Por José Gregorio Vásquez

Crédito de la foto www.confuciomag.com

 

 

Octavio Paz.

Libertad bajo palabra

 

Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche.

O.P.

 

La sílaba olvidada del comienzo

Octavio Paz* fue un universo en la poesía, un acontecimiento en la creación poética para nuestro tiempo ciego y acallado. México: el centro de su palabra. Allí creció bajo el cuidado de una biblioteca heredada por su abuelo. Creció con el sueño de una vieja casa de fines del siglo XIX a las afueras de la ciudad de México. Allí respiró la frondosidad de la aventura: una rama de viento que le hizo explorar la vida y en ella las palabras de la vida: esas que recorren con la sangre el alma de los silencios. Heredó ese copioso mundo de la soledad. Lo hizo suyo en cada gesto traducido bajo el cuidado de otros dioses. En las palabras: movimientos, el aura callada de la agonía. La voz de los contemporáneos también se hizo su voz, una sombra de tiempo en la creación. El abismo de la soledad de otros se hizo también suyo. Octavio Paz dice de sí en cada línea de sus poemas y al decirse se va olvidando en el sonido para volverse nuevamente poesía: eco profundo de la existencia.

Hacia dónde nos lleva la palabra. Hacia la hondura silenciosa de otras palabras o hacia la superficie llana de los silencios. El poeta sale a un exilio para regresar luego con los ojos abiertos y así comunicarnos la experiencia sagrada del lenguaje. Octavio Paz hizo palabra en la palabra de la tradición poética. Nos trajo de otros esplendores, de otros amaneceres, de otras noches, de otros soles su fuego secreto y permitió que la palabra fuera casa de la poesía. La verdadera palabra es casa de la poesía y el poeta, el indudable artífice de esa palabra, se vuelve música en el lenguaje secreto de la vida, es él quien hace que lo pequeño, lo aparentemente invisible, lo privado de significado, lo lejano, se haga propio, vívido, natural y muchas veces tan cercano que por momentos se olvida, se borra, se disipa en la agónica y artificial carrera que es la vida. Quizás esas pequeñas cosas son las que hacen el día, son las que duermen y cuidan la noche, son las que el poeta protege para el tiempo, para el sonido del poema.

 

El poeta Octavio Paz en su juventud.
C. 1935

 

La poesía no ambiciona como casa una cárcel de papel; ese no es su verdadero destino. Sin embargo, nos esforzamos en atraparla y creemos que lo hacemos al ponerla bajo el dominio de la tinta. Algo de su esencia fundamental se queda por fuera; algo de su esencia fundamental no resiste el caparazón que le imponemos. Al hacerlo, la llevamos hacia el olvido y la resequedad, y contribuimos quizás, incansablemente, y sin darnos cuenta, con esta pena.

La poesía está en la memoria y en el sonido que nace del recuerdo que trae cada palabra venida de otro tiempo, de otra tradición, de otro lenguaje más ajeno que añoramos y que los poetas saben subir a otras escalas musicales del lenguaje. Así es la poesía de Octavio Paz, y aquí estamos rindiendo un homenaje a una obra que sobrepasa la imagen de un poeta. Pero el poeta ha hecho que esta obra tenga el sustento de una tierra, la magia de muchos paisajes, las voces de muchas tradiciones, el canto de todos los hombres, el canto desolado de muchos pueblos, de los dioses que ya no caminan esos pueblos, esos que ahora vuelven en la palabra y lo hacen porque vienen a llenar este vacío tiempo que nos sorprende aquietados. Paz se hizo poesía en la poesía y en el papel silencioso de la música tañida por el viento del poeta.

 

 

El poeta siempre anda guardando en las palabras ese misterio. La búsqueda del poeta que no tiene lugar, pero preserva todos los lugares para quienes a través de él andan en el mundo con opaca luz. Paz siempre será recordado por ser esa otra voz, esa que el hombre ya no tiene y necesita. Esa voz que duerme en el fondo de cada hombre y no ve y no escucha y no recuerda.

Desplegó un abismo para entrar en él. La palabra para cubrir la dilatada tinta; el papel poroso del instante para dejarse en la hendidura de un tiempo y la fuerza de ese tiempo en este ahora. Un poeta vive bajo la forma y el amparo de la memoria. La memoria de su tiempo es una casa. Al abrirla entra en diálogo con la tradición y la noche. El ámbito de su poética es esa tradición que lo vincula con el aire de su vida. La memoria abierta que da posibilidad a un diálogo mayor de otras voces que todos tienen y llevan y olvidan.

 

El destino de las palabras

Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo

y me levanto y piso con pies ciegos

las piedras mudas y las hojas secas

y alguien detrás de mí también las pisa:

si me detengo, se detiene;

si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie.

Todo está oscuro y sin salida,

y doy vueltas y vueltas en esquinas

que dan siempre a la calle

donde nadie me espera ni me sigue,

donde yo sigo a un hombre que tropieza

y se levanta y dice al verme: nadie.

 

El poeta es quien transforma el instante con palabras para resguardarlo en el recuerdo. Paz siempre señaló que su destino era el destino de las palabras. Su vida estaba hecha de piel y tinta, de años y sonidos en los años del lenguaje. Hizo vida en las palabras. En las publicaciones periódicas que ayudó a formar a lo largo de su vida. Los episodios que son su vida se guardan en fechas singulares, fechas que le permitieron saltar de un vació a otro. Así, 1936, el comienzo olvidado de la Guerra Civil española, es uno de los ejes centrales en la transformación de la vida del poeta. Alberti había pasado por México en esos instantes. Es él quien lo motiva, a su paso por México a ir a España, invitado por la mano de Neruda. Ese viaje casi iniciático en su vida poética, le permitirá, por encima de todos los contratiempos, viajar al Congreso de Valencia en 1937. De este viaje queda el poema y la música dolorosa de la guerra. Paz y Pellicer viajaron a España como representantes de México en Valencia. Luego pasarían por Madrid, y el lugar que preserva aún este recuerdo es el poema. El poema se hace eco de tiempo, sonido doloroso de la aciaga vida.

 

 

Se encontraron con la España derrotada y en rodillas, la España que padeció la calamidad infausta de la guerra. Los poetas gritaron por encima de las palabras. Gritaron el dolor de esta pena. Pero la pena fue más fuerte. La pena venció a muchos, olvidó a otros muchos, silenció a todos. De regreso a México ―Paz siempre fue y vino, siempre estuvo fuera con su alma adentro de México― es Alfonso Reyes quien lo impulsa de nuevo a salir de México, y esta vez hacia Estados Unidos. De ese y otros muchos encuentros con ese país, se permite ver lo esencial del mexicano y su destierro, y su exilio, y su abandono. El otro lado es el que queda de la magia de encontrar la poesía inglesa, no sólo la norteamericana, sino la tradición de la poesía venida de Inglaterra y sus sonidos milenarios. La tradición es un río grande que atraviesa la vida. De la tradición inglesa nos llega la poesía de Ezra Pound, la poesía de Eliot, la de Whitman, el mágico e inigualable poeta que nos abre un lugar en lo infinito.

Viajó con las palabras del encuentro para buscarse a sí mismo. Castillo Nájera lo encomendó a entrar en el servicio exterior. Fue un lado en su vida la carrera diplomática, muy lenta y en sus palabras “bastante mediocre”, porque su fin no era sobresalir sino estacionarse en el mundo de los otros, hacerse de los otros, volverse amigo de lo entrañable. Eso hizo la vida de Paz en sus distintos viajes por el mundo. De esa magia vienen las enormes páginas de sus obras. Los instantes protegidos del lenguaje.

Viajó así a la Francia de la postguerra, la Francia empobrecida y enlutada también por esta pena. Cuando Paz va a Francia estaba en auge el Surrealismo: y se hizo lugar en él y con él la cercana amistad de Breton, Georges Bataille, Perec, entre tantos otros. Fue un comienzo singular y su cercanía al mundo del arte y la vida a través surrealismo: allí se acercó a los grandes creadores de su tiempo, luego sus amigos. Pasó invisible por este tiempo, pero quedó en él la huella perenne. De este diálogo quedó el diálogo mayor con hombres como Albert Camus, Picasso, Dalí, Breton, Buñuel, entre tantos y muchos otros; también fue el tiempo de sus contemporáneos latinoamericanos en París: García Márquez, Cortázar…

 

Octavio Paz, Jorge Luis Borges y María Kodama, en la capilla del Palacio de Minería.
1981.
Crédito de la foto Paulina Lavista

 

La poesía se hizo para transformar el mundo y para ver profundamente a través de ella la esencia pura de las imágenes. A través de Buñuel vio al México profundo y olvidado que nadie quería ver ni respirar. Nos enseñó a comprender ese misterio negado del tiempo. Luego vendrían otras experiencias, años singulares detrás de esas experiencias en sus viajes a oriente. Fue a la India. Viajó así a otro de sus destinos: una India que le permitió experimentar otros sonidos, otras tradiciones, otros guardados misterios. Era el comienzo de una India gobernada por sí misma, lejos del dolor que la llevó a independizarse. La India y en ella la maravilla de los poemas clásicos. De la experiencia en India quedan las huellas inminentes de la magia singular de la música y el sonido de la tradición reflejadas en muchos de sus textos más emblemáticos.

Luego vendría la experiencia en Japón. Le corresponde a Paz ir al Japón destruido por la fuerza criminal que intentó destruir el alma de un pueblo. Fue un tiempo difícil para Paz. En Japón comenzó a vivir la hondura y la pureza de una palabra carente de otros referentes. Agua que corre por las páginas de un tiempo ya hecha sonido en el alma de un pueblo casi ausente. En Tokio descubrirá la poesía del detalle, de la palabra casi hecha silencio. A su regresó a México, no viene solo, se trae consigo la tarea de hacer más cercana esa enorme tradición y lo hace con el trabajo de la traducción de Sendas de Oku de Basho. Anduvo bajo las formas y los sonidos y los contrastes revelados en la magia de los dioses de una lengua que se detenía en el instante sagrado de la palabra: esa palabra que abre y cierra el universo bajo la llama de una mirada. Estas dos experiencias en Oriente le permiten a su poética volverse no solo erótica, sino sencilla y pura. También le permite a su palabra regresar al sonido intacto de la imagen.

 

Ladera Este

 

Así como del fondo de la música

brota una nota

que mientras vibra crece y se adelgaza

hasta que en otra música enmudece,

brota del fondo del silencio

otro silencio, aguda torre, espada,

y sube y crece y nos suspende

y mientras sube caen

recuerdos, esperanzas,

las pequeñas mentiras y las grandes,

y queremos gritar y en la garganta

se desvanece el grito:

desembocamos al silencio

 

 

Paisaje de tiempo. Erótica del silencio. Forma y recuerdo de formas milenarias. Pasan así las palabras de los otros. Las sonoridades de los otros. La espuma celeste de los otros.  Octavio Paz vibró en sonidos de otros sonidos ausentes ya en nuestro tiempo. La filosofía budista y el amor se quedaron en sus páginas. Morir representó no el final sino la ausencia. Negarse es crecer, lo que levanta y sostiene la caída es esa luz apagada del horizonte, esa que tomamos como destino.

Después de Oriente viene el regreso a México. El regreso luego de un tormentoso acontecimiento y no tan cercano a él sino después de muchos años: la noche de Tlatelolco. En 1968 los movimientos que comienzan en oriente y que luego se vienen a Europa y América con aires renovados y transformadores, también hacen que en México se griten esos aires de cambio. Fue un año tormentoso para Paz cuando sucede el dolor de Tlatelolco. La masacre que empuja al poeta a salirse de la representación de la política de las relaciones diplomáticas para entrar en otro lugar que le tenía reservado el tiempo. Así dio un salto en su vida activa y política, pero sobre todo un salto en su vida poética e intelectual. Regresa a México a pelearse con la acción de un hombre que quería transformar el instante agobiado y cerrado de la cultura de entonces. Nace Plural, una consigna que abrió voz a los cambios en el México de entonces. En 1976 funda Vuelta. Su tarea incesante le abrió muchos caminos y muchos problemas. La voz de un poeta atormenta a los otros. Buscó a través de estas publicaciones otras voces para la creación de un tiempo otro que México, que Latinoamérica diría, necesitaba. Esa voz vino de todos los lugares, de todos los amigos, de todos los haceres que Paz fue preservando en las páginas de la memoria de esas publicaciones. Buscó en el periodismo poético y político comprender los distintos fenómenos de la cultura. Las misiones de la vida que le ayudaron a descifrar el tiempo. Los años que le hicieron conocer los oficios y los trabajos de los hombres en una ciudad ya tan distinta a la ciudad que lo vio nacer. Su poesía tenía la magia de otras ciudades, de otras palabras, de otros amigos. Las hizo luego formas para comunicar el tiempo. Poéticas que preservaban la magia del silencio de los otros. Sus palabras estaban tatuadas por esos viajes y lugares, por esos otros colores: amigos de los sonidos milenarios de otras culturas; las trajo a México, las hizo suyas para darlas a los otros. Se convirtió así en la imagen y el centro de la cultura mexicana de entonces. La cultura y la literatura lo hicieron maestro de ese tiempo.

Latinoamérica tiene la fortuna de tener en Octavio Paz a una figura polémica, controvertida, audaz, casi única, con un talento universal y una poética que resguarda para la lengua española la tradición y la labor esencial del lenguaje. Fue la voz de la poesía sin tiempo ni distancia. Fue la voz que luchó por comprender su entorno, su cultura, su manera de hacerse palabra y mundo para cada hombre, mundo que hace y busca la propia libertad: la libertada bajo la palabra.

Nada es ajeno a la palabra, incluso la muerte, aunque reseca el lenguaje saca también de él la lágrima dolorosa y la vuelve sobre el papel con ese dolor y con esa pena. Esa es la tarea de quien reúne la vida día a día haciendo notas, poemas, fórmulas sagradas para decir, volcando el instante en un lenguaje que sabrá reconocer para su lejano tiempo y volverlo para los otros, para esos otros que no se olvidan. El poema viaja así entre el día y la noche atravesando el lado oscuro del sol para poder decir y sonar en la inefable música de la poesía. El poeta sabe que la palabra no tiene estancia segura y la busca, y la acomoda, y la trata y la envilece por momentos, y la eterniza cuando la siente cercana, profundamente cercana hasta hacerla llegar al sonido profundo del poema.

 

El poeta Octavio Paz

 

En ese lenguaje y en su límite, seguirá estando la poesía: morada de la palabra, morada del silencio. El poeta será siempre un perseguidor y un perseguido que quebranta la casa del verbo, buscando saber decir, saber callar; saber comunicar con la palabra lo que hay más allá de la palabra; comunicar el mundo oculto, el lado sagrado, el más profundo del verbo; comunicar su silencio, su música, su aire antiguo y cercano entre nosotros. Es ese silencio secreto la de esta voz la que nos ofrenda el poeta desde la vida y desde la poesía. La poesía escrita y olvidada, escrita con dolor y alma sobre el papel reseco del tiempo.

 

Tendida,

piedra hecha de mediodía,

ojos entrecerrados donde el blanco azulea,

entornada sonrisa.

Te incorporas a medias y sacudes tu melena de león.

Luego te tiendes,

delgada estría de lava en la roca,

rayo dormido.

Mientras duermes te acaricio y te pulo,

hacha esbelta,

flecha con que incendio la noche.

El mar combate allá lejos con espadas y plumas.

 

 

 

 

*(Ciudad de México-México, 1914 – Ciudad de México-México, 1998). Poeta, ensayista y diplomático. Recibió el Premio Xavier Villaurrutia (1957), el Premio Cervantes (1981), el Premio Nobel de Literatura (1990), el Premio Príncipe de Asturias (1993), entre muchos otros. Publicó en poesía ¡No pasarán! (1936), Libertad bajo palabra (1949), Piedra de sol (1957), Salamandra (1962), Renga (con Jacques Roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson, 1972), Air Born/Hijos del aire (con Charles Tomlinson, 1979), Obra poética (1935-1988) (1990), entre otros; y en ensayo El laberinto de la soledad (1950), El arco y la lira (1956), Las peras del olmo (1957), Cuadrivio (1965), Los hijos del limo. Del romanticismo a la vanguardia (1974), Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (1982), La otra voz. Poesía y fin de siglo (1990), entre otros.

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