad Española de Librería. [1ª ed. 1894]

González Vigil, Ricardo: Colónida y el modernismo. Suplemento Dominical de «El Comercio». Lima, 14 de febrero de 1982.

Mariátegui, José Carlos: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lima: Biblioteca Amauta, 1977. [1ª ed. 1928].

Miguel de Priego, Manuel: Valdelomar, el conde plebeyo. Biografía. Lima: Fondo editorial del Congreso del Perú, 2000.

Orrego, Antenor: Mi encuentro con César Vallejo. Bogotá: Tercer Mundo Editores, 1989.

Sánchez, Luis Alberto: Valdelomar o la Belle Époque. Lima: INPROPESA,1987.

Valdelomar, Abraham: “La génesis de un gran poeta. César Vallejo, el poeta de la ternura”, Sud-América, Lima, n.° 11, marzo 2, 1918.

Valdelomar. Obras I y II. Edición y prólogo de Luis Alberto Sánchez. Lima: Ediciones Edubanco, 1988.

Valdelomar por él mismo (Cartas, entrevistas, testimonios y documentos biográficos e iconográficos). Edición, prólogo, cronología y notas de Ricardo Silva-Santisteban. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú, año 2,000. II tomos.

Valero, Eva María: “El grupo colónida y la herejía antinovecentista». Revista Arrabal, España, N° 5-6, 2007. pp. 77-86. En: http://www.raco.cat/index.php/arrabal/article/viewFile/140510/192082 (Consultado el 10/07/16).

Vallejo, César: “Desde Lima, con el Conde de Lemos”. En La Reforma. Trujillo, 18 de enero de 1918.

 

 

 

 

 

*(Lima-Perú). Docente universitaria, escritora y editora. Obtuvo el Premio Barco de Vapor Perú (2015). Ha publicado las antologías Abraham Valdelomar. Vida y obra (2016) y Ricardo Palma para chicos (2015); y en ficción Orquídeas para Aurora (2015), Abdón en el jardín del Altiplano, Memorias del aire, el agua y el fuego (2014) y La zona invisible (2015), estos dos últimos en coautoría con Carlos Garayar.

 

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