Por Mary Barbara Tolusso*

Traducción por Mario Pera

Crédito de la foto Luca Brunone

 

 

No se fíen del nombre, Clery Celeste es una poeta cruel.

Sobre El rastro de las venas (2015)

 

 

Si pensamos en el nombre y, aún más, en el apellido a lo sumo vendrán a nuestra mente filas de querubines o doncellas seráficas en poder de una tensión amorosa. De aspecto, Clery Celeste es muy stilnovista, y si la conoces en persona no contradice la evocación de su nombre: es dulce, gentil, afable. Una perla. Me acuerdo que hace muchos años, cuando Clery participó en su primer, quizás, concurso de poesía, tenías en la mano su sobre y leyendo al remitente me dije: ¿y quién es este? ¿Guido Guinizzelli? Al cor gentil rempaira siempre amor (‘Al corazón gentil retorna siempre el amor’)…  Y sí, me vino a la mente que eso ocurrió allí. Luego dijimos, menos mal que el amor cortés ha proveído a los trovadores, mucho más sinceros en cuánto a sus aventuras amorosas. En todo caso, sí, yo de Clery Celeste, sin todavía leer un verso suyo, tuve la idea que era una niña etérea y melancólica, escritora de rimas trágicas o de mujer angelical. Una suerte de Virgen reencarnada.

 

Me equivoqué.

 

Nunca confíen en las apariencias, y fui embaucada. No es que Clery Celeste sea un diablo, pero obsérvenla bien, le ha bastado un corte de pelo (el flequillo) para hacerla ver en su extenso dark, más morboso, más proclive al vicio nihilista, sin demasiados querubines que hagan la media guardia a las estrellas. Conocí a Clery porque en aquel primer concurso, apunto, ella mereció el premio o una mención, no lo recuerdo. Y aunque estoy acostumbrada a radiografiar a los jóvenes poetas, Clery me pareció buena y serena. Es decir, muy serena. Es decir, demasiado serena. Personas así, aparentemente serenas, desestabilizan, hacen de espejo a tu inquietud. ¡Vade retro Clery Celeste!!! Habría querido gritarle durante aquel concurso, en cambio le entregué el premio y sonrisas.

 

Me equivoqué de nuevo.

 

La poeta Clery Celeste.

La poeta Clery Celeste.

 

No creo de equivocarme, en cambio, en la lectura de su libro debut  El rastro de las venas, publicado gracias a la nueva colección amarillo nacida por la colaboración de Lietocolle con Pordenonelegge. Un libro debut convincente, debo decir, por la madurez expresiva y, sobre todo, por una perspectiva para nada edulcorada, sino lo contrario. No soy fanática de la ciencia, sino una fanática de los autores que, por pasión o por profesión leen ciencia. Hoy, escribir literatura sin una referencia del género es de locos, como si los provenzales no hubieran tenido en cuenta a las pastoras. ¿Somos o no hijos de nuestro tiempo? Cierto. Clery está en ventaja por una actividad que tiene mucho que ver con su poética. Es radióloga. Ese es un elemento que no se puede subvalorar y que da la impronta a todo el poemario. Ver dentro, anoto, es una posibilidad que en Celeste no asume alguna perspectiva psicoanalítica o viciada por sentimentalismos. No hay, gracias a dios, alguna mitología de la muy proclamada “profundidad”. Lo que somos son órganos, huesos y venas y todo se juega en su agotamiento. La biografía de la existencia es escrita en aquel tipo de paredes, superficies inaprensibles, en todo caso no dominables. La posibilidad simbólica, cuando existe, tiene que hacer cuentas con la posibilidad biológica. Éste es un punto sobre el cual la poesía debería reflexionar, sin encomendarse a extravíos sin sentido. Hay un cuerpo, y del cerebro han craqueado el código. También el de la tan ambicionada mente, señores míos, han registrado la actividad cerebral, un conjunto de procesos bioquímicos que podemos, a veces, controlar.

 

Si no, no se hubieran enterado de que, cuerpo y mente, comenzarán a ser considerados materia. Eso no anula todas nuestras exigencias de “espíritu” para usar palabras demodé, pero es necesario tener las ideas claras, también y sobre todo si se quiere conseguir, en estos tiempos, un extrañamiento artístico.

 

Clery Celeste lo hace encomendándose a una serie de tecnicismos que logra traducir en imágenes exactas nos captura, en suma, gracias al materialidad de un sentir que no puede sino encomendarse a lo empírico, a las reglas del cuerpo. Sobre todo es una virtuosa de aquella “separación” que, como cada esfuerzo, evoca más enérgicamente la emotividad pero, como está escrito en contraportada: “nos lleva dentro de la piedad sin nunca ser piadosa, nos lleva dentro del cariño sin nunca ser afectuosa. Las suyas, son palabras puntiagudas, afiladas en una suerte de pasiones frías experimentadas en eso que el cuerpo puede restituirnos de veras, de hecho en sensaciones: sueños de oxígeno y justas inclinaciones del calor”. Incluso el corazón, si quiere concederse a lo romántico, tiene que vérsela con el rastro de las venas. Palabra un poco abusada  -venas- después de Milo de Angelis. Pero Celeste es joven, se lo concedemos, también porque la invención estilística está hecha de miradas desnudas y de rutinas concretas de la carne. Sin debilitarse en consuelos que atenúan la muerte. Y por eso más vital, en eso sí, más parecido a los provenzales.

 

 

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(Nota en su idioma original, italiano)

 

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Non fidatevi del nome.

Clery Celeste è un poeta crudele.

 

 

Se pensiamo al nome e tanto più al cognome, al massimo ci vengono in mente schiere di angeli cherubini o serafiche donzelle in preda a una tenzone amorosa. D’aspetto è molto stilnovista, Clery Celeste, anche se la conoscete di persona Clery non contraddice la vocazione del suo nome: dolce, gentile, affabile. Una perla. Mi ricordo che molti anni fa, quando Clery partecipò al suo primo, forse, concorso di poesia, presi in mano la sua busta e leggendo il mittente mi dissi: e chi è questa? Guido Guinizzelli? Al cor gentil rempaira sempre amore … Eh sì, mi veniva in mente quella roba lì. Che poi diciamocelo, meno male che l’amor cortese ha riparato con i trovatori, molto più schietti, quanto ad avventure amorose. Comunque sia, ecco, io di Clery Celeste, senza ancora leggere un verso, avevo l’idea di fanciulla eterea e melanconica, roba da rime tragiche o da donna angelo. Una sorta di Madonna reincarnata.
Mi sbagliavo.
Mai fidarsi delle apparenze, ed ero stata fregata. Non che sia un diavolo, Clery Celeste, ma osservatela bene, è bastato un taglio di capelli (la frangia) per farcela vedere nel suo lato dark, più morboso, più incline al vizio nichilista, senza troppi cherubini di mezzo a far la guardia alle stelle. Conobbi Clery perché a quel primo concorso, appunto, meritò un premio o una menzione, non ricordo. E benché io sia abituata a radiografare i giovani poeti, Clery mi parve brava e serena. Cioè molto serena. Cioè troppo serena. Persone così, apparentemente serene, destabilizzano, fanno da specchio alla tua inquietudine. Vade retro Clery Celeste!!! avrei voluto urlarle durante quel concorso, invece le consegnai il premio e sorrisi.

 

Clery Celeste leyendo.

Clery Celeste leyendo. Foto: Angelo Palmieri

Mi sbagliavo di nuovo.
Non credo di sbagliarmi invece nella lettura del suo libro d’esordio, La traccia delle vene, uscito grazie alla nuova collana gialla nata dalla collaborazione di Lietocolle con Pordenonelegge. Un libro d’esordio convincente, va detto, per la maturità espressiva e soprattutto per una prospettiva per niente edulcorata, anzi. Non sono una fanatica della scienza, bensì una fanatica degli autori che, per passione o per mestiere leggono scienza. Oggi, scrivere letteratura senza un riferimento del genere è da pazzi, come se i provenzali non avessero tenuto conto delle pastorelle. Siamo o non siamo figli del nostro tempo? Ecco. Clery è avvantaggiata da un’attività che molto ha a che fare con la sua poetica. Fa la radiologa. È un elemento che non si può sottovalutare e che dà l’imprinting a tutta la raccolta. Vedere dentro, appunto, è una possibilità che in Celeste non assume alcuna prospettiva psicoanalitica o viziata da sentimentalismi. Non c’è, grazie a dio, alcuna mitologia della tanto conclamata “profondità”. Ciò che siamo sono organi, ossa e vene e tutto si gioca nel suo esaurimento. La biografia dell’esistenza è scritta in quel tipo di pareti, superfici inafferrabili, comunque non dominabili. La possibilità simbolica, quando c’è, deve fare i conti con le possibilità biologiche. Questo è un punto su cui tanta poesia dovrebbe riflettere, senza affidarsi a smarrimenti senza senso. C’è un corpo,  e del cervello hanno craccato il codice. Pure della tanto sospirata mente, signori miei, hanno registrato l’attività cerebrale, un insieme di processi biochimici che possiamo, a volte, controllare. Quindi è già da un po’, non ve ne foste accorti, che corpo e mente iniziano ad essere considerati materia. Ciò non annulla tutte le nostre esigenze di “spirito”, per usare parole demodé, ma è necessario avere le idee chiare, anche e soprattutto se si vuole ottenere, di questi tempi, uno straniamento artistico. Clery Celeste lo fa affidandosi a un bacino di tecnicismi che riesce a tradurre in immagini esatte, ci cattura insomma grazie alla matericità di un sentire che non può che affidarsi all’empirico, alle regole del corpo. Soprattutto è una virtuosa di quel “distacco” che, come ogni forzatura, evoca più energicamente l’emotività ma, come scritto in quarta di copertina: ci porta dentro la pietà senza mai essere pietosa, ci porta dentro l’affetto senza mai essere affettata. Sono parole appuntite, le sue, affilate in una sorta di passioni fredde, esperite in ciò che il corpo può davvero restituirci, in fatto di sensazioni: sogni d’ossigeno e giuste inclinazioni del calore. Pure il cuore, se vuole concedersi al romantico, deve vedersela con la traccia delle vene. Parola un po’ abusata –vene– dopo Milo de Angelis. Ma Celeste è giovane, glielo concediamo, anche perché l’invenzione stilistica è fatta di sguardi nudi e di concrete routine della carne. Senza fiaccanti consolazioni che attenuano la morte. E perciò più vitale, in questo sì, simile ai provenzali.

 

 

 

 

 

*Vive entre Trieste y Milán (Italia). Escribe para la sección cultural del diario Il Piccolo y para otros medios. Ha ganado los Premios Pasolini (2004) y Fogazzaro (2012). En 2013 editó el volumen dedicado a Trieste de la colección “Grandes escritores del Noreste”. Actualmente, es redactora del Nuovo Quadernario di Poesia de Maurizio Cucchi. Algunos de sus poemas han sido publicados en Nuovi Argomenti y Almanacco dello Specchio. Ha publicado algunos poemarios como L’inverso ritrovato (2003), Il freddo e il crudele (2012) y la novela L’Imbalsamatrice (2010).

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