El presente texto fue publicado originalmente en dos entregas en el suplemento “El Dominical” del diario EL Comercio. La primera en el N° 135 el día 18 de setiembre de 1955; p.3; y la segunda en el N° 153 del 29 de enero de 1956; p. 3.
La presente versión, ha sido tomada del libro la poética visual de jorge eielson (2004), editado por Emilio Tarazona y Drama ed. Pp.137-140.

 

 

Para una poética en preparación

 

 

 

Por: Jorge Eduardo Eielson/

Centro Studi Jorge Eielson / Martha Canfield

Crédito de la foto: Centro Studi Jorge Eielson / Martha Canfield

 

 

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ST, por Jorge Eduardo Eielson. Serie Chancay,1986.
Acrílico sobre tela 70 x 30 cms. Colección de Renato Sandoval.
© Centro Studi Jorge Eielson / Martha Canfield

 

I

 

Tal como en la vida de los artistas hay un aparente desorden semejante al orden que impera en la naturaleza (el crecimiento caprichoso de los árboles, por ejemplo, cuyas ramas se orientan siguiendo las leyes naturales de su propia estructura y el medio en que se encuentran), del mismo modo la lengua natural del poeta obedece, o debe obedecer, tanto más a los caprichos o estados de su alma cuando mayor es su necesidad interior de expansión y su desapego a las normas de la escritura.

La dificultad mayor no está, pues, en plantearse problemas que no comprometen a la poesía sino en cuanto ésta requiere de una vestidura, la menor posible para presentarse en público. La vestidura, en tal caso, es tan adjetiva como lo puede ser la sotana, el uniforme militar, los trajes civiles, o los taparrabos primitivos. Hacer de estos indumentos signos de vida es tan mezquino como encauzar la propia vida humana según los anteriores atributos externos.

El ropaje ?la retórica? nos permite muchas veces, es verdad, un tratamiento más familiar y sin peligros de la poesía. ¡Tanto menos peligroso cuanto más lejos nos encontramos de ella! Pero, si fuéramos justos, deberíamos agradecer al buen cielo de que ello sea así. No todos estamos dotados ni dispuestos a la visión de ciertas desnudeces, de ciertas bellezas o deformidades cuyo esplendor no haría sino enceguecernos.

Y esto es lo que precisamente ocurre en los mejores instantes del alma humana: el truco de una composición es un estado de alma que los sentidos no nos pueden revelar sino durante un estado de alma semejante. O para decirlo mejor; durante un instante de desnudez equivalente a la que produce en el instante de la entrega amorosa: la ceguera del cuerpo y del alma que nos transfigura entonces y torna sagrados nuestros sentidos, violentamente rituales nuestras más oscuras e instintivas caricias, definitivos nuestros más terrenales deleites.

La retórica ?el ropaje? del poema nos permite solamente vislumbrar la poesía. Y cuanto más perfecto puede ser aquél, tanto más vestida estará la poesía, tanto más deslumbrante en su traje de metáforas y piedras de cultivo. ¿Qué decir entonces de la poesía mal vestida, de la poesía que no posee sino trajes baratos, deteriorados por el uso y cortados sobre medida standard? ¿Qué decir de la poesía púdica, vestida según el gusto de los parientes o la moda del barrio o a la moda provinciana, que imita torpemente y con retardo las veleidades de los grandes costureros de la lengua? Esto es lo que, desventuradamente, con mucha frecuencia sucede en nuestra poesía latino-americana.

Excluidos Vallejo y Neruda, cuya técnica expresiva es un verdadero homenaje a la nobleza, a la poderosa juventud y a la riqueza de nuestra lengua, y tal vez dos o tres poetas más, los restantes no hacen sino remover, con variada suerte, el mismo guiso lírico post-modernista dentro de la consabida marmita metafórica. Sólo los rasgos de imaginación brillante, de ingenio verbal, de rápidas y prematuras digestiones de la suculenta creación europea; tan sólo una multiplicidad de palabras y de términos, ya poetizados, gracias, precisamente, al genio de Vallejo o Neruda, en las más vacías e inútiles variaciones de contenido o de forma. De aquí ese intolerable sabor a “poesía moderna” o “poesía de vanguardia” que, como la música o la pintura moderna, constituyen el más serio obstáculo para la captación de la verdadera poesía en el seno de una cultura o una época.

El estilo de una época, ?que no es obra de la multitud de hombres o de creadores de segundo orden?, es el estilo de dos o tres hombres llamados a concebir nuevas y más perfectas soluciones a los eternos problemas del corazón y del espíritu humano. En este sentido no existe una poesía sino en cuanto ella alcanza la categoría altísima de un problema universal que se resuelve según las inviolables leyes de un único individuo. Considerando la intrincada estructura y la perfecta unidad de un solo espíritu como el instrumento más penetrante para tal fin.

La poesía, llamada moderna, de los poetas a la orden del día, carece de problemas que no sean los referentes al vestuario. Basta leer unos versos de cualquier poeta sudamericano para apreciar hasta qué grado de atrofia interior puede conducir el excesivo ejercicio retórico. El corazón paralizado, las palabras sirven sólo para satisfacer el donjuanismo cada vez más doctrinario, intrascendente y mecánico de los profesionales de la vanguardia.

Habiendo admitido teóricamente la imperfección de la expresión poética humana, y no siendo posible establecer un correlativo material entre la perfección del poema y la verdad o la belleza de la poesía, no nos queda ?como decía antes? sino exigir la mayor desnudez posible en el poema, el más suscinto y puro vestido para quien nace como las gracias de Dios, fruto de una sagrada fuente y absoluto designio del corazón humano. Toda vestidura superflua es, en este caso, moustruosa.

Un poema de Vallejo, por ejemplo, es desnudo porque no hay nada en él que nos distraiga del supremo objetivo de su poesía: la pavorosa unidad de la vida, la pasión y la muerte humana. Un poema de Neruda, en cambio, es desnudo, del mismo modo en que lo puede ser una mujer, un pájaro o un caballo, cuya cabellera, plumas o crines, no son vestiduras convencionales sino atributos inseparables, verdaderas prendas de su desnudez natural. Tanto en el uno como en el otro, la poesía reina y se apoya profundamente en lo más agudo de su propia existencia: la existencia del hombre.

 

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“Cabeza de chamán IV”, por Jorge Eduardo Eielson.
Acrílico sobre tela 146 x 129 cms.
© Centro Studi Jorge Eielson / Martha Canfield

II

 

Lo mejor de un poema, como lo mejor de un cuerpo humano, no son sus elementos (cabeza, tronco, extremidades, etc. ?estrofa, verso, vocablo, etc.) sino la gracia que los visita y los une en una sonrisa, un movimiento armonioso, un llanto desesperado.

La poesía se sirve de las palabras para hacerse comunicable. Ellas son un medio de expresión, no la expresión misma. Mucho menos la poesía misma. Superado el medio de las palabras, la poesía reina ilimitada y se confunde con la esencia de las cosas. La poesía, por lo demás, puede prescindir de las palabras (pintura, escultura, música, danza, religión, magia).

Las palabras no son objetos sino signos. El pensamiento no es la poesía sino su cause humano. La poesía es el estado permanente del universo, incluida al alma humana, que se desprende de las mutaciones del universo y del alma humana.

Las leyes de la imaginación ?los límites del universo. Las leyes de la poesía ?los límites del poema.

Las palabras se parecen al universo en la medida en que respetan sus propios límites.

El hombre se parece al universo en la medida en que reconoce sus propios límites; su lenguaje, en este caso y tan sólo en este caso, estará lleno de poesía. Álgebra de la creación: la suma del hombre con el universo es cero. ¿Es el cero la suma de todas las cosas? No. Luego la suma del hombre con el universo es –1 o +1, es decir un caso sui generis, privado, un alma. La unión del alma con el universo se llama poesía, su separación, poema.

Las palabras pasan (ver movimientos poéticos, ismos, diferencias de estilo), la poesía permanece. En la poesía simbolista ?las palabras como objetos? los sentidos invaden el poema, el pensamiento palidece.

Poesía china y musulmana, cantos guerreros persas, himnos del Corán, folclor indio de América: el espíritu transfigura las palabras. El espíritu como estructura sintética (sensibilidad, sentidos, pensamiento) que despierta y actúa en coincidencia con la gracia.

Upanishadas: “De todas las formas la más bendita es la que yo percibo: tu esplendor”. Invisibilidad de la poesía, presencia del poema. Invisibilidad de la escencia, presencia de la forma. Invisibilidad de los dioses, presencia de lo creado. (El universo es como una inmensa serpiente en continuo movimiento: su cabeza es el espíritu, su cola la materia. Las formas aparecen y desaparecen según los movimientos que se imprimen recíprocamente en el transcurso de un segundo o de una eternidad). La poesía confunde el conocimiento: el conocimiento es débil. La poesía ayuda al conocimiento: el conocimiento es débil. El conocimiento, en cambio, no agrega nada a la poesía. El conocimiento de la poesía son sus palabras. Una metáfora puede ser el núcleo de un sistema filosófico. Un sistema filosófico no basta para desentrañarla. No olvidar nunca que una metáfora, un poema, es un organismo vivo, la réplica espiritual de un organismo viviente. La elección de un lenguaje, de un verso, de un vocablo, cae dentro de los límites de una función irreversible. La forma del poema depende de la perfecta coherencia de sus funciones internas; tal coherencia recibe el nombre de vida. Y dentro del ámbito de las fuerzas vivientes, el menor error, la menor falsedad, el menor gesto superfluo, produce un monstruo.

¿Cómo confiar a las palabras la belleza de un poema, cuando la belleza de un poema es el contenido?

Nada más ruin que abandonar al espejo la belleza del alma.

Nada más noble que hacer visible en el espejo la belleza del alma.

No hay sino una sola posibilidad para escribir un buen poema: no creer en las palabras.

Caminando entre árboles frondosos, me vienen deseos de convertirme en uno de ellos. Renuncio de inmediato y maldigo, con palabras entrecortadas por las lágrimas, mi forma humana. Nace un poema. Las palabras que me salvan de lo imposible son también el límite máximo de tal experiencia: “yo no puedo ser un árbol” es una forma inmediata, el poema: “yo quisiera ser un árbol” es la realidad poética, permanente, mediata. Yo podría escribir mil poemas sobre el mismo tema, sin convertirme jamás en un árbol. Yo podré caminar toda la vida entre árboles frondosos y mis deseos serán siempre los mismos ?mientras exista en mí una realidad poética, sustancial, privada.

La poesía es la verdad cantada. Palabras de un poeta, música de un pueblo.

Los pueblos entonan la verdad, la melopea de la verdad tortura su alma, pero creen en el misterio, adoran lo misterioso y se abandonan a lo invisible. El poeta muestra a su pueblo la coherencia terrena de su canto y convierte en liturgia sus esperanzas y sus terrores. Con ayuda de las palabras. La verdad y lo sagrado tienen por fronteras el poema.

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