Por Roberto Contreras*

Crédito de la foto (izq.) G0 Ed. /

(der.) el autor

 

 

Muertes heroicas y sin resonancia.

Sobre Diario de la peste (2019), de Manuel Illanes**

 

 

La poesía de Manuel Illanes instala una necesidad que, en cada una de sus apuestas, define una aproximación ya no sólo como búsqueda, sino más bien al modo de una ruta que consigue, desde mi perspectiva, asegurar una manera de abordar, bajo ciertas variantes, la realidad latinoamericana hoy.

En sus anteriores publicaciones revisadas, Crónicas de Tollan; Memorias del inframundo y Paraíso Inc., se perfila una mezcla de bitácora, canción agorera y obituario, pues hace un recuento de momentos, unos delicados y pulcros, otros desenfadados y tóxicos, de lo que le ha tocado vivir y, por qué no decirlo, sobrevivir en sus viajes de un punto a otro de América. No intento despachar aquí su biografía, pero salven estas líneas como una aclaración, para decir que Manuel Illanes dejó hace algunos años el Chile de la posdictadura con las consignas del neoliberalismo más salvaje, para recabar en México, suponemos tras el sueño sudaca de la revolución cultural de un suelo azteca que, mal que pese a sus coetáneos, se distingue con creces de lo que pasa y deja de pasar a orillas del Pacífico en esos afanes.

Su viaje, como un éxodo, contiene todos los resabios de un autoexilio, donde más que primar el desarraigo, persiste la porfía de quien no quiere regresar.

 

El poeta Manuel Illanes.

 

Los poemas de Illanes, más que proponer una simple mirada, como advertía o quise describir de manera resuelta antes, ofrecen abarcar la desolación, lo que dicho de otro modo sería: cierta cuota de desesperación en busca de cierta lucidez. No hay lucidez sin esperanza y no hay esperanza sin la locura que condicione esa cordura. Entonces el puente que une esas constantes no es otro que lo que emerge de la violencia. Ese código, toda la sangre, el ADN que nutre este continente. Y esta es, en suma, la lacra que denuncia su más reciente libro, Diario de la peste (2019).

Puesto en este punto, queda claro que el libro ya había venido anunciándose en algunas de sus anteriores entregas, con que lo que me queda relevar su último apartado: “Ciudad Lumpen”, cuya resonancia permite repasar, de ida y de vuelta, sus mejores pasajes que en clave de crónica o prosa poética, detallan la mirada que arriba calificaba como acopio de la violencia, visto como vaso comunicante de un ahora a través de los modelos de acción que traspasan su escritura. Selecciono sin títulos algunos versos del libro:

“La pupila es un azar, una marea/ que se concreta en imágenes/ como polaroids desechadas por el tiempo” (p. 13). “Imágenes, materias desbocadas, /pavesas que removemos/ para reanimar el fuego: es un pez, es un pez el poema/ que desciende huidizo/ por el arroyo del tiempo” (p. 15). “Porque la poesía/ no es sino el fraseo del vértigo/ que se tartamudea en la soledad/ de habitaciones baratas, / vastos exilios, / titilaciones lejanas de una Ítaca tropical” (p. 22). “La herrumbre de las puertas dice más de cada corazón que nuestras propias palabras” (p. 53). “La peste ascendía entre colinas humeantes y la cuchillada fétida de los canales de excremento. Atravesadas sobre barrancas colmadas de cadáveres las casas. En las calles el calor del infierno” (p. 29). “Se trata de murmullos y silbidos/ a las afueras de los cafés, / la invisible presencia de asaltantes/ que no podemos adivinar” (p. 45). “Un hombre encorvado barre fragmentos de vidrio y hojas, disimula una nube de sangre” (p. 52). “El niño tiene ahora el filo de la muerte” (p. 60). “¿Boyas arrastradas/ hacia el Mar de la Paranoia, el Mar / de la Cesantía, el Mar de la Dispersión? / ¿Leña para quemar la fogata/ de la pedofilia, la prostitución, las argucias/ y sofismas con que seduce el poderoso?” (p. 36). “El tiempo comienza a bombear/ de nuevo por las arterias, circula a toda velocidad hacia Ciudad Lumpen/ por llameantes autopistas” (p. 37). “Ciudad Lumpen es una versión cada vez más refinada del infierno” (p. 59). “- Hoy es más barato estar muerto que vivo” (p. 75).

 

 

Diario de la peste, es un paseo que se desliza sobre un abismo, tan cotidiano como ancestral, ya que es esa resonancia de una posmodernidad fracturada, que desmitifica las escenas cotidianas, la que tiñe aún más su profanación incomunicativa y desolada, para evidenciar su verdadero pánico: no ser lo que se quiere, aceptando con dolor, ser lo que se puede.

Para cerrar, una última cita del poema “Blackout”:

“Disimular el desconcierto

es un arte que se maneja

aquí entre conversaciones

casuales y comentarios fútiles,

pero la leve vibración

de las entonaciones

descubre al dios del miedo,

como a una estatua

agazapada que pierde

sin aviso sus vestiduras”.

 

Cuaderno de viaje, Santiago de Chile,

22 de julio de 2019

 

5 poemas de Diario de la peste (2019),

de Manuel Illanes

 

 

Sura del siervo que invoca la venida

 

Para Alexis Castillo

 

Una visita a los laberintos desérticos

en que Mahoma, alfanje de Alá,

alcanzó la iluminación:

escaleras arriba suben

horda de vándalos cargada de cervezas

& con aliento entrecortado.

El Corán de los escépticos bajo el brazo,

durante largas peregrinaciones

sometidos al látigo del siroco destemplado,

barbas crecidas de masturbadores impenitentes.

 

Una visita a los dominios de Alexis C:

atravesar zonas de silencio,

impolutas zonas de un silencio teñido de azul,

pesado como manija de puerta rota,

cada puerta sellada por un candado brillante,

ártico, soberano gesto de la Peste.

 

El monarca de la habitación ronca

bajo un pequeño ojo de buey,

capitán de un trirreme encallado,

y el caos de la ciudad se filtra

en la nicotina de sus sueños turbulentos.

 

Respiración entrecortada,

mística entrecortada,

las verdades del Altísimo

son elusivas en cuevas tan profundas,

………………………………………cubículo de 2×3.

 

Libros, tabaco, pastillas para dormir:

modesto tesoro del anacoreta,

pensamientos erizados

como constelación de nébulas

en esa pintura de Pollock

que nuestro Padre Azar salpica

sobre el torso quebrado de lo real.

 

Lo que llamamos mundo

es la dispersión misteriosa

de toda materia en el tiempo,

el desconcierto que provoca un apagón

en esta ciudad de la edad del vértigo

donde los hombres corren aún

detrás del oro y el pan,

 

un milagro & una ofuscación.

Lo que llamamos mundo

es la soledad invencible

de los cubículos en que habitamos,

las cervezas que se comparten

entre canciones de Calamaro y los Stones,

las suras elevadas

invocando la venida del apocalipsis,

el fin de tanta confusión,

tanto caos,

tantas desapariciones.

 

 

 

Exilios I

 

Recuerdo su torso afilado

emergiendo del marco de la ventana,

como un árbol que extendiera sus ramas

hacia el fulgor del día.

 

Un cigarro -imaginario o no-

colgando de sus labios apretados

y la mano que borra de la página del aire

la escritura del humo y sus caprichosas volutas.

 

Sílabas del Caribe liadas con carcajadas,

la voz gruesa del acompañante se alza

en la habitación que no alcanzo a vislumbrar.

 

Pectorales de azabache acariciados

por la brisa primaveral, sabiduría del hambre.

Carajo, ya no queda plata para el arriendo.

 

La blancura de los dientes, cascada en la noche del rostro.

La mano tantea en la hondura del bolsillo.

Puto jefe, todo por un revolcón con esa hembra.

 

En los confines del mundo un Santiago espectral,

meados y grafitis derritiéndose

como puñales de lluvia en los muros.

 

Recuerdo ese torso siempre listo para el baile,

su caminar de Pedro Navaja por el cité.

 

Los domingos un envío a la desconsolada,

semillas para los pichones que apenas aletean

bajo el tórrido sol del Ecuador.

 

Remembranzas de mujeres, licores intensos.

Por ahora, dinero para cerveza y las putas de Plaza Almagro.

 

Recuerdo sus manos de cargador

saliendo del marco de la ventana,

un cigarro -completamente imaginario-

colgando de sus labios.

 

Porque la poesía

no es sino el fraseo del vértigo

que se tartamudea en la soledad

de habitaciones baratas, vastos exilios,

titilaciones lejanas de una Ítaca tropical.

 

 

 

Instrucciones para reventarle la cabeza a Anubis

 

Camina al fondo de la casa,

el patio trasero del 3814 de la Desolation Row

-el Culo del Mundo, para los entendidos.

Encontrarás ahí los envases

de algunas cervezas dorándose al sol

como inmóviles lagartijas

que aguardan desde el principio

la llegada del Apocalipsis.

 

Toma una de ellas, sopésala

en tus manos, acaricia el papel

que la lepra del tiempo descascara

hasta volver ceniza irredenta.

Lava después la botella, seca

el interior, con un embudo pequeño

deja caer en su buche de pájaro

hambriento 200 ml de parafina.

Tu envase no contiene ya el soma

de los dioses, pero sí fuego suficiente

para quemar las pestañas de Capital.

Agrega a la mezcla 125 ml de aceite

Castrol, que puedes comprar

en alguno de los tantos talleres

que hay en avenida 10 de Julio,

entre prostíbulos clandestinos

y cités repletos de migrantes.

 

Pon ahora en el pico del iracundo

pájaro un pañuelo empapado

de bencina, agita el envase,

tensa tus músculos y luego

de encender su plumaje

arroja tu rabia lejos, lejos.

 

Si tienes suerte la cabeza

de Anubis reventará hecha pedazos;

pero tarde o temprano ha de surgir

del vacío sangrante, del vacío

inmaculado que provocó

ese relámpago una nueva testa.

 

Maldice entonces la omnipotencia

del chacal, pero recuerda:

este gesto se ha repetido

una y otra y otra vez,

y ha de perpetuarse hasta

que la noche se desplome

como una vieja iglesia

sobre nuestros huesos cansados.

 

 

 

El aire de Lumpen

 

El aire de Lumpen, seco, áspero como un gin de tormenta.

 

Cierro los ojos, apoyo la cabeza sobre la roca más cercana, me acomodo pensando en el día que vendrá: hijos de puta por doquier, noches entibiadas apenas por el chispazo de una imagen pornográfica, atrasos reiterados, el larguísimo camino que conduce a la fosa común.

 

Mi cráneo se agrieta durante la noche, hordas de diablillos escapan, libertinos en una bacanal de la que sobreviven algunas modestas imágenes arrastradas hacia el olvido por la resaca de la vida diurna.

 

Delgadas paredes separan mi cubículo, casi se presiente, tras la frontera del tabique, el ronroneo de los estupros y el hipnótico ruido de fondo de televisores mal sintonizados. “Los niveles de vida mejoran diariamente”, proclama Cristo Redentor, pero la noche sigue perteneciendo a los chacales: en las madrugadas más hirvientes del verano el tartamudeo sordo de las balas que cruzan las veredas animan a punks y raperos a danzar sobre el asfalto quebrado de las calles. Manchas de sangre en las encrucijadas, sombríos restos del ritual más antiguo de nuestra naturaleza.

 

La cuidada intimidad de las habitaciones no existe en el Afuera, la realidad es un teatro oscurecido por vacilaciones, una pared llena de n olor a orín y sexo presuroso, pienso antes de caer en el abismo del sueño.

 

 

 

Al fondo de cada casa soñada, una cabeza sangrante

 

Los tiuques sobrevuelan el espacio cercado por las torres de alta tensión, girando en círculos sobre el parque lleno de escombros. Convocados por el aroma de un perro muerto han acudido presurosos a su cita con la tierra. El caracol ciego del azar se ha anticipado a ellos, su estela de pomos rotos y bolsas desborda la avenida manchada por visibles brochazos de vómito, su baba inmunda inscribe una circunferencia infinita en el asfalto quebrado de las calles. Colas de pasta base dispersas por el suelo, de noche fulgurantes ojos de lince que titilan entre una cascada de risas y deseos reprimidos bajo la máscara de improperios, de miradas agresivas.

 

Muy cerca de la mesa servida para el agasajo, las piscinas de los condominios permanecen vacías y sobre su irisada superficie, en la que flotan los carozos de la estación, se suceden sin pausa los negativos de esa difusa película que proyecta el sol otoñal en los panales modernos.

 

Ciudad Lumpen es una versión cada vez más refinada del infierno, la cabeza de Anubis destaca como un monolito impalpable en todas las escenas.

 

Por las ventanas semiabiertas de solitarios departamentos cruzan ancianos obesos escapados de algún cuadro de Lucien Freud, cerdos de piel albina, de hálito humedecido por el desinfectante bucal y los antibióticos.

 

El horizonte es una mancha borrosa tras la que se esconden como huestes salvajes en un bosque raleado las carnicerías del futuro. Cactus y hortensias envejecen en la orilla de las terrazas, un padre enseña a su hijo por vez primera a tascar el arnés de la ceniza.

 

Apenas queda oxígeno en el aire de Lumpen, el óxido tiñe el cielo de un esplendor radioactivo, el sabor del gin destilado en las copas de neón.

 

Los tiuques graznan impacientes, han llegado a tiempo a su cita con la tierra.

 

El niño tiene ahora el filo de la muerte.

 

 

 

 

 

*(Santiago de Chile-Chile, 1975). Poeta, narrador y editor del sello Lanzallamas. Ha publicado en novela “Ahora es cuando” (1998); y los poemarios “Siberia” (2007), “Empleo mínimo” (2009) y “Pedazos de agua”.

 

 

**(Santiago de Chile-Chile, 1979). Poeta. Magíster en Letras mexicanas por la UNAM (México). Ha publicado en poesía “Tarot de la carretera” (2009), “Crónica de Tollan” (2012; 2013), “Memorias del inframundo” (2016), “Paraíso inc.” (2018) y Diario de la peste (2019).

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