Por Iván Cabrera Cartaya*

Selección de Iván Méndez González

Crédito de la foto www.marcapiel.com

 

 

 

Notas y 15 poemas de Iván Cabrera Cartaya

 

 

Notas de poética

 

EL poeta como un estibador que coloca y distribuye las cargas de un buque que no sabe a dónde va. Tampoco está seguro del contenido de lo que ordena. Pero también es el intérprete distraído, el traductor de las huellas que va encontrando en sus caminos, «entre bosques de símbolos».

 

DESINSTRUMENTALIZAR nuestro pensamiento y nuestra percepción de las cosas comienza con un acto de violencia que, a través del lenguaje, cae reiteradamente en la contradicción y en la paradoja. No hay riesgo sin transgresión.

 

LA desdicha y la fortuna del poeta es que trabaja con algo que no tiene fin, un fin claro, y que sólo circunstancias y reclamos externos le hace abandonar momentáneamente. Por eso hay libros que se recomienzan o se expresan mejor a partir de otros. Quizá esta sea la causa de que Juan Ramón Jiménez dijera que los poemas no se acaban, se abandonan.

 

EL adolescente que encuentra o es encontrado por la poesía queda, de algún modo, retenido por ese lenguaje, la música y las imágenes de ésta y levemente desligado de su escueto espacio social. De una cierta forma, va quedándose aislado en compañía de unas palabras que no se atienen a la verdad ni a la enseñanza de valores o hechos precisos e invariables. Escribe de una manera en la que nadie habla y mientras lo hace tampoco se comunica con nadie. Ha comenzado una dura y clandestina iniciación.

 

CREO que es en la poesía, entendida como algo más que una mera función del lenguaje o un arte decorativo, donde la autonomía de dicho lenguaje se manifiesta de manera más íntegra como una vía negativa que puede transgredir valores éticos y estéticos previamente conocidos: es decir, una cierta ideología. La poesía puede partir de la fenomenología, pero aspira a actuar sobre ella y ser algo más y distinto a ella. El mundo como alegoría del poema.

 

NO creo que un poeta pueda preguntarse por el ser de la poesía, su utilidad o su sitio sin aplicar las mismas interrogaciones a su propia vida.

 

PUEDE resultar peligroso, y hasta fatal, estar demasiado seguro sobre lo que es “poesía verdadera”.

 

LA poesía como una gimnasia contemplativa de las potencias sensuales de la mente.

 

ES deseable que sólo en la adolescencia sea posible que el poeta confunda sus sentimientos con la poesía, y juzgue esos sentimientos como una originalidad suya. Si la buena poesía no es un tratado de buena conducta ni una guía moral, tampoco con buenas intenciones se escriben buenos poemas. Algo que no es ni efusión ni sólo comunicación es la poesía.

 

El poeta Iván Cabrera Cartaya.

El poeta Iván Cabrera Cartaya.

15 poemas

 

 

SOMBRAS crepusculares,

pájaros amarillos.

 

Cristales rotos,

el final de la tarde.

 

Voces en coro

tras los muros derruidos.

 

Testimonio de un tiempo

deshabitado por la luz.

 

(de Arena)

 

 

 

Una espiral, entre las nubes últimas

 

Blancas gaviotas sobre arenas negras

y el mar, casi de piedra.

 

Ramos de flores rojas, sol

genuflexo y caído entre las nubes últimas.

 

En las frentes se desvanece el día.

Chilla un pájaro en lo invisible.

 

Viene la noche resoplando el agua

con pie silente y párpado de sal.

 

Bajo la desnudez de un cielo

que gira y rueda, áspero, sin prisa entre su nada.

 

Distantes, los barrancos se saturan de niebla.

La mano cae cóncava en el pecho.

 

Sobre la arena, con el dedo índice,

la mano traza una espiral minúscula

que no tiene principio ni fin en este mundo.

 

(de Obsidiana)

 

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EL AMARILLO CIELO de verano.

Andamos en la tarde última.

Abandonados, hasta el mar,

invernaderos, plataneras,

cardones, tarajales, pasos

cansados sobre el polvo.

Vemos subir a los surfistas.

 

Un único laurel ante un solar

en ruinas, donde los amantes

han grabado sus nombres:

escritura de fuego sobre el mundo,

tatuajes en la piel del templo.

 

Caminamos y chillan las gaviotas,

anuncios, signos de ignición

que rompen la unidad del aire

en fragmentos terribles de deseo.

La tarde se ha gastado en nuestros ojos.

 

El tiempo ha saturado de memoria

este espacio recuperado

y apenas si podemos regresar

atravesar el espesor del aire.

 

Me vuelvo a preguntar por la belleza,

por el cuerpo que todavía

no ha sido muchas veces rodeado por el sol.

Quemaduras, fulguraciones

del sentido lo llamo, lo he llamado.

 

¿Cómo, si no, aceptar que solamente

en otro cuerpo se comprende el cuerpo,

brilla y conoce como si su justificación

única fuera esa: entregarse?

 

Nos desnudamos en la arena negra,

ebrios de sueño y densidad,

vulnerables igual que la forma de una nube.

 

Hay perros en el agua.

Otra vez, bajo los acantilados,

somos materia voluptuosa:

el verano, nosotros,

el cuerpo es el destino de otro cuerpo.

 

 

 

Mundo oscuro

 

De forma inesperada, el sol

Comprende que la tierra le retira

La mirada y se vuelve hacia la noche.

Regresamos de nuevo a las preguntas

Y no sabemos nada del misterio

Que envuelve a los objetos cotidianos.

Ciertos sentidos se resienten

Un poco al lado de las sombras,

Y querríamos conocer

De dónde viene cierta música,

Qué flor precisa entrega este perfume

Que entra por la ventana y nos embriaga

O de qué material se ha hecho

El hilo que ha cosido el aire negro

Al borde inaccesible de los tallos.

 

(de Fragmentos de sentido)

 

 

 

La tierra del encuentro

 

Esta tarde de invierno, por buscar

el lugar de la tierra más cercano

a los signos del sol, nos llevaría

el viaje, la aventura nos condujo

a un pueblo en el sur, olvidado

en los compases enigmáticos,

en los secretos intersticios

del tiempo que desvela nuestra vida.

 

Esta tarde de enero derrumbada

sobre nosotros

como un deseo, como una sed

de reconciliación con el espacio

de lo desconocido frente al mar,

hasta el faro cerrado, los caminos

donde el viento conduce sobre el cuerpo

las aves y las nubes y las olas

que rompen en las piedras

el anillo incesante de los límites.

Allí te quedarías, te quedaste

mirando a la gaviota que cerca lo imposible

o desafía la ira de los dioses

que golpean los muros blancos,

las colinas, los páramos, las palmas.

Allí esperando comprender

el lenguaje de los insectos,

las hojas secas, casi polvo,

de la orijama, máscaras y voces

para los coros del espíritu.

 

Allí, tras el sendero hundido,

nuestro conocimiento radical

del silencio del mundo. Los ojos, como vasos,

se llenaban de un contenido

desbordamiento, de un exceso

que más allá del hombre contemplaba

arriba el bosque, la memoria

de otros paseos y otras tardes.

 

Descendimos, cogimos un puñado de arena

que devolvimos a la dispersión

junto a la ermita

sellada con la guardia de los viejos.

Seguimos hacia el oeste, dóciles,

como esclavos de una cosecha antigua

y como adoradores dúctiles

de aquel fervor entre las parras.

 

Un milenario sol en la blancura

de nuestras ropas, sobre cálida

carne olvidada y descubierta.

Redimida presencia de las hojas,

el cantil donde la pardela

llega para anidar.

Estamos lejos del helecho húmedo

en este erial que llega hasta el basalto

de otra playa, que no es de bronce

sino del fuego lúgubre del mirlo.

 

La promesa, la decisión

de ascender la pirámide. Subimos.

Extendían sus ramas las tabaibas.

Recordamos aquel olor,

aquel viejo contacto.

Difumina los montes la calima.

La luna roja te conduce

esta noche no negra, sino azul.

Hacemos un camino hasta otro espacio.

Contempla las estrellas, una

parte del viaje, de la búsqueda:

la tierra verdadera del encuentro.

 

(de Bajo el cielo innumerable)

 

tentaciones

 

Aprendizaje

 

Para aprender el nombre de la flor

Que crece en el invierno,

Aquieté mis palabras,

Llevé mi boca hasta su tallo

Y allí esperé

El gesto claro de la tierra.

Allí el sol y los pétalos se unieron,

Un instante, con la ignorancia,

Dejando nada más

Que un ámbar en los labios,

Otro deseo.

 

 

 

SER EN LA TARDE esbelta ese bañista

que hace gestos sinuosos o invisibles

en las aguas secretas de la playa.

Ser el que apura el contenido

de la copa sagrada del verano,

la rosa de las horas y su dulce

polen rozado por la carne.

En el mar espejeante, el que atraviesa

los reflejos del cielo, el sol del fondo

y alcanza espacios sucesivos.

 

Mirar sobre la ermita la llegada

de las palomas desde el arenal,

desde el lecho inconstante de los jóvenes.

Abrir los ojos ante los geranios,

candiles tenues de claridad mínima.

Tenderse sobre el agua, contemplar

la amistad de los seres, el anillo

de luz que une su sueño y su deseo

con la materia cálida, la música

del tiempo y la espesura voluptuosa,

un mismo día de verano.

 

(de Cariátides)

 

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HABRÍA QUE REUNIR lo cierto con lo incierto y no saber nunca. No saber por qué quedarás sellado en esa flor abismal que constantemente se abre a tu paso y que, como un embudo, decanta y limpia de tu alma grumos e impurezas. Habría que reunir los más extraños pensamientos, lo probable y lo imposible en esta hermenéutica para intuir alguna vez quién nos ha cultivado, en qué bancal de la trama celeste hemos crecido, qué lluvia nos cumplió de pronto para la cosecha. Habría que ser muy osado o temerario para atisbar la mano del que nos recogió primero, y arrancó los frutos podridos de nuestro espíritu, y apreció los que estaban vivos y merecían envejecer y mejorar. Habría que derribarlo todo, detener el mar o ser capaz de sostener el fuego con los brazos desnudos para saber quién nos guarda en su bodega, a qué dioses esperamos, cuál será nuestra celebración, y en qué copa de vidrio transparente habremos de cerrar el ciclo de la sangre. Todo eso y, finalmente, para qué garganta, para qué boca y qué dios hemos estado aquí, sobre la tierra, madurando, para ese instante único, incomparable, que hará propicias todas las circunstancias.

 

(de Un sueño de esplendor)

 

 

 

Arena    esquirlas    pecios

 

Ahora

Soñamos poseídos por el fuego.

 

Soñamos.

 

Soñamos y vivimos

En viajes que nos hacen más extraña

Y más recóndita la tierra.

 

Nunca hasta ahora

Había conocido hasta tal punto

Su intimidad

Y su desolación.

 

Nunca hasta ahora

El desierto, la arena,

 

La arena de los espejismos,

De la locura;

La arena

Que parecía nieve, nieve

Que parecía arena.

 

Vivimos, somos

 

Un sueño de las islas.

 

(de Diálogo en el desierto)

 

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Destino

 

Conozco que es de fuego mi destino

Como las azaleas saben

Desechar esa cantidad de luz

Que ya no necesitan

E ignoran, en verdad,

Para qué tanta.

 

Sé que sigo una línea de fuego

Como las aves en el aire trazan

Un triángulo invisible

Dictado por su instinto

Y en su esfuerzo producen

La luz que va a faltarles

Cuando no baste el vuelo

Para ver el final.

 

(de Creencias de verano)

 

 

 

VIENES SIN IMITAR la altura del halcón:

No te hace falta.

Desde hace mucho tiempo

Conoces las autopistas,

Los caminos etéreos, las calles

De oxígeno azulado

Con la complicidad

De la luna oceánica

Y sus limones de verano.

 

Vienes para decirle alguna cosa

Muy murmurada, casi herida,

A las palmeras, a los animales

Más hermosos del mundo:

Como ese jaguar del crepúsculo

Que los hombres igualan con un dios

Lleno de ecos, vitriólico y dormido.

 

Yo soy parte de tus entrañas,

De tus dudas de invierno,

De tu coro de voces blancas.

Sin saberlo, los dos crecemos

Dentro de un sueño de estilizados

Animales, de teatros

Donde la destrucción compone su tragedia

y el fuego baila con las invisibles.

 

 

(de Para ser recitado al viento sibilante)

 

 

 

SOL DE LA NOCHE,

Claridad de lo oscuro,

Me perdí en tus jardines.

 

He vagado en la sombra

Llevado por la mano de otra sombra,

Y allí me desnudé.

 

Las imágenes no son claras,

Yo no vi mi comercio con el alba.

Compré y vendí lo incalculable.

 

Luna de ébano,

Pétalo inaccesible,

Ya no me desampares.

 

Ando ciego entre flores clandestinas,

Tentado por la mantis

de una fiebre de espuma.

 

Díganme donde acaba este jardín,

Dónde está mi descanso y pueda

Besar los párpados que busco.

 

 

 

TRABAJAS en la cavatina

De una complicidad con el silencio.

Extraes de la voz

Unos labios sellados.

 

El invierno que viene sobre ti

No es estación de confidencias,

Sino espacio propicio

Para llevar un ramo de piedad.

 

 

(de Noche en jardín destruido)

 

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La comuna

 

Nuevos apóstoles greñudos,

Mujeres postradas al sol,

Falsos yoguis, demófagos,

Profetas del África negra,

Adoradores de luz,

Amplios ascetas de variado régimen.

 

Desconcertados prófugos hambrientos,

Miríada cosmopolita al raso,

Soñadores con pétalos tatuados,

Búhos, fibras del árbol de la vida,

Maestros de impureza,

Naturistas, nudistas, devotos.

 

Zánganos laboriosos

Sin colmena,

Honorables hermanos,

huéspedes huérfanos

sin castillo ni anfitrión,

devoradores de aire, viejos estibadores,

francesas de ojos verdes, Eurídices sin nuca,

lino de hombres en cueros,

letras vivas del Libro de los muertos.

 

Y entre todos estos fanáticos,

La chryssofilia, el tarajal poroso,

La harina de la orilla, el pan prójimo,

El cofre tesonero de la luz,

El rosófago cuarzo de la tarde.

 

Y entre esta fauna

Sin nobleza ni honor, el mar,

El clima y sus liturgias,

La fábula, la herida del lugar

Abierta y generosa a cada instante

Con la paciencia del instinto.

 

(de Alētheia del sur)

 

 

 

Primera aparición desnuda

 

Creo que nacemos en una especie de niebla u olvido, envueltos en la púrpura noble de la sangre materna. Dispuestos al golpe, lloramos antes del ahogo. Somos náufragos sin refugio. Desnudos, a la intemperie, venimos sin bandera ni ideología, sin nacionalismo y hasta sin lenguaje; aunque ese lenguaje sea esté latente en nosotros, Mr. Chomsky. No tanto como una tábula rasa, señor Locke, pero el pan que nos buscan bajo el brazo es una metáfora de poetas de posguerra que la Macroeconomía devoró en la placenta de mamá. De esto tampoco podemos dar testimonio ni ser responsables. Nadie nos pidió permiso para esa incómoda comparecencia de nacer. Así es la vida, su primer gesto es maleducado, pero subimos a la tarima horizontal de las cunas provisionales. Y ahora, respiremos hondo y traguemos saliva: ya nunca nos dejarán en paz. Entre sonrisas compasivas y estúpidas, una ternura forzada hasta el exceso, patético, nos lavarán, nos buscarán parecidos, dirán que por suerte o desgracia nos parecemos a papá o a mamá, pero el pelo es el del abuelo Jorge. Nos alimentarán, nos medirán, nos pesarán, esperarán que crezcamos lo máximo posible, que aprendamos rápido, que hablemos, que seamos fuertes, quizá hasta enérgicos, con mucho carácter, nobles, limpios, trabajadores, educados, que no sorbamos la sopa, que no demos portazos, que besemos a los amigos de la familia, que no repitamos curso, que hagamos dos o tres deportes a la vez, vayamos a danza, a tocar la guitarra y a refuerzo de inglés, que no nos desviemos, que vistamos bien, que no bebamos, que no fumemos, que vayamos a la universidad y hagamos un par de carreras y el doctorado, que tengamos una sola relación y que sea seria, formal, que defendamos la sociedad del bienestar y la salud pública, al atún rojo y al orangután de Sumatra, que seamos independientes, morales, que seamos, creamos, hagamos, defendamos… hasta que la vida por siempre y desde pronto se convierta —como dijo el poeta— en una gran, en una inmensa nostalgia de la tumba.

 

(inédito)

 

 

 

 

 

*(Tenerife-España, 1980). Poeta. Curso estudios de Filología hispánica, Filología clásica y Filosofía en la Universidad de La Laguna (España). Obtuvo el Premio de Poesía Antonio Gala (2012) y el XXVI Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Ha publicado en poesía Arena (2001), Obsidiana (2004), Fragmentos de sentido (2006), Bajo el cielo innumerable (2007), Cariátides (2007), Un sueño de esplendor (2010), Diálogo en el desierto (2011), Creencias de verano (2013), Para ser recitado al viento sibilante (2013), Noche en jardín destruido (2015) y Alētheia del sur (2017).

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