Atenta lectura de Luis Alberto Arellano sobre el libro Perlesía de Ángel Ortuño.

Y no, no se hace referencia en ese poema a la poesía. Ni a la escritura. Aunque también. Muy generalmente se equipara a la poesía a una de sus representaciones. La poesía es aquello que hacen los poetas, diría el dictum. Por tanto, es tradición la sinécdoque que coloca a la poesía (el todo) como correspondiente a una de su partes (los pareados). Pero lo importante aquí es la fea, tan fea como lo poético formal en un pareado de versos. Versitos, diría el autor. Para qué la molestia. Desde Aleta dorsal, antología falsa, Ángel Ortuño nos viene repitiendo esta pregunta. Para qué molestarse con la poesía. Para qué el berrinche. Tan fea la pobre. Para qué el culto, la tradición, el engaño. Si nada tapa sus lonjas macilentas, sus barros colapsados, sus uñas descascaradas. Para qué, y me recuerda a un axioma de Julia Kristeva hablando de Céline: Lo repulsivo es aquello que nos es más cercano. Es decir, traducido del estructurañol: aquello que nos repugna, que nos produce arcadas, es aquello que está en nuestro interior, lo más íntimo de nuestro cuerpo. Nuestro relleno. Ángel juega con esa noción de poética de lo interior. Literaliza que la poesía sale de nuestro interior y lanza lo que le ocupa las entrañas: una galería de monstruos, sicópatas, episodios históricos, histerias y manchas cutáneas. Eso es lo que puebla sus poemas. Tiene dos instrumentos preferidos para desbordarnos con esta imaginería. Su primera weapon of choice es tomar el asunto por la mitad. Es decir, en canal. Nunca presenta en sus poemas esencialmente narrados un antecedente que logre contextualizar los rasgos del cuadro que presenciamos. Tampoco da indicios de dónde concluye. Literalmente a la mitad de todo, nos  muestra un episodio trunco que nos despoja de narrativa posible. Scene Missing es una forma de entender su proceder. Son poemas donde pasan cosas, pero que no podemos estar seguros de qué cosas son las que pasan, ni si forman parte de una historia mayor. Esta negativa de la secuencia tiene algo de metraje encontrado, como los trozos que sobran al editar una película y que alguien (el oscuro Quasimodo del estudio cinematográfico) recopilara para armar su propia película. La inconsistencia de personajes, situaciones, puntos de vista y escenarios, imposibilita el engarce de las imágenes del poema, de los poemas mismos dentro del libro, y más aún, de los libros entre sí. Perlesía, esa condición médica que imposibilita el movimiento, es una colección de poemas completa y totalmente distinta a, por decir algo, Mecanismos discretos, su anterior libro. No es que el recurso del montaje se abandone en otros libros. No, sino que los resultados son muy distintos porque la segunda herramienta de Ortuño se viene a presentar como algo que diferencia libro a libro una poética que ha sabido darnos batalla: la distensión sonora con que ataca Ortuño los poemas es muy diversa entre libro y libro. Por qué, si la pobre es tan fea como ella misma, se toma la molestia Ortuño de ensayarle nuevos vestidos. Porque es así como logra un efecto de distancia, de foco de lo encontrado en el gran imaginario que pone sobre la mesa. Sus versos, su presentación gráfica, son de una plasticidad sonora muy superior a los, así llamados por sí mismos, poetas experimentales que le rinden culto. Siempre aventura una novedosa forma de simular un monólogo que permite la presentación de la escena armada con la pedacería de los discursos hegemónicos. La cultura que se queda al margen, y que los decentes intelectuales mexicanos sólo miran de reojo en los estantes vecinos, como si de pornografía hardcore se tratara (también de eso hay, pero no es lo esencial), esa cultura no culta , esa mirada camp sobre los fenómenos y las relaciones es la que alimenta los poemas de Ortuño. Y es a ese yonke kitsch y bizarro al que Ortuño le rinde homenaje con una habilidad verbal y sonora poco transitada en la poesía mexicana actual. Perlesía, es otra vez, un arma que por medio de la inmovilidad convocada en su título encañona a la tradición poética a avanzar, ojos vendados y manos atadas, sobre la barandilla frente al despeñadero.

 

 

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