El presente texto fue publicado por su autora como un homenaje a la poeta Blanca Varela originalmente en la revista Ideele, N° 185, en 2008.

 

Por: Jean Franco*

Crédito de la foto: Izq. Fondo Ed. Congreso del Perú/

der. Cortesía: Archivo Blanca Varela

 

Nadie sabe mis cosas

 

Conocí a Blanca Varela a principios de la década de 1970 y no he vuelto a verla desde entonces. Yo estaba escribiendo un libro sobre César Vallejo y visité el Perú con la intención de reunirme con Georgette Vallejo. Pero la entrevista con la viuda del poeta fue un fracaso rotundo. Georgette prefería el monólogo al diálogo. Mientras cocinaba comida para los numerosos gatos hablaba de su odio al Perú y a Lima en particular, de su desconfianza de la crítica, y de traiciones y odios. Hablaba de todo menos de César. Al final me regaló un ejemplar de sus propios poemas. Era un alivio salir de la casa, aunque sentía simpatía por este testimonio de una vida pasada a la sombra de su marido y ahora for­zosamente dedicada a la preservación de su fama.

Algunos días después de este encuentro José Miguel Oviedo me presentó a Blanca Varela, cuya obra poética no conocía. Al contrario de Georgette, no hablaba de sí misma ni de su poesía. La encontré acogedora y enigmática, poseedora de una sensibilidad que me parecía ajena al tér­mino «poetisa» que todavía circulaba por aquel entonces. Me hubiera gustado escucharla leer sus versos; decir, por ejemplo, «no tiene sentido que yo esté aquí / destruyendo / lo que no existe», pero nunca la volví a ver.

Nada en el encuentro me preparaba para el atrevimiento de los poemas. Con razón, Rocío Silva Santisteban habla del riesgo de su poética; un riesgo, sin embargo, que no anuncia a gritos como los poetas de vanguardia, sino ape­nas insinúa. Quizá por eso ha tardado tanto la publicación de un homenaje a esta poeta de rara originalidad.

Nadie sabe mis cosas: Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela, editado por Mariela Dreyfus y Rocío Silva Santisteban, reúne crítica, entrevistas, poemas y fotografías que por primera vez no solo nos ayudan a medir la profundidad de su poesía, sino también a apreciar el desafío de su título. Nadie sabe mis cosas no es una invitación a la intimidad.

 

Blanca Varela caratula

Blanca al viento.
C. 1948
Cortesía: Archivo Blanca Varela

 

Por eso, la fotografía de Blanca en la solapa del libro impacta tanto. Sentada en el asiento de atrás de un auto, el cabello levantado por el viento, tiene los ojos mitad cerrados, como si experimentara una emoción profunda y secreta, una emoción sumamente serena a pesar del movimiento veloz del vehículo. Hay un desfase entre lo que está afuera y lo que está adentro, entre la velocidad del tiempo y la interiorización. La serenidad del rostro desmiente el movimiento que desordena el cabello. Al mismo tiempo, enfatiza la diferencia entre fotografía y poema. Parar el tiempo como hace la fotografía congela la imagen; siempre es una imagen de una persona muerta (Roland Barthes, Camera Lucida). En cambio, el poeta no puede fijar el tiempo. En el poema «Es más veloz el tiempo», Blanca escribe: «El tiempo me acosa y me desdice,/ El intento de fijar el tiempo es un acto de desesperación: pregunto/ en el aire escribo/ con mi lengua escribo/ con mis manos y pies escribo/ con mis ojos», y concluye: «Nadie ni el mismo tiempo / se atreve a interrumpir el tiempo».

En la entrevista con Rosina Valcárcel incluida en Nadie sabe mis cosas habla de la soledad como algo sumamente productivo: «Siempre he sido bastante solitaria», dice, «y además me entretenía mucho conmigo misma… yo creo que no me sentía sola en absoluto. La sordera de Dios es evidente, hasta hoy lo siento»[1]. Si no hay co­municación con algo trascendente, queda la posibilidad de internarse en sí misma, que significa enfrentar el demonio: «Es uno mismo. La poesía sigue siendo para mí una manera de seguir explorando, de darle nombre a los demonios. Los demonios están tan de moda que a mí ya me fastidian, que hay un solo demonio y que es uno mismo; todos los demás son invenciones. Por eso a veces mis grandes silencios en poesía…»[2]. La intensidad de esta internalización no resulta en una convicción de la soberanía del yo, del ser humano. Al contrario, lo humano no tiene privilegio sobre lo animal, lo que inspira algunos de los poemas más implacables:

tú eres el perro tú eres la flor que ladra

afilo dulcemente tu lengua

tu dulce negra lengua de cuatro patas

la piel del hombre se quema con el sueño

arde desaparece la piel humana

solo la roja pulpa del can es limpia

la verdada luz habita su legaña

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo misma y basta.[3]

 

«Arde desaparece la piel humana», escribe, y «solo la roja pulpa del can es limpia». La verdadera luz no es el cogito de Descartes, ni la iluminación de la santa. Es el «tú» que es perro. De su poesía ha desaparecido el yo imperial iluminista y en su lugar se encuentra el animal que sufre. En «Ternera acosada por tábanos» su empatía con la bestia es casi intolerable: «ah señor/ qué horrible dolor en los ojos/ qué agua amarga en la boca/ de aquel intolerable mediodía/ en qué mes rápida más lenta/ más antigua y oscura que la muerte/ a mi lado/ coronada de moscas/ pasó la vida». Y en «Claroscuro» declara: «Yo soy aquella/ que vestida de humana/ oculta el rabo/ entre la seda fría». Me parece que esta identificación de lo animal y lo humano es uno de los aspectos más radicales de su obra.

 

blanca5

 

Uno de los placeres de Nadie sabe mis cosas es que los ensayos incluidos amplifican y enriquecen su propia lectura con otras. Cada lector o lectora nos aporta una Varela distinta, la Varela de la maternidad en el ensayo de Cynthia Vich, la obsesión con el hambre que la acerca a Simone Weil en el ensayo de Luis Cárcamo Huechante, y un ensayo de Rocío Silva Santisteban sobre «Valses» revela un aspecto de la poesía íntimamente vinculado a Lima y a la modernidad. Silva Santisteban sitúa ese poema en el amplio contexto de la modernidad reflejado en la transformación del vals criollo. «Se trata», escribe Santisteban, «de algo diferente, un discurso diferente que ha dado entrada a otro punto de vista.»

Blanca Varela se sabe valiente. Dice en la entrevista: «Las mujeres, en general, somos muy valientes. Afron­tamos muchas cosas que aparentemente son poco importantes pero en realidad son tremendamente importantes». Si hay algo que la enorgullece es la valentía: «Soy una persona de mucho coraje, porque siento en el fondo que es la única manera que tengo de demostrar que no estoy conforme, de poner sobre el tapete mi gran inconformidad». Por eso su poesía nos perturba tanto.

 

 

 

 

 

*(Reino Unido, 1924). Profesora emérita de inglés y literatura comparada de la Universidad de Columbia (EE.UU.) Pionera en los estudios de literatura latinoamericana. Ha sido condecorada por México, Chile y Venezuela por su trabajo en literatura latinoamericana. Ha publicado: The Modern Culture of Latin America (1967), An Introduction to Latin American Literature (1969), Spanish American Literature Since Independence (1973), César Vallejo. The Dialectics of Poetry and Silence (1976), Plotting Women. Gender and Representation in Mexico (1989), Marcando diferencias. Cruzando Fronteras (1996), Critical Passions: Selected Essays (1999), The Decline and Fall of the Lettered City: Latin America in the Cold War (2002) y Cruel Modernity (2013).

 



[1] Rosina Valcárcel, «Blanca Varela: Esto es lo que me ha tocado vivir». Nadie sabe mis cosas, 445-6.

[2] Ibidem.

[3] Varela, Blanca. «Secreto de familia», Canto villano. Mexico: Fondo de Cultura Econónica, 2.a ed., 1996. p. 132.

Deja un comentario