Reproducimos en Vallejo & Co. el texto que leyó Adalber Salas Hernández para la presentación de la plaquette Nueve gacelas por el monte Líbano, del poeta cubano-español Rodolfo Häsler, editado por Ediciones Pen Press en la ciudad de Nueva York, E.U.A. este 2014.

El texto mencionado fue leído en el King Juan Carlos Center, en New York University, el pasado 23 de octubre de 2014.

 

 

Por: Adalber Salas Hernández

Crédito de la foto: Izq. Mercedes Roffé

Der. © Daniel Mordzinski

http://adriancuassolo.blogspot.com/2014_03_25_archive.html

 
 
 

Nueve gacelas por el monte Líbano,

de Rodolfo Häsler

 
 
 

Para mí, presentar a Rodolfo Häsler es un honor doble, un honor que se bifurca. Por una parte, está el aspecto privado, que ahora comparto con ustedes: la amistad de Rodolfo me ha acompañado desde hace ya unos cuantos años –seis, si no me equivoco. Empezó gracias al azar benévolo de los amigos comunes, con un libro que debía entregarle y cuyo título ahora significativamente no recuerdo, pero que bien podría llamarse Reapariciones y reparaciones o La terquedad de las palabras.

 

En todo caso, el intercambio de libros ha sido el hecho que ha signado y dirigido nuestro vínculo: cada vez que nos encontramos él me entrega unos, yo le entrego otros. De hecho, hace pocas horas puse en sus manos una antología de la obra poética de Ida Gramcko y un volumen de ensayos míos.

 

Por supuesto, algunos de los libros que han migrado así son los suyos, los cuales he leído y releído. Y este es el segundo honor que me toca hoy: presentar a un poeta cuya obra es a un tiempo certera y delicada, insólitamente natural en su tratamiento de los asuntos más diversos, rápida en hacerse un lugar en la propia geografía lectora. Ya que mencioné el vaivén de los libros, valdría acotar que algo parecido sucede en su escritura: esta también vagabundea, se entrega a la deriva, se permite asumir o apropiarse de distintas voces, distantes en cuanto a tiempo, espacio y cultura.

 

Desde el orfismo de la antigua Grecia hasta los dioses yoruba metamorfoseados por el culto de la santería, pasando por la Viena de principios del siglo XX o la Habana prerrevolucionaria, sus poemas viajan con soltura, se enmascaran en un juego de ocultamientos y revelaciones. Rodolfo pareciera decirnos –o en efecto nos dice– que la poesía cuenta entre sus prerrogativas el filtrarse en la intimidad de todas las criaturas de este mundo –objetos, personas, animales, deidades inclusive– para hablar desde ellas, para otorgarles una voz con la cual puedan decirse.

 

Sin presunción, sin ánimo de encandilar, la escritura de Rodolfo nos regala poco a poco un rosario de asombros –quizás los que le son más propios, los inalienables– sin apuro. Tenemos que afinar el oído para escuchar sus poemas: logra que nos detengamos y realmente prestemos atención. Y así nos quedamos con ellos, así se vuelven voces familiares, genuinas amistades.