Por: Odysseas Elytis*

Traducción y notas: Mario Domínguez Parra

Crédito de la foto: www.hotelveritas.gr

 

  

Odysseas Elytis

Una carta sobre el Surrealismo

 

 

Mi querido Ceotokás[1]:

 

Me alegré mucho de ver que se hacía realidad tan rápidamente el deseo que yo había formulado –malinterpretado también por ti, desafortunadamente– en mi artículo «Los peligros del saber a medias» y con satisfacción veo que la conversación sobre el Surrealismo pasa a manos más dignas. Estoy muy dispuesto a afrontar tus objeciones; sólo querría manifestar directamente, desde el principio, que si fuera surrealista utilizaría, intencionadamente y procedente del arte bélica, otro tono –intenso, agresivo, implacable. Ahora que (como también te ocupaste de recalcar en aquel artículo tuyo en Europe) quizás me encuentre cerca de él, aunque no lo creo, ahora que yo también tengo mis objeciones, me parece que podemos sentarnos y hablar sin miedo ni pasión. En los puntos en los que estoy de acuerdo contigo no insistiré; prefiero empezar con mis desacuerdos.

 

(1) Primero que nada, la comparación que haces del Surrealismo con la crisis económica en el desarrollo social no sólo es atrevida, como tú mismo dices, sino inexacta y peligrosa, por los malentendidos que puede acarrear. Encuentro que encajaría mucho más si la hicieras, en concreto, con el Dadaísmo que, como también sabes, no se apoya sobre ninguna base; permaneció, en su intención, negativo, destructor y alborotador; no dejó ninguna obra, sino que simple y llanamente marcó una época de crisis en la que las viejas formas de la poesía y del arte retrocedían frente a una postura espiritual no aparecida todavía, nueva, que gestaba el futuro. Por tanto, si el Dadaísmo sirvió de algo y se justificó históricamente (en todo caso, más que el histriónico Futurismo), fue exactamente porque colaboró en el nacimiento de una nueva percepción de las cosas, gran parte de la cuál representaba el Surrealismo, basado éste ya en teorías concretas que abrazan todas las manifestaciones del espíritu y con una valiente ofrenda de obras que ni tú ni yo estamos todavía, a día de hoy, en disposición de juzgar ni de designar.

 

(2) Después comparaste el Surrealismo con el Futurismo y el Cubismo; esto no es justo. ¿Puedes decirme, por favor, cuál era el contenido del Futurismo? ¿Quizás la estética de las máquinas, de los puentes y de los aviones? Pero para descubrir esto no era necesario que fuéramos golpeados por las palabras resonantes y los Manifiestos bombásticos del señor Marinetti. Y después, ¿qué obra futurista viable conoces, qué poema me puedes indicar, que cierre estos orígenes con existencia artística y autonomía emocional? Esto lo vimos y decidimos que la introducción de los motivos materiales de nuestra época (máquinas, coches, etc.) producía un arte moderno más falso, más descriptivo.

Los verdaderos poetas de la nueva realidad, pertenezcan o no al Surrealismo (Rimbaud, Lautréamont, Eliot, Ungaretti, Éluard, Supervielle, Jouve, Lorca, Salinas), centraron sus esfuerzos en los temas eternos de la Naturaleza, el Amor y la Muerte. En lo que tiene relación con el Cubismo, hablaré con mucho más respeto y no sólo porque tiene un contenido más esencial y una influencia más beneficiosa en un tiempo histórico concreto, sino porque produjo algunas obras que permanecerán, como algunas de Picasso, de Braque o de Léger. Desafortunadamente, el Cubismo sólo se redujo a la pintura (se manifestó como reacción heroica en la disolución del dibujo, de la línea y de la forma que habían producido los impresionistas, forzando su técnica hasta el Pointillisme[2]), con alguna fértil, pero siempre con resultado, prolongación en la arquitectura y en la decoración. Si existen algunos poetas que se consideren cubistas, como Pierre Reverdy o Max Jacob, tomaron esta denominación solamente por la lucha pública de sus amigos los pintores cubistas. En el fondo, su obra no tiene nada que ver con la teoría anterior. Al contrario que estas Corrientes, el Surrealismo se manifestó más profunda y normalmente, con mayores acciones, indiscutiblemente penetrantes a todos los niveles de la expresión humana.

 

(3) Me dirijo, ahora, en lo que sigue, a las relaciones del Surrealismo con el Romanticismo, el «Romanticismo hasta el extremo», que representa, como dices, el primero. Esto no lo pongo en duda en absoluto y es verdad, toda vez que sus mismos partidarios lo aceptan y lo manifiestan. Me temo, sin embargo, que esta frase nuestra se malinterpretará aquí mismo y verás que la repetirán todos de manera poco profunda e insoportable. Porque les da un molde fácil que contiene todas sus preocupaciones y les ofrece una solución soporífera. Hablarán de un nuevo Romanticismo, también de un nuevo Clasicismo y, en su comprensión, esta diferencia se limitará a un desplazamiento temporal de un mismo fenómeno. Lo terrible, lo profundo, lo revolucionario de raíz de este nuevo Romanticismo lo dejarán, con superficial conciencia, al margen[3].

 

(4) Apuntas también, mi querido Ceotokás, que no crees en absoluto en el futuro de la escritura automática y de la pintura delirante. Pero es que yo tampoco creo en él y aquí hay un punto en el que estoy de acuerdo con mi amigo Andreas Embirikos. El Surrealismo pasó por la escritura automática, llegó sin embargo a configurar una nueva forma de pensamiento[4] y, en consecuencia, un nuevo funcionamiento espiritual en el modo de formulación, que se amolda con aquello que podríamos llamar claridad de la emoción.

Poco o mucho, todos han superado el automatismo. He visto manuscritos de Éluard con muchas correcciones y sé que Tzara incluso utiliza diccionarios. Esto no tiene importancia. No quiero, de nuevo, que creas que no creo en el «hecho» de la escritura automática y en su eficacia. Y digo esto porque muchos están en desacuerdo, incluido tú, como recuerdo que me dijiste una vez sobre Embirikos. No obstante, puedo asegurarte que muchos poemas que Embirikos ha publicado últimamente los ha escrito frente a mí d’un jet[5], como dicen, y que yo mismo he escrito multitud de poemas parecidos frente a amigos míos, con la diferencia que yo no los publiqué ni los publicaré nunca, porque pienso, lisa y llanamente, que dentro de este material luminoso se necesita, en cualquier caso, una intervención voluntaria, digamos, que neutralice los parásitos y dirija este flujo de un punto a otro. Fíjate que, sólo por esta razón, los surrealistas nunca me tolerarían[6].

 

(5) Por último, concluyes con la deducción de que «el Surrealismo se apagará poco a poco y que esto obligará a la literatura y al arte del siglo veinte a abrir algunas ventanas hacia la región de lo divino y de lo fantástico». Por supuesto que se apagará; tampoco afirmó en ningún momento que, como movimiento, permanecería eterno[7]. La pregunta es si dejará también obras, acontecimiento que tú excluyes pero que otros esperan, teniéndolo como algo que se da por hecho. Pero si esto tampoco ocurre, su gran papel quedará en la curva de los centros de la conmoción y en su profunda influencia, mucho más importantes que aquéllas que mencionas, es decir, la apertura de varias ventanas hacia la región de lo divino y de lo fantástico. Y fíjate, no de lo divino. Al contrario, los surrealistas atacan lo divino porque constituye, como dijo nuestro amigo Rantos[8], el cadáver del sueño. Damos importancia al sueño, al sueño como liturgia subconsciente, al sueño en su duración, si me permites la expresión.

Otra ofrenda del Surrealismo es que nos enseñó a discernir, en contra de todo fanatismo, la falsa filología de la verdadera esencia poética. Que nos enseñó a no describir las emociones, sino a producirlas, a reproducirlas, para que así queden poemas de viva palpitación y no secas fotografías verbales. Prueba tú mismo a ver los diferentes poemas de los jóvenes en las revistas conservadoras, en ??a St?a[9], por ejemplo. ¿No te descorazonan, dime la verdad, tantas direcciones falsas? ¿No te asquean tantas lunas, tantas palabras dulces, tantos amores baratos, que no completan ni un grano de poesía? Esto ocurre también en Francia, (tú mismo lo viviste en aquella época), hasta el momento en que llegó el Surrealismo y obligó a la gente a no tolerarlos ni a perdonarlos nunca.

Para terminar, quisiera felicitarte –aunque no necesitas las felicitaciones de un amigo más joven e insignificante– por la parte en que dices que crees que «nuestro primer deber es tener nuestro espíritu abierto hacia todos los lados para entender qué ocurre a nuestro alrededor». ¡Qué bueno sería para la vida espiritual de la patria si algunos de tus defensores, colegas y prosistas presuntuosos, pensaran de la misma manera! Desafortunadamente… ¿Pero qué le vamos a hacer? Sé muy bien que con toda esta hipótesis me he ganado muchos enemigos y la antipatía general de nuestro ambiente filológico. Te juro que no he nacido para el halago y que la creación artificial de la fama y la simpatía es la última cosa que tengo en cuenta.

 

1938.—

 

 

Nota explicativa

Este texto forma parte del libro de Elytis Las cartas sobre la mesa (?????t? ?a?t??). Odysseas Elytis (1911-1996) escribió esta carta a Yorgos Ceotokás en una época en que el Surrealismo ya había entrado en Grecia, gracias a la célebre conferencia del poeta, novelista y psicoanalista (desde 1935 hasta 1951) Andreas Embirikos (1901-1975), que tuvo lugar en el «??s?? ?a???t?????» (Círculo de Artistas) de Atenas en 1935.

 

 

 

 

 

*(Creta, Grecia-1911). Poeta, ensayista y traductor. Premio Nobel de Literatura en 1979. Abandonó los estudios de Derecho  en la Universidad de Atenas para dedicarse al ejercicio literario; años más tarde, en 1968, estudió Filología y Literatura en La Sorbona de Paris. En la década de los años treinta, influenciado por las tendencias surrealistas europeas, inició una brillante carrera literaria que se extendió hasta el final de su vida, con interrupciones durante la segunda guerra mundial en la que sirvió como teniente en las filas contra la ocupación de italianos y alemanes, y en algunos períodos de la dictadura griega. Fue galardonado con el Premio Mediterráneo de poesía en 1988, y honrado con el Doctorado Honoris Causa de las universidades de La Sorbona, Roma 1987  y Atenas 1987.



[1] Yorgos Ceotokás (1905-1966), novelista y ensayista griego.

[2] Puntillismo.

[3] En su texto «??????? µ?a? de?aet?a?», «Crónica de una década» (?????t? ?a?t??, Las cartas sobre la mesa, 423), Elytis reproduce una conversación con Paul Éluard, en la que mencionan, entre otras cosas, la nula conciencia del futuro de sus obras que tenía Rimbaud, predecesor del Surrealismo según Breton: «–Y sin embargo, el Surrealismo era un Romanticismo en extremo. –En extremo, exactamente. Por ello también lo vuelve del revés. Pisó la otra orilla. Cuando el sujeto se simplifica hasta el punto de disolverse, no queda más que el objeto».

[4] En griego antiguo en el original: «?????».

[5] En francés en el original: «de una vez».

[6] Con respecto a la escritura automática, vid. ?????af??? ta??d?a st?? ????da (Viajes costumbristas por Grecia, http://www.embiricos2001.gr/yper1.htm), en concreto la conversación entre el introductor del Surrealismo en Grecia, Andreas Embirikos (1901-1975), el poeta Nikos Gatsos y el poeta y crítico literario Andreas Karantonis. En un momento, Embirikos dice lo siguiente: «La escritura automática es uno de los elementos básicos del Surrealismo. El modo de expresión más inmediato, podríamos decir. Para que tal modo de expresión se manifieste, tenemos que recibir en nuestro ser los mecanismos escondidos del sueño, que nos descubrió Freud».

[7] Embirikos menciona sus orígenes como surrealista en el texto «Amour-Amour», de 1939: «Aquí debo decir cómo me ayudaron en la expresa comprensión y la asimilación del surrealismo, por un lado mis conocimientos psicoanalíticos y por otro la filosofía de Engels. Desde aquel día, comencé a utilizar la escritura automática, escribiendo poemas y textos febrilmente y con verdadera pasión de recién iluminado. Más tarde (en 1935) reuní algunos de mis primeros escritos surrealistas y los imprimí bajo el título Altos hornos. Este libro constituye la primera manifestación verdadera y la primera práctica del surrealismo en Grecia, si exceptúo una selección que hice sobre el movimiento y sus aspiraciones la primavera del mismo año. En aquella época, muchos críticos hablaban y escribían burlonamente sobre este libro y sobre el movimiento que representaba. Hoy, algunos de ellos flirtean con los surrealistas, hablando de un “bien entendido” –¿cuál será, supuestamente?– surrealismo, que ellos mismos, cómicamente, quieren valorar, mientras que no hace mucho todavía propagaron la idea de que el surrealismo murió y fue enterrado. Por supuesto mantienen muchas reservas, muy características de su pusilanimidad, sobre todo con respecto a lo que exactamente constituye la columna vertebral y la esencia de la teoría, y muestran –al menos la mayoría– que no entendieron nada o aspiran, en este caso, a la reinstauración de su prestigio en declive, en presencia del público y de los poetas jóvenes, cuyo interés por el surrealismo aumenta cada día» (Escritos o Mitología Personal (1936-1946), pp. 14-15, Ediciones Agra, Atenas).

[8] Nikitas Rantos es uno de los pseudónimos del poeta y crítico de arte Nikólaos Kalas (1907-1988), el que utilizó para su obra poética (vid. la entrada « Kalas, Nikólaos » en el Diccionario de literatura neogriega, Ed. Pataki, 2008).

[9] Nea Stía, una revista literaria.

Deja un comentario