Llegamos a la sexta y última entrega de las crónicas del poeta Nilton Santiago en exclusiva para la revista Vallejo and Company, donde con la excusa de su viaje a Brasil nos habla de su familia (de su abuelo, de su padre), retorna a sus años de infancia en Lima y habla de Mallorca donde vivió con Ainhoa Molina y su perro Llamp, todos estos, los lugares donde vivió los años más felices de su vida junto a las personas que más ha amado.

Por: Nilton Santiago*

Crédito de foto de portada: Vanesa de la Dueña el autor

 

SÃO PAULO BAJO LA LUNA LLENA

[ÚLTIMA “ESTAÇÃO O PAIS MAIS GRANDE DO MUNDO”]

 

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Año décimo de la era de tus pecas y yo sigo aquí, tan desorientado como una pulga en un oso de peluche. Ha llovido desde que Llamp y el abuelo Pepe ya no están, tampoco tu madre, que ahora mismo debe estar en medio de una partida de póker con algún ángel que, después de ver el cielo estrellado, no cesa de preguntarle por ti y tus lunares. Vanesa está ahora mismo en algún lugar entre la India y Filipinas, buscando la tercera personalidad de Dios entre su sonrisa y el amanecer que tú le has enviado desde tu lado del mar, como si fuese una postal. Anita “Perezosa” y Bruno se han conocido mientras el gato de Mestre y “Platanito” (el gato de Bruno) se han cruzado a través de los sueños de los peces y yo sigo aquí, tan perdido como lo estaría un camello ligando con una osa polar en un iglú, pero por unos segundos no soy yo el que ahora escribe esto sino que en este mismo instante soy el pequeñín que usa una escafandra para sumergirse debajo de la puerta de Don Pachuco para rescatar una canica perdida, allí en el viejo patio frente a la casa de mi abuelo en el centro de Lima. Pero no, al volver a abrir los ojos descubro que sigo siendo yo, el mismo pelmazo de siempre y no estoy en Lima sino en una ciudad más fea aun: Miami. Es enero del 2015 y me espera una escala larguísima aquí así que no tengo más remedio que salir a dar una vuelta; pregunto por lo que podría costarme un taxi y me piden unos precios excesivos así que pienso que es una buena idea compartir uno para ir al centro. Pregunto a todos los que salen del aeropuerto y, los que no me ignoran con ojos saltones, como los de un pez diablo, me dicen que prefieren no compartir el taxi conmigo porque no se comparten las sonrisas con alguien que viene de debajo del mar y no tiene agallas.

Después de una media hora sentado en la acera, veo salir a dos chicas hablando en sueco que, después de aproximarse a un taxi, empiezan a colocar su equipaje en la maletera. Yo, ni corto ni perezoso, aprovecho el pánico y me escurro entre sus docenas de maletas y entro en el taxi con una gran sonrisa, a la vez que les digo una de las tres estúpidas frases que sé decir en sueco. Ellas, desde luego, me miran muy sorprendidas mientras yo, desde dentro y ya sentado, les comento que aquí es muy normal compartir el taxi con desconocidos, a la vez que les hago señales con las manos para que entren. Pobres; me pasé todo el camino comiéndoles el coco con mis idas de olla, básicamente sobre mis historietas sobre Barcelona y sus pájaros de arena. A los pocos minutos llegamos al centro y cuando intento pagarles mi parte no me dejan porque dicen que se han reído mucho conmigo y que ellas invitan esta vez. Después de los protocolos de rigor, es decir, intercambio de teléfonos, de sonrisas y de bla bla bla, me sorprendo saliendo de la estación de metro , en el centro de São Paulo. Estoy con mi padre y hemos venido aquí para sacar a pasear a un par de rayos de sol después de unos días interminables de chubascos, creo que aquí hasta llueven ranas y el sol es únicamente la moneda con la que Dios compra el amanecer cuando se le antoja una caipiriña.

Mientras caminamos juntos, mi padre es el niño pobre que carga sobre sus espaldas el agua de lluvia de todos los diluvios universales. Es el pobre escolar que juega al futbol sin zapatos porque sólo se los pone para soñar y también es la metáfora indescifrable en los bolsillos de las libélulas. Mientras entramos a la Catedral da Sé, mi padre es un puerto solitario cuando los peces llegan con pañuelos para secar las lágrimas de los pescadores y es también la voz de mi abuela mientras ella habla con las flores para compartir la miel de su corazón. Más tarde, mientras vemos que una mariposa le sonríe a una oruga en el parque Ibirapuera, mi padre es el camino que hicimos juntos, a pie, desde las ruinas de Tambomachay hasta la ciudad del Cuzco una primavera boreal y también es el bus lleno de pájaros que nos llevó desde Raqchi hasta el museo de Pérgamo, en Berlín, donde vimos, flipados, las puertas del mercado de Mileto. Al poco rato, mientras nos tomamos un café en una librería de la Praça Dr. João Mendes, mi padre es un pergamino donde las alondras escriben las partituras del amor y, a su vez, es la harina que, al mirarle, se convierte en ese pan que un querubín compartió con su padre, mi abuelo, el arriero, mientras cruzaba los Andes con burros cargados de sueños y de sal. Pero ahora él no está aquí, así que mi padre soy yo ahora que llueve y la primavera lleva su sonrisa como un paraguas.

Aunque quién sabe, ahora es de noche en Lima y quizás, mientras él duerme, mi padre es el equipaje de mi madre mientras ella sueña.

(El autor y su padre en el Parque da Luz - Sao Paulo, 2015)

(El autor y su padre en el Parque da Luz – Sao Paulo, 2015)

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La sonrisa de mi madre es el equipaje de mi abuelo mientras entramos al sindicato para el corte de pelo de rigor, tengo quizás 10 años y hemos venido aquí caminando desde su casa, en el casco antiguo de Lima. En la peluquería del sindicato no hacen cortes modernos para futbolistas de pacotilla ni peinados para pavos reales, aquí, mientras el peluquero afila su navaja de afeitar y te mira sonriendo, sólo te queda rezar y esperar conservar las orejas después del rapado. En este lugar básicamente sólo hay un corte de pelo, “el corte bolchevique” y apenas puedes quejarte (por supuesto olvídate de lloriquear). Después del trasquilado, mi abuelo y yo salimos del sindicato más izquierdistas que nunca y nos parece que hasta los cláxones de los buses entonan La Internacional. En ese entonces, mi abuelo y yo pasábamos interminables días jugando al ajedrez antes de la ya clásica lectura de las mañanas que no era otra cosa que leer frente a él -en voz alta- la editorial del periódico. Pobre de mí si no leía correctamente ya que tenía que volver a leer todo desde el principio, a manera de castigo. Aunque algunas veces me escapaba de él y me escondía en su biblioteca y jugaba a Teseo y al Minotauro con algún amigo imaginario y, cuando mi amigo imaginario se cansaba de mí, me ponía a husmear entre sus libros hasta que él venía a buscarme trayendo entre las manos la luz de la luna. Jamás le gané a mi abuelo una partida de ajedrez en todos esos años que compartimos la mismas tardes que se escapaban de su corazón, todos esos años que caminamos juntos y compartimos el mismo té a la hora del “lonche” y comimos las mismas aceitunas negras con cebollas que tanto le gustaban; años que fueron días y días que fueron segundos en el corazón de las libélulas que vinieron a recoger la luz de su mirada meses antes de que yo partiese a vivir a España y me llevase, como un regalo, esa misma luz de su mirada que aún sigue brotando del amanecer aquél que vi el día siguiente de llegar a Mallorca.

Os lo cuento porque aun lo recuerdo claramente; acababa de llegar y Ainhoa me había organizado una cena de bienvenida con la mitad más uno de sus amigas pero antes habíamos quedado con Na María para comer en un restaurante japonés, uno de esos tipo bufet en los que puedes comer desde ranas hasta anguilas esquizofrénicas. La comida  estupenda y, claro, hablar con María es hablar con una estrella de mar que se ha caído del cielo de tanto brillar. El tiempo pasaba como un colibrí llegando tarde al trabajo y de un momento a otro descubrí que nos habíamos tomado varias botellas de cava, Ainhoa se había ido hacía horas a trabajar y nosotros dos nos habíamos quedado allí haciendo una sobremesa infinita, como queriendo atrapar en una sola tarde todos los años que nos debíamos de copas. Al poco rato las horas, como números líquidos, empiezan a congelarse sobre las 9 de la noche y yo tengo que marcharme: “Maria, me voy, he quedado con Ainhoa y sus amigas para una cena de bienvenida” me escuche intentar decir sin éxito. Entonces, al salir del bar, fue cuando me di cuenta de que estaba entrando en aquella quinta dimensión donde solo lo magia es posible, ya sabéis, cuando vas tan alegre que empiezas a ver que las peluquerías están llenas de puercoespines o que las chicas guapas te sonríen, es decir, cuando estas realmente mal. Llegué a casa de milagro y sólo tenía fuerzas para tumbarme sobre el sofá. Sonó el teléfono y era Ainhoa: “¡¿Dónde estás?!, ¡Te esperamos hace 40 minutos para pedir la cena!. No hace falta decir que jamás pude llegar a la cena y que esa noche fue la primera y única vez que tuve que dormir en el sofá, pese a que, cuando Ainhoa llegó a casa, Llamp se pasó un buen rato, sin éxito, tratando de convencerla para que me perdone.

Al día siguiente, a Llamp no se le ocurrió mejor idea que despertarme poniéndome una de sus pequeñas garras sobre la cara después de tumbarse sobre mi pecho; aunque daba igual, estaba bastante emocionado de haber llegado así que, después de reñirle, salí al balcón muy entusiasmado para darle un primer vistazo a mi nueva ciudad y, de repente, como si fuese un regalo del infinito, vi el amanecer, intenso como la mirada de mi abuelo cuando no había manera de que me aprendiese la tabla de multiplicar.  Y es entonces cuando, al cerrar los ojos, veo que mi abuelo es un niño sonriendo en la tolva de un camión que lo lleva desde Trujillo hasta Lima por las orillas de las playas del Pacífico. Veo que mi abuelo es un pájaro que entra en un taller para aprender el oficio de volar y de reparar coches y que, al sonreír, descubre que él es el cielo y a la vez el pájaro. Veo que mi abuelo es el taxista que lleva todos los sueños de los sindicalistas para compartirlos con las flores después de llevar a mi madre y a mi tía a la playa de Barranquito para que desalen las lágrimas de los peces. Veo que mi abuelo es la mañana que pasamos juntos preparando un “aguadito” de pavo que luego comimos entre risas por lo malo que le había salido. Veo que mi abuelo es el equipaje de las abejas cuando sus higueras corrían descalzas a darle los buenos días. Veo que mi abuelo es la mano que coge mi mano mientras me enseña a conducir el viejo Hillman verde de mi padre y, a su vez, también es ese amanecer en Mallorca que llega hasta mi lado, sonriendo.

Al poco rato llamo a mi madre a Lima para contarle que he llegado bien y, mientras hablamos, me doy cuenta que también mi abuelo es la sonrisa de mi madre aunque él ya no esté y sólo exista en esa partida de ajedrez infinita que alguna vez volveremos a jugar (y yo a perder) en algún lugar fuera de este mundo, cuando yo tampoco esté.

 

(Autor y su abuelo, Lima, Perú)

(Autor y su abuelo, Lima, Perú)

 

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Es enero del 2015 y aunque dejo de verme como uno que parece joven, he venido aquí, a Río de Janeiro, en plan mochilero. Hace tanto calor que el Cristo de Corcovado ha tenido que taparse la cabeza con un sombrero chino y correr hasta el Pão de Açúcar para endulzarse una nueva caipiriña bien fría. Yo no he probado ninguna desde que he llegado aquí ya que apenas tengo 100 reales para pasar una semana en Río (me han bloqueado 3 veces la tarjeta después de poner 9 veces mal mi código secreto) y me siento más miserable que un muñeco de nieve con gafas de sol deambulando por la playa de Ipanema. Me he pasado un buen rato caminando así que decido sentarme y ver el movimiento de las olas desde la orilla de la playa que, por arte de magia, me devuelven una y otra vez las huellas de las pisadas de mi madre sobre la arena de la playa de Ca’n Pere Antoni, en Palma, donde tú y tu madre y Llamp y yo compartimos tantas veces la felicidad. Entonces me pongo de pie y corro para arrojarme debajo de una ola que se aproxima solitaria y, de pronto, después de sacar la cabeza de debajo del agua, descubro que estoy en el océano Pacífico del Perú junto a mi padre y tengo –quizás- 8 o 9 años y ambos sonreímos y sonreímos y sonreímos.

Y sonreímos para retrasar los relojes de arena.

 

(el autor (tercero de izquierda a derecha) y parte de sus hermanos, en Lima)

(el autor -tercero de izquierda a derecha- y parte de sus hermanos, en Lima)

 

Barcelona, primavera del 2015.

 

(Como pueden imaginar, al salir del agua e intentar secarme bajo el sol descubrí entre mis bolsillos, totalmente mojado e inservible, mi único billete de 100 reales, lo que me hace pensar que la felicidad consiste en jamás dejar de ser -ni parecer- un idiota).

 

 

*(Lima, Perú), es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y autor de El libro de los espejos (2do Premio Copé de Poesía 2003 en su XI Bienal) y de La oscuridad de los gatos era nuestra oscuridad (II Premio Internacional de la Fundación Centro de Poesía José Hierro). Recientemente ha publicado El equipaje del ángel (XXVII Premio TIFLOS de poesía, Visor Libros, Madrid, 2014) y ha quedado finalista de la última edición del Premio ADONÁIS de Poesía 2014. En la actualidad reside en Barcelona.

 

 

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