Por: Ernesto Lumbreras

 

La matriz alemana e inglesa del alma romántica dio origen a una serie de revoluciones en el pensamiento estético y filosófico presentes hasta el día de hoy. Los poetas malditos de la Francia del siglo XIX, las vanguardias artísticas de comienzos de la centuria pasada o la Generación Beat no se pueden explicar del todo sin el legado de Coleridge, Novalis, Blake, Hölderlin, Wordsworth, Schiller, Byron… En otro contexto y con otra denominación, en los Estados Unidos, la impronta del romanticismo permeó la visión de dos de los tres poetas fundacionales de la poesía norteamericana: Poe y Whitman. La ascendencia de la Dickinson, dada su extrema singularidad, proviene de otra tradición, es una aventura centrípeta a la esencia de la lengua. De estos tres afluentes, será la geografía sensorial recreada por el autor de Hojas  de hierba donde los beatniks habrán de reconocerse y de iniciar, con los necesarios añadidos y adecuaciones, sus cuestionamientos y revueltas al status quo de la era posindustrial y del sueño americano.

Las cimas de las figuras públicas de la generación Beat ocultan la existencia de otras voces, ajenas a la estridencia protagónica y a los reflectores de la fama, apartadas por deseo propio a un ámbito donde vida y escritura se conciben como un mismo flujo del espíritu. Bajo ese esquema periférico, pero nunca marginal, Lew Welch (1926-1971) concibió una obra lírica compuesta bajo el dictado de un credo, sí, compartido por una cofradía, pero al que incorporó tonalidades y atmósferas únicas, un anecdotario personalísimo con revelaciones de la poesía en la vida y en la indómita naturaleza, un fraseo, ora telegráfico, ora en el registro ideal para  conversar entre amigos. Algunos años antes de su partida suicida, en la Sierra Nevada de California, el poeta ordenó su poesía reunida bajo el título de Círculo de hueso, libro que por no vería publicado. No obstante la frugal y rigurosa selección, al lector hispánico de Lew Welch le es dable sondear el calado de su propuesta marcada por la experiencia vital trasmutada invariablemente en experiencia de lenguaje: “Cuando conduzco el taxi / todos pueden mandarme, no obstante estoy al / mando de todos.”

Reconociendo la tutela de Gertrude Stein y William Carlos Williams, ambos artífices de la invención del inglés americano, Lew Welch encarnó en su vida y en sus poemas los personajes aparentemente antagónicos del vagabundo y del eremita. “Taxi suite”, “Poema de Chicago” y la serie de “Camino de vuelta” dan cuenta del primer perfil donde el viaje –uno de los tópicos del movimiento beat− se asume como un proceso de autoconocimiento y, en esa medida, de iniciación. En su segunda personificación, el poeta hace de la biosfera alrededor del Monte Tamalpais, en California, una suerte de Arcadia –permanentemente amenazada− a la que consagró un grupo de poemas de primer orden, en especial, “La canción del Zopilote”, texto anticipatorio de su decisión de quitarse la vida y dejar su cuerpo, a la usanza tibetana, al ritual de las aves del vuelo circular: “Exactamente lo opuesto a la / muerte / ave del renacer / Zopilote / la carne podrida vuelve a ser / dulce otra vez y / magra, inmortal, planeador de alas / inmóviles hasta no ser sino un / punto en el más alto cielo.”

Gran poeta menor, Lew Welch se deja respirar, sin casticismo, en un castellano preciso y musical gracias a los buenos oficios de los poetas Benito del Pliego y Andrés Fisher, sus esmerados traductores. Entre las grandes luminarias de la Beat Generation, este poeta nacido en Arizona e integrante del renacimiento de San Francisco, dejó tras de sí un mito, pero también, lo más relevante, varias piezas líricas donde confluyen la verdad de un espíritu noble e insumiso que se resiste a dejar el mundo al borde del colapso.

 

 

Lew Welch, Círculo de hueso, Traducción y prólogo de Benito del Pliego y Andrés Fisher, Varasek Ediciones, Madrid, 2013, pp.164.

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