Por: José Antonio Santano

Crédito de la foto: (Der.) Ed. Hiperión/

(izq.) www.ideal.es 

 

  

Memoria del pájaro (2016),

de Jesús Montiel

 

 

Poetas, editoriales y lectores se preguntan cada cierto tiempo sobre el presente y futuro de la poesía, su utilidad, etc. Es un hecho incontestable que la joven poesía española ha adquirido protagonismo y que ocupa un lugar destacado en el mercado, sin que ello signifique que la calidad siempre acompaña a esta circunstancia. El pasado mes de julio, durante el transcurso del curso de verano de la Universidad Internacional de Andalucía (La Rábida): “Los poetas del siglo XXI. Joven poesía española en la era digital”, se ha dicho que «Los referentes de los poetas más jóvenes hay que buscarlos en la poesía de la experiencia y en la posterior poesía de la incertidumbre», para añadir seguidamente que «Es el abandono de la intelectualidad y la filosofía que comporta todo verso por el golpe de corazón, por un modo más rápido por llegar al que tienes enfrente».

El único problema que deriva de estas reflexiones es que se corre el peligro de crear modas y modismos que se alejan del verdadero sentido de la poesía, de su esencia. “El modo más rápido por llegar al que tienes enfrente”, tal vez no sea lo más acertado, la poesía necesita de recogimiento, meditación y silencios que la aparte del ruido, del espectáculo mediático. La poesía tiene que nacer del interior, como una sacudida electrizante capaz de generar un estado catártico, delirante incluso. La juventud debe aportar a la poesía este aire fresco y limpio, el ímpetu por el cambio, pero sin olvidar la esencia de la poesía precedente, de los poetas que han engrandecido el panorama poético universal, ésta y no otra es la mejor escuela, la tendencia más acertada para alcanzar la meta.

 

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El poemario “Memoria del pájaro”, de Jesús Montiel (Granada, 1984) es hijo de su tiempo, retrato de una experiencia vivencial que acerca la poesía a través de un lenguaje sencillo, inmerso en la realidad circundante, capaz de trascender un simple objeto (una botella, un vaso) o un momento vivido. El poeta observa cuanto le rodea con la intención de poetizarlo, de tender puentes de comunicación con el lector a través del   lenguaje, que como ya hemos dicho, se ofrece sencillo y cotidiano, «dejándose atrapar por la belleza de lo minúsculo, aquello que pasa inadvertido», como así lo expresa el propio autor la “Declaración de intenciones”. Campa la incertidumbre por este poemario, el sentimiento de fracaso, consecuencia de una experiencia vital que debiera inquietarnos si nos atenemos precisamente a la juventud del poeta: «Existe lo que llaman vida eterna. /  Ayer por la mañana estaba muerto. / Anduve la ciudad / y todo parecía otro lenguaje. / Los árboles no hablaban: eran formas inmóviles / de pie sobre la acera / y el cielo un palomar deshabitado». Vivir un tiempo que se abisma en la soledad y el desvalimiento donde no existe horizonte, un gesto o una imagen que nos convoque en la fraternidad humana: «Precintan este azul que te emociona: / hoy Rusia le ha prohibido / a Turquía la entrada en cielo sirio. / Recuerda cuando solo era del pájaro». La palabra se convierte así en el único haz de luz, y la juventud en aliento y alimento para no desfallecer ante la cruda realidad, como muestra el poeta en estos versos críticos con la acción política de los gobiernos: «Tiene barba el Estado y don de adivinanza. / Nos dice que la Tierra Prometida / existe más allá de los recortes, / allende los desahucios y las cifras del paro […] Cada poco la historia se repite: / oculto en el profeta se esconde un faraón / que acalla los anhelos / del hombre cotidiano. / Otro Egipto más árido al término del voto».

 

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El poeta Jesús Montiel

 

En la cotidianidad nada el poeta, se deja acariciar por el rumor de la palabra, prosaica a veces, para hallar los silencios, sus silencios: «Hubo un tiempo remoto donde el hombre / comía al mediodía / sentado en el salón junto a los suyos. […] Ahora es el silencio / quien ocupa las sillas diariamente». La incomunicación y la soledad es la consecuencia de vivir un tiempo en el cual la televisión, la telefonía móvil e Internet ha sustituido y desplazado a la palabra. De la incertidumbre y la desesperanza del poeta: «Previendo los rigores de un diluvio / que seguro vendrá / cuando arrecie el hastío y su tormenta…», al jubileo de la vida en el campo, a  la alabanza de aldea: «Cómo voy a dormirme, por muy tarde que sea, / si en esta oscuridad / se escucha lo que fuimos muy antes de ser dioses. / La música primera de un mundo todavía con el miedo». Para Montiel «El poema es una espalda / que me asoma al milagro / burlando la pared de la costumbre», razón que avala a este poemario como ganador del XXXI Premio de Poesía Hiperión.

 

 

 

 

*(Baena-España, 1957). Graduado Social por la Universidad de Granada, Técnico superior en relaciones industriales por la Universidad de Alcalá de Henares y Licenciado en Filología hispánica por la Universidad de Almería. Ha publicado Canción Popular en la Villa de Baena (1986), Profecía de Otoño (1994, Premio Internacional de Poesía “Barro”- Sevilla, 1993), Exilio en Caridemo (1998, Premio de Poesía “Ciudad de El Ejido”, 1995), La piedra escrita (2000, Premio Nacional de Poesía 2000), Trasmar, de narrativa (2005, Premio Andalucía de la Crítica “Ópera Prima”, 2005), La cortaera (artículos periodísticos 2001-2004) (2007), Caleidoscopio (2010), Estación Sur (2012), Tiempo gris de cosmos (2014, Premio “Argar 2015” del Gremio de Libreros de Almería al mejor libro de poesía de 2014), Memorial de silencios (2014) y Los silencios de La Cava (2015), entre otros.

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